Alessandra "Lexa" Cavalier es una hematóloga destacada por sus logros en el difícil mundo de la medicina, pero su fe proviene de la ciencia y la lógica. Todo se rompe cuando acepta el contrato más inusual de su carrera: salvar a Dante Marek, un hombre hermético y arrogante, CEO de una empresa prestigiosa que parece tener siglos de su fundación.
Él no es un hombre cualquiera, sino un vampiro de sangre pura cuya estirpe se marchita, por una corrupción que está devorando su sistema circulatorio, amenazando con convertir su inmortalidad en cenizas. Desde su primer encuentro en una mansión que huele a hostilidad. Dante desprecia la fragilidad de Lexa, pero su sangre tiene un aroma que mueve sus instintos primitivos que creía haber enterrado hace décadas.
Mientras ella se adentra en un laboratorio de tinieblas para encontrar una cura, descubre que no es una simple observadora. Su propia genética guarda el secreto de una salvación que Dante ansía y teme por igual.
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Capítulo 1
La lluvia que caía ese día sobre la ciudad parecía un diluvio, una especie de velo frío que inundaba las calles y empañaba los cristales de los autos que causaba caos en las carreteras, e impedía moverse con comodidad, envolviendo a la metrópoli como una mortaja. Esto para la mayoría de las personas, sería solo olor a asfalto mojado, una simple molestia urbana.
Para mí, Alessandra Cavalier, el mundo siempre estuvo filtrado a través de los sentidos de una manera mucho más rigurosa y analítica. Podía oler el hierro en el aire, el rastro metálico de la vida que corría por las venas de los transeúntes apresurados que esquivaban los charcos bajo sus paraguas. Constantemente consideraba que mi destino estaba ligado a la sangre; mis padres, ambos eran cirujanos de renombre tanto dentro como fuera del país, me habían enseñado que la vida no era más que una serie de reacciones químicas y flujos hemodinámicos.
—Alessandra, ¿me estás escuchando o estás intentando pronosticar el clima otra vez? —La voz de mi hermana Dasha cortó el aire estéril de nuestra oficina privada.
Me giré pesadamente, alejando la vista del ventanal que daba a la avenida central. Ella estaba impecable, como siempre, con un traje de sastre color azul noche que resaltaba su mirada analítica y su postura de mujer de negocios que no aceptaba un "no" por respuesta; era la mente detrás de la logística y la administración de nuestra clínica; mientras yo era los ojos detrás del microscopio, la científica que veía lo que otros ignoraban.
—Marek Industries —Repetí, dejando que el nombre rodara por mi lengua como una moneda pesada y fría. —Es una empresa farmacéutica y tecnológica, dueña del suministro energético de la mitad del continente. ¿Por qué el CEO de un imperio así buscaría una clínica de hematología emergente como la nuestra? Sus recursos internos superan los nuestros por eones.
Dasha dejó una carpeta de cuero negro sobre mi escritorio de cristal. Este tenía un logotipo en forma de "M" estilizada, entrelazada con formas que recordaban vagamente a una corona de espinas o una cruz antigua.
—El contrato es Lexa... muy específico; por cierto. No quieren a la clínica en general solo te quieren a ti. Han solicitado a la doctora más joven, con mayor índice de éxito en tratamientos de enfermedades autoinmunes raras y trastornos hematológicos inexplicables. El pago inicial es absurdo, con esto, podrías financiar tu propia ala de investigación genética y dejar de depender de las becas del Gobierno que tanto te frustran.
Tomé la carpeta para mirar la cifra en el documento y sentí un escalofrío que no tuvo nada que ver con el aire acondicionado de la oficina; esto no era un pago, era una dote o un soborno para comprar mi discreción eterna en tres vidas.
Recordé las palabras de mis padres sobre la ética, pero también la ambición que me quemaba por dentro desde que me gradué con honores, mucho antes que cualquiera de mi generación.
—Eso sí cariño, hay condiciones —Añadió Dasha
Bajo su tono de voz, que eso era muy inusual en ella.
—Las consultas no serán en la clínica ni en sus oficinas, si no en su residencia privada, en las afueras de la ciudad. Solo después del atardecer, ya que el informe del señor Marek dice que padece una variante agresiva de fotosensibilidad extrema, una condición inmunológica que lo obliga al aislamiento.
—Un ermitaño con dinero y sangre enferma. —Recapitulé, ajustando mi bata blanca en un gesto automático.
