Durante tres años, Adrián Montenegro entregó su corazón a una esposa que jamás dejó de amar a otro hombre. Mientras Valeria sacrificaba todo por su primer amor, él soportaba cada desprecio en silencio.
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Cena fría...
Las once y cuarenta y siete de la noche.
La enorme mansión Montenegro permanecía en silencio. Las luces del comedor seguían encendidas, iluminando una mesa preparada para dos.
La comida estaba fría.
Adrián Montenegro seguía sentado frente al plato intacto. Llevaba más de dos horas esperando.
Sobre la mesa había un pequeño pastel de chocolate con una sola vela. A su lado descansaba una delicada caja de terciopelo azul. Dentro había un collar de diamantes que había elegido personalmente para su esposa.
Aquella noche cumplían tres años de casados.
Él había cancelado reuniones, rechazado una cena de negocios con importantes inversionistas y regresado temprano a casa solo para celebrar con ella.
Pero Valeria nunca llegó.
El sonido de la puerta principal rompió el silencio.
Adrián levantó la mirada de inmediato.
Una sonrisa cansada apareció en su rostro.
—Volviste...
Valeria entró sin siquiera mirarlo. Vestía un elegante vestido negro y sostenía el teléfono en la mano mientras escribía un mensaje con una ligera sonrisa.
—¿Todavía estás despierto?
Adrián asintió.
—Te estaba esperando.
Ella dejó el bolso sobre el sofá.
—No era necesario.
Esas tres palabras bastaron para apagar el brillo de los ojos de Adrián.
Aun así, se levantó.
—La cena está lista. Puedo pedir que la calienten.
Valeria negó con la cabeza mientras caminaba hacia las escaleras.
—Ya cené.
Adrián permaneció inmóvil.
—¿Con quién?
Ella respondió con absoluta naturalidad.
—Con Damián.
Otra vez.
Su primer amor.
El hombre que aparecía y desaparecía de su vida cuando le convenía.
Adrián tragó el nudo que se formó en su garganta.
—Hoy era...
Valeria giró apenas el rostro.
—¿Qué?
Él observó el pastel, la mesa decorada y la caja de regalo.
Después sonrió con amargura.
—Nada.
Ella ni siquiera siguió la dirección de su mirada.
Subió las escaleras sin decir una palabra más.
Adrián quedó solo.
El silencio volvió a llenar la enorme casa.
Después de varios minutos, tomó la pequeña caja de terciopelo.
La abrió.
Los diamantes brillaban bajo la luz del comedor.
Con cuidado volvió a cerrarla.
Era el tercer regalo de aniversario que jamás llegaría a las manos de su esposa.
No porque él no quisiera dárselo.
Sino porque ella nunca tenía tiempo para recibirlo.
...
En la habitación principal, Valeria seguía sonriendo mientras enviaba mensajes.
Damián: "Gracias por acompañarme esta noche. Sabía que nunca me dejarías solo."
Ella respondió de inmediato.
Valeria: "Siempre estaré para ti."
No pasó ni un minuto cuando recibió otra respuesta.
Damián: "Eres la única persona que realmente me entiende."
Valeria sonrió como una adolescente enamorada.
No vio que, al otro lado de la puerta, Adrián levantaba la mano para tocar antes de detenerse.
Había escuchado el sonido de las notificaciones.
Sabía perfectamente con quién hablaba.
Respiró hondo.
Quería entrar.
Quería preguntarle por qué.
Quería saber en qué momento dejó de existir para ella.
Pero no lo hizo.
Simplemente dio media vuelta y caminó hacia la habitación de invitados.
Era la quinta noche de ese mes que dormía solo.
...
A la mañana siguiente, Adrián ya estaba vestido con un impecable traje gris cuando la vio bajar las escaleras.
Sobre la mesa había un desayuno preparado por él mismo.
Café recién hecho.
Frutas.
Pan caliente.
Los favoritos de Valeria.
Ella apenas tomó una taza de café.
—No tengo tiempo.
—¿Vas a la empresa?
—No.
—¿Entonces?
—Damián necesita que lo acompañe a una reunión.
Adrián guardó silencio.
Valeria tomó las llaves del auto.
—No me esperes para almorzar.
La puerta se cerró.
Gabriel Rojas, mejor amigo de Adrián, acababa de entrar por la puerta principal cuando vio la escena.
Miró la mesa llena de comida.
Luego miró a Adrián.
—¿Otra vez se fue con él?
Adrián sonrió con tristeza.
—Sí.
Gabriel apretó los puños.
—¿Hasta cuándo vas a permitir esto?
Adrián observó la taza de café que Valeria había dejado casi llena.
—No lo sé...
Gabriel golpeó la mesa con frustración.
—¡Eres su esposo, Adrián! ¡No un reemplazo mientras ella corre detrás de otro hombre!
Adrián no respondió.
Se acercó a la ventana.
Desde allí vio el automóvil de Valeria alejarse.
Ni una sola vez miró hacia atrás.
Él, en cambio, permaneció observando hasta que el vehículo desapareció de su vista.
Como siempre.
Esperándola.