En está historia veremos a una joven, dispuesta hacer lo que sea para salvar la vida de su mamá, pero, ¿Qué pasará con ella, si en el proceso se enamora? Los invito a leer.
NovelToon tiene autorización de Ana de la Rosa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cap. 2
Al día siguiente, eran las 7:00 a. m., y Sorimar se despertó con el sonido de la puerta. Era Luchi, su mejor amigo desde la primaria, quien pasaba por ella todos los días para ir al restaurante. Ella se levantó somnolienta y fue a abrir.
— ¡Hola, Luchi! — lo saludó.
— ¡Buen día, tesoro! — Él entró haciendo gestos y caminando dando curvas. Se sentó y cruzó las piernas.
Luchi era un excéntrico y peculiar gay. Su verdadero nombre era Lucas, pero todos lo llamaban Luchi. Cuando él decidió salir del clóset, muchas personas lo discriminaron por su preferencia sexual, pero no le dio importancia a los comentarios malintencionados.
Sorimar preparó café y se sentaron en el sofá, a conversar como de costumbre.
— Tesoro, ¿cómo sigue Leti? —preguntó Luchi.
Ella bajó la mirada con tristeza, cansada de responder lo mismo.
— Igual. Aún está dormida. Últimamente duerme muy poco. ¡No sé qué hacer, Luchi! No sé dónde buscar el dinero para su quimioterapia. Por más que trabajo, no me alcanza.
— ¡Cuánto lo siento, amiguis! Cómo me gustaría ayudarte, pero al igual que tú, soy una pobretona sin suerte. ¡Qué desdicha! — dijo con gestos exagerados.
— Pero voy a conseguir ese dinero, ya lo verás. Ahora me voy a cambiar, el deber nos llama.
Y mientras Sorimar se arreglaba para empezar su jornada laboral, Eykel ya estaba en su oficina, revisando contratos millonarios.
Descansaba la espalda en la comodidad de su sillón, tomándose una taza de café. Le dio un sorbo lento a la bebida, y sus ojos se posaron en la revista que tenía a unos centímetros. Miró detenidamente la portada, no porque fuese de su agrado, sino porque había una foto de él.
Seguida de la imagen, había una nota que describía su carácter personal de manera despectiva.
Eykel Richardson no tomaba en cuenta lo que las personas decían de él, le importaba un carajo.
“¡Vaya, qué fama tengo! De esa nota, lo único cierto es que para mí el amor no existe. Todo lo demás son comentarios sin base. Soy consciente de que mi forma de ser no le agrada a muchos, pero también soy consciente de que no me importa. ¡Qué increíbles son todas estas especulaciones,” se dijo a sí mismo.
Alguien tocó la puerta, y él le cedió el paso. — Adelante.
— Permiso, señor. La junta está programada para las diez de la mañana. ¿Desea que les avise a todos los ejecutivos? —preguntó su secretaria.
—Sí, por favor. Llévate esta porquería. — le pasó la revista. — No quiero ver nuevamente revistas con ese tipo de contenido en mi escritorio.
La secretaria asintió y se retiró.
Él era el tipo de hombre que no permitía que nada ni nadie afectara su mal humor.
El día continuó su curso normal.
En el restaurante, la señora Cleo, dueña del lugar, mandó a reunir a todos los empleados. Sorimar y Luchi se miraron entre sí, preguntándose qué había pasado, ya que la señora frecuentaba poco el establecimiento, y nunca se reunía con los empleados, para ellos tenían un personal específico.
Una vez todos reunidos en el salón de eventos, la señora Cleo les dio una información crucial.
— Como muchos de ustedes saben, tengo un club de caballeros. — hizo una pausa, acomodándose su elegante vestido y caminando con gracia. — Cada cierto tiempo, celebramos una subasta de virginidad. En dos semanas, quiero a algunos de ustedes allí. Será una noche de mucho trabajo. Los clientes que hacen acto de presencia son de la élite; empresarios, políticos, en fin. Elegí parte de este personal porque los conozco, y sé que son discretos. —explicó.
La señora terminó su anuncio y despidió a todos, agradeciéndoles por haber escuchado.
Horas después…
Luchi notaba a Sorimar extrañamente callada después de la reunión. Y… efectivamente, ella no dejaba de pensar en las palabras de su jefa, pero sobre todo, en la subasta de virginidad.
Mientras organizaba unas bandejas, Luchi se acercó con curiosidad, aunque ya imaginaba lo que la atormentaba. Eran demasiados años compartidos como para no conocer a su amiga.
— Tesoro, te conozco. ¿En qué estás pensando? No me contestes. — dijo rápidamente, y cerró los ojos ladeando la cabeza. — ¡Ay, no, me va a dar algo! Que no sea lo que estoy suponiendo, porque muero en este instante. —dijo dramatizando con gestos.
Sorimar se sentó, lo miró y respiró profundo. Incluso a ella le costaba pronunciar las palabras que resonaban en su mente haciendo eco.
— Luchi, ¿qué estarías dispuesta a hacer por tu madre, si estuviese viva? — no fue una pregunta, fue un dardo envenenado directo al corazón.
Él le respondió de inmediato, encogiendo los hombros con convicción.
— ¡Todo, querida! Con tal de verla con vida.
— ¡Bien! Yo también soy capaz de hacer todo por mi madre. No importa cuán grande sea el sacrificio, si tengo la esperanza de que siga a mi lado. Voy a participar en la subasta. —
Luchi se llevó la mano al pecho y se sentó de golpe. — ¡Yo quedé mala! ¡Tullimiento final! Lo sabía. ¡Es una burla!
— No, Luchi, lo digo en serio. ¿Sabes cuántos años tengo que trabajar para poder juntar el dinero que necesito? Por lo menos diez años. Mi madre necesita esas quimioterapias lo antes posible. Y ahora que tengo esa oportunidad en mis manos, la voy a aprovechar.
Sorimar era una mujer hermosa, con un cuerpo espectacular, unos ojos azules que contrastaban con su larga cabellera negra. Tenía muchos pretendientes, pero era chapada a la antigua, y no le interesaban las relaciones sentimentales, por el momento.
Aunque a Luchi le pareció una locura, una mala idea que participara en la subasta, entendía la desesperada situación y decidió apoyarla en su decisión. Para Sorimar, la salud de su madre era más importante que entregarse a un desconocido. Lo único que anhelaba era verla sana.
Al terminar su jornada, en lugar de ir a casa, Sorimar pasó por el club de la señora Cleo. Fue anunciada, y luego de unos minutos la señora la atendió.
—Adelante. —dijo la señora con amabilidad. — ¡Qué extraño verte aquí!
Sorimar mostró una sonrisa fingida, cerró la puerta detrás de sí, y se acercó al escritorio.
— Señora Cleo, necesito hablar de algo muy importante.
— Claro, te escucho, ¡siéntate! — le indicó el sillón.
Sorimar tomó asiento como si estuviese en un juzgado. Avergonzada, pero muy decidida, empezó a expresar su petición. — Señora, quiero que me explique cómo participar en la subasta.
Hay que fuerte