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Bajo Las Luces Del Hielo

Bajo Las Luces Del Hielo

Status: En proceso
Genre:Romance / Hijo/a genio / Traiciones y engaños
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Juliana Torra

Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.

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Prólogo

La lógica matemática dicta que toda acción genera una reacción equivalente, que cada variable en una ecuación tiene un propósito y que el caos no es más que un orden que aún no logramos comprender. Durante diecinueve años, mi vida se rigió bajo esa premisa absoluta. En el mundo de los números perfectos, las derivadas y los espacios vectoriales tridimensionales, yo tenía el control absoluto. Los números no mienten, no traicionan y, sobre todo, no te arrastran a un vestuario oscuro para destruir tu vida.

Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.

Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus: Jhon King.

Él no era el típico atleta de élite sin cerebro; el capitán del equipo de hockey poseía una mente estratégica tan afilada como las navajas de sus patines y un promedio en cálculo multivariable que amenazaba con dejarlo en la banca. Jhon no me eligió como su tutora por azar o por caridad; me eligió porque vio en mí la misma resistencia implacable que él demostraba en el hielo. En un vestuario hostil, Jhon marcó una línea de fuego, decretando mi inmunidad absoluta ante sus propios compañeros de equipo a cambio de que yo descifrara el caos numérico de su cabeza.

## Capítulo 1

—Si vuelves a tocar mi mochila, te juro por Dios que el próximo cálculo que harás será el de la trayectoria de mis dientes impactando contra tu mandíbula.

—Vaya, miren quién aprendió a hablar inglés en Boston. Pensé que las nerds de tu facultad solo sabían balbucear cuando los hombres entran a la habitación.

—Carter, déjala. Está temblando. Se va a orinar en los pantalones antes de que empiece la primera clase del semestre.

—No estoy temblando de miedo, Thomas. Estoy temblando de asco. El aire aquí apesta a sudor rancio y a neuronas muertas desde que ustedes dos pisaron el pasillo.

El pasillo del edificio de Ciencias Exactas de la Universidad de Minnesota estaba extrañamente vacío para ser el primer día de clases. El frío de Minneapolis ya golpeaba los cristales de las ventanas, pero el calor que subía por mi cuello era pura adrenalina. Tenía las manos aferradas a las correas de mi mochila, sintiendo el peso de mis cuadernos como si fueran un escudo. Mi nombre es Sara Miller. Soy un genio para las matemáticas, fui becada y transferida desde Boston para huir de estos mismos dos idiotas, y hoy, en mi primer jodido día, el destino me los ponía enfrente con el uniforme de hockey de los Gophers.

—Te crees muy lista por cambiar de estado, Miller —siseó Thomas, dándose un paso adelante, invadiendo mi espacio personal. Su enorme cuerpo de atleta bloqueó la luz de la lámpara del techo—. Pero aquí las reglas no las pone el decano de Boston. Aquí mandamos nosotros. El hielo es nuestro, el campus es nuestro y tú sigues siendo la misma rata de biblioteca que no sabe cuándo cerrar la boca.

—¿Ah, sí? —lo miré fijamente, obligándome a no retroceder ni un milímetro. Mi corazón golpeaba mis costillas como un tambor loco, pero mi voz sonó fría, matemática, precisa—. Pues tu promedio académico del semestre pasado dice que no mandas ni en tu propia boleta de calificaciones. Un uno punto dos en álgebra lineal, Thomas. Eso no es un promedio, es una temperatura de congelación. Si no te echan del equipo este mes, es porque el entrenador tiene compasión de los discapacitados intelectuales.

—¡Cállate la maldita boca! —Carter levantó la mano, el rostro rojo de pura furia, un reflejo idéntico al de aquella noche en el vestuario de Boston que intentaba borrar de mi memoria.

Cerré los ojos esperando el impacto, pero el golpe nunca llegó.

—Baja la mano, Carter. Ahora mismo.

La voz no era la mía. Era una voz profunda, calmada, con un filo tan afilado que cortó el aire helado del pasillo. Abrí los ojos. Un chico alto, de cabello oscuro despeinado y hombros imponentes, sostenía la muñeca de Carter con un agarre que parecía de acero. Llevaba la sudadera gris oficial del capitán del equipo, con el número 9 bordado en el pecho. Su apellido estaba grabado en oro en mi lista mental de personas a evitar: Jhon King. El chico de oro de Minnesota. El líder de la manada.

—Jhon, no te metas —gruñó Carter, intentando soltarse sin éxito—. Esta perra nueva nos está buscando la lengua desde Boston.

