Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier
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Capítulo 1: La caída a las profundidades.
El aire se me escapó de los pulmones de golpe, como si una mano gigante me hubiera aplastado el pecho. Lo último que recordaba de mi vida anterior era el sonido metálico y estruendoso del choque, el cristal estallando en mil pedazos y la sensación de caer, caer sin fin, hacia una oscuridad que no tenía fondo. Creí que eso era la muerte: silencio, vacío, el fin de todo lo que había sido Isabela Voss. Una existencia de veintisiete años llena de rutinas, trabajos que no me llenaban, amistades distantes y esa sensación constante de que algo me faltaba, de que vivía a medias. Pensé que, al morir, esa sensación se iría también. Me equivoqué.
Cuando abrí los ojos, no vi cielo, ni nubes, ni luz alguna. Solo había sombras. Una oscuridad tan densa, tan profunda y absoluta, que parecía tener peso propio, como si el aire mismo estuviera hecho de negrura sólida. El suelo bajo mi cuerpo era duro, frío, de una piedra áspera y oscura que rasguñaba mi piel a través de la ropa ya rasgada y sucia que llevaba puesta. Me sentí dolorida, con cada hueso adolorido, pero viva. Eso fue lo primero que me asustó: estaba viva. ¿Cómo era posible? ¿Dónde estaba?
Me incorporé con dificultad, apoyando las manos en la roca fría. El lugar olía a humedad, a azufre, a algo antiguo y profundo, como el olor de la tierra cuando se abre bajo tus pies. A lo lejos, muy lejos, se distinguían destellos rojizos y anaranjados, venas de fuego que corrían por las paredes de piedra gigantescas que se alzaban a mi alrededor, formando abismos inmensos y caminos estrechos que se perdían en la nada. No había sol, no había estrellas, no había ninguna fuente de luz suave. Todo lo que iluminaba aquel lugar eran las llamas oscuras que brotaban de la tierra misma, pintando todo de tonos rojos, negros y granates, dándole a todo un aspecto amenazante, hermoso y aterrador a la vez.
—¿Dónde estoy? —susurré, y mi propia voz sonó extraña, pequeña, tragada rápidamente por la inmensidad de aquel espacio.
Caminé unos pasos, descalza ahora, pues había perdido los zapatos durante la caída. La superficie era irregular, llena de grietas y bordes afilados. Cada paso era un riesgo, porque no podía ver con claridad dónde terminaba el suelo y dónde empezaba el vacío. El silencio era inmenso, roto solo por el sonido lejano de algo que parecía moverse, un roce pesado, un sonido que me hizo pensar en cosas grandes, antiguas y peligrosas.
De repente, el aire cambió. Se volvió más denso, más caliente, cargado de una energía que hizo que se me erizara el vello de la nuca. Sentí una presencia. No la vi llegar, simplemente apareció, como si hubiera estado siempre ahí, oculto entre las sombras, y decidiera revelarse en ese momento.
Una figura alta, inmensa, se alzó frente a mí. Era mucho más grande que cualquier hombre, con hombros anchos y una presencia que ocupaba todo el espacio, que pesaba sobre el ambiente como una montaña. Su piel era de un tono grisáceo oscuro, casi azulado, con marcas grabadas en la piel que brillaban con el mismo fuego rojizo que corría por la tierra. Tenía cabello negro, largo y salvaje, que caía sobre sus espaldas como una manta de oscuridad, y cuernos curvos y poderosos que salían de su frente, retorcidos y negros, símbolo de algo que yo solo había leído en leyendas o pesadillas. Pero lo que me paralizó fueron sus ojos. Dos orbes profundos, del color del fuego más oscuro, que me miraron con una intensidad tal que sentí que me desnudaba el alma, que leía cada pensamiento, cada miedo, cada parte de mí.
No tenía miedo en el sentido normal. Tenía terror puro, primitivo, el instinto que le dice a una presa que está frente al depredador más letal que existe. Pero al mismo tiempo, algo extraño me ocurrió. No pude apartar la mirada. Me quedé ahí, de pie, pequeña, frágil, con la ropa hecha jirones y llena de polvo, mirando a aquel ser que parecía ser el dueño absoluto de todo lo que veía.
Él no habló de inmediato. Se acercó lentamente, cada paso suyo haciendo vibrar el suelo bajo mis pies. Su altura era imponente; tuvo que inclinarse mucho para quedar a la par de mi rostro. Su olor me envolvió: olía a humo, a roca caliente, a algo salvaje y masculino, un olor que debía ser repelente, pero que de alguna forma extraña me hizo sentir un calor extraño en el pecho.
Me miró de arriba abajo, deteniéndose en cada detalle, como si estuviera inspeccionando algo que nunca había visto antes, algo que despertaba en él una curiosidad profunda y oscura. Sus ojos ardían, y en ellos no vi compasión, ni amabilidad, ni desprecio. Vi hambre. Me deseo. Vi una necesidad que apenas comenzaba a despertar y que, sin saberlo, yo acababa de provocar al caer en su dominio.
—¿Qué eres? —preguntó. Su voz fue grave, profunda, como el estruendo de rocas chocando entre sí, una voz que hacía vibrar el aire mismo. No sonaba a pregunta, sonaba a orden, a una exigencia de saber quién era yo para atreverme a caer en su territorio.
Tragué saliva, sintiendo cómo mis piernas temblaban, pero por alguna razón que no entendí, no bajé la mirada. Mi vieja vida me había enseñado a ser invisible, a pasar desapercibida, a no molestar. Pero aquí, frente a este ser que parecía ser el mismísimo rey de la oscuridad, algo en mí se rompió. Quizás porque ya había muerto una vez y no tenía miedo de volver a morir. Quizás porque sentí que, de alguna forma inexplicable, mi destino estaba atado al suyo desde antes de que yo naciera.
—Soy Isabela —respondí, y mi voz, aunque temblorosa al principio, se fue haciendo firme a medida que pronunciaba mis palabras—. Solo soy Isabela. Caí aquí… no sé cómo, ni por qué.
Él se quedó en silencio un momento más, sus ojos escrutando los míos, buscando mentiras, buscando cualquier cosa que le dijera qué era yo. Y entonces, una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios, unos labios carnosos y oscuros que prometían tanto placer como dolor. Levantó una mano grande, con dedos largos y uñas afiladas como cuchillas, y la acercó a mi rostro. Esperé el golpe, esperé que me destrozara, pero en su lugar, sentí el tacto de sus dedos: ásperos, calientes, pero sorprendentemente suaves cuando rozó mi mejilla.
—Isabela… —Repitió mi nombre, probándolo, haciéndolo suyo, como si fuera una palabra que había estado esperando escuchar toda su existencia—. Has caído en el abismo, pequeña humana. Y ahora que estás aquí… jamás te dejaré ir.
En ese momento, supe que mi vida, o lo que fuera que me esperaba a partir de entonces, ya no me pertenecía. Había renacido, sí, pero no en un lugar de paz, sino en las profundidades mismas, y había caído directamente en las manos del ser más poderoso, más peligroso y más obsesivo que existía en cualquier mundo. Y lo peor de todo… era que, en el fondo de esa oscuridad, una parte de mí empezaba a entender que yo tampoco quería irme.
La caída había terminado, pero mi verdadera historia apenas comenzaba.