NovelToon NovelToon
Donde El Amor No Era Suficiente: El Arte De Empezar De Nuevo

Donde El Amor No Era Suficiente: El Arte De Empezar De Nuevo

Status: En proceso
Genre:CEO / Traiciones y engaños / ABO / Viaje En El Tiempo / Autosuperación
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Hanabi Montano

Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.

Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.

Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.

NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: El eco de las miradas

La ducha había sido larga. Casi tanto como el tiempo que Adrián pasó apoyado en el mármol del lavabo, mirándose al espejo, buscando en su propio rostro las marcas de una muerte que aún no había ocurrido. No las encontró.

El mismo pelo castaño, un poco revuelto. Los mismos ojos color miel, con esas ojeras que siempre le decían que dormía mal. Los mismos labios, quizá un poco más pálidos de lo habitual. Nada delataba que hacía menos de dos horas había estado cayendo al vacío, que sus pulmones se habían llenado de aire helado mientras las luces de la ciudad se alejaban, que sus últimos pensamientos habían sido para un hombre que ni siquiera contestaba sus llamadas.

Se vistió con cuidado. No porque quisiera impresionar, sino porque el ritual de elegir la ropa le daba algo a lo que agarrarse. Camisa azul clara, la que a su madre le gustaba. Pantalones beige. Zapatos cómodos. Nada demasiado llamativo. Nada que dijera mírenme porque lo último que quería era que lo miraran.

Sin embargo, sabía que en la cena de esa noche, todos los ojos estarían puestos en él. En el prometido. En el omega bonito que se iba a casar con el alfa más poderoso de la ciudad.

El conductor llegó a las ocho. El trayecto hasta la mansión de los Torres duró cuarenta minutos, y Adrián se los pasó con la frente apoyada en el cristal de la ventanilla, viendo desfilar las mismas calles que había visto cientos de veces. Pero ahora las veía diferente. Cada semáforo, cada esquina, cada edificio le recordaban que estaba vivo. Que por alguna razón que no alcanzaba a comprender, el universo le había dado otra oportunidad.

No la desperdicies, se dijo. Esta vez, mira, observa. Esta vez no dejes que te maten.

La mansión de los Torres apareció al final de una larga avenida flanqueada por cipreses. Adrián la conocía bien. Había cenado allí decenas de veces. Pero nunca la había mirado de verdad, esta noche sí.

Las luces cálidas de los ventanale, el seto recién podado que bordeaba el camino de entrada, el coche negro del mayordomo estacionado en su sitio habitual. Todo estaba en orden. Todo era perfecto. Y en esa perfección Adrián empezó a ver lo que antes no había visto: una cárcel de lujo. Y entró

El mayordomo lo recibió con una inclinación de cabeza y le indicó que la familia estaba ya en el salón. Adrián atravesó el recibidor de mármol, pasó junto al gran jarrón con flores frescas (siempre lilas, nunca jazmines, a Alejandro no le gustaba el olor), y se detuvo en el umbral del salón.

Allí estaban todos, Alejandro de pie junto a la chimenea, copa de vino en mano, vestido con un traje gris impecable que probablemente costaba más de lo que Adrián ganaba en un mes con sus primeros encargos de diseño. Su madre, doña Elena, sentada en el sofá, erguida como si tuviera una vara en la espalda. Su padre, don Ricardo, hojeando un periódico que no leía. Y en un rincón, cerca de la ventana, con una copa de agua mineral y una sonrisa educada que no llegaba a sus ojos.... Sergio.

Adrián sintió un escalofrío que le recorrió la columna de pies a cabeza. Por un instante, el salón se desdibujó y vio la azotea. Vio las manos de Sergio en su pecho, sus ojos, esos mismos ojos que ahora lo miraban con cortesía fingida, y detrás de ellos, el abismo.

—Adrián, por fin —la voz de doña Elena lo trajo de vuelta—. Estábamos esperándote para cenar.

—Disculpe el retraso —dijo Adrián, y su propia voz le sonó extraña, como si perteneciera a otro—. El tráfico.

Alejandro ni siquiera se volvió para mirarlo, siguió con la vista fija en la chimenea, en las llamas que bailaban tras el cristal. Adrián lo observó. Lo observó de verdad y notó cosas.