—Dije que bajes la mano —repitió Jhon, su tono bajó una octava, volviéndose peligrosamente sereno. No gritaba, pero la autoridad que emanaba hacía que el pasillo pareciera encogerse—. No me importa lo que haya pasado en Boston. Estás en mi campus, en mi línea de juego, y hoy empieza la temporada. Si te suspenden por armar una escena con una estudiante becada en el edificio de ciencias, juro que yo mismo te romperé el palo de hockey en la cabeza antes de que el entrenador te mande a la banca. Lárguense de aquí. Los dos.

Thomas y Carter intercambiaron una mirada de pura rabia contenida, pero nadie desafiaba a Jhon King. Carter soltó un bufido, zafó su brazo de un tirón y pasó junto a mí golpeando mi hombro a propósito. Thomas lo siguió, dedicándome una última mirada cargada de promesas oscuras antes de desaparecer por las escaleras.

Me quedé quieta, exhalando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Mis piernas se sentían como gelatina, pero me negaba a colapsar frente a otro patinador con delirios de grandeza.

—No necesitaba tu ayuda, King —dije, acomodándome la mochila con brusquedad, intentando ocultar el temblor de mis dedos.

—No te ayudé a ti, Miller. Ayudé a mi equipo a no perder a un defensa titular por una estupidez —Jhon se giró hacia mí, metiendo las manos en los bolsillos de su sudadera. Sus ojos eran de un gris tormentoso, analíticos, fijos—. Aunque debo admitir que tu forma de usar el promedio de Thomas como un insulto fue bastante eficiente.

—Soy eficiente. Es lo que pasa cuando tienes un cerebro que funciona para algo más que para recibir golpes en una pista —lo esquivé, dispuesta a caminar hacia mi salón de cálculo, pero sus siguientes palabras me detuvieron en seco.

—Qué lástima que esa eficiencia no te sirva para pagar tu estancia aquí si te cancelan la beca por pelear en los pasillos. El decano me dio una lista de tutores aprobados para cálculo multivariable esta mañana. Tu nombre no estaba en los primeros lugares, pero le pedí que te asignara a mí.

Me giré lentamente, sintiendo que la boca se me secaba.

—¿Qué hiciste qué?

—Pedí que fueras mi tutora. Exigí que fueras tú, para ser exactos. Estás perdiendo el tiempo buscando tu salón, Miller. Tu primera clase de cálculo acaba de ser cancelada porque el profesor está en una junta de departamento. Así que ahora mismo tienes dos horas libres. Firma el maldito papel de la tutoría y hagamos esto rápido.

—No voy a firmar nada —siseó mi voz, dando un paso hacia él, la indignación reemplazando al miedo—. No soy la niñera de ningún atleta consentido. Hay veinte estudiantes en la lista antes que yo que estarían encantados de ganarse unos dólares extra aguantando tus aires de grandeza. Búscalos a ellos.

Jhon no se movió. Se limitó a sacar un papel doblado del bolsillo y me lo tendió.

—Los otros veinte son aburridos. Y ninguno de ellos resolvió el problema del tablero del pasillo central que el profesor dejó como reto la semana pasada. Vi cómo borraste su ecuación de Navier-Stokes y la reescribiste en tres minutos antes de que abrieran la facultad. Sé que eres un maldito genio, Miller. Y yo necesito un genio si quiero pasar el parcial del viernes. Si no paso, el entrenador me sienta en la banca contra Wisconsin. Y eso no va a pasar.

—Busca a otra persona, Jhon —usé su nombre de pila por primera vez, esperando que eso pusiera una distancia—. No tengo tiempo para lidiar contigo.

—¿Segura? —Jhon dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre nosotros. No era una amenaza física, era algo diferente, una presión psicológica que me obligaba a mirarlo a los ojos—. Sé perfectamente por qué te transferiste de Boston, Sara. Sé lo que Thomas y Carter te hicieron allá antes de que sus familias pagaran para que los transfirieran aquí a mitad del año pasado para limpiar sus expedientes. El decano de esta universidad cree que ocultó los papeles bajo el nombre de "beca de transferencia de honor", pero yo sé leer entre líneas.

El mundo pareció detenerse. Las paredes del pasillo parecieron cerrarse sobre mí y el aire se volvió tan denso que me costó respirar. El dolor y la humillación de aquella noche en Boston regresaron como una ola helada. Él lo sabía. El capitán del equipo sabía que sus compañeros eran unos monstruos.

