Aurora Rivas solo quería sobrevivir aquella noche.
Traicionada por su prometido, drogada por su propia familia y perseguida en un hotel de lujo, terminó en brazos de Damian Montero, el hombre más poderoso de la Ciudad de México… y el Alfa de la manada más antigua.
Para Aurora fue una noche que debía olvidar.
Para Damian, fue el despertar de su lobo.
Ella huyó antes del amanecer sin saber que la mordida que dejó en su hombro no era una simple marca, sino el lugar exacto donde una Luna reclama a su Alfa.
Semanas después, Aurora descubre que está embarazada.
No de un bebé.
De cuatro.
Ahora la familia que quiso destruirla quiere arrebatarle lo único que le queda, mientras la manada Montero empieza a inclinarse ante una humana que jamás pidió ser reina.
Aurora no sabe que nació Luna.
Damian sí.
Y esta vez, el Alfa no va a dejar escapar a su pareja destinada.
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Capítulo 14
# Capítulo 014: Refugio
Aurora despertó con olor a chilaquiles.
Tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
El techo no era el de la residencia.
La cama no crujía.
La manta no olía a detergente barato ni a humedad de cuarto compartido.
Entonces lo recordó todo: la lluvia, el hospital, el caldo y Damián diciendo «me gustas» como si no acabara de ponerle una bomba en las manos.
Aurora se tapó la cara con la almohada.
—No.
Su celular vibró sobre la mesa de noche.
Camila:
«Reporte de supervivencia».
Valeria:
«¿Sigue vivo el millonario?».
Sofía:
«¿Dormiste? ¿Comiste? ¿Te duele algo?».
Aurora contestó primero a Sofía porque era la única que no empezaba una investigación criminal antes del desayuno.
«Dormí. Comí. Me duele casi todo, pero menos».
A Camila:
«Sobreviví».
A Valeria:
«No mates a nadie antes de las diez».
Valeria respondió al instante:
«No prometo nada».
Aurora se levantó con cuidado. El tobillo molestaba, pero no tanto como la noche anterior. En la silla había ropa nueva: jeans, blusa sencilla, ropa interior sin abrir, calcetines, tenis blancos.
Todo de su talla.
—Marco —murmuró, resignada.
En el baño se lavó la cara y revisó el labio. La hinchazón había bajado un poco. La marca de la bofetada seguía en la mejilla, amarilla y roja, imposible de esconder sin maquillaje.
Aurora la miró.
No iba a esconderla.
Si Ricardo quería dejar pruebas, perfecto.
Salió de la habitación siguiendo el olor.
Encontró a Damián en la cocina.
Otra vez.
Sin saco, con camisa negra, mangas dobladas y una sartén en la mano.
—Esto ya es sospechoso —dijo Aurora.
Damián giró.
—Buenos días.
—Los empresarios normales no cocinan dos veces seguidas.
—No conozco tantos empresarios normales.
—Tú eres el peor ejemplo.
—Siéntate.
Aurora levantó una ceja.
Damián corrigió:
—Por favor.
—Mejor.
Se sentó en la barra. Había jugo de naranja, café, fruta cortada y un plato enorme de chilaquiles verdes con pollo, crema y queso.
Aurora miró el plato.
—¿Esperas alimentar a una persona o a un equipo de fútbol?
—Ayer pediste más caldo.
—Eso fue un momento vulnerable.
Damián puso cubiertos frente a ella.
—Hoy también puedes tener uno.
Aurora intentó no sonreír.
Falló por poco.
Comió el primer bocado y cerró los ojos.
—¡Maldita sea!
—¿Eso es bueno?
—Eso es injusto.
Damián sirvió café.
—Tono te llevará a la UAM si todavía quieres ir.
Aurora abrió los ojos.
—Voy a ir.
—Lo supuse.
—¿No vas a decirme que descanse?
—La doctora dijo reposo. Tú vas a ignorarla. Yo puedo perder diez minutos discutiendo o asegurarme de que llegues con hielo para el tobillo.
Aurora lo miró con sospecha.
—Aprendes rápido.
—Soy aplicado. Lo odiabas, creo.
—Lo sigo odiando.
Antes de que pudiera tomar otro bocado, una voz de mujer explotó desde la entrada.
—¡Ay, Virgencita Santa!
Aurora casi tiró el tenedor.
Una mujer de unos sesenta años entró a la cocina con una bolsa enorme en cada mano. Era bajita, redonda, de ojos vivos, cabello recogido y una energía capaz de llenar todo el departamento.
Vio a Aurora.
Después vio a Damián.
Después volvió a ver a Aurora.
La bolsa cayó al suelo.
—¡Por fin!
Damián cerró los ojos.
—Doña Lupe.
—¡No me «Doña Lupe» nada! —La mujer se acercó a Aurora con las manos en el pecho—. ¡Ay, mi niña! Pero si estás flaquita. Y golpeada. ¿Quién te hizo eso? Dime y le pongo chile en los ojos.
