Han pasado 20 años.
El hijo de Frank y Valery ya no es un bebé.
Es el heredero del imperio Morello
Él no quiere el trono.
No quiere ser rey. No quiere sangre. No quiere alianzas forzadas.
Quiere una vida normal.
Y eso, en una familia como la suya… es traición.
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Distancia
CAPÍTULO 8
Isabella no respondió el mensaje.
Ni ese día.
Ni al siguiente.
No lo bloqueó.
Pero tampoco le dio acceso.
Esa era su forma de decir: si no vas a ser honesto, no vas a ser parte de mi vida.
Intentó convencerse de que era lo correcto.
Que no podía involucrarse con alguien rodeado de sombras.
Que su vida era demasiado clara como para aceptar secretos que pesaban tanto.
Pero cada vez que cerraba los ojos… recordaba el mirador.
El beso.
La manera en que la había mirado como si fuera algo sagrado.
Y eso la enfurecía.
Porque no quería sentirlo.
Matías no estaba acostumbrado al silencio.
Estaba acostumbrado a órdenes cumplidas.
A respuestas inmediatas.
A control.
Pero Isabella no era parte de su imperio.
Y no podía imponerle nada.
Después del tercer mensaje sin respuesta, dejó de escribir.
No porque no quisiera.
Sino porque entendió que insistir sería empujarla más lejos.
—Está tomando distancia —dijo Frank desde el despacho.
Matías observaba la ciudad, mandíbula tensa.
—Lo sé.
—¿Vas a dejar que se vaya?
Silencio.
—No.
Pero tampoco sabía cómo detenerlo sin revelar lo que más la alejaría.
Isabella decidió concentrarse en lo único que siempre le daba claridad: el hospital.
Turnos largos.
Casos difíciles.
Guardias nocturnas.
Si mantenía la mente ocupada, el corazón no tendría espacio para confundirse.
Esa noche estaba ayudando en urgencias cuando entró un herido por arma blanca.
Joven. Sangrando. Asustado.
Mientras presionaba la herida y daba instrucciones al interno, su mente recordó algo.
La manera en que Matías había reaccionado cuando preguntó si la habían tocado.
No fue actuación.
Fue furia real.
Protección real.
Y eso era lo peligroso.
Porque alguien que podía enfurecerse así… también podía ser capaz de cosas que ella no estaba lista para enfrentar.
Sacudió la cabeza.
No.
No iba a romantizar señales de alerta.
Tres días después, cuando salía del hospital, lo vio.
Matías estaba apoyado contra su auto.
No sonreía.
No tenía gafas oscuras.
Parecía más humano que nunca.
Isabella se detuvo a unos pasos de distancia.
—Te dije que necesitaba espacio.
—Lo sé.
—Entonces respétalo.
—Lo estoy respetando —respondió él con calma—. No he insistido.
—Entonces ¿qué haces aquí?
Matías dio un paso hacia ella, pero mantuvo distancia.
—Quería verte bien.
Eso la descolocó.
—¿Ves? Estoy bien.
—Lo sé.
Silencio.
El aire no era hostil.
Era tenso.
—Isabella… no soy perfecto.
Ella soltó una risa suave.
—Nadie lo es.
—Pero tampoco soy tu enemigo.
Esa frase quedó flotando.
Ella lo miró con atención.
—No sé quién eres, Matías.
—Soy alguien que no quiere perderte.
Eso fue directo.
Sin adornos.
Sin estrategia.
Y la golpeó.
Porque sonaba sincero.
Demasiado sincero.
—No puedes pedirme que confíe en alguien que esconde cosas —dijo ella en voz baja.
—No te estoy pidiendo que confíes ciegamente.
—Entonces ¿qué estás pidiendo?
Él dudó apenas un segundo.
—Tiempo.
Siempre tiempo.
Isabella cerró los ojos brevemente.
—El tiempo no arregla mentiras.
—No te he mentido.
Ella alzó la mirada.
—No decir la verdad completa… también es mentir.
Eso lo dejó sin respuesta.
Desde la esquina de la calle, dentro de un vehículo oscuro, alguien observaba la escena.
La distancia entre ellos.
La tensión.
El hombre de las llamadas sonrió levemente.
—Está funcionando.
—¿Procedemos? —preguntó su asistente.
—Todavía no.
Miró la pantalla con interés.
—El amor se fortalece cuando se siente amenazado.
—No quiero salir lastimada —dijo Isabella finalmente.
No fue acusación.
Fue confesión.
Matías sintió algo quebrarse dentro.
Porque por primera vez no se trataba de poder.
Se trataba de ella.
—No voy a hacerte daño.
Y él lo creía.
Pero el problema nunca fue él.
El problema era su mundo.
Isabella respiró hondo.
—No puedo seguir así.
Ahí estaba la decisión.
No dramática.
No impulsiva.
Consciente.
—Necesito distancia. De verdad.
Matías la sostuvo con la mirada.
Y esta vez no intentó detenerla.
No tocó su muñeca.
No la siguió.
Solo asintió.
—Si eso te mantiene segura… lo aceptaré.
Ella dio un paso atrás.
Y luego otro.
Hasta que la distancia fue real.
Dolorosa.
Definitiva… al menos por ahora.
Esa noche, Matías rompió algo por primera vez en meses.
No por rabia empresarial.
Por impotencia.
Porque podía dominar rutas, hombres, territorios…
Pero no podía obligar a alguien a quedarse.
—Encuentra al responsable de la tarjeta —ordenó con voz fría.
Frank no preguntó nada.
La expresión en el rostro de Matías era suficiente.
Ya no era solo guerra por territorio.
Ahora era personal.
En su habitación, Isabella se abrazó las rodillas sobre la cama.
Había hecho lo correcto.
Lo sabía.
Pero el pecho le dolía como si hubiera renunciado a algo que apenas estaba comenzando.
No sabía que mientras intentaba proteger su corazón…
Alguien ya había decidido usarlo como arma.
Y que la distancia no la sacaba del juego.
Solo la dejaba más vulnerable.