Notó que los dedos de Alejandro tamborileaban ligeramente sobre la copa, impacientes. Notó que su mandíbula estaba ligeramente tensa, como si la cena familiar fuera una molestia que prefería evitar. Notó que cuando doña Elena hablaba, él asentía sin escuchar, y que cuando don Ricardo tosía, él fruncía el ceño con una décima de segundo de retraso, como si procesara el sonido después de que ya hubiera pasado.

No era desprecio, pensó Adrián, era desconexión. Alejandro estaba allí, pero no estaba. Su mente vagaba por otros lugares: reuniones, inversiones, contratos. El salón, su familia, su prometido... todo era un decorado.

—Ven, siéntate aquí —dijo doña Elena, señalando el sitio vacío a su lado.

Adrián obedeció pero antes de sentarse, dejó que su mirada recorriera el salón una vez más. Y esta vez, se detuvo en Sergio.

Su primo estaba de pie junto a la ventana, con una postura que intentaba parecer relajada pero que delataba tensión en los hombros, en la forma en que sujetaba la copa, en el ángulo de su cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha. Hacia Alejandro.

Sergio miraba a Alejandro. No abiertamente, no con descaro. Lo hacía con disimulo, con pequeños vistazos que duraban apenas un segundo, como quien no quiere ser descubierto. Pero Adrián, que ahora sabía lo que buscaba, lo vio con claridad.

Cada vez que Alejandro movía la copa, los ojos de Sergio seguían el movimiento. Cada vez que Alejandro hablaba, Sergio inclinaba levemente la cabeza para escuchar mejor. Cada vez que Alejandro sonreía (una sonrisa rara, breve, casi inexistente), Sergio contenía la respiración.

Dios mío, pensó Adrián. Es verdad. Lo ama. Lo ama tanto como yo lo amé.

Pero había una diferencia. Cuando Adrián miraba a Alejandro, lo hacía con la esperanza ingenua de quien cree que el amor todo lo puede. La mirada de Sergio era diferente, era la mirada de alguien que ha medido, calculado, pesado cada gramo de su amor y ha llegado a una conclusión terrible: no soy suficiente.

—Adrián, ¿me estás escuchando?

Parpadeó. Doña Elena lo miraba con una ceja levantada.

—Disculpe, sí. ¿Decía?

—Que si ya tienes lista la lista de invitados para la boda. Tu madre me dijo que todavía estabas haciendo cambios.

—Ah. Sí. Algunos. —Adrián se obligó a sonreír. —Nada importante.

Mentira. En su vida anterior, había pasado semanas obsesionado con esa lista. Cada nombre, cada orden, cada detalle. Quería que fuera perfecta. Quería que Alejandro viera lo mucho que se esforzaba.

Alejandro nunca vio nada.

La cena transcurrió con la precisión de un reloj. Entraron al comedor, ocuparon sus sitios (Adrián a la derecha de Alejandro, Sergio en el extremo opuesto de la mesa, casi invisible), y los camareros empezaron a servir los platos. Adrián comió sin hambre. Pero sus ojos no descansaron.

Observó cómo Sergio cortaba la carne en trozos pequeños y luego los dejaba enfriar en el plato, demasiado nervioso para tragar. Observó cómo Alejandro respondía a las preguntas de su madre con monosílabos, y cómo su padre, don Ricardo, intentaba sin éxito arrancarle una conversación sobre el último proyecto de Torres Tech. Observó, sobre todo, las dinámicas de poder.

Cuando Sergio intentó intervenir en una conversación sobre innovación tecnológica —"He estado leyendo sobre los nuevos desarrollos en inteligencia artificial aplicada a la logística, me parece fascinante cómo están optimizando..."—, Alejandro lo interrumpió sin mirarlo:

—Sí, lo he visto. Interesante.

Y cambió de tema.

Interesante. Una palabra. Nada más. Adrián vio cómo los dedos de Sergio se crispaban sobre el tenedor, cómo sus ojos se nublaban por una fracción de segundo, cómo su sonrisa educada se congelaba antes de recolocarse en su sitio.

Recordó, con una claridad que le hizo daño, la cantidad de veces que él mismo había recibido ese mismo trato. La cantidad de veces que había dicho algo, cualquier cosa, intentando conectar, y Alejandro lo había despachado con un "interesante" o un "ya veremos" o un silencio que dolía más que cualquier palabra.

