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Ecos Del Destino

Ecos Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno / Reencarnación
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.

Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.

Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.

Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.

Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.

Porque hay amores que regresan.

Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: Arquitectura del engaño propio

El despacho de la villa, a las once de la noche, tenía la quietud de los lugares que nadie habita.

Monserrat estaba sentada frente al escritorio de su padre, el grande, el de caoba, el que usaba cuando necesitaba sentir que tomaba decisiones importantes. No había encendido la luz del techo; solo la lámpara de la mesa, un círculo amarillo que dejaba el resto de la habitación en penumbra.

Delante de ella, una hoja en blanco.

No iba a escribir nada. No necesitaba escribir. Pero la hoja estaba ahí, como un testigo, como un espacio donde ordenar lo que llevaba días desordenado.

Curiosidad intelectual.

Eso era. Lo había decidido ya. Lo único que sentía por Dorian D'Angello era curiosidad intelectual. Era un hombre inteligente, distinto a los que poblaban su mundo; alguien que hacía preguntas que otros no hacían y veía el arte de una manera que ella reconocía como propia. Eso era todo. No había más.

La reacción física cuando estaba cerca: adrenalina. Normal. El cuerpo reacciona a lo nuevo, a lo inesperado, a lo que representa un desafío. No significaba nada.

La atención que prestaba a sus palabras: estímulo intelectual. Era un interlocutor brillante. Cualquier persona con dos dedos de frente prestaría atención a alguien así.

La quietud del café, aquella noche en la galería, la sensación de que el vacío había desaparecido: cansancio. Estrés acumulado. La compañía agradable de alguien con quien podía hablar de arte sin tener que explicarlo todo.

Nada más.

Monserrat pasó un dedo por el borde de la hoja. El papel, liso, blanco, esperando.

—Curiosidad intelectual —dijo en voz baja.

La frase sonó a verdad en el silencio de la habitación.

Asintió para sí misma. Cerrado.

Apagó la lámpara y subió a dormir.

Los cuatro días siguientes fueron un ejercicio de precisión.

Monserrat se levantaba temprano, desayunaba con Valentina, iba a la galería, resolvía los problemas del día, comía con Bianca o sola, volvía a la galería, cenaba con Alessandro o con su padre, contestaba correos, leía informes, se dormía. La máquina funcionaba. Cada pieza en su sitio. Cada hora ocupada con algo que exigía atención inmediata.

El argumento se sostenía.

Por las mañanas, cuando la luz entraba por la ventana de su habitación, pensaba en él exactamente cero segundos antes de levantarse. Por las tardes, cuando Francesca mencionaba el proyecto de colaboración, ella asentía y seguía con lo suyo sin que el nombre le produjera nada especial. Por las noches, cuando cerraba los ojos, no había imagen, no había voz, no había nada.

Pero había algo.

No era un pensamiento. No era una imagen. Era una conciencia periférica, instalada en un lugar que no sabía nombrar: la certeza de que, si el nombre de D'Angello aparecía en una conversación, en un correo, en cualquier parte, algo en ella cambiaba de posición.

No era visible. No era medible. Pero estaba.

Como ese instante justo antes de dormirse en que sabes que has olvidado algo, aunque no recuerdes qué.

El apartamento de Alessandro olía a tomate, a albahaca y a algo que se cocinaba a fuego lento.

Monserrat reconoció ese olor nada más entrar. Era el olor de las pocas veces que él cocinaba, de los momentos en que dejaba de ser el heredero de los Vitale y se convertía en alguien que movía las manos sobre una tabla de cortar con la misma concentración que ponía en los negocios.

—Hueles bien —dijo ella, dejando el bolso en el sillón.

—Espero que sepa mejor.

Él estaba en la cocina, de espaldas, moviendo algo en una sartén. Llevaba un delantal ridículo que alguna vez le habían regalado y que ella le había visto usar exactamente tres veces en cuatro años.

