En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.
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El Puente de los Atardeceres
El sol comenzaba a ocultarse detrás de los edificios de la ciudad, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas. A esa hora, cuando el bullicio del día se apagaba lentamente y las luces comenzaban a despertar, Akira siempre encontraba refugio en el mismo lugar.
El puente de los atardeceres.
No era un sitio famoso ni especialmente hermoso. La pintura de las barandas estaba desgastada por los años, y el río que corría debajo ya no era tan cristalino como contaban las historias antiguas. Sin embargo, para Akira era el único rincón donde podía respirar sin sentir el peso constante de la vida sobre sus hombros.
A sus dieciocho años, había aprendido a convivir con la soledad.
No porque estuviera completamente solo.
Tenía compañeros de clase.
Profesores que conocían su nombre.
Vecinos que lo saludaban al pasar.
Pero nadie que realmente lo conociera.
Nadie que pudiera ver las grietas ocultas detrás de su sonrisa tranquila.
Aquella tarde parecía igual a cualquier otra.
Hasta que la vio.
Una joven permanecía apoyada sobre la baranda del puente.
Su cabello largo danzaba suavemente con el viento.
Llevaba un vestido blanco sencillo que parecía brillar bajo la luz del ocaso.
Observaba el horizonte con una expresión serena, como si contemplara algo que los demás eran incapaces de ver.
Akira se detuvo.
No sabía por qué.
Algo en ella llamó su atención de inmediato.
Quizás fue la forma en que el viento parecía rodearla.
Quizás la extraña sensación de familiaridad que despertó en su interior.
O quizás aquellos ojos.
Unos ojos tan hermosos como tristes.
La joven giró lentamente la cabeza.
Sus miradas se encontraron.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
Ella sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Melancólica.
Como si hubiera estado esperándolo.
Akira sintió un extraño escalofrío recorrerle el cuerpo.
—¿Nos conocemos? —preguntó sin darse cuenta.
La muchacha pareció sorprenderse.
Luego soltó una leve risa.
—Eso depende.
—¿Depende de qué?
—De si todavía me recuerdas.
Akira frunció el ceño.
Aquella respuesta no tenía sentido.
—Estoy seguro de que nunca te había visto.
Ella bajó la mirada.
Por una fracción de segundo, algo parecido a la tristeza cruzó su rostro.
—Ya veo...
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
El viento agitó las hojas de los árboles cercanos.
A lo lejos comenzaron a encenderse las primeras luces de la ciudad.
Akira observó nuevamente a la joven.
Había algo extraño en ella.
No parecía incómoda.
No parecía nerviosa.
Era como si supiera exactamente quién era él.
—Me llamo Akira —dijo finalmente.
Ella levantó la vista.
—Lo sé.
Aquella respuesta hizo que el corazón de Akira se acelerara.
—¿Cómo?
La muchacha pareció darse cuenta de su error.
—Solo... lo escuché alguna vez.
—Eso no responde mi pregunta.
Ella volvió a sonreír.
—Entonces tendrás que descubrirlo.
—¿Y tu nombre?
Por primera vez, sus ojos brillaron con una mezcla de alegría y nostalgia.
—Hana.
El nombre quedó suspendido en el aire.
Hana.
Extrañamente, sonó familiar.
Demasiado familiar.
Como una canción olvidada que uno no ha escuchado en años.
Akira intentó recordar dónde la había oído antes.
Pero no encontró respuesta.
—Es un bonito nombre.
—Gracias.
El sol terminó de ocultarse.
Las sombras comenzaron a extenderse sobre el puente.
Hana observó el cielo.
—Ya es hora.
—¿Hora de qué?
Ella dio un paso hacia atrás.
—De irme.
—¿Volverás mañana?
La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.
Hana pareció sorprendida.
Luego sonrió con una dulzura que hizo temblar algo dentro de él.
—Sí.
Mañana.
A la misma hora.
Antes de que Akira pudiera responder, una ráfaga de viento cruzó el puente.
Instintivamente cerró los ojos.
Y cuando volvió a abrirlos...
Hana había desaparecido.
No caminando.
No alejándose.
Simplemente ya no estaba allí.
Akira observó a ambos lados del puente.
Vacío.
Completamente vacío.
Un escalofrío recorrió su espalda.
—¿Qué demonios...?
Sin saberlo, mientras permanecía inmóvil bajo las primeras estrellas de la noche, acababa de dar el primer paso hacia una historia que desafiaría el tiempo, la vida y la muerte.
Y muy lejos de allí, en algún lugar donde los vivos y los muertos apenas podían rozarse, Hana susurró una sola frase:
—Por fin te encontré, Akira.