Narra la historia de Eliza Valantine, una mujer ruda de los barrios bajos que terminará reencarnando en Ofelia, la villana de secundaria de una novela que leyó. La Ofelia original era una mujer sin dignidad que drogó al protagonista, obligándolo a casarse con ella. Esta nueva Ofelia es una mujer empoderada, ruda y fuerte de pies a cabeza que no necesita usar a un hombre para ascender. No se deja de nadie y no necesita un héroe que la salve; ella es su propio héroe.
Si te gustan las protagonistas poderosas que reparten bofetadas a diestra y siniestra, quédate aquí.
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1Rebeldía
Palabras de la autora:
Espero que le guste esta novela. Ya no voy a cambiarla más; este es el último cambio porque veo que a usted le gusta mucho este tipo de trama. Les hice este regalo: una trama similar a "La esposa villana del CEO", pero muy diferente. La protagonista es muy fuerte, elegante, ruda, pero con buen corazón. Me disculpo porque ya he borrado dos, pero me di cuenta de que aún no era el momento para esa trama. Así que la reescribí y creé esta historia. Ya no voy a cambiarla más; esta es la historia definitiva y espero que le guste mucho, porque me esforcé mucho mejorándola y arreglándola, ya que vi que la otra no les llamó la atención.
Soy Eliza Valantine. Nací en los barrios bajos de Florencia, un país donde reina la violencia; mi mamá murió en el parto y mi padre se fue con otra. Me crié con mi abuelo, tuve que aprender a sobrevivir para costear mis estudios. Luché en peleas callejeras y me convertí en la mejor luchadora. Aprendí todo tipo de artes marciales con mi abuelo, un maestro que tuvo que retirarse por una lesión. Me convertí en la líder de una pandilla de rebeldes; derrotamos a las pandillas que causan estragos y dañan a los débiles. Mi sueño era ser diseñadora de moda y, con esfuerzo y luchando en peleas callejeras, lo pude lograr. Justo el día de mi graduación salí a caminar; estaba lluvioso, tropecé con una caca de perro y caí en una alcantarilla, perdiendo la vida de una forma tonta y patética.
El olor a vino añejo y carne asada golpeó mis fosas nasales, un aroma extraño y nauseabundo que compitió con el dolor punzante que me taladraba la cabeza. Un instante antes estaba en la calle; ahora, el mármol frío bajo mis tacones y el murmullo de cientos de voces me envolvían. Intenté moverme, pero mi cuerpo… este cuerpo se sentía ajeno, pesado. Los colores del banquete eran demasiado brillantes, las risas, estridentes. El salón vibraba con el tintineo de copas y risas melosas. A mi paso, un silencio incómodo se extendió como una mancha de tinta. El vestido de terciopelo azul, que alguna vez fue opulento, ahora lucía descolorido y deshilachado en los puños, casi implorando perdón por el lujo vulgar del banquete. Mi cabello blanco, tirante y peinado con prisa, no lograba domar los mechones rebeldes que caían sobre mi frente sudorosa, y mis ojos, hermosos y hundidos, reflejaban la luz de los candelabros como estanques turbios. Un grupo de damas de la alta sociedad, adornadas con joyas, me observaban desde la otra punta de la mesa, susurrando y cubriéndose la boca, mientras una risa aguda y despectiva se escapó de entre ellas, dirigida sin duda a mí figura patética que intentaba pasar desapercibida en medio de la opulencia.
—«¿Dios, por qué hay tanta gente fina? Todos me ven como un bicho raro; parece que estoy soñando», —susurré en voz baja, un poco desorientada.
Y entonces él, un hombre guapo de ojos azules, su roca, estaba frente a mí; sus ojos eran fríos, vacíos de todo afecto.
El hombre:
—«Ofelia, no creas que por casarte conmigo todo cambiará. Me drogaste y te aprovechaste de mí; eres una mujer vil y malvada. Jamás voy a amarte, Ofelia. Será mejor que lo aceptes. Agradece que me casé contigo, pero jamás te amaré», —dijo su voz, amplificada por el salón de baile. Me puse tensa al escuchar mi nombre.
—«No pude ser, reencarné en la novela que leí. Soy Ofelia, no puede ser… Y justo el día en que Ofelia es humillada, ella es una villana secundaria de una novela que leí. En la novela, Ofelia droga a Bruno Díaz, un poderoso CEO. Bruno adoptó a tres niños, hijos de su difunto hermano. Bruno tiene tres hermanos menores: Theo, de 14 años, rebelde sin causa que se reúne con pandilleros; Elsa, de 16 años, una joven rebelde y caprichosa; y finalmente Aurora de 15 años, la típica nerd tímida sin vida social. Ofelia maltrata a los niños. La protagonista es Lara Rodriguez, una mujer dulce y de buen corazón que salvó a Bruno cuando eran niños. Lara se convierte en la asistente personal de Bruno y ambos se enamoran. Ofelia, consumida por los celos, trata de matarla y termina perdiendo la vida. La historia no termina; unos meses después aparece Sasha Owen, la ex de Bruno y la villana principal. No puede ser, acabo de reencarnarme en una depravada sexual; con razón este hombre me odia», —pensé en voz baja.
Bruno se acercó a mí. Sus ojos, dos fragmentos de hielo, se clavaron en los míos.
—«La fiesta es magnífica; lo único que la arruina es tu presencia», —dijo él, su voz resonando sin esfuerzo.
Bruno alzó una mano, no hacia mí, sino hacia la multitud.
—«A la verdad, a la lealtad, a la decencia que esta mujer ha pisoteado sin escrúpulos. Esta arpía se atrevió a drogarme; por su culpa mi prometida me dejó», —gritó Bruno Díaz, enfurecido.
—«¡Basta!», —exclamé.
Bruno Díaz dio un paso, no hacia mí, sino hacia la salida. «¡Que la expulsen! ¡Que me echen!». Su mirada final, un destello de desprecio, me atravesó.
Acababa de reencarnar y ya estaba sufriendo la peor humillación que una mujer pudiera experimentar.
Empezaron a lanzarme comida. La primera uva, roja y jugosa, golpeó mi mejilla como un puñetazo tímido. Luego otra, y otra. El vino, derramado con saña, pintó mi vestido, un nuevo lienzo grotesco. Trozos de pan y carne volaban, aterrizando en mi cabello, un banquete macabro. Yo no me moví; mis ojos, clavados en el mantel empapado, eran dos pozos de humillación, mientras el olor a comida rancia y vino agrio se mezclaba con mi propio sudor frío. Cada risa, cada mirada, era un cuchillo fino, y yo era la carne que se desangraba lentamente ante todos.
La furia me consumió. Yo, que crecí en los barrios bajos, jamás permitiría que me humillaran. El aire vibraba con falsas risas y el tintineo de champán. Bruno Díaz se burlaba de mí. Entonces lo vi: un rugido sordo escapó de mis labios, no de mujer, sino de bestia. Ignorando las miradas heladas, tomé el zafacón con una fuerza que no sabía poseer, lo arranqué del suelo y, en un grito mudo de desafío, lo lancé contra la mesa principal. La basura cayó encima de Bruno Díaz. Él me miraba, lleno de rabia.
—« Estás loca, me tiraste todas esas basuras podridas »,— gritó Bruno Díaz, lleno de rabia.
—« Sí, es cierto que te drogué, pero me arrepiento; no diste la talla en la cama, eres un hombre patético sin técnicas, los prostitutos de baja clase se mueven mejor que tú. Ahora, la que no te desea soy yo; jamás te acosaré, no eres un verdadero hombre, te quedé muy grande, y sí, estoy loca; te demostraré hasta dónde llega mi locura. »
Empecé a empujar las mesas. La primera mesa se tambaleó. ¡Crack! La fuente de plata cayó, esparciendo ostras y hielo. Otro empujón. Otra mesa. El vino tinto voló en arco, tiñendo los vestidos blancos. Platos, copas, murmullos ahogados, gritos. El banquete se desmoronaba en cámara lenta.
Yo no miré atrás. La seda de mi vestido rozó la mesa volcada. En medio del estruendo, mi sonrisa creció, luminosa y libre. Salí por la gran puerta, dejando tras de mí un caos delicioso y el eco de mi risa, tan clara como el cristal al romperse.
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