NovelToon NovelToon
Ecos Del Destino

Ecos Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno / Reencarnación
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.

Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.

Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.

Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.

Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.

Porque hay amores que regresan.

Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: Residuos

La luz de la mañana entraba por la misma ventana de siempre.

Monserrat la miró desde la cama, sin moverse, sintiendo cómo avanzaba lentamente por el suelo: primero sobre la alfombra, luego sobre la madera, después sobre los pies descalzos que había dejado fuera del edredón sin darse cuenta.

La habitación estaba igual.

Las grietas en el techo. La silla junto al armario con la ropa de ayer. El vaso de agua en la mesilla, a medio beber.

Todo estaba igual.

Pero cuando se incorporó, notó algo en el peso del cuerpo. Como si hubiera dormido mal, aunque había dormido. Como si hubiera cargado algo durante la noche y al despertar siguiera cargándolo.

Se pasó una mano por la cara. La piel estaba caliente.

El sueño no lo recordaba. Solo la sensación de haber estado en algún lugar que conocía, y de que ese lugar se había vaciado.

Se levantó.

Los pies en el suelo. El frío del mármol. El mismo frío de siempre.

Fue al baño. Abrió el grifo. El agua golpeó el lavabo con ese sonido que conocía desde niña. Se miró en el espejo mientras esperaba a que se calentara.

La misma cara. Las mismas ojeras de siempre, tal vez un poco más marcadas. El pelo revuelto. La misma boca.

Pero los ojos tardaron un segundo más de lo normal en enfocarse.

Cerró el grifo. Se secó la cara. Salió.

El desayuno estaba servido en el comedor pequeño, el de diario.

Su padre ya se había ido a la oficina. Valentina estaba en su sitio, con el teléfono en una mano y una tostada en la otra, leyendo algo que le hacía fruncir el ceño.

—Buenos días —dijo Monserrat, sentándose.

—Mm.

Valentina no levantó la vista. Monserrat tomó la cafetera y llenó su taza. La taza blanca con el borde dorado. El café humeaba igual que siempre.

Bebió un sorbo.

Estaba en la temperatura exacta.

—¿Cómo fue la gala? —preguntó Valentina, todavía sin mirarla—. Me fui antes del brindis.

—Bien. Lo de siempre.

—¿Alessandro se quedó hasta el final?

—Sí.

—Bien.

Valentina siguió leyendo. Monserrat siguió bebiendo café. El tenedor sobre el plato. La servilleta doblada. La mantequilla derritiéndose sobre la tostada que ni siquiera recordaba haberse servido.

—¿Monse?

—¿Mm?

—¿Estás bien?

Monserrat levantó la vista. Valentina la miraba ahora, con el teléfono apoyado en la mesa, el ceño menos fruncido, los ojos más atentos.

—Sí. ¿Por qué?

—No sé. Tienes… algo.

Valentina negó con la cabeza, como si no supiera explicarlo.

—Nada. Olvídalo.

Volvió al teléfono. Monserrat volvió al café.

Pero la taza, cuando la dejó, estaba más caliente que sus manos.

En la oficina, el día transcurrió con la precisión de siempre.

Correos. Llamadas. Un informe que revisar. Una reunión con el equipo de montaje sobre los seguros de las obras. Francesca llevaba la voz cantante y Monserrat asentía en los momentos correctos, tomando notas que luego tendría que releer porque no recordaba haberlas escrito.

—¿Señorita Bellini? ¿Conforme con los plazos?

—Sí. Conforme.

—¿Segura? Parecía…

—Estoy segura, Francesca. Sigue.

Francesca continuó. Monserrat siguió asintiendo. La pantalla del ordenador mostraba el fondo de escritorio: una foto de Florencia desde la colina, la misma que tenía desde hacía años.

En un momento dado, mientras Francesca hablaba de temperaturas y humedad controlada, Monserrat se dio cuenta de que estaba mirando la imagen sin verla.

Y que en el borde del cielo había algo que le recordaba otra luz. Otra noche.

—…así que he pensado que lo mejor es adelantar la climatización una semana.

—Bien.

—¿Seguro?

—Sí. Lo que tú decidas.

Francesca asintió, pero la miró un segundo más de lo necesario antes de seguir.

Monserrat volvió a la pantalla. El cielo seguía ahí.

