"De Colmillos a Cachetes:El olvido es un lugar curiosamente frío. No hay fuego eterno, ni torturas épicas con látigos de sombras; solo hay una nada grisácea que te va borrando los recuerdos como si fueras un dibujo mal hecho en una pizarra.
Yo, Sofía von Bloodrose, la "Dama de las Sombras de Astris", la vampira que hizo llorar a emperadores y que usó el corazón de más de un caballero como juguete para gatos, no iba a permitir que me borraran. No así.
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capítulo 1: El Karma tiene Bigotes, mucha Hambre y Cero Dignidad
El olvido no era un pozo de llamas, sino una sala de espera blanca y aburrida, lo cual era la peor tortura para alguien tan dramática como Sofía von Bloodrose.
—¡Es un error de procedimiento! —protestó Sofía, tratando de mantener su pose de emperatriz a pesar de estar muerta—. Mi muerte fue una falta de respeto. Ese cazador tenía mal aliento y ni siquiera sabía combinar su armadura. ¡Exijo hablar con el mánager del Cielo!
Las tres figuras de luz que formaban el tribunal se miraron entre sí (o eso supuso ella, ya que no tenían rostros).
—**Sofía von Bloodrose** —tronó una voz que sonaba como mil arpas desafinadas—. **Fuiste una vampiresa detestable. Rompiste setenta y tres corazones, causaste dos guerras por aburrimiento y, lo más imperdonable... nunca pediste perdón por pisar la cola de aquel gatito en el siglo XVII.**
—¡Él se atravesó! —bufó ella—. Además, era un gato plebeyo.
—**Se te dará una oportunidad en el mundo de Ondaria** —sentenciaron los Jueces—. **Pero para limpiar tu alma, vivirás como aquello que más desprecias. Si logras cien obras de bondad desinteresada, recuperarás tu humanidad. Si no... bueno, el olvido es muy espacioso.**
Sofía soltó una carcajada arrogante.
—¿Lo que más desprecio? ¿Me convertirán en una monja? ¿En una vendedora de ajos? ¡Puedo con eso! Soy una aristócrata de la noche, mi voluntad es de acero.
Los dioses no respondieron. Solo hubo un destello cegador y el sonido de una risa divina que olía sospechosamente a semillas de girasol.
### El despertar de la... ¿bola de grasa?
Lo primero que Sofía sintió fue que el mundo se había vuelto absurdamente gigantesco. Intentó levantarse con su elegancia habitual, pero sus piernas... bueno, sus piernas ahora eran cuatro palillos rosados terminados en garras minúsculas.
Desconcertada, se acercó al reflejo de un bebedero de plástico que goteaba. El grito de terror que intentó soltar salió de su garganta como un chirrido agudo y patético.
—*¡Squeak! ¡Squeak-squeak!* (¡¿Pero qué clase de broma de mal gusto es esta?!)
Frente a ella, en el reflejo, no estaba la imponente vampiresa de ojos carmesí. En su lugar, había una pequeña bola de pelos redonda, con manchas blancas y anaranjadas. Tenía unos cachetes tan grandes que parecía que estaba guardando provisiones para un invierno nuclear y una nariz rosada que no dejaba de moverse.
Era un hámster. Lo que ella siempre llamó "comida para gatos con sobrepeso".
—*¡Squeak!* (¡Soy una mutación!) —chilló, intentando cruzar sus brazos, pero sus extremidades eran tan cortas que solo logró abrazar su propia panza peluda.
De repente, el techo de su jaula se abrió. Una mano enorme descendió, rodeando su cuerpo —que se sentía como un malvavisco tibio— y levantándola en el aire. Sofía forcejeó, agitando sus patas como un ventilador averiado, hasta que quedó cara a cara con su nuevo "propietario".
### El Duque de Hielo y la rata de colores
El hombre era, para desgracia de Sofía, exactamente su tipo. Tenía el cabello de un rubio tan pálido que parecía plata, peinado con una perfección que gritaba "soy rico y te odio". Sus ojos eran de un azul eléctrico, pero tan fríos que probablemente servían para enfriar el vino.
Era Elías, el Gran Duque de Valerias. Un hombre que, según la información que mágicamente apareció en la cabecita de Sofía, solía ser amable hasta que su familia lo traicionó, convirtiéndolo en un déspota que usaba el sarcasmo como arma de destrucción masiva.
—Mi hermana realmente quiere que la desherede —murmuró Elías con una voz barítono que hizo vibrar los bigotes de Sofía—. Me deja a esta... cosa. Es pequeña, ruidosa y parece que ha explotado una frutería sobre su espalda.
Sofía, indignada, intentó lanzarle un hechizo de sangre. Lo único que logró fue que se le escapara un gas minúsculo por el esfuerzo. Elías arrugó la nariz.
—Y encima es defectuosa —añadió él, soltándola de vuelta sobre el aserrín. Sofía rebotó dos veces antes de quedar boca arriba, agitando las patas con la dignidad por los suelos—. Mañana se la daré al gato del jardín. No permito parásitos en mi despacho, y mucho menos unos que parecen un postre con patas.
### Una obra de bondad (o de conveniencia)
Las horas pasaron. Elías trabajaba con una intensidad aterradora, insultando a sus subordinados con una elegancia envidiable. De repente, un secretario entró tan asustado que tropezó con la alfombra, haciendo que un documento vital se deslizara justo debajo de un mueble pesado.
—¡Incompetente! —rugió Elías—. Si no encuentro ese sello de aduana antes de que llegue el emisario real en diez minutos, tendré que ejecutar a alguien. Y hoy no tenía ganas de mancharme las botas.
Sofía, desde su jaula, vio el papel. Sus instintos de supervivencia se activaron: si Elías estaba de mal humor, el gato del jardín tendría un festín naranja.
Escapó de la jaula —descubriendo que los hámsters son básicamente líquidos— y corrió por la alfombra. Sus patas se movían tan rápido que sentía que iba a despegar. Agarró el papel con sus dientes y, con un esfuerzo que le hizo ver estrellas, lo arrastró hasta los pies de la silla de Elías.
—*¡Squeak!* (¡Tómalo y no me comas, rubio estúpido!)
Elías bajó la vista. Vio a la pequeña criatura, jadeando y señalando el papel con una pata. Sus cejas se elevaron. Recogió el documento y miró a la hámster como si fuera un alienígena.
—Vaya... —susurró, y por un segundo, su mirada se suavizó—. Parece que tienes un propósito después de todo, pequeña rata.
Usó su dedo largo para acariciarle la cabeza. Una luz brilló en la conciencia de Sofía: *1/100 obras de bondad completadas.*
"Esto será pan comido", pensó Sofía, empezando a acostumbrarse a la caricia... hasta que algo la hizo congelarse.