Décimo primer libro de la saga colores
El capitán Albert Mercier, un lord arruinado de Floris emprenderá un viaje al mar a una misión de alto riesgo hacia una tierra desconocida, (Polemia) un reino helado donde se topara con Mermit, una nativa arisca que desafiará su destino.
¿Podrá el amor superar las barreras del entendimiento? Descúbrelo ya.
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15. Caricias de media noche
...ALBERT:...
Aprovecharía que Mermit estaba en las lecciones para atender a Dayanara rápidamente, la guié por el corredor de la casa y pasamos a mi estudio.
Ella parecía desconcertada por mi acción.
— Pensé que iríamos a un salón.
— El salón está ocupado, Mermit recibe sus lecciones allí — Dije, sentándome en mi silla, detrás del escritorio.
— ¿Cómo está ella? — Preguntó, sosteniendo el bolso de mano en su regazo.
— Muy bien.
— No sabía que una de mis clientas es su institutriz, entraron a mi tienda ayer a comprar un bolso — Inclinó su cabeza a un lado — Supongo que es otra coincidencia.
Había visto el bolso nuevo que Adelaida le compró a Mermit, aunque ella no pareció reparar mucho en el accesorio, lo ignoró por completo.
Tal vez por el mismo motivo de los celos.
En cambio la caja que le dí, no dejaba de apreciarla.
— Sí, el mundo es un pañuelo, te lo dice un capitán que ha viajado por todo el mundo y se ha encontrado muchas coincidencias.
— Mermit parece odiarme — Dijo, con expresión curiosa.
— ¿Cómo podría odiarte? No te conoce.
No quería contarle que Mermit estaba celosa y que justo anoche había hecho un dibujo explicando porque Dayanara no era de su agrado.
— Siento que sí lo hace, me dió muchas miradas fulminantes... ¿Hay algo entre ustedes? — Inquirió — Me gustaría conocer más a Mermit, no hemos ni hablado.
Me tensé.
¿Qué podía decir?
Sí, por supuesto que había algo.
— Soy su tutor legal.
— ¿Más allá de eso? — Arqueó las cejas, luego sacudió su mano — Perdón, no tienes que decirme, no me debes explicaciones... Yo no venía a esto — Cortó antes de que pudiera hablar más al respecto — Vine a disculparme, mi hermano fue un poco desagradable la vez pasada.
— No, no es necesario que te disculpes, debería ser él que lo haga.
— Es demasiado orgulloso y tal vez ni siquiera notó que te ofendió — Puso los ojos en blanco.
— No, no lo hizo, solo lo digo porque no fuiste tú quien dijo todas esas cosas.
— Es ridículo, siempre está sobre protegiendo, en tal caso debería ser yo quien lo haga, ya que soy la hermana mayor — Resopló.
— Los hermanos deberían ser protectores.
— Supongo que tú lo eras con tu hermana menor.
— No, no lo fui — Dije, volviendo a mi rostro serio — En fin, Tiffany ya está casada y con un hijo.
— Me alegra, jamás volví a oir de ustedes... Hasta ahora — Me evaluó detenidamente.
— Ser lord es complicado, a veces es mejor dejar de estar en boca de todos.
— Me gustó volver a verte — Dijo, sonriendo — Y saber que tienes una buena vida.
— No me quejo — Suspiré — ¿Y tú?
— Yo estoy conforme, tengo estabilidad — Tomó una postura firme.
— Me alegra.
— Albert... Quería decirte otra cosa... — Dijo, un poco nerviosa — Antes, en el pasado, tú me... Me gustabas.
— Lo sé.
— No espero que las cosas cambien ahora ni nada de eso, solo quería decirlo, es todo — Sus mejillas seguían sonrojadas — Pero, puede que ahora que te veo...
— Entiendo, tú también me gustabas, pero en ese momento era una mala persona, no supe apreciarlo... Ahora, es tarde y mis sentimientos cambiaron...
— No necesitas consolar, no hace falta — Cortó, levantándose — Sé que es tarde.
Pareció dolida, pero no podía ser el bastardo de antes y jugar con ella mientras mis sentimientos estaban en Mermit.
— Lamento si no es lo que querías oír...
— Sí, es lo que quería oír — Tomó una expresión neutral — Tengo otro pretendiente, por eso tenía que cerrar esto.
No había nada que cerrar, pero no lo dije en alto.
— Me preocuparía que una mujer como tú estuviese sola, eres una buena persona.
— ¿No quieres saber quién es? — Preguntó, arqueando las cejas.
— Supongo que lo veré cuando vaya a tu tienda.
— Es el señor William Clark — Dijo, elevando su barbilla.
— Él también es un buen hombre.
— Debo marcharme.
— Te acompaño — Me levanté.
— No hace falta, ya conozco el camino.
Lucía bastante irritada, se marchó del estudio.