Monserrat se acercó y lo besó en la mejilla.

—¿Qué celebramos?

—Que es viernes. Que no tengo reuniones mañana. Que tú estás aquí.

Ella sonrió. La sonrisa que era solo para él.

—Me parece bien.

Se sentó en la barra, como hacía siempre que él cocinaba, y lo observó moverse entre los fogones con esa torpeza tierna de quien hace algo que no es lo suyo, pero igual lo intenta.

—¿Cómo fue el día? —preguntó él sin dejar de remover.

—Bien. Cerramos lo de la iluminación de la sala norte. Francesca se encargó.

—¿Francesca? Pensé que lo llevabas tú.

—Lo llevaba. Pero con todo lo del proyecto D'Angello, preferí delegar.

Él asintió. No dijo nada. Pero Monserrat notó una pequeña pausa en el movimiento de la cuchara de madera.

—¿Y ese proyecto? —preguntó él, con un tono que pretendía ser casual—. ¿Cómo va?

—Bien. La inauguración es la semana que viene. Ya casi está todo listo.

—¿Vas a ir?

—Claro. Es mi galería.

—Sí, claro. Solo preguntaba.

Sirvió la pasta en dos platos, los dejó sobre la barra y se sentó frente a ella. La luz de la cocina le iluminaba el rostro de una manera que lo hacía parecer más joven, más vulnerable, más él.

—Está buena —dijo ella después del primer bocado.

—¿De verdad o es educación?

—De verdad.

Él sonrió. Esa sonrisa amplia y sincera que ella había visto miles de veces y que siempre le había parecido lo mejor de él.

Comieron en silencio un rato. El tipo de silencio que construye una relación de cuatro años. Cómodo. Conocido. Sin necesidad de llenarlo.

—Monse.

—¿Mm?

—¿Sabes lo que más me gusta de ti?

Ella levantó la vista. Él la miraba con esa intensidad que a veces aparecía, la que le recordaba por qué estaba con él.

—Dime.

—La manera en que miras las cosas. Como si cada cosa tuviera un secreto que solo tú puedes ver.

Ella no respondió de inmediato. El tenedor se quedó a medio camino entre el plato y la boca.

—¿Por qué dices eso?

—Porque es verdad. Cuando miras un cuadro, una calle, una copa de vino… cualquier cosa. Hay algo en tus ojos que dice que estás viendo más de lo que los demás vemos.

Monserrat dejó el tenedor sobre el plato. El gesto era neutro, pero sus dedos se demoraron un segundo más de lo necesario.

—Nunca me habías dicho eso.

—¿No? Pues debería. Es lo mejor de ti.

Ella lo miró. Alessandro era eso: un hombre que decía cosas así sin esperar nada a cambio. Un hombre que la miraba y veía algo que él creía hermoso. Un hombre bueno.

—Gracias —dijo.

—No me des las gracias. Es la verdad.

—Igual.

Él le tomó la mano por encima de la barra. La suya, caliente, familiar, conocida.

—¿Estás bien? —preguntó—. Últimamente te noto… no sé. Como si estuvieras en otra parte.

—Estoy bien. Solo cansada.

—¿Segura?

—Segura.

Él asintió. Apretó su mano un momento y luego la soltó para seguir comiendo.

—Por cierto —dijo—, hablé con mi padre hoy.

—¿Ah, sí?

—Quiere que adelantemos lo del anuncio. El compromiso formal. Dice que, con la situación con los D'Angello… bueno, que sería bueno que la gente nos viera unidos. Sólidos.

Monserrat sintió algo en el estómago. No supo qué.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que hablara contigo. Que era tu decisión también.

—Ah.

—No tienes que decidir ahora. Solo quería que lo supieras.

—Vale.

Él siguió comiendo. Ella también. La pasta seguía buena. La cocina seguía oliendo a tomate y albahaca. Todo seguía igual.

