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Tu Nombre En Mi Pasado

Tu Nombre En Mi Pasado

Status: En proceso
Genre:Romance / Venganza / Amor prohibido
Popularitas:234
Nilai: 5
nombre de autor: Leo Rg

Tu nombre en mi pasado
En la ciudad de Vareth, donde el poder se mueve en silencio y la lealtad se paga con sangre, Adrián Voss vive atrapado en un pasado que nunca logró enterrar.
Años después de la muerte de su padre, una sola pista aparece de la nada: un nombre que no debería existir… Elena Rivas.
Ella es todo lo que no encaja en su mundo: tranquila, normal, aparentemente ajena a la oscuridad que domina la ciudad. Pero en Vareth, nadie es inocente… y nadie aparece por casualidad.
Mientras Adrián se acerca a ella buscando respuestas, lo que encuentra es algo mucho más peligroso: una conexión que no entiende, una atracción que no puede controlar… y un secreto que podría destruirlos a los dos.
Porque alguien más ya los está observando.
Y esta vez…
el pasado no viene a recordarse.
Viene a cobrarse.

NovelToon tiene autorización de Leo Rg para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

No era casualidad

La noche en Vareth caía lenta, como si la ciudad misma disfrutara ver cómo la oscuridad se apoderaba de cada rincón.

Las luces de los edificios empezaban a encender una por una, creando ese brillo artificial que hacía ver todo más bonito… pero más falso también.

Adrián estaba apoyado contra su carro, un vehículo negro, limpio, sin una sola marca, estacionado justo frente a la acera donde la gente pasaba sin mirarlo demasiado. Vestía igual que siempre: ropa oscura, sencilla, pero cara. Nada llamativo… y al mismo tiempo imposible de ignorar.

Tenía un cigarro en la mano, pero no lo fumaba.

Solo lo dejaba consumirse lentamente.

Su mirada estaba fija al otro lado de la calle.

La librería.

Pequeña.

Vieja.

Con un letrero medio desgastado que apenas se iluminaba.

No era un lugar donde alguien como él debería estar.

Y sin embargo… ahí estaba.

—Asere, tú llevas como veinte minutos mirando pa’ ahí —dijo Dante desde el asiento del copiloto, bajando la ventana—. ¿Qué cosa tú estás esperando?

Adrián no respondió de una vez.

Soltó el humo despacio.

—Estoy pensando.

Dante soltó una risa corta.

—Eso es lo que me preocupa.

Silencio.

El ruido de la ciudad llenaba el ambiente: motores, pasos, gente hablando, una sirena lejana… pero Adrián parecía aislado de todo eso.

—No me cuadra —dijo finalmente.

—¿Qué cosa?

Adrián giró un poco la cabeza, sin dejar de mirar la librería.

—La tipa.

Dante arqueó una ceja.

—¿La de hoy?

—Sí.

—¿La que casi te deja mudo?

Adrián lo miró serio.

—No relajes.

Dante levantó las manos.

—Está bien, está bien… dime.

Adrián apagó el cigarro contra el suelo.

—Ella no pertenece a este lugar.

—¿Y eso qué significa?

Adrián se tomó un segundo.

Como si estuviera armando algo en su mente.

—Que en Vareth nadie aparece así porque sí.

El viento pasó entre los edificios, moviendo un poco el letrero de la librería, que rechinó suavemente.

Un sonido pequeño.

Pero incómodo.

—Puede ser casualidad —dijo Dante.

Adrián negó con la cabeza.

—No creo en eso.

Silencio otra vez.

Más pesado ahora.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Dante.

Adrián miró la puerta del local.

Cerrada.

Oscura por dentro.

—Entrar.

Dante soltó una carcajada.

—Ah, bueno… directo.

—Está cerrada —añadió Adrián.

Dante sonrió de lado.

—Eso nunca ha sido problema.

La cerradura cedió con un pequeño “clic”.

Casi elegante.

Adrián empujó la puerta lentamente.

Un leve crujido llenó el silencio.

El interior estaba oscuro, pero la luz de la calle entraba lo suficiente para dejar ver las siluetas de los estantes.

Libros por todas partes.

Apilados.

Ordenados… pero con ese desorden natural de los lugares vivos.

El aire era distinto ahí dentro.

Más denso.

Con olor a papel viejo, madera y algo más… como humedad.

Adrián entró primero.

Dante detrás.

La puerta se cerró sola con un golpe suave.

—No sé por qué, pero este lugar no me gusta —murmuró Dante.

Adrián caminaba despacio, mirando cada detalle.

Las mesas.

Los libros abiertos.

Un vaso vacío sobre el mostrador.

—Ella estuvo aquí hace poco —dijo.

—¿Cómo sabes?

Adrián señaló el vaso.

—Todavía tiene marcas de agua.

Dante se acercó.

—Coño… es verdad.

El suelo crujía bajo sus pasos.

Cada sonido parecía amplificarse en el silencio.

Adrián siguió avanzando hasta el mostrador.

Había papeles.

Notas.

Un cuaderno medio abierto.

Lo tocó.

Aún estaba tibio.

Eso hizo que algo dentro de él se activara.

—No está lejos —dijo en voz baja.

Dante lo miró.

—¿Tú la estás buscando… o la estás cazando?

Adrián no respondió.

Solo levantó la mirada.

Y fue ahí cuando lo vio.

Una pequeña puerta al fondo.

Entreabierta.

Oscura.

Demasiado oscura.

Como si la luz no quisiera entrar.

—¿Eso estaba así? —preguntó Dante.

—No.

El silencio se volvió más pesado.

Más incómodo.

Algo no estaba bien.

Adrián empezó a caminar hacia la puerta.

Paso lento.

Controlado.

Dante sacó su arma sin hacer ruido.

—Esto huele mal, socio.

Adrián llegó hasta la puerta.

La empujó con cuidado.

Un pasillo estrecho apareció delante de ellos.

Las paredes eran viejas.

La pintura caída.

Y el aire… más frío.

Mucho más frío.

—Esto no es una librería normal —murmuró Dante.

Adrián avanzó.

Cada paso más profundo en ese lugar que no encajaba con lo que habían visto afuera.

Al final del pasillo…

Había otra habitación.

Pequeña.

Casi vacía.

Solo una mesa.

Y sobre la mesa…

Un papel.

Adrián se acercó.

Lo tomó.

Lo miró.

Y su expresión cambió.

Dante se dio cuenta al instante.

—¿Qué dice?

Adrián no respondió de inmediato.

Solo leyó en silencio.

Y luego…

En voz baja.

—“Sabía que ibas a venir.”

El aire se volvió pesado.

Dante apretó el arma.

—Nos están viendo.

Adrián levantó la mirada lentamente.

—No.

Silencio.

Más oscuro.

Más profundo.

—Nos están esperando.

Y en ese momento…

Se escuchó un ruido.

Detrás de ellos.

Un leve golpe.

Como una puerta cerrándose.

Adrián y Dante se giraron al mismo tiempo.

El pasillo…

Ya no estaba completamente oscuro.

Había una sombra.

Al fondo.

Inmóvil.

Observándolos.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Adrián sintió algo que casi nunca sentía.

No miedo.

Pero sí…

peligro real.

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