...MERMIT:...
No comprendía porque Albert siempre salía huyendo cuando me acariciaba con la boca. Si aquello era una forma hacer el ritual, no me gustaba.
Lo que me hacía sentir era desesperante, cuando estuvimos en la cama y él me besaba, yo me sentí tan extraña, era algo chistoso lo que me ocurría, desesperante.
Algo en mi cuerpo se acrecentaba, como cosquilleo, calor y todo lo producía él.
Me gustaba más éste ritual, no era doloroso, sino exquisito.
Ya estaba listo para tomarme, incluso lo comprobé con mi tacto, apreciando su dureza, su tamaño.
No sabía porque pero eso aumentó más mi dulce agonía.
Todo se concentraba entre mis piernas.
Me frustraba.
Albert huyó de mí, dejándome desesperada, no sabía si eso se detenía, eventualmente se fue apaciguando y pude dormir.
En la mañana me sentí un poco distraída, Adelaida me intentaba explicar las normas de Floris.
Entendía, no podía tomar un objeto ni siquiera para apreciarlo, el dueño podría molestarse y mandar a encerrarme en un calabozo.
Había otras cosas que estaban prohibidas, como desnudarse en público.
Eso me recordó que Eudora me explicó que había algo llamado pudor y que las cosas íntimas se hacían a puerta cerrada.
Ahora lo comprendía más.
Todo tenía un castigo, como en mi tribu, pero se trataban de puros encierros y casos extremos la muerte.
No podías matar a nadie, ni forzar a nadie.
No comprendí eso último.
En mi tribu todo era castigado con la muerte, pero esas muertes eran lentas y despiadadas.
En la tierra blanca habían tantos dioses, cada tribu tenían los suyos propios, según sus creencias, pero había tres dioses principales que todos conocían.
Aquí en Floris solo existía un dios, si se cometían las faltas nombradas entonces serías castigado después de morir a un tormento eterno.
Así que era cierto, Albert no era un dios, ni siquiera los reyes lo eran.
No me importó, seguían siendo seres increíbles para mí.
Era distinto a en la tierra blanca, allí recibías los castigos en vida, pero en muerte podías ir con los dioses, si contabas con la preparación, las marcas en el cuerpo y el rito de la muerte.
Las mujeres no recibíamos tal dicha, nuestro cuerpo solo se usaba para albergar vida, una vez usado ya no le servía a los dioses.
Adelaida me pidió un poco de agua.
Marché a la cocina para buscarle un poco.
Al llegar al vestíbulo me encontré con Dayanara.
¿Qué rayos hacía aquí?
Se detuvo al verme.
Sonrió.
— Hola, Mermit.
Fruncí el ceño, apretando mis puños.
Las normas.
No podía golpear a nadie.
— Hola.
— ¿Cómo estás?
— Bien.
"Yo voy de salida" Se acercó a la puerta.
Me aproximé, acercando mi mano a su cabello.
Se giró y me detuve.
"Sé que me odias, te gusta Albert"
— Albert, mío.
Me observó detenidamente.
Abrió la puerta y se marchó.
Solté un gruñido.
Observé de donde venía.
Fruncí el ceño.
Estaba en el estudio de Albert, con él.
Al parecer no había comprendido ¿Por qué estaba haciendo que me enojara más? Sabía que me molestaba Dayanara y aún así estaba aquí en la casa.
Lo imaginé dándole besos a ella también.
Caminé hacia el estudio y abrí la puerta.
Albert estaba en el escritorio.
"¿Terminaste las lecciones?"
— Dayanara — Gruñí y se levantó de su asiento.
"Vino a hablar, es todo" Elevó sus manos.
Fruncí el ceño.
"¿No le hiciste nada? ¿verdad?"
Parecía preocupado.
Apreté mis puños.
— Mío.
Rodeó el escritorio.
"Calma, no te enojes"
Tomó mis manos, apretadas en puño, las intentó abrir.
— Mermit — Advirtió, elevando una ceja.
— Mío.
— Sí — Dijo y suspiré — Tuyo.
Señalé mi boca — ¿Dayanara? ¿Beso?
Se quedó un momento en silencio, tratando de comprender y luego pareció caer en cuenta.
— No — Dijo, tocando mis mejillas — Besos para Mermit.
Me calmé un poco.
Enseñé mi puño y negué con la cabeza.
— Dayanara.
"No la atacaste"
— Bien hecho.
Sonrió.
Lo abracé.
— Ve con Adelaida.
Me aparté.
Era cierto.
El agua de Adelaida.
Me marché del estudio y entré a la cocina.
— Agua.
La cocinera buscó un vaso y lo llenó de agua.
Me lo entregó.
— Gracias.
— A la orden, Mermit — Sonrió.
Volví con Adelaida y le entregué el vaso.
