⚠️🔞✅️Miles Stone, un rígido contador de la ciudad, huye hacia el pueblo costero de Bahía Centinela tras una devastadora traición familiar. Destrozado y buscando aislamiento, llega al viejo Hostal Morrow, administrado por Ezra, un lugareño libre, magnético y un tanto excéntrico. Mientras Miles intenta ordenar el adorable caos financiero del negocio, Ezra lo desafía a mirar el mundo a través de su lente analógica, enseñándole a abrazar las imperfecciones de la vida. Bajo el cálido sol de agosto, una cercanía eléctrica e ineludible florece entre ambos, transformando un verano melancólico en el refugio de amor más puro de sus vidas.✅️🔞⚠️
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Techo del mundo
El inicio de octubre trajo a Vancouver un frío seco que congelaba el aliento en cuanto se cruzaba la puerta del hospital. Las hojas de los árboles ya no bailaban con el viento; ahora alfombraban el suelo con un manto de tonos amarillos y rojizos secos. En el cuarto piso del hospital, la atmósfera se había vuelto sumamente silenciosa. Respetando la recomendación del médico especialista, el personal de enfermería había suspendido los estudios molestos que tanto aterraban a Ezra. La habitación privada ya no era un laboratorio de jeringas, sino el búnker donde se resguardaba un amor infinito.
Esa tarde, el cielo canadiense regaló un respiro. Las nubes grises se abrieron de par en par, dejando ver un horizonte limpio e iluminado por un sol pálido pero brillante. Miles, fiel a la promesa que le había hecho a su novio, acomodó a Ezra en una silla de ruedas acolchada. Le colocó una sudadera abrigada y lo arropó desde el pecho hasta los pies con la manta tejida a mano que la anciana de Bahía Centinela le había regalado el día de la partida.
Matt entró al cuarto sosteniendo tres tazas de chocolate caliente que había comprado en la cafetería del primer piso. Al ver a su primo listo para salir, una sonrisa melancólica apareció en su rostro cansado.
—Vaya, miren a los dos fugitivos —dijo Matt con voz ronca, intentando mantener un tono alegre por el bien de los chicos—. Pensé que se quedarían escondidos debajo de las sábanas blancas todo el día.
—Este contador es muy estricto con sus contratos, primo —respondió Ezra con un hilo de voz suave, girando la cabeza lentamente para mirar a Miles con adoración—. Me prometió que veríamos el cielo hoy y ya sabes que a los contadores no les gusta dejar las cuentas a medias.
Miles sonrió con ternura, inclinándose para darle un beso corto en la frente febril a Ezra.
—Exactamente, mi bebé. Aquí todo se cumple —afirmó Miles, tomando las manijas de la silla de ruedas—. Vamos, Matt. Ayúdame con las tazas. Hoy la cita es en el techo del mundo.
Subieron por el ascensor de servicio hasta el último piso y empujaron la pesada puerta metálica que daba acceso a la azotea del hospital. El aire frío del exterior los golpeó de frente, un aire limpio que olía a pino forestal y a tierra húmeda. Miles guio la silla de ruedas hasta una esquina protegida del viento, desde donde se alcanzaba a ver la inmensidad de los bosques canadienses y las siluetas de las montañas nevadas a lo lejos.
Matt acomodó dos sillas de plástico al lado de Ezra y les entregó las tazas humeantes. Se quedaron en silencio durante unos minutos, contemplando el paisaje mientras el vapor del chocolate caliente se dispersaba rápido en el aire helado. Ezra respiró hondo, disfrutando de la libertad de no tener el techo blanco del cuarto sobre su cabeza.
—Es hermoso, mi cielo —susurró Ezra, estirando una mano temblorosa hacia Miles—. No tiene el muelle viejo ni el olor a pescado podrido de nuestro pueblo, pero estos pinos altos tienen su encanto.
Miles tomó la mano de Ezra de inmediato, entrelazando sus dedos con fuerza, sintiendo la calidez de su piel a través del contacto constante.
—Mientras estés tú aquí conmigo, mi vida, cualquier lugar es perfecto —respondió Miles con los ojos húmedos, fijos en la mirada oscura de su novio.
Matt miró a los dos jóvenes y tuvo que bajar la cabeza para ocultar las lágrimas que volvían a brotar de sus ojos enrojecidos. El hombre fuerte que levantaba troncos en el bosque tomó un sorbo de su taza y rompió el silencio con una voz temblorosa.
—Ezra... hermano —dijo Matt, llamándolo por el apodo de la infancia—. Estuve hablando con el abogado de la ciudad esta mañana. El papeleo del hostal ya está completamente listo. Miles usó sus ahorros y compró el edificio. El Hostal Morrow ahora es de él. Y tal como Miles me lo pidió, todo el dinero de la venta ya fue enviado a Bahía Centinela; abrimos un fondo de apoyo para los pescadores locales y sus familias.
Ezra abrió los ojos de golpe, mirando a Miles con una sorpresa que rápidamente se transformó en una emoción desbordante. Una lágrima pesada y caliente resbaló por su mejilla hundida.
—¿Compraste mi desastre, mi cielo? —susurró Ezra con la voz quebrada, apretando los dedos de Miles con la poca fuerza que le quedaba—. Ese lugar está viejo, se cae a pedazos... las cuentas no tienen sentido...
—No me importa el desorden, mi bebé —le interrumpió Miles, con una sonrisa dulce y los ojos empañados por el llanto—. Ese hostal viejo es el lugar donde volví a respirar. Es el lugar donde te conocí. No iba a permitir que nadie más se quedara con nuestras sábanas blancas ni con el porche donde fuimos felices. Cuando todo esto pase, yo... regresaré a Bahía Centinela a cuidar de nuestra casa. Y los pescadores locales tendrán su dinero para arreglar sus barcas, tal como tú hubieras querido.
Ezra soltó un suspiro largo, un gemido de puro alivio emocional, y usó ambas manos para acunar el rostro de Miles.
—Gracias, Miles... gracias, mi vida —sollozó Ezra, uniendo sus frentes en medio del viento helado—. Me quitas el peso más grande del mundo. Ahora sé que mi hogar está a salvo en las mejores manos.
—Tú siempre cumpliste con todos, hermano —añadió Matt con un sollozo ahogado, estirando su enorme mano para apretar el hombro de Ezra—. Eres el mejor primo que la vida pudo darme. Me da tanta rabia... tanta maldita rabia que te tengas que ir de esta manera. No es justo, Ezra. Te juro que no es justo.
—No hables así, Matt —intervino Miles de forma dulce pero firme—. Ezra no se va a ir del todo. Nos deja las lecciones más hermosas del mundo. Su luz se queda con nosotros, en la cabaña, en mi nuevo hostal y en tu corazón.
Ezra sonrió, y el brillo de adoración en sus ojos oscuros se intensificó. El dolor físico en su abdomen continuaba acechando como un animal dormido, pero el amor infinito que flotaba en esa azotea era un escudo perfecto.
—Escúcheme bien, primo —dijo Ezra, mirando fijamente a Matt—. Tengo una última voluntad. Un contrato que ustedes dos tienen que firmar conmigo ahora mismo.
—Lo que quieras, mi bebé —respondió Miles de inmediato, acomodándole la manta sobre el pecho con caricias tiernas—. Pide lo que quieras.
—Quiero que cuando mi cuerpo se apague... no me dejen en un cementerio frío de esta ciudad gris —pidió Ezra con una voz profunda, clara y cargada de una devoción sagrada—. Quiero que cremen mis restos y que lleven mis cenizas de regreso a Bahía Centinela. Quiero que las esparzan en el extremo final del muelle viejo, justo a la hora del atardecer, cuando el sol pinte el agua de color naranja y violeta. Quiero regresar al mar de mis padres, mi cielo. Quiero quedarme para siempre en el paraíso donde te encontré, cuidando el hostal desde el agua.
Matt rompió en un llanto ruidoso, incontrolable, tapándose el rostro con ambas manos mientras su cuerpo entero se sacudía sobre la silla de plástico. Miles tampoco pudo contenerse más; las lágrimas desbordaron sus ojos claros de forma dulce y dolorosa, rodando por sus mejillas hasta caer sobre la manta tejida de Ezra.
—Te lo prometo, mi vida —consiguió decir Miles entre sollozos, inclinándose para pegar su frente contra la de Ezra, mezclando sus lágrimas en medio del viento helado—. Te llevaré de regreso al muelle. Te lo juro por mi propia vida. Volveremos a nuestro pueblo y te entregaré al mar a la hora exacta de la foto del beso. Vas a regresar a casa, mi cielo. El hostal te estará esperando frente a la orilla.
—Te lo prometo yo también, hermano —añadió Matt con la voz quebrada, limpiándose el rostro con el dorso de su mano grande y tomando la otra mano de Ezra—. Tu ceniza va a volver al Atlántico. Yo mismo manejaré la camioneta de regreso hasta la costa si es necesario. No te vas a quedar en el frío del norte.
Ezra soltó un suspiro de pura felicidad, sintiéndose el hombre más afortunado del mundo a pesar de la tragedia celular que lo consumía. Estiró sus brazos debilitados con lentitud y rodeó los cuellos de Miles y de Matt, atrayéndolos hacia sí en un abrazo grupal apretado, un lazo eterno que desafiaba a la misma muerte en esa azotea del hospital.
—Los amo tanto —susurró Ezra contra el hombro de Miles—. Son mi única familia. Gracias por no tener lástima de mí. Gracias por mirarme como a un hombre libre hasta el final.
Se quedaron así durante largos minutos, abrazados bajo el sol pálido de octubre, mientras el viento helado de Vancouver seguía agitando las copas de los pinos altos a su alrededor. El contraste entre la inmensidad del paisaje del norte y la devastación interna de sus corazones era el sello agridulce. El mes de agosto se había terminado hacía mucho tiempo en el calendario, pero en el refugio de ese abrazo en la azotea, el verano de Bahía Centinela continuaba latiendo con una fuerza inquebrantable contra el invierno inminente.
Cuando el sol comenzó a ocultarse detrás de las montañas nevadas, tiñendo las nubes de un tono rosado y frío, Miles ayudó a Ezra a acomodarse de nuevo en la silla de ruedas. Bajaron por el ascensor en un silencio cargado de una paz espiritual nueva; la compra del hostal y la definición de las últimas voluntades habían transformado la angustia en un compromiso sagrado de amor verdadero.
Al entrar de nuevo a la habitación privada, Miles acomodó a Ezra en la gran camilla metálica con una delicadeza infinita. Le administró la dosis correspondiente de los analgésicos amarillos en la hora exacta y esperó a que se durmiera, velando su sueño bajo el pitido rítmico del monitor de latidos. Sabían que los días se estaban agotando de forma implacable, pero esa tarde, en el techo del mundo, habían logrado vencer al miedo absoluto a base de puras promesas y amor infinito, listos para caminar tomados de la mano hacia el tramo más doloroso y hermoso de sus vidas rotas.