Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.
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Capítulo 1 – Once años y una segunda oportunidad
Alessandro di Ravenna despertó con un sobresalto.
No fue el grito lo que lo trajo de vuelta al mundo, sino la ausencia de dolor.
Durante un segundo, esperó sentir el peso de la sangre secándose en sus manos, el ardor en los pulmones, el frío de una habitación vacía donde ya no quedaba nadie a quien llamar familia. En cambio, lo que sintió fue la suavidad de unas sábanas limpias, el roce tibio del aire matinal en su piel y un latido firme, joven, demasiado regular para pertenecer al cuerpo que recordaba.
Abrió los ojos.
El techo de piedra del castillo se alzaba sobre él, intacto. No había grietas ni hollín. El emblema de los Ravenna, tallado en madera oscura, seguía allí, orgulloso, como si el tiempo no hubiera pasado.
—No… —murmuró.
Se incorporó de golpe y la habitación giró un poco. No por debilidad, sino por la sorpresa de un cuerpo que no respondía como el que conocía. Bajó la mirada hacia sus manos.
Pequeñas.
Manos de niño.
El corazón le dio un golpe seco en el pecho.
Saltó de la cama y caminó tambaleante hasta el espejo de metal pulido apoyado contra la pared. El reflejo le devolvió un rostro que no veía desde hacía décadas: mejillas aún redondeadas, ojos grandes, cabello oscuro sin canas ni cicatrices. Un niño de once años lo miraba desde el otro lado del espejo con la misma expresión incrédula.
—He regresado… —susurró, y su voz sonó extrañamente aguda.
No como el duque del Norte.
No como el hombre que lo perdió todo.
Había regresado al inicio.
Los recuerdos cayeron sobre él como una tormenta sin tregua: la obsesión que confundió con amor, las decisiones tomadas por orgullo, el distanciamiento lento de su familia, el día en que el castillo quedó en silencio y comprendió que ya no había nadie esperándolo. Recordó la última vez que pensó que merecía estar solo.
Apretó los puños pequeños hasta que le dolieron.
—No perderé esta segunda oportunidad —se prometió—. No volveré a arruinarlo todo.
No sabía por qué había regresado. No sabía qué fuerza, dios o capricho del mundo lo había devuelto a ese punto del tiempo. Pero entendía el mensaje con una claridad cruel: tenía otra oportunidad para no repetir los mismos errores.
Esta vez sería diferente.
No se aferraría a nadie.
No permitiría que nadie se volviera indispensable.
Mucho menos un omega.
El castillo era el mismo… y no lo era.
Los pasillos parecían más largos desde su nueva altura. Las puertas, más pesadas. Los sirvientes lo saludaban con respeto, pero también con esa indulgencia que se le da a un heredero joven que aún no carga el peso del título. Aquello lo irritaba. En su vida pasada, el respeto había sido temor. Ahora era una mezcla de cuidado y condescendencia.
Caminó sin rumbo fijo, tratando de recordar cuándo habían comenzado realmente los errores. No el gran desastre final, sino las pequeñas decisiones que, sumadas, lo habían llevado hasta allí. Giró por el ala interior del castillo, alejándose del bullicio de las salas de estudio y los patios de entrenamiento.
Fue entonces cuando lo escuchó.
🎶 Plim… plim…
El sonido era suave, casi tímido, como si quien tocara no quisiera llamar la atención. No era música ceremonial ni un ejercicio formal. Era una melodía sencilla, imperfecta… y extrañamente honesta.
Alessandro se detuvo en seco.
Ese sonido no existía en sus recuerdos.
Siguió la música por el corredor que conducía al jardín interior. Al cruzar el arco de piedra cubierto de enredaderas, lo vio.
Un niño omega.
No debía tener más de seis años. Tenía el cabello claro un poco desordenado y la ropa sencilla de los aprendices admitidos en el castillo por talento o caridad. Un arpa, casi tan grande como él, descansaba apoyada contra su pequeño cuerpo. Sus dedos se movían con torpeza adorable, pero también con una naturalidad que no encajaba con su edad.
Alessandro frunció el ceño.
Ese niño no estaba en sus recuerdos.
—Oye —dijo, avanzando un par de pasos—. ¿Quién te dejó entrar aquí?
El niño levantó la cabeza.
Sus miradas se encontraron.
Y el omega sonrió.
No fue una sonrisa nerviosa.
No fue una sonrisa tímida.
Fue una sonrisa tranquila, como si lo hubiera estado esperando.
—Ah —dijo el niño—. Así que eres tú.
Un escalofrío recorrió la espalda de Alessandro.
—¿Me conoces?
—Claro —respondió el omega, bajándose de la banca con cuidado para no volcar el arpa—. Eres Alessandro di Ravenna.
Eso no era normal.
—¿Quién eres tú? —preguntó con dureza.
El niño dio un pequeño paso al frente.
—Luca Avenni —dijo—. Soy un omega.
—¿Qué haces en este jardín?
