Camila era enfermera y estaba casada con el hombre que creía perfecto: el doctor Santiago, un ginecólogo-obstetra brillante y respetado. Pero detrás de la puerta de su mansión, la realidad era otra. Santiago la trataba con una frialdad glacial, jamás le tocó el vientre durante los nueve meses de embarazo y se negó a atenderla la noche en que rompió aguas. Su bebé no sobrevivió. O eso le dijeron.
Tres años después, Camila ha reconstruido su vida como enfermera pediátrica. Un día ingresa de urgencia un niño de tres años llamado Mateo, con traumatismo craneal y una fractura abierta. Necesita una transfusión de sangre A-negativo —un tipo rarísimo— y Camila resulta ser compatible. Le dona su propia sangre y le salva la vida. Al despertar, Mateo la mira fijamente y la llama *Mamita*.
Lo que parece el capricho inocente de un niño asustado se convierte en un vínculo imposible de romper. Mateo se niega a comer, a dormir y a dejarse curar por nadie que no sea Camila. Pero Mateo tiene una madre: Luna, una actriz glamurosa que abandonó a su hijo por su carrera, y un padre cuya identidad Camila aún desconoce.
Cuando la verdad salga a la luz —sobre el bebé que Camila creyó muerto, sobre la sangre que comparte con Mateo, sobre el fraude que lo arrancó de sus brazos— nada volverá a ser como antes. Ni para ella, ni para Santiago, ni para el niño que siempre supo quién era su verdadera madre.
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Capítulo 2
El mundo de Camila pareció detenerse cuando sus párpados se abrieron lentamente. El olor penetrante del antiséptico le asaltó las fosas nasales. La luz de los fluorescentes del techo del hospital la deslumbró, como si se burlara de la oscuridad que empezaba a trepar por su pecho. Junto a la camilla, una doctora y una enfermera permanecían de pie con expresiones que no lograban disimular el dolor.
—¿Dónde está mi bebé, doctora? —susurró Camila mientras su mano palpaba un vientre que ahora estaba plano, atravesado por el dolor de los puntos de sutura. Al no recibir respuesta, el corazón se le aceleró y un presentimiento terrible le atenazó la garganta hasta dejarla sin aire—. Doctora… —insistió con voz ronca.
La doctora Susana tomó aire, bajó la mirada un instante y luego clavó los ojos directamente en los de Camila, que ya se llenaban de lágrimas.
—Lo siento, señora Camila. Hicimos todo lo que pudimos. Pero Dios dispuso otra cosa: no pudimos salvar a su hijo.
—¡No…! ¡Eso es imposible! —gritó Camila. Las palabras «no pudimos salvarlo» cayeron sobre ella como un mazazo que pulverizó todas sus defensas.
—Resignación, señora —añadió la enfermera, contagiada por la tristeza. ¿Qué madre aceptaría perder al hijo que tanto había esperado?
—No puede ser, enfermera… —repitió Camila con voz rasgada. El llanto silencioso se convirtió en un alarido desgarrador que traspasó a la doctora y a la enfermera.
Un instante después, la habitación quedó en silencio. La mano de Camila que no tenía el suero se cerró en un puño. Su memoria voló hacia Santiago, su marido. Si aquel hombre cruel la hubiera ayudado cuando comenzaron las contracciones, el líquido amniótico no se habría roto antes de tiempo y su hijo habría sobrevivido. Destruida. Ni siquiera esa palabra bastaba para describir lo que sentía al saber que la esperanza que había albergado durante nueve meses jamás descansaría entre sus brazos.
—Ha sido la voluntad de Dios, Camila… —dijo Susana con suavidad, a su lado.
—Es culpa mía, doctora. Debí ir al hospital en cuanto sentí las contracciones —se lamentó Camila, sintiéndose estúpida. No debería haber esperado la compasión de Santiago; tendría que haber ido sola, acompañada por Nana. Al pensar en Nana, recordó que la noche anterior había llamado por teléfono a una enfermera que fue su compañera cuando trabajaba en este mismo hospital, hacía ya un año. No recordaba si fue ella u otra persona quien la trajo—. ¿Quién me trajo al hospital, doctora?
—Eso no lo sé, señora —respondió la doctora Susana antes de salir de la habitación.
Camila se quedó sola. Su propio llanto ahogado fue lo único que se oyó. La ropita que le había comprado al bebé estaba bien doblada en el armario; los polvos de talco, todo listo. Pero qué cruel resultaba ahora imaginar el baño del recién nacido, aquella escena preciosa que giraba y giraba en su cabeza como una tortura.
Las lágrimas volvieron a inundarle las mejillas. Camila cerró los ojos intentando recoger los pedazos de su corazón hecho añicos. En el silencio de aquella habitación, fue como si ella también hubiera muerto con el último aliento de su hijo. Ni siquiera había podido ponerle un nombre, ni verle la cara.
—Ya verás, Santiago. Cosecharás tu propio karma. ¡La muerte de mi hijo me la vas a pagar hasta el último centavo! —Camila aferró la sábana con fuerza. En medio de aquel llanto desgarrador, miles de pensamientos de venganza brotaron en su mente.
El rostro perpetuamente frío de Santiago y sus palabras brutales, las de un monstruo, jamás se borrarían de su memoria. La ira empezó a hervir bajo el manto de su duelo. Recordó cómo la noche anterior se había retorcido de dolor, suplicando a los pies de Santiago para que hiciera algo. «Cariño, ayúdame, por favor…», le había dicho en el porche antes de perder el conocimiento.
Camila no pretendía que la tratara como esposa; solo quería que la atendiera como atendía a cualquiera de sus pacientes en el hospital. Pero Santiago ni eso le había concedido. Había dejado que su propia sangre se debatiera entre la vida y la muerte.
Camila apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. Y un instante después rompió a llorar de nuevo.
—No solo dejó morir a mi bebé y usó sus conocimientos para hacerme daño. ¡También asesinó a su propio hijo! —murmuró para sí. Sus ojos hinchados miraron al frente con una determinación feroz. La venganza ardía en su corazón.
En ese momento la puerta se abrió y la figura de Santiago entró vestido con una bata impecablemente blanca, en contraste con la ropa de Camila, que aún olía al duelo. Camila dejó de llorar. Miró al hombre que se acercaba como si fuera un desconocido.
Santiago se aproximó con ese gesto de duelo protocolario que solía ofrecer a sus pacientes.
—Lamento tu pérdida, Camila. Al parecer tu cuerpo estaba demasiado agotado para…
—¡Basta, señor Santiago! —lo cortó Camila con voz baja pero cargada de furia—. No te atrevas a evaluar el cuerpo que diste por muerto desde la noche en que me arrebataste mi virginidad.
Camila contuvo las lágrimas. No quería volver a mostrarse frágil ante él.
Santiago no dijo nada. Sacó un instrumento para examinarla, pero Camila ya no le tenía miedo: le apartó la mano que iba a colocarle el estetoscopio en el pecho.
—Tienes que dejarte examinar, Camila. Tienes fiebre.
—¡He dicho basta! —lo interrumpió de nuevo—. Y deja de usar terminología médica para encubrir tu alma de asesino.
—Señora… Cálmese, señora… —intervino la enfermera que acompañaba a Santiago.
—Saque a este hombre de aquí, enfermera. A todo esto, ¿quién le ha dado permiso a este farsante para examinarme? —gritó Camila, echando a Santiago como quien espanta a una gallina para que no ensucie el suelo.
El doctor Santiago la fulminó con la mirada y salió seguido por la enfermera.
Camila juró en silencio que, a partir de ese instante, se aseguraría de que algún día Santiago conociera una destrucción mucho peor que la que ella estaba sintiendo.
Continuará…