Alelí juró vengar la muerte de sus padres infiltrándose en la mafia, pero jamás planeó enamorarse del hijo de su peor enemigo.
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Una vida destruida.
La vida de Alelí era tranquila.
Tan tranquila que nadie hubiera imaginado que esa paz estaba sostenida por hilos frágiles, invisibles, a punto de romperse.
Alelí era una niña pequeña y creía que el mundo funcionaba con reglas simples: los buenos cuidaban a los malos, las familias siempre estaban juntas y las noches terminaban con un beso en la frente y un cuento de princesas. Vivía con sus padres en una casa modesta, pero cálida, donde el olor de la canela y el chocolate por las mañanas se mezclaba con las risas y las conversaciones suaves. Para ella, ese hogar era el centro del universo.
—Mira, papá —decía Alelí mientras giraba sobre sí misma en el jardín—, ¡puedo volar!
Su padre sonreía desde la puerta, con el arma reglamentaria de su trabajo que aún colgada del cinturón, aunque intentaba que ella no lo notara.
—Claro que puedes —respondía—. Mi hija puede hacer lo que se proponga.
Él era policía. Un hombre recto, firme, de esos que creen de verdad en la justicia. De esos que no saben mirar hacia otro lado. Y eso, en un país donde el poder y el crimen se daban la mano, era una sentencia silenciosa.
Su madre, en cambio, observaba todo con una atención que Alelí no comprendía del todo. Tenía una mirada afilada, alerta incluso en los momentos más tranquilos. Era una agente privada, experta en infiltraciones, llevaba meses colaborando en secreto con su esposo, ayudándolo a reunir pruebas contra la mafia más grande del país.
—Entra, Alelí —le dijo esa tarde—. El sol está muy fuerte.
La niña obedeció sin protestar. Siempre lo hacía. Confiaba plenamente en sus padres, sin saber que esa confianza era el mayor regalo… y la mayor pérdida que tendría.
Esa noche, durante la cena, Alelí notó algo extraño. Su padre estaba más callado de lo normal. Apenas probó la comida. Su madre no soltó el teléfono ni un segundo.
—¿Pasa algo? —preguntó Alelí, rompiendo el silencio.
Su madre sonrió, pero fue una sonrisa que no llegó a los ojos.
—Nada, mi amor. Solo estamos cansados.
No era verdad.
La verdad era que el cerco se estaba cerrando. El padre de Alelí había llegado demasiado lejos en la investigación. Tenía nombres, rutas, cuentas, rostros. Sabía quién mandaba y cómo caería la organización si lograban un último movimiento. Y la mafia lo sabía.
Lo observaban, lo investigaban a él y a toda su familia.
Lo seguían.
Esperaban el momento exacto.
Horas después, cuando Alelí ya dormía profundamente, el teléfono vibró con insistencia en la mesa de noche. Su madre lo tomó al instante, como si hubiera estado esperando esa llamada.
—Me descubrieron —susurró, caminando hacia el baño para no despertar a la niña—. Alguien habló. Ya saben quién soy… y con quién trabajo. Lo saben todo. Estoy perdida.
Al otro lado de la línea, el silencio fue pesado.
—¿Dónde estás? —preguntó su esposo con voz tensa.
—En casa. Pero no por mucho tiempo.
—No te muevas —ordenó—. Voy por ustedes. Ahora.
Ella colgó con las manos temblorosas. Sabía que tal vez ya era tarde.
Un ruido fuerte afuera la hizo estremecerse. El motor de un auto que se apagaba de golpe, la hizo saltar del susto y varios pasos que se escuchaban cerca, muy cerca.
Corrió al cuarto de Alelí y la despertó con urgencia.
—Amor, levántate —le dijo en voz baja pero firme—. Ponte esto.
Le puso una chaqueta, y unas zapatillas la abrazó con fuerza, como si quisiera grabar su cuerpo en la memoria.
—Mamá, ¿qué pasa? —preguntó Alelí, con los ojos llenos de sueño.
Antes de que pudiera responder, la puerta principal se abrió violentamente.
—¡Al suelo! —gritó una voz desconocida.
El padre de Alelí apareció en el pasillo, con el arma en la mano.
—¡Por la ventana! —gritó—. ¡Ahora!
Todo ocurrió demasiado rápido.
Los disparos rompieron el silencio de la noche. El sonido seco, brutal, retumbó en los oídos de Alelí. Vio a su madre caer primero, su cuerpo golpeando el suelo y la sangre formaba un charco inmenso, eso fue algo que sin duda jamás olvidaría. Su padre intentó alcanzarla, cubrirla, pero una bala lo detuvo en seco.
—¡Papá! ¡Mamá! —gritó Alelí, paralizada.
Un hombre armado avanzó hacia ella.
—La niña —dijo el hombre, sin emoción—. No puede quedar nadie vivo.
El padre, aún con vida, levantó la mirada y la encontró a ella. Sus ojos, llenos de dolor, se suavizaron al verla.
—Corre, mi flor… —susurró—. Vive.
Ese fue el último recuerdo.
Alelí reaccionó por instinto. Corrió hacia la ventana, la abrió como pudo y saltó. El golpe contra el suelo le sacó el aire, pero no se detuvo. Se levantó y corrió. Corrió como nunca antes, sin saber adónde iba, solo sabiendo que debía alejarse.
Las lágrimas le nublaban la vista. Sus pequeños pies ya no daban más, se lastimaban con las ramas. Se metió por casas ajenas, cruzó patios, saltó muros, se escondió detrás de autos, escuchando los gritos y los disparos a lo lejos.
Corre. No mires atrás.
Esa frase resonaba en su mente, era la de su padre, firme y clara:
“Si algún día algo sucede, ve a la embajada. Di el código. Ellos te protegerán.”
No sabía cuánto tiempo pasó. Minutos, horas… todo era confuso. Cuando llegó al enorme edificio, ya no podía más. Golpeó la puerta con las manos temblorosas, con la ropa sucia, el rostro manchado de lágrimas y sangre que no era suya.
—Por favor… —dijo entre sollozos—. El código es… el código es…
Lo dijo. Exactamente como se lo habían enseñado.
Las puertas se abrieron.
La tomaron en brazos. La cubrieron. La llevaron adentro.
Esa noche, Alelí dejó de existir oficialmente.
Al amanecer, un hombre de traje se sentó frente a ella.
—Desde hoy —le dijo con voz suave—, tendrás otro nombre. Otra vida. Es la única forma de protegerte.
Ella asintió, sin comprender del todo.
—¿Cómo te llamarás ahora?
Alelí miró sus manos pequeñas, aún temblorosas.
—Melisa… —susurró—. Melisa Sánchez.
Así comenzó su nueva vida.
Pero el dolor, el recuerdo y la promesa…
eso jamás cambiaría.