Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
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UN HOMBRE INSISTENTE
Me quedé quieto unos segundos después de que se apartara, observando cómo intentaba recomponerse. Su pecho subía y bajaba demasiado rápido para alguien que decía no sentir nada.
—Milene… —repetí, esta vez más bajo.
Ella se detuvo a dos pasos, de espaldas a mí.
—No me llame así.
—¿Cómo quieres que te llame?
—Como todos. —Giró apenas el rostro— Señorita, muñeca, lo que sea que le dicen aquí. Pero no mi nombre.
Sonreí apenas.
—No eres “como todos”.
—No empiece.
—No he empezado nada —respondí, avanzando un paso—. Fuiste tú la que se acercó.
Se giró completamente, furiosa.
—¡No me acerqué!
—Te inclinaste hacia mí.
—Fue… fue un reflejo.
—¿Un reflejo de qué?
—De nada.
—De deseo.
—¡Cállese!
Su voz resonó en el pasillo vacío. La música del club vibraba a lo lejos, como si fuera otro mundo. Aquí solo existíamos nosotros. Demasiado cerca. Demasiado tensos.
—Te tiemblan las manos —señalé.
Las escondió detrás de la espalda.
—Es rabia.
—No. —Negué despacio—. No es rabia.
Ella me sostuvo la mirada esta vez. Y en sus ojos había fuego. No miedo. No debilidad.
Fuego.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó de repente, más seria.
La pregunta me tomó desprevenido.
—Ya lo sabes.
—No. —Se acercó un paso, ahora era ella quien invadía mi espacio—. No lo sé. Porque si fuera solo lo obvio… ya se habría cansado. Y no lo ha hecho.
La miré en silencio.
Tenía razón.
—No me canso fácil.
—Eso no es una respuesta.
—Quiero que me mires como me miraste hace un minuto —admití, sin rodeos—. Quiero que dejes de fingir que no pasa nada.
—No pasa nada.
—Entonces bésame —solté de golpe.
Sus labios se entreabrieron.
—¿Qué?
—Si no pasa nada, bésame. Demuéstramelo.
Ella se quedó inmóvil.
—Eso es ridículo.
—¿Lo es? —Me incliné apenas—. Si no sientes nada, no te costará.
Su respiración volvió a acelerarse.
—Usted juega sucio.
—No estoy jugando.
—Siempre está jugando. Con todos. Conmigo no.
—Contigo no quiero jugar.
El silencio cayó pesado entre los dos.
Por un segundo creí que lo haría. Que daría ese paso. Que terminaría lo que empezó.
Pero en lugar de eso, levantó la mano y me empujó el pecho con firmeza. Esta vez sí retrocedí medio paso.
—Escúcheme bien, Dexter —su voz temblaba, pero no se quebró—. Usted está acostumbrado a que todo el mundo le diga que sí. A que nadie le ponga límites. A que sus caprichos se cumplan.
—No eres un capricho.
—Lo soy. Y cuando se canse… ¿qué? ¿Me envía flores a otra?
La pregunta me golpeó más de lo que esperaba.
—No te estoy comprando.
—¿Ah, no? —Se rió sin humor— Flores cada noche. Miradas que queman. Invadir mi camerino. ¿Cómo se llama eso?
—Obsesión —respondí sin apartar la vista.
Ella parpadeó, sorprendida por mi honestidad.
—Eso no es romántico.
—Nunca dije que lo fuera.
Un silencio más.
Su mirada bajó a mis labios otra vez. Maldita sea.
—No me mire así —susurró.
—¿Así cómo?
—Como si ya fuera suya.
Me acerqué apenas lo suficiente para que sintiera mi voz cerca de su oído.
—Porque voy a hacer que quieras serlo.
Su cuerpo se tensó.
—Eso es arrogancia.
—Es promesa.
Se apartó de mí con brusquedad.
—Usted no sabe nada de promesas. Ni de mí. Ni de lo que puedo perder si me acerco a alguien como usted.
Ahí estaba. La grieta.
—Entonces dime —murmuré—. Dime qué es lo que te asusta tanto.
Su expresión cambió por un segundo. Algo vulnerable cruzó su rostro… y desapareció tan rápido como llegó.
—Buenas noches, señor Müller.
Volvió a pasar a mi lado. Esta vez no la detuve.
Pero cuando dio tres pasos, hablé de nuevo:
—Milene.
Se detuvo.
—No voy a rendirme.
No se giró.
—Aprenda a hacerlo —respondió en voz baja.
Y se fue.
Me quedé en el pasillo, con la música retumbando en las paredes y el sabor de un beso que no ocurrió ardiéndome en la boca.
No era solo deseo.
Era desafío.
Y por primera vez en mucho tiempo… alguien me estaba diciendo que no.
Y eso, maldita sea, solo hacía que la quisiera más.