Sigue a Valentina Márquez Santos, abogada humilde e hija ilegítima de un magnate. Tras ser traicionada en su boda y expulsada de su trabajo por defenderse de acoso, se convierte en asistente del amargado CEO Mateo Castellanos. Demuestra su valía al organizar el proyecto médico VidaPlus y salvar a su hija Sofía de un rapto, mientras enfrenta la envidia de Gitana, la hermana de la difunta esposa de Mateo. A pesar de que Mateo es insoportable, entre ellos surge una conexión, mientras Valentina lucha por su futuro y por hacer realidad un proyecto que cambiará vidas.
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CADA VEZ MÁS CERCANOS
Sofía sintió cómo se le ponía la piel de gallina con la discusión. Sabía que Gitana nunca se llevaba bien con nadie de la familia de su papá, así que decidió retirarse silenciosamente y subir a su cuarto, cerrando la puerta a media para escuchar desde allí qué pasaría.
Lorena se acercó a Gitana hasta quedarse a pocos centímetros de ella, con la voz baja pero llena de determinación:
—Eres igual de perra que tu hermana Hiedra solo que ella fingía ser buena, siempre con esa sonrisa falsa que engañaba a todo el mundo. Al menos tú tienes agallas para mostrar lo que eres. Pero recuerda una cosa, Gitana: no soy tan tonta como para dejarte hacer lo que quieras en esta casa. Sé de tus juegos, sé de cómo te acercaste a Mateo después de la muerte de Hiedra... y no permitiré que le hagas daño a su familia.
Gitana rio con sarcasmo, cruzándose de brazos:
—¿Y quién te crees que eres para decirme qué hacer? Esta casa pertenece a Mateo, y yo soy su amiga desde hace años. Tú eres una recogida . Cuidado con meterte en cosas que no te conciernen, porque no soy tan buena como para dejar que te salgas con la tuya.
Odette y yo terminamos de conocer cada rincón de la hacienda al atardecer. Habíamos caminado por los campos de maíz, visitado el establo donde estaban los caballos que Mateo cuidaba con tanto cariño, y admirado el pequeño lago que reflejaba las luces del sol poniente. Regresamos a la hacienda cuando las primeras estrellas comenzaban a aparecer en el cielo.
Mateo y Santiago nos esperaban en la entrada, ambos con expresiones serias. Santiago se acercó primero, llevando una maleta pequeña en la mano:
—Valentina, necesito hablarte —dijo, con la voz un poco temblorosa—. Acabo de recibir una llamada del bufete central en París. Hay un asunto de emergencia con uno de nuestros clientes más importantes, un inversionista que quería participar en el proyecto de la hacienda. Necesito irme hoy mismo para resolverlo. Pero te aseguro que el bufete te respaldará al 100% en el juicio por los terrenos que los vecinos y algunas empresas quieren robar. He organizado todos los documentos, los he digitalizado y los he dejado en una memoria USB que te daré ahora mismo. También he hablado con los abogados locales para que te ayuden en lo que necesites.
Me quedé paralizada por la noticia —Santiago era nuestro mejor apoyo legal, y su ausencia complicaría las cosas mucho más. Odette se acercó a él, tomándolo de la mano:
—¿Cuánto tiempo estarás fuera? —preguntó, con los ojos llenos de preocupación.
—Solo será por un mes, como máximo —añadió Santiago, abrazándolo con fuerza—. Te extrañaré mucho, amigo. Prometo llamarte todos los días, y también estaré en contacto con Valentina para revisar cómo va el juicio. No se preocupen, todo estará bien. He dejado todo listo.
Después de despedir a Santiago en el camino de tierra que llevaba a la carretera principal, Mateo se acercó a mí mientras recogíamos las herramientas que había usado para arreglar algunos muebles del despacho. El sol ya se había puesto completamente, y las luces amarillas de la hacienda creaban un ambiente cálido y acogedor.
—Vamos a revisar los papeles del juicio —dijo Mateo, abriendo la puerta del despacho—. Aunque Santiago se haya ido, tenemos que estar preparados. Los vecinos tienen buenos abogados, y seguro que intentarán usar cualquier excusa para quedarse con nuestras tierras.
Mientras estábamos sobre la mesa revisando mapas, títulos de propiedad y declaraciones de testigos, me tropecé con la pata de una silla de madera que estaba fuera de lugar. Me equilibré por un instante, pero sentí cómo me caía hacia adelante. Mateo reaccionó rápidamente y me agarró por la cintura antes de que mis manos tocaran el suelo. Nos quedamos así, muy cerca el uno del otro, nuestras miradas se cruzaron y el aire entre nosotros se hizo pesado. Podía sentir su aliento en mi rostro, y por un segundo pensé que íbamos a besarnos.
Pero justo en ese momento, una trabajadora de la hacienda, Doña Rosa, entró apresurada en el despacho:
—Señor Mateo, perdón por interrumpir, pero su hija Sofía acaba de llamar desde la mansión. Dice que la tía Lorena llegó hace unas horas y que está discutiendo con Gitana. Sofía está preocupada porque las dos se están gritando y nadie las puede detener.
Mateo frunció el ceño, cerrando los documentos con fuerza:
—Avísales que no volveré en varias semanas. Ahora mismo no puedo abandonar la hacienda, el juicio está a la vuelta de la esquina y tenemos que terminar los preparativos. Dile a Sofía que se quede en su cuarto y que no se meta en la discusión. Y dile a Lorena que se encargue de mantener la calma en la casa. Por ahora, nuestra prioridad es ganar este juicio y proteger nuestras tierras.
Yo apoyé mi mano en su hombro, sintiendo cómo su cuerpo estaba tenso por la preocupación:
—Tal vez deberías ir —dije suavemente—. Tus hijas necesitan ti. Yo puedo encargarme de los últimos preparativos aquí, ya sé dónde están todos los documentos y he estudiado cada detalle del caso.
Mateo miró hacia la ventana, donde se veían los campos extendiéndose hasta el horizonte, y luego volvió a mirarme con agradecimiento:
—Gracias, Valentina. Pero no puedo dejarte sola aquí. Mañana mismo enviaremos a alguien a la mansión para que vigile a las niñas y se asegure de que no pase nada. Por ahora, seguimos trabajando. No podemos permitir que nadie se robe lo que tanto costó construir a mi familia
que pena que alejandro solo este con ella para hacer daño