Elías era un estudiante de arquitectura solitario, tímido y sensible. Vivía para dibujar, cantar en silencio y refugiarse en novelas románticas donde el amor era intenso y absoluto. Tras la muerte de su abuela —la única persona que lo comprendía—, su mundo quedó vacío… hasta que una historia BL cambió su destino.
En aquella novela, el villano llamó su atención más que nadie:
un alfa poderoso, frío y temido, el gran duque del norte.
Un hombre incomprendido, marcado por una infancia cruel y condenado a morir solo entre el hielo.
Elías lo entendió.
Y lo amó… aun sin existir.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Tras perder la vida en un accidente, Elías despierta reencarnado en un mundo de fantasía, convertido en un omega masculino, de belleza delicada y mirada tierna. El mundo de la novela es ahora real… y el duque del norte también.
Esta vez, Elías no piensa ser un espectador.
Esta vez, no permitirá que el villano muera solo.
Entre jerarquías alfa–omega, heridas del pasado y
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Capitulo 2:El nombre que despertó en un mundo de nieve
El primer sonido fue el crepitar del fuego.
No era fuerte ni invasivo, sino constante, profundo, como un latido que sostenía el silencio. Luego vino el aroma: madera antigua, té de hierbas, telas limpias impregnadas de calor. El aire era distinto, más puro, más denso… real de una manera que lo desconcertó.
Elías —o lo que quedaba de él— abrió los ojos lentamente.
El techo sobre su cabeza era alto, sostenido por vigas talladas con símbolos que no reconocía. Cortinas gruesas dejaban pasar una luz blanca, invernal, que se filtraba como un susurro. Al intentar moverse, sintió el peso de mantas pesadas, suaves, envolventes. No era un hospital. No era la calle. No era su antiguo departamento vacío.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—Lioren…
La voz era grave, contenida, cargada de una emoción que parecía haber sido reprimida durante demasiado tiempo.
Elías giró la cabeza.
Un hombre alto se encontraba junto a la cama. Su postura era recta, imponente. Tenía el cabello oscuro apenas salpicado de canas, ojos ambarinos que observaban con atención absoluta. Su presencia llenaba la habitación incluso sin hablar.
Alfa.
A su lado, sentado con las manos entrelazadas, había otro hombre. Sus rasgos eran suaves, bellos de una forma serena. Cabello claro, ojos brillantes por lágrimas contenidas. Cuando se levantó, su aroma envolvió el espacio como un abrazo cálido.
Omega.
—Gracias a los cielos… —susurró el omega masculino, acercándose con pasos cuidadosos—. Has despertado, mi niño.
Algo se contrajo en el pecho de Elías.
Ese cuerpo reaccionó antes que su mente. Un impulso instintivo, profundo, lo empujó a confiar. A querer acercarse. A reconocerlos.
Pero él no los conocía.
—¿E-estoy…? —intentó hablar. Su voz salió suave, más clara, más delicada de lo que recordaba. No era la suya.
El alfa se inclinó apenas hacia adelante, como si temiera asustarlo.
—Estás en casa, Lioren.
El nombre resonó dentro de él.
Lioren.
No Elías.
Un nombre nuevo… y, sin embargo, aquel cuerpo lo aceptó sin resistencia.
La mente de Elías estaba llena de fragmentos ajenos: risas que no recordaba haber vivido, manos pequeñas tomadas por otras más grandes, una infancia cálida que no le pertenecía. Comprendió de inmediato que decir la verdad sería imposible. Nadie entendería.
Así que fingió.
—Lo siento… —murmuró, bajando la mirada—. No recuerdo nada.
El silencio cayó como una nevada espesa.
El omega masculino llevó una mano a la boca, los ojos llenándose de lágrimas antes de acercarse y tomar la mano de Lioren con extremo cuidado.
—No importa… —dijo con voz temblorosa—. Nada importa más que estés vivo.
El alfa cerró los ojos un instante, respirando hondo, y luego habló con calma firme.
—Has tenido una fiebre alta durante días. El médico advirtió que podrías despertar desorientado. No te exigiremos nada.
Lioren asintió lentamente.
Así comenzó su mentira.