Aurora se quedó inmóvil.
La mujer ya la estaba abrazando.
No preguntó.
No midió.
La envolvió con olor a jabón, masa caliente y una ternura tan abrupta que Aurora no supo dónde poner las manos.
Damián dio un paso.
—Lupe.
—Tú cállate, joven. Treinta años esperando que trajeras a alguien a casa y mira cómo la traes, toda rota. ¿Así se recibe a una muchacha?
Aurora parpadeó contra el hombro de la mujer.
—No estoy...
—Sí estás, mi niña. Pero aquí se come, se duerme y se sana. En ese orden.
Aurora miró a Damián por encima del hombro de Doña Lupe.
Él parecía un alfa enfrentando un enemigo imposible.
—¿Ella siempre es así? —preguntó Aurora.
—Peor cuando hay visitas.
Doña Lupe la soltó y le tomó la cara con cuidado.
—Bonita. Ojerosa, pero bonita. Come. El caldo cura tristezas, pero los chilaquiles levantan muertos.
Aurora soltó una risa.
Doña Lupe se llevó una mano al corazón.
—Ahí está. Ya me cayó bien.
Damián murmuró:
—Eso tomó ocho segundos.
—Siete —dijo Aurora.
Doña Lupe chasqueó la lengua.
—¿And cómo te llamas, mi niña?
—Aurora.
La expresión de Doña Lupe cambió apenas, apenas un parpadeo, antes de sonreír más suave.
—Aurora. Qué nombre tan bonito. Como empezar de nuevo.
Aurora bajó la mirada al plato.
No sabía por qué eso dolió.
Damián sí lo notó.
—Doña Lupe va a quedarse unos días —dijo—. Si tú quieres.
—¿Para vigilarme?
Doña Lupe resopló.
—Para alimentarte. Vigilar al terco de mi patrón ya es trabajo suficiente.
—No soy terco —dijo Damián.
Las dos mujeres lo miraron.
Damián tomó su café.
—Está bien.
El timbre sonó.
Doña Lupe alzó las cejas.
—¿Ahora quién? ¿También trajiste mariachi?
Marco entró primero, cargado con bolsas de farmacia, cajas de ropa y una carpeta. Detrás de él apareció una mujer joven, muy arreglada, con traje beige, labios rojos y una tableta contra el pecho.
—Buenos días —dijo ella—. Perdón por interrumpir.
Damián señaló a Aurora.
—Aurora, ella es Linda Paredes, mi secretaria.
Linda miró a Aurora con una curiosidad apenas disimulada.
—Mucho gusto.
Aurora levantó una mano.
—Hola.
Marco dejó las bolsas sobre la mesa.
—Medicinas, hielo instantáneo, cargadores, documentos de respaldo del celular, ropa adicional, artículos de higiene y una lista de abogadas por si decide avanzar con la denuncia familiar.
Aurora lo miró.
—¿Tú duermes?
Linda respondió por él:
—No lo suficiente.
Marco la ignoró.
—También hay una copia digital del video completo del salón y de la publicación original.
Aurora sintió que el desayuno se le asentaba pesado.
—Gracias.
Marco asintió.
Linda seguía mirando.
Damián lo notó.
—Linda.
—¿Sí?
—No.
Linda hizo cara inocente.
—No dije nada.
—Lo ibas a decir.
—Solo iba a preguntar si la señorita Aurora necesita que cancele su agenda.
—No tengo agenda —dijo Aurora.
Linda sonrió.
—Todos tenemos agenda cuando Marco entra con carpetas.
Aurora miró a Marco.
Marco no negó.
Doña Lupe empezó a sacar cosas de sus bolsas.
—Ustedes hablen de papeles. Yo voy a ver qué hay en esta cocina triste.
—Mi cocina no es triste —dijo Damián.
—Tienes quinoa, joven.
—Eso no es delito.
—Debería.
Aurora se rio otra vez.
Damián la miró.
No de una forma obvia.
Pero Linda lo vio.
Marco también.
Doña Lupe, por supuesto, lo vio antes que todos.
—Ay, Dios mío —murmuró, sonriendo hacia la alacena.
Damián dejó la taza.
—Nadie va a llamar a mi madre.
Los tres empleados se quedaron demasiado quietos.
Aurora levantó la vista.
—¿Tu madre?
—No importa.
Linda tosió.
Marco miró su carpeta.
Doña Lupe empezó a silbar.
Aurora entrecerró los ojos.
—Ahora importa.
Damián la miró con una seriedad casi dolorosa.
—Si mi madre sabe que estás aquí, llega con un médico, un sacerdote, tres vestidos y una cuna por si acaso.
Aurora se atragantó con el café.
Doña Lupe le dio palmadas en la espalda.
—No exagera mucho.
—¿Una cuna?
Linda murmuró:
—La señora Valentina piensa a futuro.
Aurora se puso roja.
—No hay futuro que pensar.