No sabía qué estaba buscando.

El teléfono vibró sobre la mesa a las cuatro.

Bianca.

Monserrat lo miró un instante antes de contestar. La foto de Bianca sonriendo en alguna playa, con el pelo revuelto y gafas de sol. La imagen de alguien que sí sabía estar en el mundo.

—Dime.

—¿Qué tal la resaca de gala?

—Ninguna. Bebí poco.

—Claro. Tú siempre bebes poco.

Monserrat apoyó la cabeza en la mano. El teléfono, caliente contra la oreja.

—¿Cómo estuvo? Cuéntame. No pude ir, pero Luca me dijo que fue impresionante.

—¿Luca?

—El hermano de D’Angello. Fue con él.

Monserrat enderezó la espalda sin saber por qué.

—Ah.

—Sí. Parece que estuvieron por allí. Luca dice que su hermano odia esas cosas, pero esta vez insistió en ir. Cosas de negocios, supongo.

—Supongo.

Una pausa.

—Oye —dijo Bianca—. ¿Estás sola?

—Sí. ¿Por qué?

—No sé. Tu voz suena rara.

—Estoy trabajando.

—Siempre estás trabajando. No es eso.

Otra pausa. Monserrat miró la pantalla del ordenador. El correo seguía llegando. Los asuntos seguían esperando.

—Vi algo anoche —dijo Bianca.

—¿Qué viste?

—En las fotos. Las que subió la prensa. Había una de ti en el balcón.

Monserrat se quedó quieta.

—No sabía que hubiera fotos del balcón.

—Solo una. Estabas de espaldas, mirando la ciudad. Pero había alguien más. Un hombre. No se le veía bien la cara, solo la silueta. Luca dice que era su hermano.

El aire de la oficina se volvió más denso. O quizá más fino. Monserrat no supo cuál.

—No me di cuenta —dijo.

—¿De que estaba ahí?

—De que había fotógrafos.

—Monse…

—¿Qué?

—No hiciste ninguna cara.

—¿Cómo?

—Te conozco. Y en esa foto, aunque estabas de espaldas, se notaba algo.

—Se notaba mi espalda, Bianca. Eso es todo lo que se puede notar de una espalda.

Bianca rió. Una risa corta, sin alegría.

—Vale. Tú ganas. Pero por si acaso… ten cuidado.

—¿Cuidado con qué?

—Con ese. Con D’Angello. Los hermanos son diferentes, pero el mayor… Luca lo quiere, pero dice que es complicado. Que tiene cosas que no cuenta.

Monserrat pasó un dedo por el borde de la mesa. La madera lisa, fría.

—No tengo nada que ver con él.

—Ya lo sé. Solo te lo digo.

—Gracias.

Otra pausa. Más larga.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó Bianca.

—Seguro.

—Te quiero.

—Yo también.

Colgó.

Monserrat dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando la pantalla. El correo seguía llegando. El cielo de la foto seguía ahí, azul, inmutable.

Pasó un minuto. Tal vez dos.

Sus dedos, sobre el teclado, no se movían.

Salió de la oficina a las seis sin haber respondido los últimos cuatro correos. Algo que no hacía nunca.

En el coche, mirando la ciudad pasar por la ventanilla, pensó en ir a casa de Bianca.

Luego pensó en llamar a Alessandro.

No hizo ninguna de las dos cosas. Solo dijo la dirección de la villa al chófer y se quedó en silencio hasta llegar.

Cuando entró, la casa estaba quieta. Su padre en la cena de los Marchetti. Valentina fuera.

Solo el servicio, invisible y eficiente como siempre.

Dejó el bolso en el vestíbulo.

No subió a su habitación.

La sala de música estaba en silencio cuando entró.

No había venido en meses. El piano seguía allí, negro, con la tapa cerrada, ocupando el mismo espacio de siempre. Las partituras descansaban en el estante, las mismas de cuando estudiaba, las mismas de cuando dejó de hacerlo.

Monserrat se sentó en la banqueta.

La madera estaba fría. Alguien la había ajustado —probablemente el servicio— porque ya no estaba ligeramente fuera de lugar. Todo estaba perfectamente centrado, perfectamente alineado.

Levantó la tapa del teclado.

