En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama
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capitulo 1
La oscuridad no es negra. Para quienes creen que estar ciega es vivir en un vacío absoluto, se equivocan. Mi oscuridad es densa, pesada, llena de matices que se huelen, se tocan y se escuchan. Huele a incienso caro, a flores que se están marchitando en algún rincón de la iglesia y al perfume metálico de un hombre que me desprecia con cada una de sus exhalaciones.
Siento el roce del encaje de mi velo contra las mejillas. Es una caricia áspera, una red que me mantiene prisionera mientras el frío del aire acondicionado de la catedral me cala los huesos. Mi mano tiembla apenas un poco sobre el brazo de mi padre, cuyas articulaciones se sienten rígidas, casi de madera. Él me está entregando, no por amor, sino como una ofrenda de paz para salvar lo que queda de nuestro apellido.
Escucho el eco de mis propios pasos sobre el mármol. *Tac, tac, tac*. Es un ritmo fúnebre.
—Ya estamos aquí —susurra mi padre. Su voz suena rota, pero no hay arrepentimiento en ella.
Él suelta mi brazo y, por un segundo, me siento caer al abismo. Es la desorientación absoluta. Pero entonces, una mano grande, cálida y de dedos largos atrapa la mía. Su agarre no es suave; es una presa. Sus dedos se cierran sobre los míos con una fuerza que bordea lo posesivo, pero carece de afecto.
Huele a sándalo, a cuero y a algo peligrosamente masculino. Es él. Alexander Thorne. El hombre cuya reputación es tan afilada como el corte de su traje.
—Camina —me ordena en un susurro tan bajo que solo yo puedo escucharlo. Su voz es una barítono vibrante que me recorre la columna como una descarga eléctrica. No hay calidez, solo impaciencia.
El sacerdote empieza a hablar, pero las palabras son solo un zumbido de fondo. Mi mente está concentrada en la mano que sostiene la mía. Siento el pulso de Alexander a través de su piel; es constante, lento, imperturbable. Él no está nervioso. Para él, esto es una transacción, un cierre de mercado.
Cuando llega el momento de los votos, mi voz suena pequeña pero clara. Soy una mujer ciega, no una mujer rota. Cuando es su turno, su voz llena el espacio, dominante, reclamando su propiedad frente a Dios y los hombres, aunque sé que en su mente está maldiciendo cada segundo de esta farsa.
El anillo se desliza en mi dedo. Es pesado, frío, una argolla que sella mi destino. Siento la presión de sus dedos al soltarme, como si se sacudiera un insecto molesto.
—Puedes besar a la novia —dice el sacerdote.
El aire se detiene. Siento que Alexander se inclina. Su cercanía me marea. Puedo oír su respiración volviéndose un poco más pesada. Sus labios apenas rozan la comisura de los míos, un contacto tan breve que parece una alucinación, pero lo suficientemente cerca para que el calor de su aliento me queme la piel. Me estremezco, y sé que él lo nota.
—No te acostumbres, Elina —me dice al oído, su aliento rozando el lóbulo de mi oreja antes de apartarse bruscamente.
El viaje hacia la mansión Thorne es un silencio sepulcral. El interior del coche huele a coche nuevo y al aroma persistente de Alexander. Él no me dirige la palabra. Escucho el roce de las páginas de una tablet; está trabajando. Ni siquiera en su noche de bodas puede dejar de ser el tiburón de los negocios.
Llegamos. Escucho la puerta abrirse y el sonido de la grava bajo sus pies. Alguien me ayuda a bajar, no es él. Es su chofer. Alexander ya camina por delante, sus pasos firmes y rápidos se alejan de mí.
—Señora Thorne, por aquí —dice una voz femenina, probablemente el ama de llaves.
Me guían a través de pasillos que se sienten infinitos. El aire en la casa es distinto; es pesado, cargado de historia y de un vacío emocional que puedo sentir en las paredes. Me dejan en una habitación que huele a vainilla y limpieza extrema.
—Esta es su suite. El señor Thorne está en la suya, al final del pasillo. Dijo que no se le molestara —dice la mujer antes de salir y cerrar la puerta.
Me quedo sola en la oscuridad. Me quito el velo con dedos torpes, sintiendo cómo el aire fresco golpea mi rostro. Camino con cuidado, tanteando el aire. Mis dedos encuentran la suavidad de un edredón de seda, la madera tallada de un mueble antiguo, el frío de un ventanal de cristal.
De repente, la puerta se abre de nuevo. Los pasos son pesados. El corazón se me sube a la garganta.
—¿Por qué no te has quitado ese vestido ridículo? —la voz de Alexander viene desde el umbral.
—No encuentro la cremallera —respondo, tratando de mantener la dignidad mientras mis manos buscan frenéticamente en mi espalda.
Escucho sus pasos acercándose. Mi piel se eriza. Él se detiene justo detrás de mí. Puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, la potencia de su presencia física envolviéndome.
—Date la vuelta —me ordena.
Obedezco como una autómata. Él bufa, un sonido de pura irritación. Siento sus dedos, largos y hábiles, rozando la piel desnuda de mi nuca. El contacto me hace saltar. Sus dedos son fríos pero su tacto es experto. Empieza a bajar la cremallera de mi vestido de novia, centímetro a centímetro. El sonido del metal deslizándose es lo único que se escucha en la habitación.
Siento el aire frío golpeando mi espalda a medida que la seda cae. Alexander no se retira. Se queda ahí, su respiración cerca de mi hombro. Por un momento, el silencio cambia. Ya no es irritación, es algo más denso, algo que se siente en el aire como la estática antes de una tormenta.
—Mírate —susurra él, y luego suelta una risa amarga—. Ah, es cierto. No puedes.
El golpe duele más que si me hubiera abofeteado. Intento cubrirme con las manos, pero él atrapa mis muñecas con una sola mano, manteniéndolas firmes frente a mi pecho. Su otra mano sube y me toma de la mandíbula, obligándome a levantar la cara hacia donde imagino que están sus ojos.
—Escúchame bien, Elina. Este matrimonio es un papel. No soy tu salvador, no soy tu bastón y ciertamente no soy tu marido por elección. Eres un estorbo que mi abuelo me colgó al cuello para darme su empresa.
Sus dedos me aprietan la barbilla. Su aroma me inunda los sentidos, una mezcla de poder y crueldad que me resulta aterradoramente embriagadora.
—Dormirás aquí, comerás aquí, pero no esperes que toque tu puerta de nuevo. No quiero una esposa que ni siquiera puede mirarme cuando le hablo.
Me suelta con tal brusquedad que tropiezo hacia atrás, cayendo sobre la cama. Escucho sus pasos alejarse, la puerta cerrándose con un estruendo que retumba en mi pecho.
Me quedo allí, semidesnuda en la penumbra, con el sabor de su desprecio amargándome la boca. Pero entre el dolor y la humillación, algo en mi interior se enciende. Alexander Thorne cree que vivo en la oscuridad, pero pronto descubrirá que en las sombras, yo soy la que tiene la ventaja.
Él no me quiere. Bien. Yo tampoco quería un carcelero. Pero esta casa es ahora mi territorio, y aunque no pueda ver sus ojos, aprenderé a leer su alma hasta que sea él quien suplique por un poco de mi luz.
Me acuesto sobre las sábanas frías, abrazando mi propio cuerpo. Mañana empieza la verdadera batalla.