"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."
Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.
Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.
Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.
Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.
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Capítulo 8: La Boda de Sangre y Luna
El día de la boda amaneció con un cielo despejado y un sol radiante, como si el universo quisiera burlarse de la tormenta que se gestaba bajo la superficie.
Me desperté antes del amanecer, con el corazón latiéndome desbocado y el estómago revuelto. No era solo el embarazo. Era el miedo. Un miedo frío y visceral que me recorría las venas como veneno.
Marta llegó a mi habitación con el vestido de novia y una expresión sombría.
—Señora —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. He oído más rumores. Los hermanos del Alfa han estado reuniéndose en secreto toda la noche. Algo va a pasar hoy.
—Lo sé —dije, con una calma que no sentía—. Pero no podemos detenerlo. Solo podemos enfrentarlo.
Marta me miró con una mezcla de admiración y preocupación.
—Es usted más valiente de lo que aparenta, señora.
—No es valentía —admití—. Es desesperación.
Me vestí en silencio, dejando que Marta me ayudara con el vestido. Era hermoso: seda blanca con encaje en los hombros, una cola larga que se arrastraba por el suelo, y un velo de tul que caía sobre mi rostro como una cortina de niebla. Me miré en el espejo y, por un momento, vi a la mujer que podría haber sido en otra vida. Una novia feliz. Una esposa enamorada.
Pero esa no era mi realidad.
Bajo el vestido, oculto contra mi piel, llevaba el colgante de mi madre. La luna de plata con el zafiro azul. Mi herencia. Mi fuerza.
Y en el forro de mi bolso, la carta de Seraphina. Mi verdad. Mi venganza.
—¿Está lista? —Preguntó Marta, con los ojos brillantes de lágrimas no derramadas.
—No —admití—. Pero no tengo elección.
La ceremonia se celebraría en los jardines de la mansión, bajo un arco de rosas blancas y lilas. Los invitados ya estaban llegando: miembros de la manada, aliados políticos, empresarios de Silver Creek. Todos con sus mejores galas, todos sonriendo, todos fingiendo que esta era una boda feliz.
Pero yo podía oler la tensión en el aire. Podía sentir las miradas de reojo, los susurros a mis espaldas. Sabían que algo pasaba. Sabían que esta boda no era lo que parecía.
Alexander me esperaba en el altar.
Llevaba un traje negro impecable, con una corbata de seda gris y el emblema de la manada bordado en el bolsillo. Su cabello estaba peinado hacia atrás, y su expresión era seria, concentrada. Pero cuando me vio aparecer al final del pasillo, algo en sus ojos se suavizó.
Caminé hacia él con la espalda recta y la barbilla en alto. No iba a darles el placer de verme temblar. No iba a mostrar debilidad. Era una Alfa. La última de mi linaje. Y aunque nadie lo sabía todavía, pronto lo descubrirían.
Cuando llegué a su lado, Alexander tomó mi mano. Su piel estaba cálida, y sus dedos se cerraron alrededor de los míos con una firmeza que me reconfortó.
—Estás preciosa —susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo.
—Tú no estás mal —respondí, y una sonrisa fugaz le curvó los labios.
El oficiante, un anciano lobo de la manada, comenzó la ceremonia. Las palabras eran antiguas, rituales, llenas de simbolismo y promesas. Pero yo apenas las oía. Mi atención estaba en otra parte.
En Dorian, que estaba de pie en primera fila, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
En los hermanos de Alexander, que intercambiaban miradas cómplices.
En los guardias, que parecían más nerviosos de lo habitual.
—¿Elena Reed —dijo el oficiante, devolviéndome al presente—. Aceptas a Alexander Vance como tu esposo y Alfa? ¿Prometes honrarlo, protegerlo y permanecer a su lado en las buenas y en las malas, hasta que la luna deje de brillar?
Miré a Alexander. Sus ojos grises me devolvieron la mirada, y por un momento, el mundo se detuvo.
—Sí —dije, con una voz firme—. Acepto.
—¿Alexander Vance —continuó el oficiante—. Aceptas a Elena Reed como tu esposa y Luna? ¿Prometes honrarla, protegerla y permanecer a su lado en las buenas y en las malas, hasta que la luna deje de brillar?
Alexander apretó mi mano.
—Sí —dijo, con una voz profunda que resonó en todo el jardín—. Acepto.
—Entonces, por el poder que me confiere la Manada Sangre de Acero, los declaro...
—Un momento.
La voz de Dorian cortó el aire como un cuchillo.
Todos se giraron hacia él. Los invitados contuvieron el aliento. Los guardias se pusieron en alerta.
Dorian avanzó hacia el altar, con una sonrisa torcida y los ojos brillantes de malicia.
—Antes de que esta farsa continúe —dijo, alzando la voz para que todos lo oyeran—. Tengo algo que decir.
—Dorian —gruñó Alexander, con una voz peligrosa—. No es el momento.
