Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.
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Felizmente... ¿Divorciados?
Mi madre siempre decía que el matrimonio era hermoso.
Me era fácil recordarme sentado con mi hermano mayor al costado, frente a la chimenea, solo para escuchar la historia de amor de mis padres; verdadero y duradero que hasta la fecha continuaba siendo tema de envidia entre las parejas cercanas al círculo social de la familia.
Debido a ello; mi madre solía soñar con el momento en que sus hijos también encontraran a sus respectivas parejas con las que compartirían un romance más o menos igual a la suya.
Al principio, sus palabras fueron un deseo puro, con los años se convirtió en un reto y al final, ya sus dos hijos fuimos obligados a aceptar el amor que se nos puso enfrente.
—Señor Song —me llamó el sujeto frente a mí—. Por favor, firme aquí.
Un tipo con anteojos rectangulares, de cara rechoncha y afeitado reciente, me indicó. Este señaló la hoja en la mesa, evidentemente presionando mi tiempo. No busqué responder al instante, y me tomé la libertad de recorrer todo el sitio antes de hacerlo. Solo para tomar el valor que comenzaba a necesitar.
La sala donde nos encontrábamos era enorme en apariencia, pero ahora se sentía asfixiante, como si todos estuviéramos amontonados. Los accionistas, los abogados, los funcionarios importantes; todos estaban reunidos, mirando atentamente la hoja que esperaba ser manchada con mi firma, y que marcaría un enorme cambio dentro de las empresas que estaban involucradas.
Todos estaban ansiosos, incluso yo.
—¿Todo bien, mi amor?
Una mano suave me tomó el antebrazo con una fuerza casi inhumana en una mujer promedio. Miré a mi costado, donde unos enormes ojos castaños me atraparon bajo una pizca de preocupación y hastío. Me mordí la lengua sin tener más opciones e ignoré las ganas de ahorcarla cuando se atrevió a acariciarme la mejilla para luego dejarme un descarado beso en la mandíbula.
Hija de puta.
—Todo en orden, mi amor —le sonreí.
—Gggggh, los Song son tan amorosos, ¡Aish! Ya quisiera yo que mi mujer fuera así conmigo —se quejó uno de los accionistas con mayor peso.
—Yah, señor Song —llamó otro de los presentes—. Ya que estamos aquí, ¿por qué no nos da el secreto para mantener una relación tan estable con su esposa?
Sonreí ante el comentario, con mis dedos aferrándose a la pluma. Necesitaba que todo el mundo se largara ya mismo. Quería lavarme la cara y limpiar cualquier rastro asqueroso impregnado gracias a la cercanía de la bruja que tenía a mi lado.
—Por favor, señor Xue —sonrió ella, aferrándose a mi brazo—. Victor es un hombre encantador que no necesita trucos —chasqueó la lengua—. Si quiere que su matrimonio funcione, entonces solamente haga un espacio en su agenda para llamar a su mujer y preguntarle cómo va su día.
—¿¡Así de fácil!? ¡Yah!, señora Song.
—Pruébelo, después puede hablarnos de los resultados que obtuvo.
Los hombres miraron a mi reciente esposa con los ojos acusatorios, y otros un tanto interesados. Victoria les sonrió de vuelta y dejó un beso más en mi mandíbula. Una advertencia que fue clara para mí.
Harto, me tragué la saliva e incliné la pluma para dibujar en la línea de firma, como todo el mundo estaba esperando desde hace un rato. El trazo sacó algunos suspiros, y pude ver a mis accionistas mostrándose tan aliviados; como si hubiera sido retirada una soga alrededor de su cuello. Solo entonces pude liberarme del agarre de Victoria y la pesadez que significaba su sola existencia.
—Bueno, dama, caballeros —aplaudió mi asistente, mostrándose sonriente cuando dibujé una última línea—. Me alegra informarles a todos los presentes que, a partir de ahora, de manera oficial y legalmente, Victoria y Victor están divorciados.
Mi concentración se desparramó de golpe ante la última letra escupida. Parpadeé, agitando la cabeza para tratar de aclarar lo que había escuchado. Miré al frente y la gente de antes ya no estaba ahí. En realidad, el escenario delante de mí era completamente distinto a ese día.
Ni siquiera sabía por qué carajos pensaba en ello, en el día en que mi maldito martirio inició. Y probablemente fue debido a la extrañeza de mi conducta, que mi abogado y el abogado de Victoria se empeñaron en mirarme con las cejas arrugadas, como si hubiera algo malo conmigo.