Pero algo en el aire había cambiado. Una presión mínima. Un peso que antes no estaba.

De vuelta en la villa, ya de madrugada, Monserrat se sentó en la cama sin encender la luz.

La luna entraba por la ventana, dibujando sombras conocidas en las paredes. Las grietas del techo, las de siempre, las que conocía de memoria.

Pensó en lo que Alessandro había dicho.

La manera en que miras las cosas. Como si cada cosa tuviera un secreto que solo tú puedes ver.

Un cumplido. Genuino, hermoso, de esos que pocas personas reciben en la vida.

Y, sin embargo.

Mientras pensaba en esas palabras, apareció otra imagen. Otra mirada. Otra persona que también la había visto mirar.

En la galería. Frente a la pieza de Conti.

El artista no capturó la memoria. Capturó el espacio que deja cuando se va.

Y ella había sentido, por un momento, que alguien la veía de verdad. No la versión de sí misma que mostraba al mundo, sino la otra. La que estaba detrás de la puerta cerrada.

Alessandro la veía hermosa.

Dorian la veía.

No era lo mismo.

Monserrat se quedó inmóvil en la oscuridad, sintiendo cómo el argumento que había construido con tanto cuidado se desmoronaba sin estrépito.

No era curiosidad intelectual. No era adrenalina. No era cansancio.

Era otra cosa.

El sueño llegó sin avisar.

Oscuridad. No la de la noche, sino la de antes de la noche, la que no tiene fondo.

Manos. Grandes, cálidas, con la piel ligeramente áspera en las yemas. Sostienen las suyas. No aprietan. Solo están.

Ella no ve la cara. No hace falta. Sabe quién es. Lo sabe como se sabe si hay alguien en una habitación a oscuras: por la respiración, por el peso del aire, por algo que no tiene nombre y no falla.

—Siempre vuelves —dice la voz.

—Nunca me fui.

—Ya lo sé.

Las manos aprietan un poco más. Lo justo para que ella sepa que está ahí. Que siempre ha estado.

—¿Y ahora? —pregunta ella.

—Ahora nada. Ahora solo esto.

—¿Y si quiero más?

—Ya lo sabrás cuando llegue el momento.

—¿Cómo voy a saberlo?

—Porque dejarás de preguntar.

Las manos. El calor. La oscuridad que ya no pesa.

Y entonces—

Monserrat abrió los ojos.

La habitación estaba oscura. El techo, con sus grietas. El silencio de la villa. Las tres de la madrugada.

Llevó la mano al pecho.

El corazón latía despacio. Tranquilo. Como si el sueño no hubiera sido una interrupción, sino una continuación.

Miró a su lado.

El espacio vacío de la cama. La sábana lisa. La almohada donde nadie dormía.

No había manos. No había calor. No había nada.

Pero ella sabía. Con una certeza que no necesitaba pruebas ni razones.

Sabía quién era en la oscuridad.

Se quedó mirando el techo, con la mano sobre el pecho, sintiendo los latidos volver a su ritmo.

Cuando el sueño regresó, ya no había manos.

Pero ella no intentó buscarlas.

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Graciela Valenzuela
está muy bonita 😍😍😍 pero yo pienso que ya deben avanzar los personajes principales ya va por el 22 y nada . si son de vidas pasadas por lo menos ella debería ya sentir amor quizás de querer buscarlo.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
Xoo Moon
no se.por que pero la.trama esta muy lenta y no atrapa
GALATEA CORAZÓN ❤️🇨🇴🇨🇴❤️
Ellos son novios, creo que no viven juntos, pero si duermen juntos algunas veces, o sea tienen intimidad. Entonces
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴
annix
muy lenta repite casi lo mismo en cada capítulo.
Lorena del pilar Fritz Torres
lenta lenta la historia, nada memorable hasta el capítulo 15
annix
cada cuando salen los capítulos me.enganche
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