Cuando Valeria decide empezar de nuevo en una ciudad que no conoce, lo último que espera es que un simple error cambie su vida para siempre.
Un mensaje enviado a la persona equivocada la conecta con Daniel, un hombre que también está intentando dejar atrás su pasado.
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Límites borrosos
Esa noche, después de que Mateo se fuera, el silencio en el apartamento fue distinto.
Ya no era el silencio tenso de las discusiones con Daniel.
Era uno más profundo.
Más honesto.
Sofía se sentó en el sofá, abrazándose a sí misma. Las emociones estaban desordenadas: miedo, tristeza… y también algo que no podía negar.
Cuando Mateo había estado allí, había sentido seguridad.
Protección.
Algo que ya no sentía en su propia casa.
Su celular vibró.
Un mensaje de él.
*“Avísame cuando estés bien. No quiero que estés sola si tienes miedo.”*
Sofía miró la pantalla varios segundos antes de responder.
*“¿Puedes volver?”*
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Mateo regresó.
Cuando Sofía abrió la puerta, no dijo nada.
Simplemente lo abrazó.
Con fuerza.
Como alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose sola.
Mateo dudó un segundo… pero luego la rodeó con sus brazos.
El abrazo no fue breve.
Fue largo.
Necesario.
Sofía apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su respiración. Poco a poco, la tensión de su cuerpo empezó a ceder.
—No tienes que pasar por esto sola —dijo él en voz baja.
Ella levantó la mirada.
Sus rostros quedaron muy cerca.
Demasiado cerca.
Había lágrimas en sus ojos.
Pero también algo más.
Algo que llevaba meses contenido.
—Siempre me siento en paz contigo —susurró Sofía.
Mateo tragó saliva.
Porque él también lo sentía.
Y eso era peligroso.
Muy peligroso.
—Sofía… esto no está bien —dijo, aunque su voz ya no sonaba firme.
—Nada de lo que está pasando en mi vida está bien.
El silencio entre ellos cambió.
Se volvió cálido.
Cargado.
Las miradas se sostuvieron demasiado tiempo.
—Dime que no sientes nada —susurró ella.
Mateo no respondió.
Porque no podía.
Porque mentir en ese momento era imposible.
Y fue suficiente.
Sofía lo besó.
Al principio fue un beso contenido.
Inseguro.
Pero en segundos, todo lo que habían callado durante meses salió de golpe.
La necesidad.
La frustración.
El miedo.
El amor que nunca se había apagado.
Mateo la sostuvo con más fuerza, como si temiera que desapareciera si la soltaba.
El beso se volvió más intenso.
Más profundo.
Más real.
No había prisa.
Pero tampoco había distancia.
Las manos buscaban cercanía.
Los cuerpos, refugio.
Era más que deseo.
Era escape.
Era sentirse vivos otra vez.
En medio de la confusión.
En medio del caos.
En medio de decisiones que sabían que cambiarían todo.
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Horas después, el apartamento estaba en silencio.
Sofía estaba recostada, la cabeza sobre el hombro de Mateo.
Su respiración ya era tranquila.
Pero su mente no.
—Esto lo complica todo —susurró ella.
Mateo miró el techo.
—Ya estaba complicado.
Ella levantó la vista.
—Laura…
—Sí.
—Daniel…
—También.
El peso de la realidad volvió a la habitación.
Pero a pesar de todo…
Ninguno de los dos se movió para alejarse.
Porque en ese momento, entre culpa y calma, entre error y verdad…
Ambos sabían algo.
Habían cruzado una línea.
Y ya no había forma de volver a la vida de antes.
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Pero en otra parte de la ciudad…
Daniel miraba su celular.
El historial de ubicación compartida que Sofía había olvidado desactivar.
El punto estaba activo.
En el apartamento.
Y no se había movido en toda la noche.
Su expresión se endureció lentamente.
Porque por primera vez…
No estaba imaginando.
Ahora tenía una certeza.
Y la calma que apareció en su rostro…
no era buena señal.
El daño que se está incubando arrasará como un huracán con los tres, devastadoramente. No te arriendo la ganancia.