Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?
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Capítulo 1
Capítulo 1: Sangre en el muelle
La lluvia caía como si el cielo quisiera ahogar la ciudad entera.
Valentina apretó el sobre contra su pecho y aceleró el paso sobre el asfalto mojado. Los charcos le salpicaban los tobillos, el agua se le metía por el cuello de la chamarra, y cada respiración le quemaba los pulmones del frío. Once cuarenta de la noche. El muelle de carga abandonado estaba a dos cuadras.
"Llegas, entregas, te vas", se repitió por tercera vez desde que salió de la casa.
Nicolás se lo había dicho como si fuera lo más simple del mundo. Un sobre. Un punto de entrega. Medianoche. Nada más. Pero Nicolás nunca explicaba los detalles que importaban, y Valentina había aprendido a no preguntar.
Los contenedores de carga aparecieron primero como sombras enormes entre la cortina de lluvia. Oxidados, apilados como piezas de un rompecabezas abandonado, formaban un laberinto de metal que olía a sal y a óxido. La grúa del muelle se recortaba contra el cielo oscuro como el esqueleto de un animal muerto.
No había nadie.
Valentina se detuvo al borde de la zona de carga y miró a su alrededor. El contacto debía estar aquí. Nicolás había dicho que la esperarían junto a la bodega tres, la que tenía la puerta pintada de azul.
—Bodega tres —murmuró, buscando con la mirada entre la hilera de estructuras.
La encontró al fondo. La pintura azul se veía negra bajo la lluvia y la oscuridad, pero la forma de la puerta coincidía. Caminó hacia ella con las piernas tensas, cada paso calculado para no resbalar sobre el concreto mojado.
Entonces lo escuchó.
Voces. Dos, tal vez tres. Amortiguadas por la lluvia pero lo suficientemente cerca para que el sonido llegara como un rumor grave entre los contenedores.
Se detuvo. El instinto le dijo que se agachara antes de que su cerebro procesara por qué.
Se pegó al costado de un contenedor rojo, con la espalda contra el metal frío, y contuvo la respiración. Las voces venían del otro lado, a unos quince metros. Asomó la cabeza con cuidado.
Tres figuras. Una de rodillas en el suelo mojado. Dos de pie.
El hombre arrodillado tenía las manos atadas a la espalda con cinta negra. La lluvia le pegaba el cabello a la cara y sus labios se movían rápido, suplicando algo que Valentina no alcanzaba a oír con claridad. Solo fragmentos. "...te juro que..." y "...no fui yo..." y algo que sonaba a un nombre.
El hombre que estaba frente a él era alto. Valentina distinguió el corte de un traje oscuro, empapado pero impecable incluso bajo el diluvio. Se movía con una calma que no tenía nada que ver con lo que estaba pasando. Como si estuviera esperando que dejara de llover para encender un cigarro.
Y entonces lo encendió.
La llama del encendedor brilló un segundo en la oscuridad. Lo suficiente para que Valentina viera el destello de un reloj de oro en su muñeca izquierda. El cigarro se encendió, y el aroma llegó hasta ella un momento después: tabaco mezclado con sándalo. Una colonia cara, fuera de lugar en un muelle de carga abandonado a medianoche.
El hombre de rodillas levantó la voz.
—...¡por favor! ¡Tengo familia! ¡Yo no...!
El del traje levantó la mano derecha. Valentina vio el arma. Negra, sin brillo. La sostuvo con la misma naturalidad con la que sostenía el cigarro en la otra mano.
"No. No, no, no..."
El disparo cortó la noche.
El cuerpo cayó hacia adelante y se quedó quieto sobre el charco que se extendía a su alrededor, oscureciéndose con algo que no era lluvia.
Valentina se tapó la boca con las dos manos. El sobre se le resbaló y cayó al suelo con un golpe suave que nadie escuchó bajo la tormenta. Su cuerpo entero temblaba. Le temblaban las rodillas, los dedos, la mandíbula. El aire no le entraba.
"Muévete. Muévete ahora."
Pero no podía. Tenía los pies clavados al piso como si el concreto se hubiera vuelto cemento fresco. El hombre del traje le dijo algo al tercero, al que estaba a un lado. Una orden corta, seca. El tercero asintió y se acercó al cuerpo en el suelo.
El del traje giró la cabeza.
No hacia ella. No exactamente. Pero lo suficiente para que la luz de un relámpago lejano le iluminara parte del rostro. Piel clara, mandíbula afilada, ojos que parecían no tener color bajo la lluvia. No pudo ver más. El relámpago se apagó y la oscuridad volvió a tragárselo.
