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Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.

NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: La guerra se sirve calientes

​El reloj de pared de la iglesia de Villa Delicia no se andaba con rodeos. Cuando las agujas se clavaron en las cinco de la mañana, el primer tañido resonó en el valle con la pesadez del bronce frío. En ese mismo instante, el silencio de la calle principal saltó por los aires, rasgado por un estruendo metálico asincrónico pero idéntico en violencia.

​Clac-clac-clac-clac-shhh.

​Las persianas de hierro de "El Trigo de Oro" y "LaGlase" se enrollaron hacia el cielo casi a la misma velocidad, desvelando los dos grandes escaparates que se desafiaban cara a cara, separados apenas por diez metros de asfalto gris.

​Ramiro dio un paso hacia el umbral de su negocio. Ajustó el lazo de su delantal blanco con un tirón seco, casi militar. No había una sola arruga en el lienzo, ni una mota de polvo fuera de su sitio; vestía el uniforme de la vieja escuela, la armadura de quien considera la panadería un sacerdocio. Cruzó los brazos sobre el pecho, sintiendo el calor reconfortante que emanaba del horno de piedra a su espalda, e inspiró el aire fresco de la madrugada. El vaho de su respiración se condensó en el aire, pero sus ojos permanecían fijos en la acera de enfrente.

​Allí estaba ella.

​Penélope no llevaba un delantal inmaculado. El suyo estaba salpicado de manchas circulares de color fucsia y azul pastel, y lucía con orgullo dos perfectas rayas de harina rosa en los pómulos, dispuestas como pintura de guerra tribal. En su mano derecha no sostenía una bandeja, sino un rodillo de madera de arce de cincuenta centímetros que balanceaba con la cadencia perezosa de quien empuña una katana antes de un duelo a muerte.

​Las miradas se cruzaron en mitad de la calzada desierta. La de Ramiro era un témpano de hielo, una declaración de principios rústicos y cuadriculados. La de Penélope era una chispa eléctrica, cargada de una ironía que rozaba la insolencia. Ninguno parpadeó. Un gato callejero que cruzaba pacíficamente el asfalto se detuvo a mitad de camino, captó la vibración asesina que flotaba en el ambiente, erizó el lomo y huyó despavorido hacia un callejón. El duelo matutino había comenzado oficial y ritualmente un día más.

​Ramiro rompió el contacto visual con un leve bufido de desdén. Se giró hacia el interior de su tienda para recoger la pizarra de madera de roble donde, cada mañana, escribía con caligrafía de arquitecto el menú del día. Tiza en mano, salió a la acera dispuesto a redactar las virtudes de su hornada de hogazas de centeno. Un crujido extraño proveniente del tejado de enfrente lo obligó a levantar la barbilla.

​La tiza se le escurrió de los dedos, estallando en tres pedazos contra el suelo.

​Un destello ensordecedor para la vista tiñó la calle de un tono rosa magnético y azul eléctrico. Penélope, encaramada a una escalera de tijera y con una sonrisa que iba de oreja a oreja, acababa de conectar a la corriente una pancarta de neón gigante que ocupaba todo el ancho de su fachada. Las letras parpadeaban con un zumbido sordo que vibraba en los dientes:

​¿CANSADO DE COMER PAN DE MASA MADRE QUE PARECE HORMIGÓN?

¡VEN A LAGLASE POR ALGO CON VIDA!

​Ramiro sintió un calor súbito que le subía por el cuello, una oleada de indignación tan física que el aire pareció faltarle en los pulmones por un segundo. Los latidos de su corazón repicaron en sus oídos. ¿Hormigón? ¿Su masa madre, alimentada pacientemente durante siete años con el mismo mimo que un cirujano cuida a un paciente, comparada con material de construcción? Aquello cruzaba la línea de la competencia comercial; era un atentado directo contra su linaje y su cordura.

​Frente a él, Penélope bajó de la escalera con una agilidad felina, se sacudió las manos en las caderas y le dedicó una reverencia teatral, exagerada, asegurándose de que él viera cómo disfrutaba de su paroxismo. Ramiro apretó los puños dentro de los bolsillos del delantal. Su mente voló hacia sus cruasanes de veinticuatro capas matemáticas, donde la mantequilla se laminaba a una temperatura exacta para lograr el alveolado perfecto. Recordó las horas de vigilia nocturna, el respeto al reposo, el silencio del obrador. Y aquella mujer, aquella científica loca del almíbar, reducía su arte a un insulto gris. La mandíbula de Ramiro se tensó tanto que los músculos de su cuello se marcaron como cuerdas de piano.

​Una persona normal habría gritado. Habría cruzado la calle para exigir la retirada del neón o habría llamado a la policía local. Pero Ramiro no era una persona normal cuando se trataba de harina. La rabia inicial mutó rápidamente en algo mucho más frío, concentrado y peligroso: una lucidez absoluta.