Las teclas, blancas y negras, la recibieron en silencio.

Apoyó los dedos. El índice de la mano derecha sobre el do central. El pulgar izquierdo, dos octavas más abajo, sobre un sol que no recordaba haber elegido.

No presionó.

Solo los dejó ahí, sintiendo el frío del marfil contra las yemas.

Y entonces, sin saber por qué, cerró los ojos.

No era un sueño. No era una ensoñación. Era solo el silencio de la sala, el peso de sus manos sobre las teclas, la respiración volviéndose más lenta sin que ella lo decidiera.

Y en ese silencio, algo se movió.

No una imagen. No un recuerdo. Algo más parecido a una certeza: la sensación de que debería haber alguien más en la sala. Alguien de pie junto a la ventana. Alguien escuchando. Alguien para quien esas manos, sobre esas teclas, significaban algo más que un adorno en una casa demasiado grande.

Abrió los ojos.

La sala estaba vacía.

La luz de la tarde entraba por los ventanales, dorada, cálida. Las partituras en el estante. El atril vacío. La alfombra persa que su madre había elegido cuando ella era pequeña.

Todo estaba en su sitio.

Pero Monserrat permaneció un momento más, con las manos sobre las teclas, respirando despacio.

Luego bajó la tapa del teclado.

Salió sin mirar atrás.

La noche llegó como siempre en Florencia: el cielo volviéndose añil, luego negro, luego salpicado de luces.

Monserrat cenó sola en su habitación. Una bandeja que alguien dejó en la puerta. Comió sin hambre, bebió agua sin sed, miró la televisión sin verla.

A las once apagó la luz.

A las once y cuarto, seguía despierta.

A las once y media tomó el teléfono.

No hubo decisión consciente. No existió un instante claro de voy a buscar su nombre. Sus dedos simplemente escribieron en el buscador, y cuando levantó la vista ya estaba allí:

Dorian D’Angello.

Presionó buscar.

Los resultados aparecieron en fracciones de segundo. Leyó lo justo: empresario, rival de los Vitale, operaciones en media Europa. Una foto con traje oscuro, la misma mandíbula que había visto en el balcón.

Deslizó el dedo.

Poco se sabe de su vida personal. No tiene pareja conocida.

Monserrat se quedó en esa frase.

No significaba nada. No era información. No era nada.

Apagó la pantalla.

El teléfono quedó oscuro en su mano.

Lo dejó en la mesilla, boca abajo.

Cerró los ojos.

No hay manos.

No hay voz.

Hay un lugar. Una habitación que no conoce y que, sin embargo, reconoce. Las paredes son de piedra, como las del palazzo, pero más antiguas, más vividas. La luz entra por una ventana estrecha; no es la de Florencia, es más blanca, más quieta.

Ella está en el centro. No sabe cómo llegó.

Hay alguien más. No lo ve. Lo sabe. Como se sabe que hay alguien en una habitación oscura: por la respiración, por el peso del aire.

—¿Dónde estás? —quiere preguntar, pero no tiene boca.

La luz cambia. La habitación se vacía.

Y entonces, el vacío.

No es una caída. Es algo peor: darse cuenta de que el vacío siempre estuvo ahí, esperando, y que ahora tiene forma.

Monserrat abrió los ojos.

La habitación estaba oscura. El techo con sus grietas. El silencio de la villa. Las tres de la madrugada.

Llevó la mano al pecho.

Ahí, justo en el centro, la forma del vacío que el sueño le había dejado.

1
Graciela Valenzuela
está muy bonita 😍😍😍 pero yo pienso que ya deben avanzar los personajes principales ya va por el 22 y nada . si son de vidas pasadas por lo menos ella debería ya sentir amor quizás de querer buscarlo.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
Xoo Moon
no se.por que pero la.trama esta muy lenta y no atrapa
GALATEA CORAZÓN ❤️🇨🇴🇨🇴❤️
Ellos son novios, creo que no viven juntos, pero si duermen juntos algunas veces, o sea tienen intimidad. Entonces
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴
annix
muy lenta repite casi lo mismo en cada capítulo.
Lorena del pilar Fritz Torres
lenta lenta la historia, nada memorable hasta el capítulo 15
annix
cada cuando salen los capítulos me.enganche
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play