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Herencia De Sangre Y Deseo

Herencia De Sangre Y Deseo

Status: Terminada
Genre:Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Solecito87

Cuando la mafia y el amor se cruzan...

NovelToon tiene autorización de Solecito87 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Sangre y sudor

[Flashback – La tarde anterior]

Isabella estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas dobladas, mientras una de las mucamas le limpiaba las rodillas con una gasa empapada en antiséptico. Había un poco de sangre seca y una leve hinchazón. Las manos de la sirvienta temblaban mientras la atendía.

—¿Te duele, señorita?

Isabella negó con la cabeza, aunque sus ojos decían lo contrario. El empujón del nuevo guardia no solo la había arrojado al suelo. Le había despertado una furia que no sabía que tenía.

Luca la había llevado de regreso a su habitación sin decir una palabra. Pero sus manos estaban tensas. El pulso en su cuello, acelerado. Cuando la dejó en la puerta, giró sobre sus talones y desapareció.

Fue directo a la sala de seguridad.

—El nuevo. El que vino de la familia Orazzi. —Tenía los puños cerrados como piedras—. La tocó. Uno de los hombres de confianza de Vittorio palideció.

—¿Estás seguro?

—La agarró. La empujó. Se burló. No acató órdenes. Está grabado. La noticia llegó a Vittorio como una chispa en un campo de pólvora.

Esa misma tarde, el guardia fue arrancado de su habitación sin previo aviso. Lo arrastraron entre dos hombres, descalzo, sin poder gritar. Lo bajaron al sótano, esa sala que nadie nombraba, pero todos conocían.

Olía a metal oxidado, a humedad rancia… y a otras cosas. Cosas que no deberían tener olor. Cosas que hablaban de lo que pasaba cuando alguien cruzaba la línea.

Lo ataron a una silla, alambres oxidados sobre las muñecas. Tenía el rostro descompuesto, sudor frío y la respiración cortada. Vittorio entró en silencio.

Traje negro. Guantes de cuero. La sombra de un cazador. Los pasos resonaban como campanadas fúnebres.

—¿Sabés por qué estás acá?

El guardia tragó saliva. Tenía la nariz rota.

—Fue un malentendido… yo… no quise...

Vittorio sacó una pequeña navaja y la apoyó sobre la mesa de acero. Luego una cuerda de pescar fina como un cabello. Después, un par de alicates.

—Ella es mi hija.

El silencio fue más brutal que cualquier golpe.

—Toques a quien toques en esta casa… jamás a ella.

El primer corte fue limpio, rápido, por la mejilla. Apenas un surco. Una advertencia.

—¡Por favor, señor! ¡Perdóneme!

Vittorio no respondió. Levantó la cuerda de pescar y la enrolló alrededor del pulgar del guardia, tirando de a poco, hasta que la carne se vio pálida. El dolor fue inmediato. Un chillido agudo brotó de la garganta del hombre.

—El primer error fue tocarla —dijo en voz baja.

El alicate crujió contra el hueso. Un dedo. Después otro.

El guardia gritaba, pero nadie escuchaba. Allí abajo, los gritos se apagaban antes de llegar a la superficie.

—El segundo error… fue no morir en ese instante.

El sudor se mezcló con sangre, lágrimas, mocos. El hombre pedía, suplicaba, imploraba. Al final, apenas murmuró:

—Por favor… matame…

Vittorio se inclinó, le rozó el oído con la boca.

—Morís esta noche… para que todos los demás recuerden el precio de rozarla. El disparo fue seco. Limpio. La sangre salpicó la pared como una firma.

[Fin del flashback] [Presente – Noche]

La casa dormía, pero Isabella no.

La inquietud no era miedo. Era otra cosa. Una energía que la quemaba por dentro. Caminaba descalza, en pantalones sueltos y una remera vieja que apenas le cubría los muslos. El calor nocturno se sentía pegajoso, la tela húmeda se le pegaba a la piel.

Desde el ala sur, oyó algo.

Golpes. Respiración agitada. El eco sordo de un cuerpo golpeando un saco de boxeo. Se asomó al invernadero.

Allí estaba él.

Luca entrenaba solo. Sin remera. La piel cubierta de sudor, como si el cuerpo hablara otro idioma. Sus músculos tensos, marcados por el esfuerzo, eran un mapa de cicatrices, de heridas viejas y nuevas. Algunos tatuajes se perdían entre sombras.

Cada golpe era un rugido contenido.

Isabella dudó en entrar. Pero él ya la había sentido. Giró la cabeza, sin dejar de respirar hondo.

—¿No podés dormir?

—¿Vos tampoco?

Él sonrió apenas. Bajó los brazos. El pecho le subía y bajaba lentamente, como si aún luchara contra un enemigo invisible.

—Cuando no puedo pensar… golpeo cosas.

—¿Y sirve?

—Más que llorar.

Ella dio unos pasos hacia él. El olor a cuero, sudor y noche la envolvió como un abrazo salvaje.

—¿Seguís enseñando defensa personal?

—Siempre. —La miró de arriba abajo—. Pero no estás vestida para entrenar. Ella alzó la barbilla con orgullo.

—Puedo con eso.

Luca se acercó. Le tomó la muñeca con suavidad, como si supiera que ella podría salir corriendo en cualquier momento.

—¿Querés probar?

—Sí.

—¿Sabés qué hacer si alguien te toma desde atrás? Ella negó.

Él la rodeó. Los brazos le sujetaron por detrás, sin fuerza, pero con firmeza. Su pecho se apoyó contra su espalda. El calor de su cuerpo la envolvió, la asfixió dulcemente.

—Sentí el encierro. El peso. No te resistas. Entendelo primero. Ella cerró los ojos.

El cuerpo de Luca era una prisión ardiente. Su respiración quemaba contra su cuello.

—Ahora. Bajá el centro. Usá tu cadera. Girá. No dudes.

Ella obedeció. Bajó el cuerpo, giró con fuerza, lo empujó. Cayó encima de él. El suelo les robó el aliento. Él jadeó.

Ella no se movió.

Sus manos sobre su pecho, casi tocando una cicatriz en forma de cruz. Sus miradas atrapadas en un espacio que ya no era físico.

—Lo hiciste bien —murmuró él.

—Estoy encima tuyo.

—Y no me quejo.

No se besaron. No aún.

Pero el mundo giraba entre ellos, alrededor del calor, del pulso acelerado, del temblor en las piernas de ella. Isabella se levantó.

Él la siguió con la mirada.

—Mañana seguimos.

—¿Y si vengo antes?

—Entonces… no voy a dormir.

Ella salió del invernadero, la piel erizada, la sangre en llamas. Desde el otro lado del ventanal, Vittorio los observaba en silencio. Los ojos entrecerrados.

El cigarro entre los dedos temblaba apenas.

Y una palabra cruzó por su mente como una sombra. Demasiado cerca.

1
Eneida Acosta
y las siguientes??? me dejo en suspenso
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