​Dio media vuelta sin decir una palabra, ignorando las risitas que cruzaban la calle, y entró en su obrador. Cerró la puerta de madera con suavidad, pero el pestillo sonó como el cerrojo de un rifle.

​—Con que hormigón... —susurró para sí mismo, y una sonrisa lenta, desprovista de cualquier rastro de piedad, empezó a dibujarse en su rostro.

​Se colocó frente a la mesa de trabajo de mármol frío. No necesitaba consultar ninguna libreta; las fórmulas vivían en su cabeza. Abrió los sacos de harina de fuerza con un corte limpio de su cuchilla. Sus movimientos perdieron la rigidez del enfado y adquirieron la fluidez de un pianista antes de un concierto. Vertió el agua a la temperatura exacta de doce grados, añadió la masa madre burbujeante y comenzó a amasar. El crujido rítmico de la masa contra el mármol se convirtió en los tambores de su propia marcha de guerra.

​Su plan no requería carteles luminosos ni luces LED baratas. Su respuesta sería puramente física, acústica e incontestable. Iba a hornear la "Bagatela de Masa Madre Definitiva". Modificó los tiempos de vaporización del horno para caramelizar los azúcares de la corteza hasta el límite legal, buscando una tensión estructural en la pieza que la convirtiera en una caja de resonancia natural.

​Tres horas más tarde, el reloj de la iglesia marcó las ocho y media, la hora punta en la que los primeros clientes y oficinistas llenaban las aceras de Villa Delicia. La terraza de "LaGlase" estaba repleta de personas dispuestas a consumir los donuts cubiertos de purpurina y jeringuillas de chocolate de Penélope. Ella se paseaba entre las mesas con una bandeja dorada, regodeándose en su aparente victoria matutina.

​Fue entonces cuando Ramiro abrió la puerta de "El Trigo de Oro". No traía un megáfono; traía una cesta de mimbre con diez hogazas recién sacadas del horno, cuyo aroma tostado y profundo barrió el olor a vainilla artificial de la calle como un vendaval rústico.

​Ramiro seleccionó la hogaza más grande, se colocó exactamente en el límite de su acera y miró fijamente a Penélope, que se había detenido a mitad de una frase con un cliente. Con una parsimonia ensayada, Ramiro hundió los dedos en la corteza dorada y oscura del pan y lo partió en dos.

​¡CRAC-CRUNCH!

​El sonido no fue un simple crujido de panadería; fue una detonación seca, nítida, un chasquido de madera vieja rompiéndose que resonó con un eco perfecto en las paredes de toda la manzana. La onda sonora interrumpió las conversaciones de la terraza de enfrente. Tres clientes de Penélope dejaron los cubiertos en el aire, sorprendidos por el ruido. La corteza de la bagatela crujió una segunda vez cuando Ramiro separó los dos extremos, liberando una nube de vapor que transportaba el aroma de la fermentación perfecta.

​Penélope se quedó helada, con la taza de café de un cliente a medio servir. Sus ojos se abrieron un milímetro más de lo habitual al notar cómo las cabezas de dos de sus clientes habituales se giraban instintivamente hacia el origen de aquel sonido tan primitivo y apetitoso.

​Ramiro, sin perder la compostura, mordió un trozo. El crujido secundario en su boca volvió a romper el silencio de la calle. Miró a Penélope, masticó despacio y le dedicó una inclinación de cabeza casi imperceptible, sosteniendo la hogaza como quien muestra un trofeo de caza. La mirada de ella se endureció en un segundo; la sonrisa burlona desapareció, reemplazada por una mueca de pura determinación competitiva.

​La guerra de guerrillas culinaria no había hecho más que empezar, y la calle principal ya olía a pólvora, a azúcar y a pan recién horneado.

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Cristina Miranda
que lindo va a ser.cuando se.descubra todo!!☺️🥰🤣
Cristina Miranda
Panza llena, corazon contento👏👏🤣🥰
Cristina Miranda
Se esta poniendo bueno, va a terminar como yo dije!!☺️☺️
Cristina Miranda
muy etretenida la historia, liviana, risueña, ya adivino el final, espero que sea como pienso!!😂
Fernanda
se viene una batalla feroz 🤭espero que descubran al verdadero enemigo
Celina Espinoza
🤭duro muy poco la carma
Fernanda
buenas tardes historia ❤️☺️🙏muy divertida
Warriorgame
El olor ok. Pero un sonido tan fuerte... 🤔
Warriorgame
Luces baratas, pero eficaces.
Warriorgame
¿Por qué? Es simplemente publicidad.
Warriorgame
Aunque lo impecable del primero suele atraer, la tecnología pesa mucho actualmente.
Celina Espinoza
felicidades por tu nueva historia🙏
celimar
felicidades autora por esta nueva historia
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