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Aunque Me Odies, Te Amo

Aunque Me Odies, Te Amo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor de la infancia / Amor-odio
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Sherin VR

Un árbol fue testigo de su promesa.
El destino fue testigo de su ruptura.
Emma juró que nunca lo abandonaría.
Gael juró que jamás la dejaría sola.
Pero la muerte llegó primero.
Y el silencio hizo el resto.
Ella se fue obligada.
Él se quedó creyendo que lo eligió dejar.
Entre raíces quedó escondida una carta.
Entre el orgullo quedó enterrado el amor.
Años después, el destino los volverá a cruzar.
Ya no como niños.
Ya no inocentes.
Y cuando sus miradas se encuentren…
descubrirán que lo que más duele no es perder a alguien.
Es pensar que eligió perderte.

NovelToon tiene autorización de Sherin VR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 1 — El lugar donde el mundo no duele

En el pequeño pueblo de San Lázaro, todos sabían quién era Gael Valverde.

El hijo único del hombre más poderoso del lugar.

El heredero de la mansión blanca que se alzaba en las afueras, rodeada de jardines perfectamente podados y rejas altas que parecían decirle al mundo: aquí no entra cualquiera.

Pero nadie sabía quién era Gael cuando no lo estaban mirando.

Tenía trece años y una habitación más grande que la casa de muchas familias del pueblo. Ventanales enormes, muebles elegantes, una cama demasiado grande para un adolescente que todavía dormía abrazando la almohada cuando tenía pesadillas.

La casa era hermosa.

Pero estaba vacía.

Su padre casi nunca estaba. Viajaba constantemente, cerraba negocios, asistía a reuniones. Cuando regresaba, su presencia llenaba cada rincón… no con cariño, sino con exigencia.

—Debes acostumbrarte a esto, Gael —decía con voz firme—. Algún día todo será tu responsabilidad.

Gael asentía.

Siempre asentía.

Pero nunca decía lo que realmente pensaba.

Porque lo que él quería no estaba en esa mansión.

Estaba al otro lado del pueblo.

En una casa pequeña con paredes color crema que el tiempo había desgastado un poco. Con un jardín sencillo, lleno de flores que crecían sin orden. Con un árbol grande en el centro, fuerte, antiguo, como si hubiera decidido quedarse ahí para cuidar algo importante.

Ahí vivía Emma.

Emma tenía doce años y el cabello oscuro que el viento siempre despeinaba. No usaba ropa costosa ni tenía juguetes caros, pero tenía algo que en la mansión de Gael no existía:

Risas constantes.

Su madre trabajaba en la casa de los Valverde desde hacía años. Cocinaba, limpiaba, organizaba. Y muchas veces, cuando no tenía con quién dejar a Emma, la llevaba con ella.

Así fue como se conocieron.

Gael tenía ocho años la primera vez que la vio. Ella estaba sentada en las escaleras de servicio, dibujando en una hoja arrugada mientras esperaba que su madre terminara el turno.

—¿Qué haces? —preguntó él, curioso.

Emma levantó la mirada, desconfiada.

—Un dragón.

Gael miró el dibujo torcido.

—Parece un perro con alas.

Emma frunció el ceño.

—Entonces tú dibuja uno mejor.

Y así empezó todo.

No fue instantáneo ni mágico. Fue simple. Natural. Como si dos piezas pequeñas del mundo hubieran decidido encajar sin hacer ruido.

Con el tiempo, Gael empezó a buscar excusas para bajar a la cocina. Para pasar por el jardín trasero. Para encontrarse con ella.

Hasta que un día hizo algo que nadie esperaba.

Le pidió permiso a su padre para ir a la casa de Emma.

—¿A la casa de la empleada? —preguntó su padre sin mirarlo siquiera, revisando documentos.

Gael sostuvo la mirada firme.

—A la casa de mi amiga.

Su padre no respondió de inmediato. Finalmente dijo:

—No te acostumbres demasiado a ese tipo de ambientes.

Gael no entendió del todo esa frase.

Pero sí entendió algo más importante:

Iba a ir de todas formas.

La primera vez que entró a la casa de Emma sintió algo extraño.

No había mármol en el suelo.

No había cuadros costosos.

No había silencio elegante.

Había olor a comida recién hecha.

Había una radio sonando bajito.

Había calidez.

Y en el centro del jardín…

El árbol.