Y sin embargo, él lo seguía amando. Como Sergio lo amaba ahora. Como dos tontos enamorados de un hombre que no sabía mirar.

—Adrián.

La voz de Alejandro, directa, cortante.

—¿Sí?

—Tu padre me comentó que estás con un proyecto nuevo. Algo de diseño.

—Sí. Una reforma para unos amigos.

—Mm.

Eso fue todo. No preguntó de qué se trataba. No preguntó si estaba contento. No preguntó nada. Solo "mm", y volvió a su plato.

Adrián sintió algo extraño. No dolor. No decepción. Era una sensación nueva, como si una capa de piel se le hubiera desprendido y debajo hubiera encontrado algo más resistente. Indiferencia hacia la indiferencia.

Ya no le importaba que Alejandro no preguntara, ya no le importaba que no lo mirara. Lo que le importaba era otra cosa: la forma en que Sergio, al otro lado de la mesa, había enmudecido por completo después de su intento fallido de conversación.

Su primo ya no intentaba hablar. Solo miraba su plato, movía la comida sin comerla, y de vez en cuando levantaba la vista para lanzar una mirada furtiva a Alejandro. Una mirada que decía: ¿Y si hubiera nacido donde él nació? ¿Y si mi apellido pesara lo suficiente? ¿Me mirarías entonces?

Y Adrián supo, con una certeza que le heló la sangre, que Sergio ya estaba tramando algo.

No eran palabras. Eran gestos mínimos: la forma en que sus dedos recorrían el borde de la copa, como trazando mapas invisibles. La tensión en su mandíbula cada vez que Alejandro hablaba de la boda. La rigidez de su espalda cuando alguien mencionaba la herencia de los Guerrero.

En su vida anterior, Adrián no había visto nada de esto. Estaba demasiado ocupado siendo el omega sumiso, demasiado ocupado deseando que Alejandro lo mirara, demasiado ocupado siendo un adorno bonito en una mesa de poderosos.

Pero ahora veía. Y lo que veía le helaba la sangre.

Al terminar la cena, los hombres pasaron al salón de fumadores (aunque nadie fumaba ya, era la tradición) y las mujeres se retiraron a la biblioteca. Adrián, que era omega, debería haber seguido a las mujeres. Pero Alejandro lo retuvo con un gesto.

—Quédate. Mi padre quiere hablar de los contratos prematrimoniales.

Adrián asintió. Y entonces ocurrió algo que en su vida anterior había pasado completamente inadvertido.

Sergio, que ya se dirigía hacia la puerta para irse con las mujeres, se detuvo, solo un instante. Miró a Alejandro, que ya estaba hablando con su padre. Miró a Adrián, que ocupaba el lugar que él deseaba. Y en sus ojos, durante una fracción de segundo, Adrián vio algo que le heló la sangre:

No era odio. Era dolor puro, tan inmenso que parecía a punto de desbordarse. El dolor de quien lleva años esforzándose, años amando, años esperando, y ve que todo es inútil porque el mundo no está hecho para los que no tienen el nombre correcto.

Luego, Sergio parpadeó, y el dolor desapareció. Su rostro recuperó la expresión neutra, educada, de siempre. Inclinó la cabeza en un saludo y salió de la habitación. Adrián se quedó quieto, con el corazón latiéndole con fuerza.

Lo sé, pensó. Ahora sé lo que eres capaz de hacer. Ahora sé hasta dónde estás dispuesto a llegar.

La pregunta era: ¿podía hacer algo para detenerlo? ¿Podía salvar a Sergio de sí mismo? ¿Podía salvarse a sí mismo?

Y, sobre todo, ¿quería hacerlo?

Las voces de Alejandro y don Ricardo llenaban la habitación, discutiendo cláusulas y porcentajes. Adrián no las escuchaba. Su mente estaba en otra parte. En una azotea. En una noche de viento. En unas manos empujando.

Y en los ojos de un primo que, como él, solo había querido ser amado.

---

De vuelta en el coche, de camino a su casa, Adrián apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.

Había aprendido más en una cena que en todo un año de su vida anterior. Había visto las grietas en la fachada perfecta de los Torres. Había visto el dolor oculto de Sergio. Había visto su propio reflejo en ese dolor.

