Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 2: Maltrato.
Anabel dobló la hoja con cuidado. No porque temiera que alguien la viera, sino porque necesitaba orden incluso en los gestos más pequeños. La tinta aún estaba fresca. Había escrito poco, frases directas, sin rodeos. No era una lista larga, pero cada línea tenía peso.
Primero, su marido no puede saberlo. No la dejara.
Segundo, necesitaba aliados.
Tercero, debo encontrarlo a él.
Repasó las palabras una vez más. No había nombres, no había fechas. Si alguien llegaba a leerla, no entendería nada. Aun así, no podía conservarla. En esa casa, los papeles hablaban más de la cuenta.
Se levantó de la silla y se acercó al brasero. El fuego estaba bajo, apenas unas brasas rojas. Colocó la hoja encima y observó cómo el papel se curvaba, cómo la tinta se deshacía en negro antes de desaparecer. Solo necesitaba recordar las cosas atreves del papel.
Mejorar el pueblo no era una idea noble ni romántica. Era una necesidad. Lo veía cada vez que salía en carruaje, cada vez que cruzaban los barrios bajos sin detenerse. Niños sin abrigo, ancianos pidiendo en silencio, mujeres vendiendo lo poco que tenían. Todo eso existía mientras la nobleza discutía banquetes y títulos.
Ella no podía fingir que no lo veía.
Sabía que su marido no lo permitiría. No por crueldad, sino por conveniencia. Él creía en el orden establecido. En obedecer, en no llamar la atención, en cumplir su rol sin cuestionarlo. Para él, una mujer debía mantenerse dentro de los límites de su casa.
Anabel se acomodó el vestido y respiró hondo antes de salir de la habitación. No llevaba prisa, pero tampoco dudas. Caminó por los pasillos con paso firme. Conocía esa casa desde hacía años, aunque su mente fuera otra. Cada retrato, cada alfombra, cada sirviente que bajaba la mirada al verla pasar.
Encontró a su marido en la sala principal. Estaba revisando unos documentos, sentado frente a la mesa grande. No levantó la vista cuando ella entró.
—Necesito salir —dijo Anabel sin rodeos.
Él alzó la mirada despacio. Su expresión pasó de la concentración a la incomodidad.
—¿Salir? —repitió—. ¿A dónde?
—A la ciudad.
Él cerró el libro que tenía frente a sí.
—No es momento para eso.
—Nunca lo es, según tú.
Se levantó. Era un hombre alto, de presencia intimidante.
—No puedes salir sola —dijo—. Y menos ahora.
—No voy sola —respondió ella—. Grecia puede acompañarme.
Al oír el nombre de su hija, él frunció el ceño.
—Grecia no tiene por qué exponerse —dijo—. Y tú tampoco.
Anabel dio un paso más cerca.
—No estoy pidiendo permiso.
El silencio se tensó. Él la miró como si no la reconociera del todo.
—Eres mi esposa —dijo—. Y mientras lo seas, obedecerás las normas de esta casa.
Anabel sintió el pulso acelerarse, pero no bajó la mirada.
—No soy una prisionera.
El golpe fue rápido. No hubo advertencia. Su mano chocó contra el rostro de Anabel con fuerza suficiente para hacerla girar la cabeza. El sonido seco llenó la sala.
Todo quedó en silencio.
Anabel se llevó la mano a la mejilla por reflejo. El ardor llegó después. No lloró. No gritó. Lo miró, perpleja, como si no terminara de aceptar lo que acababa de ocurrir.
—No vuelvas a desafiarme —dijo él—. No puedes salir. Y punto.
Ella bajó la mano despacio. Lo miró fijamente. No había miedo en sus ojos. Había algo peor.
Antes de que pudiera decir una palabra, una voz temblorosa rompió el aire.
—Padre… por favor.
Grecia estaba en la puerta. Había visto todo.
La joven se acercó con pasos inseguros, colocándose entre ambos sin tocar a ninguno.
—No lo hagas otra vez —suplicó—. Mamá no hizo nada malo.
Él apretó la mandíbula. Miró a su hija y luego a Anabel.
—No te metas en esto —dijo.
—Es mi madre —respondió Grecia—. Y tú prometiste no volver a hacerlo.
Ese detalle lo hizo vacilar. Anabel lo notó. No era arrepentimiento.
—Llévate a tu madre a su habitación —ordenó—. Y que no salga hoy.
Grecia asintió de inmediato. Se giró hacia Anabel y la tomó del brazo con cuidado.
—Vamos —le dijo en voz baja—. Por favor.
Antes de salir, él añadió:
—Anabel, la próxima vez no tendré paciencia.
No hubo respuesta.
Grecia la condujo por los pasillos sin decir palabra. Cuando llegaron a la habitación, cerró la puerta con cuidado, como si temiera que alguien escuchara.
—Siéntate —dijo.
Anabel obedeció. El rostro le ardía, pero lo que más le dolía no era el golpe.
Grecia fue por un paño húmedo y se lo acercó con manos temblorosas.
—Lo siento —murmuró—. Yo no quería que pasara esto.
Anabel la miró. La joven tenía los ojos llenos de culpa, como si creyera que todo era responsabilidad suya.
—No es tu culpa —dijo Anabel con voz firme.
Grecia dudó, luego la abrazó con fuerza. Enterró el rostro en su pecho.
—Si eres obediente, no pasará otra vez —susurró—. Eso dijo la vez anterior.
Anabel cerró los ojos por un instante. Sintió cómo algo se rompía y se reorganizaba dentro de ella.
—No —dijo.
Grecia levantó la cabeza.
—¿Qué?
—No —repitió Anabel—. Esto no volverá a pasar.
La niña la miró confundida.
—Pero si te enfrentas… él se enfadará más.
—Lo sé.
—Entonces…
—Entonces cambiaré las cosas.
Grecia negó con la cabeza.
—No puedes —dijo—. Nadie puede.
Anabel le tomó el rostro con suavidad.
—Escúchame bien —le dijo—. No importa lo que te digan. No es normal que te peguen. No es normal que te encierren. Y no es normal vivir con miedo.
Grecia tragó saliva.
—Pero es así —respondió—. Siempre ha sido así.
—Eso no significa que deba seguir siéndolo.
La niña no respondió. Se limitó a abrazarla otra vez, más fuerte.
Anabel devolvió el abrazo. Por fuera, se mantuvo serena. Por dentro, la furia le recorría el cuerpo con una claridad absoluta. No era un impulso ciego. Era una decisión firme.
Su marido no debía saber lo que haría. Ahora lo sabía con más certeza que nunca.
Buscaría a esa persona. A quien pudiera ayudarla desde las sombras.
No iba a desafiarlo de frente. No todavía.
Cuando Grecia se quedó dormida a su lado, Anabel se quedó despierta. Observó el techo, escuchó los sonidos lejanos de la casa, los pasos de los sirvientes, el crujir de la madera. La nieve golpear el vidrio.
Se llevó una mano a la mejilla. El dolor seguía ahí, pero ya no importaba.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí