⚠️🔞Esto es sólo fantasía. Personajes e historia ficticia.🔞⚠️
🔞🚫No me denuncien por hechar volar mi imaginación.🚫🔞
Natt, no solo renuncia a su hogar, sino a su propia naturaleza, por una conexión ni él mismo entiende...
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La brutalidad del Cielo
La paz de la sacristía fue devorada por un estruendo que no pertenecía a la Tierra. Dion City ya no era una ciudad, era una herida abierta en el costado del mundo. La lluvia de fuego blanco de Hrim se había transformado en algo más letal: La Purga. Columnas de luz sólida descendían desde las nubes púrpura, desintegrando edificios de concreto como si fueran castillos de arena.
-Tenemos que movernos. ¡Ahora!- Rugió Natt, arrancando a Dag del calor de las mantas.
No hubo tiempo para caricias de despedida. La brutalidad del Cielo no esperaba a que los amantes recuperaran el aliento. Dag se vistió con movimientos mecánicos, sintiendo que sus músculos todavía vibraban por la intensidad del entrenamiento sensorial de la noche anterior. Su ojo ámbar brillaba con una luz fija, casi cegadora.
Al salir de la iglesia de San Judas, el panorama era horrible. El aire olía a quemado y a carne chamuscada. Las calles estaban llenas de Los Olvidados: humanos cuyos recuerdos habían sido borrados por completo por la frecuencia de Hrim, convirtiéndolos en cáscaras vacías que caminaban hacia la luz de la destrucción como polillas hacia una llama.
-No los mires, Dag. Si intentas salvarlos a todos, nos encontrarán.- Advirtió Natt, desenvainando su espada carmesí.
Caminaron por el centro de la avenida principal, esquivando los escombros de los rascacielos que caían. La brutalidad del ataque era total. Vieron a un grupo de Ejecutores descendiendo desde el cielo, sus alas de plata batiendo con una fuerza que levantaba los coches por los aires. No venían a negociar, venían a erradicar cualquier rastro de la anomalía.
-¡Ahí están!- Gritó uno de los Ejecutores, señalando con una lanza de luz.
Corrieron hacia el puente que conectaba Dion City con las montañas del norte. Era su única salida, pero el puente estaba bloqueado. Una grupo de guerreros celestiales esperaba en el centro, bloqueando el paso con escudos de energía que emitían un zumbido ensordecedor.
-Natt, no podemos pasar.- Jadeó Dag, sintiendo que el Brote en su pecho empezaba a expandirse de nuevo, exigiendo combustible.
-Voy a abrirte camino. Tú corre y no mires atrás.- Natt se lanzó al frente con una ferocidad que Dag nunca había visto.
El ángel caído ya no luchaba con elegancia, luchaba con la brutalidad de un animal acorralado. Usaba sus alas cortadas como armas, golpeando con los muñones de hueso y cicatriz, mientras su espada carmesí decapitaba Ejecutores en una danza de sangre dorada y cenizas. Natt fue atravesado por una lanza en el hombro, pero ni siquiera flaqueó. Rompió el asta con sus propias manos y usó el trozo de metal para apuñalar a su atacante en el cuello.
La carnicería era insoportable. El muchacho veía a su amante siendo despedazado por la superioridad numérica de los ángeles. La culpa lo golpeó con más fuerza que cualquier arma.
-¡Basta!- Gritó Dag.
El mundo pareció detenerse. Dag caminó hacia adelante, apartando a su ángel, que cayó de rodillas, cubierto de heridas que supuraban luz. Dag se situó frente a la grupo celestial. Sentía el fuego blanco subiendo por su garganta, quemando sus cuerdas vocales.
"Para salvarlo, debes pagar", susurró una voz en su mente. Era el precio del Brote.
Dag cerró los ojos y buscó en su mente un recuerdo que estuviera dispuesto a perder. Visualizó su primer día en la escuela, el nombre de su mejor amigo de la infancia, la cara de su primer jefe... No era suficiente. El fuego exigía algo más valioso.
El joven visualizó el recuerdo de su madre cantándole. Era lo último que le quedaba de su vida antes de la tormenta. Era el ancla de su humanidad.
-Tómalo- Susurró Dag con lágrimas de oro rodando por sus mejillas -¡Tómalo todo, pero déjanos pasar!-
El sacrificio fue aceptado. En el momento en que el recuerdo de la voz de su madre se borró de su cerebro, una explosión de energía blanca salió disparada de Dag con la fuerza de una supernova. No fue una luz hermosa, fue una onda expansiva de destrucción pura.
Los Ejecutores se desintegraron instantáneamente, sus armaduras de plata fundiéndose antes de que pudieran gritar. El puente de hierro se retorció y se fundió bajo los pies de Dag, creando un camino de metal incandescente. La onda expansiva barrió las nubes púrpura, dejando ver por un segundo el vacío negro del espacio exterior.
Cuando el brillo se atenuó, no quedaba ni un solo ángel en pie. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el siseo del metal enfriándose.
El muchacho se desplomó. Sus ojos estaban en blanco. Natt se arrastró hacia él, tomándolo entre sus brazos heridos.
-¿Dag? ¿Mi amor, estás conmigo?- Suplicaba Natt, limpiando la sangre que brotaba de los oídos del chico.
Dag parpadeó. Miró a Natt. Lo reconoció, gracias al entrenamiento de la noche anterior. Su piel recordaba el tacto de Natt, su nariz recordaba su aroma. Pero cuando intentó pensar en por qué estaba allí, o quién era él mismo antes de ese puente... solo encontró un desierto de cenizas.
-He olvidado algo importante, Natt.- Dijo Dag con una voz carente de emoción -Siento un agujero en mi pecho donde antes había una canción. Pero estamos vivos.-
El ángel lo apretó contra sí, sollozando sobre su hombro. La brutalidad del Cielo le había arrebatado a Dag su pasado, pero la brutalidad del amor del joven los había mantenido en este mundo.
Cruzaron el puente, dejando atrás la ciudad en llamas. Dion City era ahora un cementerio de cristal, y ellos eran los únicos sobrevivientes de una guerra que apenas estaba escalando. Se adentraron en el bosque oscuro, hacia las montañas, mientras en el horizonte, una figura de seis alas descendía lentamente sobre las ruinas del puente.
Hrim había llegado. Y no estaba solo. Traía consigo el Hacha del Juicio, el arma diseñada para cortar no solo la carne, sino la existencia misma de los Brotes.