Durante los días siguientes, observó en silencio.
Aprendió que era Lioren Aster, el hijo menor de los duques del territorio norteño. Un omega masculino nacido en una familia poderosa, pero profundamente unida. Aprendió que su padre, Alaric Aster, gobernaba con firmeza y justicia, respetado tanto por nobles como por el pueblo. Que su madre, Eiden, era el alma del ducado, querido por todos por su calidez y cercanía.
Y que era amado.
No de forma distante ni protocolar.
Amado de verdad.
Eiden pasaba horas a su lado, acomodándole el cabello, contándole historias de cuando era pequeño, sin exigirle que recordara. Alaric se detenía cada día, aunque fuera solo unos minutos, para asegurarse de que respiraba bien, de que comía, de que descansaba.
Lioren no sabía cómo sostener tanto afecto.
En su vida anterior, después de la muerte de su abuela, no había quedado nadie que lo esperara en casa.
Una mañana, la puerta se abrió de golpe.
—¡Lioren!
Dos jóvenes entraron casi al mismo tiempo. Altos, de hombros anchos, idénticos hasta en la forma de fruncir el ceño. Vestían uniformes de entrenamiento, espadas al costado. Su aura era fuerte, disciplinada.
—Por fin despiertas —dijo uno, soltando el aire con alivio. —Creímos que nos tocaría despedirte —añadió el otro, golpeándolo suavemente en el hombro.
Gemelos.
Rowan y Cairon Aster.
Caballeros del ducado.
Hermanos.
No dudaron en acercarse. Rowan apoyó una mano firme en su espalda; Cairon revolvió su cabello con cuidado, como si aquel gesto les perteneciera desde siempre.
—Aunque no recuerdes nada —dijo Rowan—, seguimos siendo tu familia.
La palabra familia atravesó a Lioren como una herida dulce.
Esa noche, cuando quedó solo, lloró en silencio.
No por tristeza.
Por gratitud… y por duelo.
Con el tiempo, comenzó a caminar por el castillo. Los pasillos eran amplios, diseñados para resistir el frío extremo del norte. Desde las terrazas podía ver el ducado entero: montañas cubiertas de nieve, bosques densos, el pueblo protegido por murallas sólidas. El invierno era duro, pero todo estaba pensado para sobrevivirlo juntos.
Aquello despertó algo en él.
Observaba los muros, la forma en que el viento se colaba por ciertos corredores, cómo el frío se acumulaba en algunas estancias. Su mente —la de Elías, el estudiante de arquitectura— comenzó a trabajar sin que pudiera evitarlo.
Una tarde, durante una reunión menor, habló sin pensarlo.
—Si se modificara la estructura interna del ala oeste… —dijo en voz baja, nervioso—, el viento no entraría directo. Se conservaría más calor.
El silencio fue inmediato.
Lioren sintió el impulso de disculparse, de retraerse. Pero su padre lo miró con atención genuina.
—Explícate —pidió Alaric.
Temblándole las manos, Lioren dibujó. Arcos internos, muros dobles, circulación del aire. Las líneas fluían como si siempre hubieran estado allí.
Cuando terminó, nadie habló durante varios segundos.
—Es extraordinario… —murmuró un consejero.
Alaric sonrió.
—Mi hijo tiene una mente brillante.
Algo se llenó dentro de Lioren.
Algo que había estado vacío desde que perdió a su abuela.
Días después, mientras revisaba la biblioteca del castillo, algo lo golpeó con claridad absoluta.
Mapas. Registros. Historia.
El norte.
El nombre grabado en los textos.
Kael Frostgrave.
El gran duque del norte.
El villano de la novela.
Las manos de Lioren temblaron.
Había reencarnado dentro de la historia.
No como un personaje cualquiera.
Sino como un omega amado…
en un mundo donde el hombre destinado a morir solo existía de verdad.
Esa noche, mirando la nieve caer tras la ventana, Lioren tomó una decisión.
Esta vez…
no permitiría que Kael Frostgrave quedara solo.
Porque él sabía lo que era perderlo todo.
Y porque, por primera vez, tenía un hogar…
y algo que proteger.