—Te estaba esperando.
El silencio se volvió denso, como si el aire hubiera decidido quedarse quieto entre ambos.
—No te pedí eso.
—Lo sé —respondió Luca con una tranquilidad desconcertante.
El niño lo observó de arriba abajo, con una atención impropia de su edad. Sus ojos se detuvieron en la postura rígida de Alessandro, en sus hombros tensos, en la forma en que apretaba los puños como si temiera que algo se le escapara.
—Once años —murmuró Luca para sí—. Llegaste antes de lo que pensé.
—¿Qué dijiste? —preguntó Alessandro, alerta.
—Que eres más joven de lo que imaginaba —corrigió Luca, sonriendo como si nada.
Antes de que Alessandro pudiera reaccionar, el niño dio un paso más, se puso de puntillas con evidente esfuerzo y le dio un beso rápido en la mejilla.
Fue suave.
Breve.
Escandaloso.
Alessandro retrocedió un paso, llevándose la mano al rostro.
—¡¿Qué estás haciendo?!
—Presentándome —respondió Luca con absoluta naturalidad—. Vas a ser mi esposo.
El mundo de Alessandro se detuvo.
—¡¿Qué?!
—No ahora —añadió Luca, como si eso aclarara algo—. Cuando seamos grandes.
Alessandro abrió la boca para replicar… y no encontró palabras que no sonaran absurdas frente a la seguridad de un niño de seis años.
Luca tomó el arpa con cuidado y empezó a alejarse tarareando.
—Planeo conquistarte —añadió por encima del hombro—. Nos veremos mañana.
Alessandro se quedó inmóvil en el jardín.
Once años.
Un pasado que nadie más recordaba.
Y un omega que no debía existir acababa de besarlo.
Por primera vez desde que había despertado en ese cuerpo joven, sintió algo que no estaba en ninguno de sus planes:
pánico.
El resto del día pasó en una neblina incómoda.
En la sala de estudio, los tutores hablaban de historia y política, pero Alessandro apenas escuchaba. Cada vez que el viento soplaba por las ventanas, creía reconocer el eco de una melodía sencilla. Cada vez que alguien pronunciaba su nombre, su mente volvía al “así que eres tú” de Luca, como si ese encuentro hubiera abierto una puerta que no sabía cerrar.
Se obligó a entrenar en el patio hasta que los brazos le dolieron. Golpe tras golpe, repetición tras repetición, intentó ahogar la sensación extraña que le había dejado el encuentro.
No funcionó.
Esa noche, el castillo estaba en silencio.
Alessandro se quedó sentado en su cama, con la espalda apoyada contra la pared de piedra. El sueño no llegaba. Cada vez que cerraba los ojos, veía el reflejo de un niño de seis años poniéndose de puntillas con un esfuerzo desmedido para alcanzarle la mejilla.
—No te encariñes —susurró, como si su yo adulto pudiera escucharlo—. No esta vez.
Un sonido tenue se filtró por debajo de la puerta.
🎶 Plim… plim…
Era la misma melodía. No exactamente igual, pero lo suficientemente cercana como para que su pecho se apretara sin permiso. Era torpe en algunos compases, como si quien tocara aún estuviera aprendiendo… pero había algo reconfortante en su repetición sencilla.
Alessandro no abrió la puerta. Apoyó la frente contra la madera fría y escuchó.
La música no llamaba.
No pedía nada.
Solo estaba allí.
Cuando la melodía se detuvo, el silencio pesó más que antes.
A la mañana siguiente, el castillo estaba lleno de murmullos.
—Dicen que hay un niño omega con talento para el arpa…
—Lo vi en el jardín interior. Toca bonito para ser tan pequeño.
—¿Es el mismo que se acercó al heredero Ravenna?
Alessandro pasó entre los rumores con el rostro impasible. Se prometió ignorarlos. Ignorar todo.
Giró por un pasillo… y se encontró con Luca.
—¡Buenos días! —saludó el omega, sosteniendo su arpa con ambas manos.
—No vuelvas a hacer eso —dijo Alessandro, señalando su propia mejilla—. Fue inapropiado.
Luca parpadeó.
—Ah —asintió—. Entonces hoy no beso la mejilla.
Alessandro soltó el aire, aliviado.
—Bien.
—Besaré la mano —añadió Luca con absoluta seriedad.
—¡NO!
Luca sonrió, satisfecho.
—Entonces seguimos igual.
Tocó dos notas torpes en el arpa, como un saludo secreto.
—Nos vemos luego —dijo—. No te canses mucho.
Y se fue.
Alessandro se quedó mirando el pasillo vacío con una certeza incómoda martillándole la cabeza:
Ignorar a Luca Avenni no iba a ser tan fácil como había prometido.
Esa tarde, mientras la música volvía a recorrer los corredores, Alessandro comprendió algo que no le gustó admitir:
Había regresado al pasado para no repetir errores…
pero escuchar esa melodía ya se parecía demasiado
a permitir la primera grieta.