24 culpables. 12 juegos. Una sola salida.
La noche de Halloween, una reunión de padres e hijos del prestigioso Instituto Saint Charles se convierte en una pesadilla.
Veinticuatro personas son arrastradas a una dimensión gobernada por el misterioso Sistema de la Redención y la Justicia: seis alumnos, tres autoridades del instituto y quince padres y patrocinadores.
Todos están relacionados con un secreto que terminó en muerte.
Ahora deberán superar doce juegos. Quien falle, muere. Y después de cada prueba, el Sistema revelará una nueva pieza de la historia de la víctima que todos ayudaron a destruir.
Entre ellos está Lucas, el número 24, quien aparentemente no debería estar allí. Él solo entró para devolver un pendiente.
Pero nada ocurre por casualidad.
Porque en los Juegos de la Cripta, todos son culpables.
Y cuando llegue el último juego, descubrirán que la verdadera pregunta nunca fue quién sobrevivirá...
sino quién estuvo jugando desde el principio.
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LA RULETA DE LA CORRUPCIÓN Y LAS MÁSCARAS CAÍDAS
El hedor a ozono y a carne chamuscada inundaba la garganta de los dieciocho sobrevivientes mientras dejaban atrás el cuerpo sin vida del Director Sterling, aún sujeto a la silla de hierro macizo. Las luces rojas de los sensores de sonido de la cámara anterior parpadearon por última vez antes de apagarse por completo. Detrás de ellos, la entrada de bronce se selló con un estruendo metálico seco que vibró bajo sus pies.
El nuevo pasillo era aún más estrecho y húmedo. Sobre las paredes de piedra cavada chorreaba un moho negruzco y viscoso. Las dieciocho personas avanzaban en tropel, atropellándose en la oscuridad, movidas únicamente por la desesperación animal de mantenerse alejados de la muerte.
—¿A dónde nos lleva esto? ¡¿A dónde mangueras nos está arrastrando este maldito loco?! —gimió entre dientes el magnate Marcus Miller, frotándose la frente empapada en sudor.
—A nuestra tumba... nos lleva a nuestra tumba —susurró con la voz desfigurada la Sra. Victoria Vance, que apenas lograbas avanzar apoyada dolorosamente en el hombro de su esposo, el Senador.
Al frente de la comitiva, Mason Reed caminaba a trompicones, pálido y con la respiración entrecortada por el pánico. A su lado, Lucas Fontaine apretaba con fuerza la tela de su abrigo. Lucas sollozaba en un murmullo imperceptible, abrumado por el terror de las ejecuciones anteriores y por la impactante revelación sobre su propia familia en las salas previas.
—Mason... no me dejes solo, por favor —suplicó Lucas tiritando de frío.— Todos los adultos están enloqueciendo. Van a sacrificarnos a los más jóvenes para salvarse ellos.
Mason giró el rostro, mostrando la misma mirada desolada y asustada que compartían todos los jóvenes. Le sostuvo la mano a Lucas con un temblor genuino en los dedos.
—Tranquilo, Lucas. Ya viste lo que les pasó al profesor y al director por intentar salvar su propia piel. Mientras estemos juntos, nos cuidaremos el uno al otro. Confía en mí, saldremos de esta.
Lucas asintió entre lágrimas, buscando consuelo en el joven delegado del colegio. Para Lucas y para el resto de los presentes, Mason era simplemente otro estudiante indefenso atrapado en aquel infierno subterráneo.
El corredor desembocó de pronto en una imponente estancia octogonal. En el centro no había sillas ni patíbulos. Lo que dominaba la habitación era una gigantesca mesa circular de mármol negro polished. Sobre la mesa reposaba un revólver de hierro forjado con un cilindro capaz de albergar seis balas, acompañado por dieciocho pequeñas urnas de cristal selladas con cera roja.
En la pared frontal, un sistema de proyectores de alta definición cobró vida repentinamente. En pantalla aparecieron fotografías a color, extractos bancarios, pagarés y cheques endosados por sumas astronómicas. Todos llevaban los sellos de la constructora de Marcus Miller y la firma del Juez Thomas Reed.
— Bienvenidos al Juego 4: 'La Ruleta de la Corrupción' —retumbó la voz áspera y distorsionada del Sistema desde las esquinas del techo.— En Saint Charles, la justicia tenía un precio bastante accesible para las billeteras de la élite. Sobornos para alterar actas de lesiones, pagos a peritos médicos para falsificar autopsias y sumas millonarias para comprar la dignidad de familias humildes.
Marcus Miller retrocedió un paso, con el rostro completamente descompuesto.
—¡Eso es un montaje! ¡Son transacciones comerciales legítimas de mi empresa! —gritó Miller apuntando con el dedo tembloroso a la pantalla.
— Mentir frente a la verdad solo acelera el castigo, Sr. Miller —interrumpí el Sistema con una carcajada siniestra.— Las reglas de esta ronda son demoledoras. Sobre la mesa hay un arma con una sola bala en el tambor. Cada uno de los diez adultos restantes debe confesar públicamente en qué invirtió su dinero para tapar el caso del muchacho agredido. Si la confesión es verídica, la urna de cristal frente a ustedes se abrirá, entregándoles la llave para avanzar. Si el Sistema detecta que la confesión es incompleta o falsa, el participante deberá girar el tambor del revólver, colocárselo en la sien y apretar el gatillo.
Un ahogado grito de pavor colectivo resonó en el recinto. Los jóvenes del grupo —María Vance, Chloe Thorne, Chad Miller y Tyler Evans— se replegaron aterrorizados contra el muro de piedra, viendo cómo los adultos comenzaban a mirarse entre sí como fieras acorraladas. Mason dio un paso atrás visiblemente horrorizado, cubriéndose la boca con la mano mientras contemplaba el revólver sobre la mesa.
—¡Esto es absurdo! ¡No voy a dispararme en la cabeza por las locuras de una máquina! —bramó Marcus Miller, arremetiendo contra la puerta de entrada.
Un zumbido eléctrico recorrió el marco metálico. Un chorro de vapor hirviente brotó de las ranuras del suelo, alcanzando la pierna del magnate. Miller cayó de rodillas aullando de dolor mientras se sujetaba el pantalón quemado.
— El tiempo corre, ilustre cúpula. Tienen cinco minutos para completar las confesiones o el gas neurotóxico inundará la cámara, matándolos a todos sin excepción... —sentenció la voz metálica.
05:00... 04:59...
—¡Hazlo, Marcus! ¡Confiesa de una maldita vez! —le ordered el Senador Vance con pánico, empujándolo hacia la mesa de mármol.
Marcus Miller, temblando convulsivamente y llorando de rabia, se acercó al mármol negro. La proyección mostraba una transferencia de doscientos mil dólares destinada a la clínica privada donde atendieron por primera vez al hermano agredido.
—¡Está bien! ¡Está bien! —gritó Miller desesperado.— ¡Yo pagué la cuenta del hospital! ¡Le pagué al director médico para que borrara el expediente de urgencias y redactara un informe diciendo que el chico se había caído de las escaleras por torpeza! ¡Eso fue lo que hice! ¡Pagué para proteger la carrera deportiva de mi hijo Chad!
Un sonido metálico de desbloqueo resonó en la mesa. La pequeña urna frente a Miller se abrió de golpe, dejando al descubierto una llave dorada.
— Confesión validada —anunció el Sistema.— Siguiente.
Las miradas de los sobrevivientes se dirigieron de inmediato hacia el Juez Thomas Reed. El hombre, respetado en los tribunales por su intachable reputación moral, permanecía paralizado. Su esposa a su lado lo miraba con terror. Mason observó a sus padres adoptivos con los ojos desorbitados por el miedo, completamente paralizado ante la idea de que su propio padre tuviera que tomar ese arma sangrienta.
—Tu turno, Juez —dijo el Senador Vance con una sonrisa amarga y desesperada.— Cuéntales a todos cómo firmaste la orden de restricción contra la madre de la víctima para que no pudiera acercarSe al colegio.
El Juez Reed apretó los puños, avanzando lentamente hacia la mesa de mármol. La pantalla cambió, mostrando el documento judicial que desestimaba la denuncia por lesiones graves cometidas en los vestuarios del Instituto Saint Charles. Mason tragó saliva con dificultad, ahogando un gemido de pavor mientras se aferraba al brazo de Lucas. La ruleta de la corrupción acababa de cobrar su primera víctima moral, dejando al descubierto las miserias de quienes juraron proteger la verdad.
El ambiente se volvió sofocante mientras el contador seguía descendiendo. Con un chirrido sordo, la reja posterior comenzó a elevarse un par de centímetros, ofreciendo un destello de aire helado. Los dieciocho sobrevivientes sabían que para cruzar esa puerta tendría que derramarse mucha más sangre.