Pero también había visto algo más: una oportunidad.

Un año. Tenía un año para cambiar las cosas. Un año para evitar su muerte. Un año para salvar a Sergio del abismo hacia el que caminaba.

Y tal vez, solo tal vez, un año para aprender a vivir sin necesitar la mirada de nadie.

Abrió los ojos. La ciudad pasaba veloz tras la ventanilla.

—Señor —dijo el conductor—, ¿le parece bien que lo deje en la puerta principal o prefiere la de servicio?

Adrián sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible.

—La principal —dijo—. Ya he usado la de servicio demasiado tiempo.

El conductor asintió, sin comprender.

Pero Adrián sí comprendía.

Esta vez, iba a entrar por la puerta que le correspondía. Esta vez, iba a ocupar su lugar. No el lugar de adorno, no el lugar de omega sumiso, no el lugar de prometido invisible. El suyo.

Y si Sergio quería ocupar algún día el suyo, tendría que aprender que el amor no se gana con herencias, ni con esfuerzo, ni con crímenes.

El amor se gana, pensó Adrián, cuando aprendes a mirarte a ti mismo primero.

El coche se detuvo. Adrián bajó, respiró hondo el aire nocturno, y entró en su casa.

Apenas habían pasado unas horas desde que despertó. Y ya todo había cambiado.

1
Maru19 Sevilla
Buenísimas tus 2 novelas, te digo en tus publicaciones me tienes enganchada👏👏👏👏
Lorena Vásquez
espero que te des cuenta que quien te mueve el piso es Carlis ya deja de lado tu obsesión y. esta reunión te puede ayudar a tu éxito profesional 🥰🥰🥰🥰🥰
Lorena Vásquez
cuando todo acabe y estés solo te sentirás peor por haber perdido a Adrian y a Carlos tu oportunidad de amar y ser amado
Lorena Vásquez
Sergio Sergio 😱😱😱😱😱 todos nos equivocamos pero es de sabios corregir y tu puedes corregir lo que as hecho no es tarde😱😱😱😱
Maru19 Sevilla
Que menso, va a pagar una fuerte factura 🤭
Lorena Vásquez
Alejandro Alejandro no lo pienses tanto Adrian se merece algo mejor que tú 🤔🤔🤔🤔🤔🤔
Maru19 Sevilla
Tus 2 novelas son encantadoras
Lorena Vásquez
Adrian espero de verdad no te vuelva a interesar Alejandro y caigas en el cliché del perdón y enamoramiento mira hacia otro lado y se lo que quieres ser
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
Lorena Vásquez
Adrian demuéstrale de que eres capas y que no estas solo .....Alejandro no te merece 😈
Lorena Vásquez
Ignacio si no tuviste el valor para ser igual a ru hermano como puedes imponer lo que te impusieron tus padres 🤔🤔🤔
Lorena Vásquez
si trabajan juntos podrían heredar también juntos 🤔🤔🤔
Lorena Vásquez
espero que después de esta conversación puedas darte una oportunidad de ser tu mismo y poder amar y ser amado Sergio te lo debes a ti mismo 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Maru19 Sevilla
Ojalá vea a Carlos, se merece que lo amen bien 👏👏👏
Lorena Vásquez
gracias por tu actualización 🥰
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕
Maru19 Sevilla
Gracias por actualizar, autora 🥰🥰🥰🥰
Lorena Vásquez
que bueno capítulo Sergio está reaccionando y Carlos es el punto que le faltaba espero que tenga una oportunidad de olvidar a Alejandro y ser solo el mismo 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰💕💕💕💕💕💕
Maru19 Sevilla
Me gustó mucho tu novela, Hanabi espero que pronto publiques más capítulos 🥰🥰🥰🥰🥰👏👏👏👏👏
Hanabi Montano: Gracias por leer 🥰🥰
total 1 replies
Maru19 Sevilla
El menso de Adrián está perdiendo el tiempo, ya debería de cortar el compromiso con el estéril emocional de Alejandro y no ponerse en riesgo!
Maru19 Sevilla
Yo ya lo hubiera dejado y que el primo haga su lucha con el Alejandro
Maru19 Sevilla
Yo hubiera cancelado el compromiso luego luego 👌
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play