Valentina dio un paso hacia atrás. Su tenis pisó algo metálico —una cadena suelta, una pieza de la grúa— y el sonido resonó contra el contenedor como una campana.
Los dos hombres de pie giraron al mismo tiempo.
—¡Ahí! —gritó el tercero, señalando hacia donde ella estaba.
Valentina corrió.
No pensó. No planeó una ruta. Solo corrió entre los contenedores con el corazón en la garganta y la lluvia golpeándole la cara. Escuchó pasos detrás de ella, pesados y rápidos sobre el metal y el concreto. Alguien gritó algo, una orden que se perdió en el ruido del aguacero.
Giró a la izquierda entre dos contenedores apilados. Se raspó el hombro contra una esquina oxidada y no sintió dolor. Giró otra vez a la derecha. La salida del muelle tenía que estar adelante, la reja con el hueco por donde había entrado.
El segundo disparo vino de atrás.
La bala pegó en el contenedor a su lado con un sonido metálico que le perforó los oídos. Valentina se agachó por instinto y siguió corriendo.
El tercero no falló del todo.
Sintió el ardor antes que el dolor. Un trazo de fuego le cruzó el costado derecho, justo debajo de las costillas. Como si alguien le hubiera pasado un hierro caliente por la piel. Las piernas le flaquearon pero no se detuvo. No podía detenerse.
La reja apareció delante de ella. El hueco estaba ahí, entre los barrotes doblados. Se tiró al suelo y se arrastró por debajo, sintiendo el metal rasparle la espalda. La chamarra se atoró. Jaló con fuerza y la tela se rasgó. No le importó.
Del otro lado, los pasos se detuvieron. Escuchó voces discutiendo, pero el sonido se alejaba. No la siguieron más allá de la reja.
Valentina corrió tres cuadras más antes de permitirse parar.
Se recargó contra la pared de un edificio cerrado, debajo de un toldo que no la protegía de nada. La lluvia seguía cayendo con la misma furia. Se llevó la mano al costado y la apartó. Los dedos le brillaban oscuros bajo la poca luz del alumbrado público.
Sangre. Su sangre.
"Piensa, Valentina. Piensa."
El hospital quedaba lejos. No tenía dinero para un taxi. Su teléfono estaba en el bolsillo trasero del pantalón y la pantalla se había estrellado en algún momento de la carrera. Lo sacó con manos temblorosas. La pantalla parpadeó una vez y se apagó.
No tenía a nadie. No tenía a dónde ir.
Solo tenía una dirección.
Se empujó de la pared y caminó. Cada paso le costaba más que el anterior. La herida le pulsaba con un ritmo propio, como un segundo corazón que solo sabía bombear dolor. Apretó la mano contra ella y siguió avanzando.
Cuatro cuadras. Tres. Dos.
Se tocó la oreja izquierda por costumbre —el gesto que hacía cuando estaba nerviosa— y sus dedos encontraron piel desnuda. El arete no estaba. El pequeño aro de plata que había sido de su madre. Se le había caído. En el muelle, entre los contenedores, junto a un cadáver y un sobre empapado que ya no importaba.
No se detuvo a lamentarlo. Ya no le quedaba energía para nada que no fuera caminar.
La casa de Nicolás apareció al final de la calle como siempre: grande, silenciosa, con la luz del porche encendida como si alguien la esperara. Pero nadie la esperaba. Nicolás no esperaba a nadie —la gente esperaba a Nicolás.
Subió los tres escalones del porche agarrándose del barandal con la mano que no estaba cubierta de sangre. Tocó la puerta con los nudillos. Una vez. Dos. Tres.
Pasos adentro. El cerrojo girando.
La puerta se abrió.
Nicolás estaba vestido todavía, como si no hubiera tenido intención de dormir. Camisa gris, mangas enrolladas hasta los codos, un vaso de algo color ámbar en la mano. Sus ojos recorrieron a Valentina de arriba abajo: el cabello empapado pegado a la cara, la chamarra rasgada, la mano presionada contra el costado, la sangre que se diluía con la lluvia y le goteaba por los dedos.
No se sobresaltó.
No preguntó si estaba bien.
Lo que Valentina vio en su cara no fue alivio. No fue preocupación. Fue otra cosa. Algo que se parecía al cálculo. Como un hombre contando fichas antes de apostar.
—Entra —dijo Nicolás, y dio un paso hacia atrás para dejarla pasar.
Valentina cruzó el umbral y la puerta se cerró detrás de ella con un clic suave que sonó demasiado definitivo.
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Xq el banana de Damián no hace nada?