Dibujé lo que Albert me dibujó anoche mientras ella bebía el agua.
Señalé, preguntando.
Ella ajustó sus gafas.
— Es un corazón.
— ¿Corazón?
Asintió con la cabeza.
"Símbolo de amor"
No comprendí.
— Corazón — Llevó una mano a su pecho.
Toqué mi pecho, latía.
Así no se veía un corazón, recordaba que una vez hicieron un sacrificio en mi tribu, uno de los hombres se rompió una pierna cazando, no había remedio así que se dió en sacrificio para que la tribu permaneciera protegida de las desgracias, si una desgracia comenzaba otras vendrían después, así que debía haber un sacrificio para sellar la protección.
Se le arrancaba el corazón, pero no lucía así como el dibujo.
— Amor — Dijo y giré mis ojos a ella.
— ¿Amor?
"Eso es muy complicado de explicar, todavía no podemos tocar ese tema, no lo entenderías"
¿Albert quería un corazón?
Debido a las normas no podía arrancarle uno a alguien para entregárselo.
¿O tal vez quería mi corazón?
No podía dárselo, iba a morir.
Dejamos las lecciones para comer bocadillos.
Me gustaban mucho.
Eran deliciosos.
Quería aprender a prepararlos.
Me metería a la cocina para ver si como los hacían.
"¿Quién te enseñó a hacer un corazón?"
Adelaida me observó de una forma que no comprendí.
"¿Albert?"
— Albert, mío.
Se sorprendió ante mi declaración.
"¿Él lo sabe?"
— Beso.
Abrió sus ojos como platos.
...****************...
Decidí subir a la habitación de Albert, cuando no vino, llevaba tiempo despierta tocando mi caja musical, esperando por él.
Subí las escaleras, descalza para no hacer ruido.
Tomé la perilla, la giré lentamente.
Me sorprendí al hallarla abierta.
Entré con cuidado.
Caminé hacia la cama.
¿Por qué estaba durmiendo tan pronto?
Fruncí mi boca, protestando.
Yo no lo quería dormido.
Aparté con cuidado las mantas.
Estaba boca arriba, con los ojos cerrados, el cabello esparcido sobre la almohada, no tenía camisa, pero sí calzones.
Muy pocos líderes de tribu tenían el cuerpo así, solo los más fuertes.
Me trepé sobre el colchón.
Su pecho subía y bajaba con pesadez.
Me seguía sorprendiendo los músculos del abdomen y los pectorales.
Toqué, trazando mis dedos.
Se le cortó un poco la respiración.
Ya no tenía cinturón.
Así que podía verlo.
Tomé los calzones y aparté un poco.
Estaba duro.
Lo tomé con ambas manos.
Se sentía muy firme, suave.
Recordé aquellos dibujos donde salía la mujer sobre el hombre.
Las mujeres de mi tribu, debajo de los hombres tenían expresiones de sufrimiento.
Yo siempre tuve miedo de esto, pero ahora me sentía diferente.
Hubo un gesto en su rostro, pero siguió dormido.
Me trepé sobre él.
Tal vez así no dolería.
Debajo del camisón no traía nada.
Tomé su dureza y la rocé en mí.
Me aparté de inmediato.
Se sintió inquietante.
Una corriente de calor me recorrió.
Volví a intentar.
— ¡Mermit! — Gritó Albert y me asusté — ¿Qué estás haciendo?
Me apartó, caí a su lado.
Se cubrió.
"¿No hiciste...
Se veía sonrojado y alterado.
Despeinó su cabello.
"No pensé que fueras tan curiosa"
Me acerqué y le dí un beso.
"Cada vez se me hace más difícil"
Respondió a mi beso, sosteniendo mi rostro.
"¿Qué haré contigo?"
Me empujó y caí sobre la cama, se colocó a mi lado.
"Ya me has provocado demasiado"
Apretó su mandíbula.
Volvió a acariciar mi boca, mordiendo mis labios.
Bajé mi mano nuevamente a mi vientre, él la apartó.
Jadeé.
Bajó su mano.
La sumergió debajo del camisón.
Tocó mis muslos, trazando con cuidado.
¿Qué iba a hacer?
Llegó arriba.
Rozó algo.
Me estremecí, gimiendo.
Era sensible.
Tocó nuevamente, rozando su dedo de forma circular, lento en ese punto.
Me quejé, temblando, esa sensación desesperante aumentó, el calor, el cosquilleo allí.
Sus otros dedos se unieron.
Tocando entre mis pliegues.
Mis caderas querían agitarse.
Quería más.
Necesitaba algo y no sabía que era.
¿Qué era esto?
¿Por qué me tocaba allí?
Las sensaciones podían más que mi confusión.
albert los celos son malos recuerda que mermit no entiende solo es curiosa tienes que enseñarle
mermit va sentirse triste