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El Corazón de Azalea

El Corazón de Azalea

Status: Terminada
Genre:Niñero / Amor eterno / Completas
Popularitas:3
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.

El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.

Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.

Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.

Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Azalea seguía clavada en su sitio cuando el hombre se acercó con paso firme. El traje negro impecable. El cabello peinado hacia atrás. El rostro más maduro que la última vez que lo vio, pero la mirada idéntica: fría, profunda, indescifrable. Enzo, el esposo de su difunta hermana, que durante todo este tiempo residía en Alemania, estaba ahora justo frente a ella.

—¿A-Aza... lea? —preguntó Enzo con un hilo de duda, como si él mismo no confiara en lo que veía. El nombre resbaló despacio de sus labios. Un nombre que solía escuchar en boca de Jazmín —la hermana mayor de Azalea— siempre pronunciado con infinito cariño. El rostro de aquella mujer también se parecía al de su difunta esposa.

Azalea tragó saliva. El corazón le golpeaba fuera de compás. —Señor Enzo... —Su voz fue casi inaudible.

—Papi, ¿conoces a tía Lea? —Elora tironeó del borde del pantalón de vestir de Enzo, quebrando la tensión entre ambos.

Los ojos de Azalea se posaron en la niña.

Elora. El nombre que acababa de oír por primera vez hacía apenas unas horas, sin sospechar que esa criatura era sangre de su propia sangre.

Azalea recordó con claridad la noticia de que su hermana había muerto tras dar a luz a una niña. Desde aquel momento, todo contacto se cortó.

—¿Ella es... la hija de Jazmín? —preguntó Azalea con la voz quebrada. Se agachó despacio y contempló aquel rostro diminuto tan parecido al de su hermana. Los ojos, la curva de los labios: era como si una pequeña Jazmín hubiera vuelto a la vida delante de ella.

Enzo asintió apenas. —Es la hermana de tu mami, Elora. —El tono del hombre resultó parco y distante. No quedaba rastro de la calidez que Azalea atisbó alguna vez cuando él estaba junto a Jazmín ante el altar.

—¿La helmana de mami? —Elora ladeó la cabeza—. ¿Entonzes es la helmana de mami? ¿Igualito que yo y helmano Elza?

Azalea se quedó sin aliento. —¿Hermano Erza? —susurró. Erza, el primer hijo de Jazmín.

No supo qué sentir. ¿Alegría por haber encontrado a los últimos miembros vivos de su familia? ¿O tristeza por la distancia que los había separado durante tanto tiempo?

—Sí, Elora —le dijo Enzo a su hija—. Puedes llamarla tía.

Azalea abrió los ojos de par en par. No esperaba que Enzo reconociera su identidad así, sin más. Imaginó que el hombre se mostraría distante, que pondría un muro entre los dos como en el pasado.

—Entonzes, ¿tía Lea puede il a mi casa? —Elora alzó la carita llena de ilusión.

Por un instante, Azalea también buscó la mirada de Enzo. Había una súplica silenciosa en sus ojos.

Pero Enzo se limitó a decir: —Otro día. Ya es tarde, hay que volver. Tu abuela se va a enojar. —El tono fue tajante, sin resquicio.

—Elora, nos vamos. —Enzo tomó a la niña de la mano.

—Bueno, Papi. —Elora hizo un pequeño puchero y luego agitó la mano para despedirse—. ¡Tía Lea, después jugamos otla vez, ¿zí?!

—Sí. —Azalea sonrió, conteniendo el temblor que le recorría el pecho.

Quería preguntar tantas cosas. Sobre Jazmín. Sobre cómo fue su muerte. Sobre por qué durante todo este tiempo no hubo noticias. Sobre por qué parecían haberlas olvidado, y desde cuándo Enzo vivía de vuelta en el país.

Pero los pies de Enzo ya se alejaban. El auto negro y lujoso se perdió en la distancia.

Azalea se quedó sola al borde del estacionamiento, contemplando las luces traseras que se desvanecían poco a poco. —Ojalá podamos vernos de nuevo —murmuró.

A la mañana siguiente, Azalea despertó más temprano que de costumbre. Tenía los ojos hinchados, pero el ánimo no podía apagársele. La noche anterior había recibido un correo electrónico con una convocatoria a entrevista. Apenas un día después de haber enviado solicitudes en línea a varias empresas, una ya la citaba. El nombre de la empresa: Kaiser Group.

Azalea se puso una camisa blanca sencilla y una falda negra larga. Planchó su hiyab con esmero. Quería verse presentable, aunque solo aspiraba a un puesto de personal de limpieza. Ya Allah, facilítame la entrevista, pidió en un susurro antes de salir.

Al detenerse frente al edificio, Azalea sintió un escalofrío de reconocimiento. Era el mismo lugar donde ayer se encontró con Elora y con Enzo. El pulso se le aceleró, pero descartó el pensamiento. Su único objetivo era el trabajo.

Cuando cruzaba hacia el estacionamiento, un auto pasó lento a su lado. Azalea le lanzó un vistazo involuntario. De pronto, el pecho se le cerró.

El hombre al volante se parecía a su exmarido.

¿Rodrigo...?, pensó Azalea. Sacudió la cabeza, convencida de que se equivocaba.