—Es el más viejo del pueblo —dijo Emma con orgullo—. Mamá dice que ha visto más historias que cualquier persona.

Gael lo miró con atención.

No era perfecto. Tenía una rama torcida y la corteza marcada por el tiempo. Pero se veía fuerte. Real.

—Podemos sentarnos aquí —propuso ella.

Desde ese día, ese árbol se convirtió en su lugar.

No importaba que Gael tuviera una piscina enorme en su casa.

No importaba que pudiera tener cualquier juguete.

Siempre prefería cruzar el pueblo y sentarse bajo ese árbol.

Porque ahí no tenía que ser “el heredero”.

Solo era Gael.

Esa tarde, como muchas otras, llegó corriendo, todavía con el uniforme del colegio.

—Pensé que no vendrías —dijo Emma fingiendo molestia.

—Mi padre llegó hoy —respondió él, dejando caer la mochila sobre el césped.

Emma entendió al instante.

—¿Está de mal humor?

Gael se encogió de hombros.

—Siempre.

Se sentaron bajo el árbol. El viento movía las hojas suavemente, dejando caer pequeñas sombras sobre sus rostros.

—A veces creo que no le gusto —murmuró Gael de repente.

Emma lo miró sorprendida.

—Claro que le gustas. Es tu papá.

—Eso no significa que me conozca.

Hubo un silencio breve.

Emma apoyó la cabeza contra el tronco.

—Mi mamá dice que hay personas que aman, pero no saben cómo demostrarlo.

Gael bajó la mirada.

—Pues debería aprender.

Emma lo observó con una seriedad que no parecía de una niña de doce años.

—Yo sí sé que me importas.

Él levantó la vista.

—¿Sí?

—Sí. Aunque seas insoportable a veces.

Gael sonrió.

—Tú también lo eres.

Ella tomó una pequeña piedra del suelo.

—Hagamos algo.

Se acercó al tronco del árbol y comenzó a raspar la corteza con cuidado.

—Emma, tu mamá se va a enojar…

—Solo un poquito.

Con paciencia infantil, marcó una E.

Luego le pasó la piedra.

Gael dudó un segundo. Luego marcó una G.

—Ahora sí parece un árbol vandalizado —dijo él.

—Es arte —corrigió ella.

Entre ambas letras, dibujaron un corazón pequeño, torcido, imperfecto.

Lo observaron en silencio.

—Prometamos algo —dijo Emma extendiendo su meñique.

Gael la miró curioso.

—Que cuando crezcamos, aunque cambien las cosas… aunque vivamos en lugares distintos… aunque el mundo se vuelva raro…

—¿Qué?

—Que nunca vamos a olvidar este lugar.

Gael entrelazó su meñique con el de ella.

—Nunca.

—¿Ni si te vuelves súper rico y famoso?

Él soltó una pequeña risa.

—Ya soy rico.

Emma le dio un pequeño empujón.

—Tonto.

Gael la miró con una suavidad que no mostraba en ningún otro lugar.

—Aunque tenga todo el dinero del mundo… siempre voy a venir aquí.

El sol comenzaba a bajar, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados. Desde la ventana de la casa, la madre de Emma los observaba con una sonrisa tranquila.

Gael se levantó y extendió la mano.

—Ven.

—¿A dónde?

—A subirnos a esa rama.

—¡Nos vamos a caer!

—Confía en mí.

Emma dudó apenas un segundo antes de tomar su mano.

Subieron con torpeza, riendo, perdiendo el equilibrio, volviendo a intentarlo.

Cuando por fin se sentaron sobre la rama gruesa, el pueblo se veía diferente desde arriba.

Más pequeño.

Menos intimidante.

—Mira —susurró Emma—. Desde aquí todo parece más fácil.

Gael la miró.

—Porque estamos juntos.

Emma sonrió.

Y en ese momento, bajo el cielo encendido por el atardecer, sin saber nada del futuro, sin imaginar despedidas, accidentes ni silencios dolorosos…

Ellos creyeron que las promesas eran eternas.

Y bajo ese árbol, marcado con sus iniciales, nació algo que ni el tiempo ni la distancia podrían borrar por completo.

Esa tarde fue dulce.

Fue tranquila.

Fue suya.

Y el mundo, por unas horas, no dolió.

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Milagros Guadalupe Selvan
muy buen libro espero con ansias lo demás
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