Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
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Capitulo 1
Irene mantenía la mirada fija en su taza de té. El líquido ámbar había dejado de temblar hacía rato, pero sus pensamientos seguían agitados. La voz a su alrededor se oía lejana, difusa, como si pertenecieran a otra habitación y no al elegante salón en el que se encontraba sentada.
—Entonces, señorita Irene, ¿qué piensa al respecto?
La voz atravesó el zumbido que mantenía absorta a Irene y la alcanzó con claridad. Irene parpadeó, como si regresara de un sueño. Alzó la vista.
Frente a ella estaba un hombre imposible de ignorar, cabello rubio impecablemente peinado, ojos azules de una frialdad cristalina, uniforme de altos mandos de los caballeros reales perfectamente ajustado a su figura. Su porte era irreprochable, digno de su título. Sin embargo, nada de eso capturó realmente su atención. Fue su mirada. Una mirada vacía. No cruel, no severa… simplemente ausente.
Todo lo demás pasó a un segundo plano.
Irene sonrió. Una sonrisa dulce, serena, exactamente la que se esperaba de ella.
—Está bien… —respondió con suavidad—. Hagámoslo. Acepto el matrimonio.
Ezra Markov asintió con un leve movimiento de cabeza. No hubo sorpresa, ni alivio, ni satisfacción en su expresión. Solo una confirmación silenciosa, como si aquello fuera un trámite más en su agenda.
—Pronto mi asistente se pondrá en contacto con usted para organizar los detalles —dijo, ejecutando una pequeña reverencia—. Es momento de retirarme.
Irene sostuvo su mirada hasta que él se dio la vuelta. El sonido firme de sus botas resonó sobre el mármol, marcando la distancia entre ambos. No volvió a mirarla. Cuando la puerta se cerró y su figura desapareció tras ella, el silencio se volvió denso.
Irene soltó el aire que había estado conteniendo.
—Mis padres estarán sorprendidos cuando sepan que voy a casarme… —murmuró para sí.
La condesa Katlin Blanch y el conde Thomas Blanch no se encontraban en la residencia en ese momento. Tal vez, si hubieran presenciado la escena —la manera impersonal en que el duque Ezra Markov había pedido la mano de su hija—, no lo habrían aprobado con tanta facilidad.
Pero Irene ya había dado su palabra.
Y bastaría con decirles que estaba enamorada de él.
Se reclinó en su asiento y alzó la vista hacia el techo ornamentado del salón.
—Solo hago esto por mi futuro tranquilo… —pensó.
No era una decisión sencilla. Irene sabía perfectamente que Ezra Markov ya tenía el corazón ocupado. Los rumores no eran simples rumores; eran verdades que recorrían la corte con la misma rapidez que el viento.
Ezra había estado enamorado de Lina Lewel.
Lina, la joven que comenzó como asistente en el ejército real y cuya valentía durante momentos cruciales de la guerra la convirtió en una figura imposible de ignorar. Su intrepidez atrajo la atención de hombres poderosos. Entre ellos, el propio Ezra Markov… y el príncipe heredero, Eliott Leon.
Finalmente, Lina eligió al príncipe.
Su matrimonio marcó un hito histórico, la primera plebeya en unirse a la familia real.
—Como la protagonista de una historia… —susurró Irene.
Lo decía sin rencor. Solo con una lucidez extrema.
Desde niña había leído incontables novelas. También escribía las suyas propias. Y en todas ellas existía una constante cruel, los segundos protagonistas, aquellos que amaban con intensidad silenciosa, nunca obtenían el final feliz. Su destino era permanecer en la sombra, sostener el peso de un amor que no sería correspondido.
Una leve sonrisa curvó sus labios. Y aunque la vida real no podía ser como una historia perfectamente calculada, las similitudes eran demasiadas.
—Y es así… Ezra Markov es como un segundo protagonista —pensó.
Pero en aquellas historias, el segundo protagonista era quien sufría, y más aún la mujer que utilizaba como reemplazo.
Irene bajó la mirada hacia su taza de té, ahora completamente fría.
Ella no pensaba convertirse en el reemplazo trágica de nadie.
No había pasado mucho tiempo desde la partida de Ezra cuando la puerta principal volvió a abrirse. El Conde Thomas Blanch y la condesa Katlin Blanch entraron conversando en voz baja, seguidos por su hijo menor, Adrián Blanch.
Irene supo, al verlos, que él sería el más difícil de convencer.
Adrián no solo era su único hermano; era un adolescente impulsivo y ferozmente protector. Si alguien se opondría a aquel matrimonio, sería él.
Apenas cruzaron el umbral, Irene se puso de pie. Su expresión era inusualmente seria.
—Mamá, papá, Adrián… necesitamos hablar.
Los tres se detuvieron. La sorpresa se dibujó en sus rostros, seguida de una preocupación inmediata. Irene no los recibía así.
La condesa Katlin fue la primera en acercarse. Posó una mano suave sobre el hombro de su hija.
—¿Qué sucede, hija? ¿Por qué estás tan seria?
—Sí, ¿por qué tienes esa expresión? —añadió Adrián, frunciendo el ceño mientras se aproximaba.