—Oh, creo que es exactamente el momento —respondió Dorian, girándose hacia los invitados—. Amigos, miembros de la manada, aliados. Hoy estáis aquí para presenciar la unión de mi hermano con... —Hizo una pausa dramática—. Con una impostora.
Un murmullo recorrió la multitud.
—Elena Reed no es una mestiza —continuó Dorian, señalándome con un dedo acusador—. No es una humana criada por granjeros. Es algo mucho más peligroso.
—Basta —dijo Alexander, dando un paso hacia él.
—¿Vas a negarlo? —Preguntó Dorian, con una sonrisa cruel—. ¿Vas a negar que tu "prometida" es en realidad la heredera de la Manada Luna Plateada? La manada que nuestro padre destruyó hace veinte años.
El silencio que siguió fue absoluto. Podía sentir las miradas de todos los invitados clavadas en mí, como cuchillos. Podía oler su miedo, su sorpresa, su rabia.
—Elena —susurró Alexander, girándose hacia mí—. ¿Es cierto?
Lo miré. Sus ojos grises estaban llenos de preguntas, de dudas, de algo que podría haber sido traición.
Y entonces, tomé mi decisión.
—Sí —dije, con una voz clara que resonó en todo el jardín—. Es cierto.
Un gasps colectivo recorrió a los invitados.
—Soy Elena de la Luna Plateada —continué, sintiendo cómo el poder de mi loba se removía dentro de mí—. Hija de Lucian y Seraphina. La última Alfa de mi linaje.
—¿Lo ves? —Dorian se giró hacia la multitud, con los brazos abiertos—. ¡Lo admite! ¡Es una enemiga! ¡Una espía! ¡Ha venido aquí para destruirnos!
—No —dije, con una voz que cortó el aire como una espada—. No he venido a destruirlos. He venido a reclamar lo que es mío.
—¿Y qué es tuyo? —Preguntó Dorian, con desdén.
—La verdad —dije, sacando la carta de mi bolso—. La verdad sobre lo que pasó hace veinte años. La verdad sobre quién destruyó realmente a la Luna Plateada.
—Nadie quiere oír tus mentiras —dijo Dorian, dando un paso hacia mí.
—No son mentiras —dije, abriendo la carta—. Es una carta de mi madre, Seraphina. La Luna de la Luna Plateada. La mujer que huyó conmigo la noche de la masacre. La mujer que te vio, Dorian. La mujer que te reconoció como el traidor que abrió las puertas de nuestra manada a los Vance.
El silencio que siguió fue tan profundo que podía oír el latido de mi propio corazón.
—Mientes —dijo Dorian, pero su voz temblaba.
—No —dije, mostrando la carta—. Aquí está su testimonio. Firmado con su sangre. La sangre de una Luna. La sangre que nunca miente.
Dorian palideció. Sus ojos se abrieron de par en par, y por un momento, vi miedo en su mirada. Miedo puro y primitivo.
—Eso es... eso es imposible —balbuceó—. Ella está muerta. Todos lo saben.
—No está muerta —dije—. Está viva. Y está aquí.
Como si hubiera sido convocada por mis palabras, una figura emergió de entre los árboles. Una mujer alta, delgada, con el cabello plateado y los ojos azules como el hielo. Llevaba una capa oscura y caminaba con la gracia de una reina.
—Seraphina —susurró Alexander, con una voz quebrada.
Mi madre —mi verdadera madre— caminó hacia el altar, con la mirada fija en Dorian.
—Hola, Dorian —dijo, con una voz suave y peligrosa—. ¿Me recuerdas?
Dorian retrocedió, con el rostro desencajado.
—Tú... tú estás muerta. Yo te vi morir.
—Viste lo que querías ver —dijo Seraphina, deteniéndose frente a él—. Viste a una mujer caer. Pero no era yo. Era una sirvienta, una pobre alma que dio su vida para salvarme. Para que yo pudiera vivir. Para que pudiera proteger a mi hija.
—No... no puede ser... —Dorian sacudió la cabeza, negándose a creer.
—Es la verdad —dijo Seraphina, alzando la voz para que todos la oyeran—. Dorian Vance es el traidor. Él abrió las puertas de la Luna Plateada a los Vance. Él asesinó a mi esposo, el Alfa Lucian. Él ordenó la masacre de nuestra manada.
—¡Miente! —Gritó Dorian, girándose hacia los invitados—. ¡Es una impostora! ¡Una enemiga!
—Entonces demuéstralo —dije, dando un paso hacia él—. Desafíame. Un desafío de sangre. Aquí y ahora. Si soy una impostora, si no soy quien digo ser, entonces la luna no me protegerá. Pero si soy la verdadera Alfa de la Luna Plateada... —Sonreí—. Entonces tú estás condenado.
Dorian me miró, y vi el miedo en sus ojos. Miedo real, visceral. Sabía que no podía ganar. Sabía que la luna estaba de mi lado.
—No... no acepto —balbuceó—. No lucharé contra una mujer embarazada.
—Entonces eres un cobarde —dije, con desdén—. Un cobarde y un traidor. Igual que tu padre.
—¡Mi padre fue un gran hombre! —Gritó Dorian, perdiendo el control.
—Tu padre fue un asesino —dije, con una voz fría como el hielo—. Y tú eres su digno heredero.
Dorian rugió y se lanzó hacia mí.
Pero no llegó a tocarme.
Alexander se interpuso, bloqueando su ataque con una facilidad que me sorprendió. Lo agarró por el cuello y lo levantó del suelo como si fuera un muñeco de trapo.
—No te atrevas a tocar a mi esposa —gruñó, con una voz que era más bestia que humana.
—Tu... tu esposa... —jadeó Dorian, con el rostro enrojecido—. Es... una... enemiga...
—Es la Alfa de la Luna Plateada —dijo Alexander, con una voz que resonó en todo el jardín—. Y yo, Alexander Vance, Alfa de la Sangre de Acero, la reconozco como tal. Y a partir de este momento, nuestras manadas estarán unidas. No en guerra. No en enemistad. Sino en alianza.
Soltó a Dorian, que cayó al suelo, jadeando y tosiendo.
—Y tú —continuó Alexander, mirando a su hermano con desprecio—. Tú serás desterrado. Exiliado. Igual que tú hiciste con nuestra madre.
—No... no puedes... —balbuceó Dorian.
—Puedo —dijo Alexander, con una voz que no admitía réplica—. Y lo hago. Vete de esta tierra, Dorian. Y no vuelvas jamás.
Dorian se levantó, con el rostro desencajado por la rabia y la humillación. Miró a Alexander, luego a mí, luego a Seraphina. Y luego, sin decir una palabra más, se giró y desapareció entre los árboles.
El silencio que siguió fue roto por un aullido. Un aullido profundo, poderoso, que resonó en todo el jardín. Y luego otro, y otro, y otro.
Los supervivientes de la Luna Plateada, que habían estado escondidos entre los invitados, emergieron de entre la multitud. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos con el tatuaje de la luna creciente en sus muñecas. Todos arrodillándose ante mí.
—Alfa —dijeron, al unísono—. Alfa Elena. Te hemos estado esperando.
Sentí las lágrimas arder en mis ojos. Mi manada. Mi gente. Mi familia.
—Levantaos —dije, con una voz quebrada—. No os arrodilléis ante mí. Luchad conmigo.
Y entonces, Alexander tomó mi mano y me miró a los ojos.
—Elena —dijo, con una voz profunda y sincera—. No sé qué va a pasar. No sé qué nos depara el futuro. Pero sé que quiero enfrentarlo contigo. A tu lado. Como tu esposo. Como tu compañero. Como tu igual.
—¿Mi igual? —Repetí, con una sonrisa temblorosa—. ¿Estás seguro? Soy una Alfa. Una Alfa de verdad.
—Lo sé —dijo Alexander, con una sonrisa—. Y eso es exactamente lo que quiero.
Me atrajo hacia él y me besó. Un beso largo, profundo, lleno de promesas y de esperanza. Un beso que selló no solo nuestra unión, sino también la alianza entre nuestras manadas.
Cuando finalmente se apartó, ambos estábamos sin aliento.
—¿Y ahora qué? —Pregunté.
—Ahora —dijo Alexander, mirando hacia el horizonte—. Ahora empezamos de nuevo. Juntos.
Esa noche, mientras la luna llena brillaba en el cielo, me senté en el balcón de mi habitación —nuestra habitación ahora— y contemplé los jardines iluminados por antorchas. Abajo, las manadas celebraban. La Sangre de Acero y la Luna Plateada, unidas por primera vez en veinte años.
Alexander se acercó por detrás y me rodeó con sus brazos.
—¿En qué piensas? —Preguntó, apoyando la barbilla en mi hombro.
—En todo —admití—. En lo que pasó. En lo que vendrá. En... —Hice una pausa—. En nuestro hijo.
Alexander me abrazó con más fuerza.
—Será un niño afortunado —dijo—. Tendrá una madre increíble.
—Y un padre —dije, girándome para mirarlo—. ¿Qué clase de padre serás?
Alexander me miró a los ojos.
—El mejor que pueda —dijo, con sinceridad—. No seré como mi padre. No criaré a nuestro hijo con odio y violencia. Le enseñaré a amar. A proteger. A luchar por lo que es justo.
—¿Y si es una niña? —Pregunté, con una sonrisa.
—Entonces será una Alfa —dijo Alexander, con una sonrisa—. Como su madre.
Me giré en sus brazos y lo besé. Un beso lento, profundo, lleno de todo lo que no podía expresar con palabras.
Pero mientras me besaba, no pude evitar sentir algo. Algo frío. Algo oscuro. Algo que venía del norte.
Y en algún lugar de las montañas, alguien abrió los ojos.