—Si lo sabes... —mi voz se quebró un segundo antes de que la recuperara a la fuerza—, entonces sabes que deberías alejarte de mí. Ellos juegan en tu misma línea. Son tus amigos.

—Son un par de idiotas que tienen talento para el hielo, nada más —dijo Jhon, y por primera vez su tono arrogante desapareció por completo, reemplazado por una seriedad fría y tajante—. No son mis amigos, Miller. Y en esta universidad, las reglas dentro y fuera del vestuario las pongo yo. Si firmas ese papel y me ayudas a salvar mi semestre, te garantizo algo que el decano de esta facultad jamás podrá darte en un papel firmado.

—¿Qué cosa? —pregunté, con la desconfianza desbordándose en cada palabra.

—Inmunidad total.

Solté una risa seca, sin pizca de gracia.

—¿Inmunidad? ¿Te crees el padrino del campus, King?

—Creo que soy el tipo que maneja el vestuario de los Gophers. Si Thomas o Carter vuelven a respirar cerca de ti en este campus, si se te acercan a menos de diez metros o si te dirigen la palabra para algo que no sea pedirte perdón, los hundo tan profundo en la banca que se olvidarán de cómo se ve una pista de hielo. Y créeme, para tipos como ellos, perder su tiempo de juego es peor que la expulsión. A cambio, tú haces que mi cerebro procese las derivadas parciales y las integrales triples. Nadie sale perdiendo. Tú duermes tranquila, yo juego el viernes.

Lo evalué en silencio, buscando el truco. Mi mente, acostumbrada a buscar patrones y variables, empezó a desglosar su propuesta. Jhon King estaba desesperado, eso era un hecho matemático. Un atleta de su nivel, con cazatalentos de la NHL observando cada uno de sus partidos, no vendría a rogarle a una estudiante nueva a menos que su carrera universitaria estuviera realmente al borde del abismo. Pero la oferta era demasiado perfecta. Era la seguridad que la universidad me había prometido y que no había cumplido en mi primer día.

—¿Por qué yo? —insistí, cruzando los brazos—. Podrías amenazar a cualquier otro estudiante para que te dé las respuestas de los exámenes. Podrías comprar al profesor si quisieras.

—Porque los demás me tienen miedo o quieren ser mis amigos para entrar a las fiestas del equipo. Tú me odias por asociación, y eso significa que no me vas a dejar pasar una sola estupidez. No quiero que me regalen la nota, Miller. Quiero entender esta mierda para quitármela de encima de una vez por todas. Quiero ganármelo, pero no sé cómo hacerlo solo.

El silencio volvió a instalarse en el pasillo. Miré el papel que sostenía en su mano. Era el formulario oficial de tutorías de la universidad. Si firmaba, estaría ligando mi nombre al del chico más popular y peligroso del campus. Pero si no firmaba, Thomas y Carter volverían a acorralarme en cualquier esquina donde las cámaras no llegaran.

—Dos horas al día —dije finalmente, estirando la mano para arrebatarle el papel—. En la mesa del fondo de la biblioteca, al lado de la sección de microfichas. Es ruidosa, hay gente y no quiero que nadie piense que somos amigos. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Si llegas tarde, me voy. Si no haces la tarea que te deje, rompo el contrato y le entrego una copia de tus fallas al entrenador. ¿Entendido?

Jhon esbozó una sonrisa ladeada, una expresión que desprendía una confianza tan enorme que me dieron ganas de borrarle la sonrisa con un borrador de pizarra.

—Trato hecho, genio.

Saqué un bolígrafo de mi bolsillo y firmé la línea de abajo con un trazo rápido, casi violento. Le devolví el papel golpeando su pecho con el documento doblado. Él lo tomó con una ligereza que me irritó, guardándolo en su sudadera como si hubiera ganado un trofeo.

—Mañana a las cuatro, Miller —dijo, dándose la vuelta para caminar hacia la salida del edificio—. Trae café fuerte. Lo vamos a necesitar.

—Trae un cerebro funcional, King —le grité al pasillo vacío—. Lo vas a necesitar mucho más que yo.

Escuché su risa resonar por el hueco de la escalera mientras se alejaba. Me apoyé contra los casilleros fríos, dejando caer la cabeza hacia atrás. No sabía si acababa de salvar mi vida universitaria o si acababa de firmar mi propia sentencia de muerte, pero una cosa era segura: el cálculo multivariable iba a ser la menor de las preocupaciones de Jhon King este semestre.

1
Maria Muñoz
va muy bien
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