Damián miró a Linda.
Linda bajó la vista.
—Me callo.
Después del desayuno, Aurora se encerró diez minutos en la habitación para buscar a Damián Montero en internet, y la pantalla le devolvió demasiado.
Salieron miles de resultados: Grupo Montero, empresario más influyente de la CDMX, inversiones en energía, minería y bienes raíces, fotografías en foros económicos y reportajes donde lo llamaban frío, inaccesible, despiadado en negociaciones.
Aurora miró la pantalla.
Luego miró hacia la puerta, detrás de la cual ese mismo hombre estaba discutiendo con Doña Lupe por la cantidad de crema en los chilaquiles.
—¿Frío? —murmuró—. El hombre que me hizo caldo de pollo a las tres de la mañana es frío.
Siguió leyendo.
No había fotos con mujeres.
Ninguna novia.
Ningún escándalo.
Ninguna ex.
Eso era raro.
Demasiado raro.
And de pronto recordó sus ojos dorados.
Cerró la búsqueda.
—No —se dijo—. No inventes cosas.
Media hora después, Tono esperaba abajo con la camioneta.
Aurora insistió en caminar hasta el elevador sin ayuda. Damián caminó a su lado con una paciencia que le costaba esconder.
En el coche, Doña Lupe le puso una bolsa térmica en las manos.
—Comida.
—Voy a clase, no a cruzar el desierto.
—La UAM queda lejos y los estudiantes comen porquerías.
Aurora no supo cómo responder a tanto cariño sin permiso.
—Gracias.
Doña Lupe le besó la frente.
—Con cuidado, mi niña.
Damián se tensó apenas.
Doña Lupe lo miró.
—¿También quieres beso?
—No.
—Entonces no pongas esa cara.
Tono casi se rio.
El camino a Xochimilco fue más silencioso que la noche anterior.
Aurora miraba por la ventana.
Damián revisaba documentos en una tableta, pero ella notó que no pasaba de la misma página.
—Puedes trabajar —dijo.
—Estoy trabajando.
—Llevas diez minutos mirando el mismo párrafo.
—Es un párrafo importante.
—Ajá.
Damián dejó la tableta.
—¿Quieres que entre contigo?
—No.
—Lo supuse.
—Entonces, ¿para qué preguntas?
—Para que sepas que puedes decir que sí.
Aurora apretó la bolsa térmica.
—Si entras conmigo, todos van a hablar.
—Ya hablan.
—Más.
—Que hablen.
—Tú no tienes que vivir con eso.
Damián aceptó el golpe.
—Tienes razón.
La camioneta se detuvo cerca de la entrada del campus.
Aurora abrió la puerta, pero Damián habló antes de que bajara.
—No tienes que aguantar nada.
Ella se giró.
—¿Otra orden?
—Recordatorio.
—¿De qué?
—Si alguien te molesta, pelea. Si alguien te toca, grita. Si alguien intenta arrinconarte, me llamas. No porque no puedas sola, sino porque nadie debería pelear siempre sola.
Aurora lo miró.
Esa frase no intentó quitarle fuerza.
Le ofrecía respaldo.
Eso era nuevo.
Y peligroso.
—¿Tú eres mi respaldo?
Damián sostuvo su mirada.
—Si me dejas.
Aurora bajó del coche antes de que se le notara demasiado en la cara.
Dio dos pasos.
Se detuvo.
Volvió.
Damián abrió la puerta al instante.
—¿Qué pasó?
Aurora se inclinó y lo abrazó rápido, torpe, con la bolsa térmica golpeándole el brazo y el tobillo molestando.
Pero lo abrazó.
Damián se quedó rígido un segundo.
Luego la rodeó con cuidado, como si no quisiera asustarla.
Aurora sintió el calor de su pecho.
Demasiado alto.
Demasiado cómodo.
Se apartó primero.
—No hagas una cosa de esto.
—No haré una cosa.
—Ya estás haciendo cara.
—Es mi cara.
—Arréglala.
Damián casi sonrió.
Aurora cerró la puerta y caminó hacia la entrada.
A medio camino, miró atrás.
Damián seguía allí.
Ella levantó una mano.
Él no se movió, pero sus ojos estaban fijos en ella.
Aurora entró al campus.
No supo que Damián se quedó en la misma posición hasta que ella desapareció detrás del edificio principal.
Marco apareció junto a la camioneta con una carpeta en la mano.
—Quiere crecer sola —dijo Damián.
—Eso parece.
Marco le entregó la carpeta.
—Estructura completa de activos de los Rivas. BellaRiva, propiedades, deudas, proveedores, líneas de crédito. También la clínica de Don Augusto.
La mirada de Damián cambió.
El hombre que había recibido un abrazo torpe en la puerta de la UAM desapareció.
Quedó el alfa.
—Bien —dijo, abriendo la carpeta—. Empecemos.
El único de acero es el abuelo Esteban 😜
ud es querendona y alborotadora 🤭