—¿Todo bien, Victor?
Carraspeé la garganta sin apartar la mirada de los papeles que recién había firmado. La cabeza me dió un tirón mareado y una punzada me apuñaló el centro del pecho cuando vi la palabra DIVORCIO en el centro superior de la hoja que terminaba de firmar.
—Anoche se emborrachó con uno de los nuevos clientes de la empresa, así que ahora tiene resaca —explicó Victoria, levantándose del sillón, y mostrándose por primera vez desde que aquellos recuerdos me atormentaron la cabeza—. Espero que eso no esté interfiriendo en tu decisión, cariño —me dijo directamente, dejando una taza de té en mi escritorio.
—Gracias —tomé la taza, dando un sorbo—. Te aseguro que la decisión de divorciarme de ti no cambiará ni aunque me amenace mi propia madre.
Victoria sonrió con gracia, sentándose en la silla frente a mi escritorio para tomar los papeles y mirarlos una vez más. Sus ojos enormes iban y venían al compás de su lectura. Un murmullo de luz le acarició la mejilla con sosiego y sentí que la boca de mi estómago se hacía nudo cuando mi cabeza describió aquella imagen como una situación verdaderamente preciosa.
—El equipo legal de ambas empresas ya ha tenido una reunión con nosotros, así que pueden estar tranquilos —informó mi abogado—. Comunicaremos a los medios sobre su divorcio dentro de siete días, si no les molesta.
—¿Por qué esperar? —indagó ella, con sus enormes pestañas revoloteando.
—El evento de caridad fue hace un par de semanas, y no necesitamos que revistas amarillistas se reúnan para buscar pretextos innecesarios que busquen dar con la razón de su separación repentina —suspiró—. Después de todo, su matrimonio ha sido muy amado por el público.
Victoria bajó la mirada hacia las hojas; la vi lamiéndose los labios antes de mirarme y sonreír con esa sorna que me alborotaba el pecho y que me motivaba a querer arrancarle los ojos ahí mismo.
—¿Hablas de la historia de una posible infidelidad? Ja —miró a su abogado—. Imagina esto: “El matrimonio Song destruido por acusaciones de adulterio entre cuñados” —me miró—. ¿No te gusta?
Rodé los ojos, jadeando una risa que, más allá de expresar gracia, solo sirvió para incomodar a los presentes. Victoria sabía perfectamente que odiaba ese chiste, incluso si no sentía nada por ella. El simple hecho de unir la existencia de Victoria con la de mi hermano era suficiente para hacerme desear que desapareciera de la faz de la tierra y nunca volver a verla. No podía evitar sentirme loco con el solo pensamiento de que Victoria tuviera un interés por John.
Me repudiaba.
—También… —Interrumpió mi abogado, mostrándose un tanto nervioso—… De acuerdo con el contrato familiar, el 25% de las acciones pasarán a ser de su sobrino Ben; esto debido a que no se cumplió con la cláusula sobre el concebimiento de un heredero dentro de su primer matrimonio.
Mi atención se dirigió a Victoria casi en automático. El aspecto jocoso de sus ojos se desvaneció casi al instante y las comisuras de sus labios se tensaron mientras pretendía bajar la mirada. Por un momento, un mísero y absurdo minuto; tuve la necesidad de acercarme y abrazarla. El anhelo de querer protegerla me sucumbió en los pensamientos, pero los hice de lado, mirando solo a mi asistente que parecía seguir haciendo anotaciones.
—Está bien —asentí—. El 25% no es nada contra el 75%. De todos modos, el niño tendrá derecho a ellas cuando cumpla la mayoría de edad, ¿correcto?
—Es correcto, señor.
—De acuerdo —me levanté—. Si no hay más que discutir, entonces pueden retirarse.
Los abogados se levantaron de sus lugares, tomando los documentos que tenía Victoria en las manos. Vi a su abogado compartir algunas palabras sutiles con ella antes de despedirse y salir de la oficina. Y así, de manera repentina, la garganta se me oprimió cuando entendí que su partida significaba la conclusión absoluta de un hecho que no se podría revertir.
No encontré la calma prometida.
—¿Puedo ayudar en algo más? —indagó mi asistente.
—Por ahora no es necesario, Leo —le sonreí—. Ve a casa y toma un descanso.
Leo asintió y Victoria le sonrió. Y yo, desde mi sitio, no pude sentirme más que rabioso y celoso por no haber recibido lo genuino de ese gesto que la hacía resaltar de entre todo el minimalismo.