—Es el tipo de paciente que suele ser el más difícil de tratar. Su arrogancia siempre crece al ritmo de su cuenta bancaria, pero si tiene algo que la ciencia no ha podido nombrar, entonces me interesa.
Preparé lo necesario para salir rumbo a la dirección que Dash me envió al móvil, el trayecto hacia la propiedad era camino a las colinas donde los árboles son tan densos que parecían devorar la luz de la luna. La mansión no era una casa, era una fortaleza gótica de piedra oscura, rodeada de muros de hierro forjado que terminaban en puntas de lanza dirigidas hacia el cielo nublado. No había guardias visibles, pero sentía ojos sobre mí desde cada rincón del bosque. Lo que lo hacía tenebroso y lúgubre.
Al bajar del auto, el silencio me golpeó con fuerza. No había el sonido de grillos, viento o el cordial eco de la naturaleza. Solo la monotonía de mis tacones sobre el asfalto frío del estacionamiento. Mi corazón latía apresurado por la tensión y el miedo. Un mayordomo de rostro pálido, con gestos precisos que resultaban inhumanos me condujo por pasillos iluminados por lámparas de gas modernas, creando una atmósfera que oscilaba entre la elegancia del siglo XVIII y la frialdad de un hospital de alta tecnología.
—El señor Marek la espera en la biblioteca. —Dijo el hombre antes de desaparecer entre las sombras de un pasillo lateral sin hacer el menor ruido.
Empujé las pesadas puertas de roble. La habitación estaba llena de libros de volúmenes que parecían haber sido impresos antes de la invención de la imprenta moderna. El olor era distinto: a papel viejo, madera de cedro y algo más gélido, como el de la nieve que recién caía sobre una tumba.
En el centro, estaba sentado en una silla de cuero de respaldo alto, él.
Dante Marek.
Su presencia no solo era una fuerza magnética. Era más que un hombre súper apuesto; una escultura tallada a la perfección de tragedia y poder absoluto. Su cabello oscuro, como la noche, caía sobre una frente pálida y sus ojos de un azul intenso me hicieron sentir que estaba siendo diseccionada bajo un microscopio invisible.
—Es usted pequeña —Dijo con su voz de barítono profundo que vibró en el aire estático de la habitación. — Y ofensivamente joven, me aseguraron que enviarían a una experta capaz de comprender lo incomprensible, no a una niña que aún huele al jabón estéril de preparatoria.
El comentario me encendió la sangre, eliminando cualquier rastro de temor inicial. Había pasado años demostrando mi valía ante profesores machistas y colegas envidiosos que cuestionaban mi ascenso temprano a la jefatura de hematología. La arrogancia de este hombre tenía un filo distinto, uno que parecía venir de una superioridad de siglos, no de años.
—El tamaño y la edad no dictan la competencia, señor Marek. —Respondí, caminando hacia él con pasos firmes, dejando mi maletín médico sobre la mesa de ébano que nos separaba. — Si buscaba una presencia imponente y una barba canosa, debió contratar a un filósofo retirado; si busca salvar su vida de lo que sea que esté pudriendo su sistema circulatorio, me necesita a mí. — Ahora, si ha terminado con los insultos protocolarios, me gustaría ver su historial clínico, aunque sospecho que no existe uno real en ningún hospital de este país.
Dante arqueó una ceja, con una pequeña chispa de curiosidad o quizás de diversión depredadora en su mirada glacial. Se puso de pie con una fluidez que mi mente científica tardó un segundo en procesar; no hubo crujido de articulaciones, ni el desplazamiento visible de peso o el esfuerzo de músculos. Simplemente pasó de estar sentado a estar de pie frente a mí en un movimiento que desafiaba la inercia. Era mucho más alto de lo que imaginaba y su presencia parecía absorber el calor de la habitación.
—¿"Pudriendo"? —Repitió, acercándose tanto que pude notar que no emanaba rastro de calor corporal. — Usa una palabra bastante vulgar para alguien que se jacta de ser una científica de élite.
—No necesito tocarlo para saber que algo va mal, señor Marek. Su piel tiene un tono ceniciento que en cualquier otro ser humano sugeriría una hipoxia severa, sin embargo, se mueve con una agilidad que contradice cualquier anemia o fallo multiorgánico conocido, es usted una contradicción biológica andante y yo odio las contradicciones que no puedo explicar bajo una lente...