Pero el auto se detuvo no lejos de la entrada. Y cuando Azalea lo rebasó caminando, el tiempo pareció congelarse.

Aquel hombre era Rodrigo. Y en el asiento del copiloto, una mujer atractiva, vestida a la moda, se reía con coquetería. Un segundo después, la mujer le tomó el rostro a Rodrigo y lo besó brevemente.

Azalea se quedó petrificada. El aire no le llegaba a los pulmones. —¿Rodrigo...? —musitó, casi sin voz.

Rodrigo abrió los ojos como platos al ver a la mujer parada frente al auto. —¿Azalea? —pronunció en voz baja, incrédulo.

—¿Quién es? —preguntó Nadia, la mujer sentada junto a él.

—Nadie —se apresuró a contestar Rodrigo.

Cuatro meses atrás, ese hombre la había repudiado alegando que era estéril. Durante cuatro meses, ella lloró a solas en la vieja casa de sus padres.

Y ahora Rodrigo lucía perfectamente feliz junto a otra mujer.

—¿Usted trabaja aquí? —preguntó Azalea, esforzándose por mantener la voz firme.

—¿Conoces a Rodrigo? —preguntó Nadia con tono cortante.

Rodrigo iba a abrir la boca, pero Azalea se le adelantó: —Es mi exmarido.

Nadia se sobresaltó. El semblante se le transformó.

Rodrigo exhaló con fastidio. —Eso es historia vieja —dijo con frialdad—. ¿Qué haces aquí?

—Vengo a una entrevista.

Nadia y Rodrigo cruzaron una mirada. Hubo una sonrisa sutil que Azalea no pudo interpretar de otro modo que como una burla.

—Vamos, entremos —dijo Nadia con voz melosa mientras se colgaba del brazo de Rodrigo.

Los dos pasaron delante, dejando a Azalea con un remolino de emociones.

En la sala de entrevistas, Azalea volvió a encontrarse con Nadia. La mujer estaba sentada detrás del escritorio de Recursos Humanos. Semblante profesional. Sonrisa escueta.

Tras una breve ronda de preguntas y respuestas, Nadia cerró la carpeta con la solicitud de Azalea. —Lo siento, su perfil no se ajusta a los requerimientos de la empresa.

A Azalea se le fue el aire. —Pero estoy postulando para personal de limpieza, señora.

Nadia se reclinó en la silla. —Aun así, tenemos estándares.

Y luego, en un tono más bajo, casi un susurro pero lo bastante afilado para herir: —¿Una pueblerina con tu nivel de estudios pretende trabajar en una empresa de este calibre? Ni lo sueñes.

Azalea bajó la mirada. El pecho le ardía. Sabía que aquello no tenía nada que ver con las calificaciones. Tenía que ver con quién era ella y quién era Rodrigo ahora. Sin embargo, no devolvió el golpe. Solo se puso de pie e hizo una reverencia cortés. —Gracias por su tiempo.

Salió de la oficina con pasos que le pesaban como piedras. Las lágrimas estuvieron a punto de derramarse, pero las contuvo. No iba a llorar en un lugar que ni siquiera la quería.

Cuando estaba por entrar al elevador, las puertas se abrieron. Entró sin darse cuenta. Varios pares de ojos la miraron con extrañeza. El elevador era amplio, silencioso, y adentro solo había dos personas.

—¿Enzo? —Azalea se sobresaltó al reconocer al hombre de pie en una esquina de la cabina, acompañado de un hombre con anteojos.

—¿Quién eres tú? Eso no es forma de dirigirse al señor —la reprendió Ramón, el hombre de los anteojos.

Azalea no se había percatado: acababa de subir al elevador privado de los directivos de la empresa.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Enzo sin inflexión alguna.

—Vine a solicitar un empleo —respondió en voz queda—. Pero no lo conseguí.

La mirada de Enzo se endureció. Recorrió a Azalea de arriba abajo. El hiyab blanco y sencillo. Los zapatos algo gastados. La carpeta de solicitud que apretaba con fuerza.

—¿Por qué no lo conseguiste?

—No cumplí con los requisitos —contestó Azalea con una sonrisa tenue que dolía.

Las puertas del elevador se abrieron en la planta baja. Azalea se apresuró a salir, sintiéndose fuera de lugar. Pero entonces—

—Espera. —La voz de Enzo sonó firme.

Azalea frenó en seco. Se volvió.

El hombre caminó hacia ella, dejando atrás a un Ramón visiblemente desconcertado. —Dijiste que no conseguiste el puesto, ¿cierto?

—Sí.

—Entonces —Enzo la miró directo a los ojos—, ¿aceptarías trabajar para mí?

Azalea enmudeció.

—Como niñera de mis hijos —completó Enzo.

El corazón de Azalea pareció detenerse. ¿Niñera? ¿De Elora... y de Erza? Eso significaba estar cerca de la sangre de su hermana.

Pero, ¿y su dignidad? Después de que su exmarido acababa de pisotearla, ¿ahora le ofrecían ser niñera en la misma empresa donde él trabajaba?

Enzo seguía observándola. —¿Tu respuesta? —preguntó, lacónico.

Y Azalea se encontró entre dos caminos. Tragarse el orgullo para sobrevivir. O marcharse, volver a caminar sin rumbo por una ciudad que jamás le había sido amable.

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