Irene dudó apenas un instante. Si esperaba más, tal vez no sería capaz de decirlo.
—Voy a casarme.
El silencio fue absoluto. Las expresiones de los tres se descompusieron al mismo tiempo.
Irene tragó saliva y añadió.
—Con el duque Ezra Markov.
El mutismo que siguió pareció interminable.
Entonces Irene sonrió, fingiendo una alegría ligera.
—¿No van a felicitarme?
El caos no tardó en estallar.
—¿Casarte?
—¿Con el duque?
—¿Cuándo ocurrió esto?
—¿Por qué no sabíamos nada?
Las preguntas se superponían unas con otras. Nadie sonreía. Nadie parecía feliz.
Irene levantó ambas manos, intentando calmarlos.
—Por favor, escúchenme. Yo siempre he estado enamorada del duque —dijo con serenidad cuidadosamente ensayada—. Lo he admirado en silencio durante mucho tiempo. No puedo creer lo afortunada que soy. Aunque sea un matrimonio arreglado… yo estoy feliz. Así que les pido que me apoyen, ¿sí?
Sus padres intercambiaron miradas desconcertadas. Jamás habían notado esos supuestos sentimientos. Sin embargo, Irene parecía completamente sincera. No tenía motivo para mentirles.
El conde suspiró finalmente.
—Si esta es tu decisión… confiaremos en ti.
La condesa asintió, aunque la preocupación no abandonó su rostro.
Adrián, en cambio, apretó los puños.
—Yo no estoy de acuerdo —dijo con voz tensa.
Y sin esperar respuesta, salió de la sala.
Irene cruzó una mirada breve con sus padres.
—Yo… hablaré con él.
Lo encontró donde siempre se refugiaba cuando estaba molesto, encaramado en la rama más gruesa del árbol más grande del jardín.
Irene se apoyó contra el tronco, alzando la vista.
—No quiero hablar contigo. Vete.
La voz de Adrián era cortante.
—Eso me lastima, Adrián…
Él guardó silencio. Irene también.
El viento movía suavemente las hojas sobre sus cabezas.
—Sé que esto es repentino —dijo ella al fin—. Pero dije la verdad cuando afirmé que amo al duque Ezra. Adrián… ¿no quieres que yo sea feliz?
Esperó con paciencia.
—Claro que quiero que seas feliz —respondió él con brusquedad—. Pero ese tipo… ¿no es el mismo que declaró su amor a otra mujer delante de todo el reino? ¿Cómo podrías ser feliz con alguien así?
Irene pensó con cuidado. Su hermano no mentía.
—Es cierto que tuvo un primer amor —contestó con calma—. Pero ella está casada con otra persona. Y que haya sido su primer amor no significa que la amará para siempre.
Por dentro, una voz susurró lo contrario. — Sí, la amará toda la vida...
Pero eso no podía decirlo.
—Yo lo amo —continuó—. Según tu punto de vista, ¿no tengo ni la más mínima oportunidad de cambiar su corazón?
Adrián cruzó los brazos y desvió la mirada.
—Claro que mi hermana podría hacerlo… —murmuró con orgullo—. Pero no me gusta para ti. Mereces a alguien que te ame desde el principio. Que tenga ojos solo para ti... No a alguien que vive pensado en otra...
—Estás exagerando —replicó ella con una leve sonrisa—. No todo puede ser perfecto.
Adrián bajó la voz.
—Lo sé… Aun así, quiero que para ti todo sea perfecto.
Irene sintió que algo cálido le oprimía el pecho.
—Y lo será. No te preocupes.
Lo miró fijamente, intentando transmitir una seguridad que no estaba segura de poseer.
Cuando ambos regresaron a la sala, el conde y la condesa comprendieron que Irene había logrado apaciguar la tormenta. Adrián no parecía convencido, pero al menos ya no discutía.
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Mientras tanto, Ezra atravesaba los pasillos del palacio real, donde se encontraba el cuartel de los caballeros reales, del cual él era comandante.
En su despacho lo esperaba Rohan Gils, su asistente personal.
Ezra habló sin rodeos.
—Comienza con los preparativos para mi matrimonio.
Rohan quedó boquiabierto.
—¿Qué…?
—Comunícate con la señorita Irene Blanch. Ponte de acuerdo con ella. Es la novia.
Rohan parpadeó varias veces, intentando procesar la información.
—Es demasiado repentino, duque. Este es su matrimonio, debería al menos…
No pudo terminar la frase.
Un ruido seco proveniente de la entrada interrumpió la conversación. Ambos giraron la cabeza.
Una caja adornada con un lazo yacía en el suelo. Frente a ella, una joven de largo cabello negro y ojos verdes los observaba con expresión atónita.
—Lina… —murmuró Ezra.
Lina Lewel.
Ahora Lina Leon, princesa heredera.
Ella se agachó rápidamente para recoger la caja, torpe en sus movimientos.
—Ah… lo siento. Parece que interrumpí una conversación importante. Me retiro.
No había dado ni un solo paso cuando Ezra la sostuvo por la muñeca.
El gesto fue instintivo.
Su expresión, por primera vez en todo el día, dejó ver algo más que vacío.
Angustia.
Hay Ezra m imagino tu cara de celos
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener