"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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El peso de la imprudencia
La atmósfera en la mansión se había vuelto irrespirable. La presencia de Stefan era como una corriente eléctrica que amenazaba con cortocircuitar todo el orden que Damian tanto se esforzaba por mantener. Alessandra evitaba las áreas comunes, pero Stefan parecía tener un radar para encontrarla.
Esa tarde, Alessandra intentaba leer en el solárium, buscando un momento de paz, cuando Stefan entró sin llamar. Caminaba con un balanceo arrogante y sostenía una manzana que mordía con estrépito. Se sentó en el brazo del sofá, demasiado cerca de ella.
—¿Sigues esperando que el teléfono suene, princesa? —soltó Stefan con una sonrisa ladeada, lanzando la manzana al aire y atrapándola—. Sabes, me sorprende que Damian te tenga aquí leyendo libros. Yo te tendría haciendo cosas mucho más... entretenidas.
Alessandra cerró el libro de golpe, sintiendo un escalofrío. La mirada de Stefan no era como la de Damian. La de Damian quemaba, pero la de Stefan la hacía sentir como si estuviera frente a un animal salvaje que muerde solo por aburrimiento.
—Tu hermano me tiene aquí por un contrato, Stefan. No por gusto —respondió ella, tratando de mantener la voz firme.
—Oh, mi hermano tiene gustos muy caros —Stefan se inclinó, invadiendo su espacio personal hasta que ella pudo oler el tabaco en su aliento—. Pero es un aburrido. Todo es "negocios", "estrategia", "honor". Yo soy más de... gratificación instantánea. ¿No te cansas de estar en esta jaula de oro? Si yo fuera tú, ya habría intentado seducir al guardia. O al hermano del dueño.
—Eres un inmaduro —espetó Alessandra, poniéndose de pie para irse.
—Y tú eres una joya que se va a empañar de tanto esperar a un padre que está ocupado perdiendo tus joyas en el casino —le gritó él a la espalda, riendo con una crueldad que le encogió el corazón.
Alessandra caminó rápido hacia el gran salón, pero se detuvo al escuchar gritos que venían del despacho. Eran gritos de Damian, y sonaban más furiosos de lo que ella jamás los había escuchado.
—¡¿En qué estabas pensando, Stefan?! —la voz de Damian retumbó por las paredes.
Alessandra se asomó por la puerta entreabierta. Damian estaba de pie tras su escritorio, con los puños apoyados en la madera y el rostro rojo de ira. Frente a él, Stefan acababa de entrar, perdiendo toda su arrogancia de hace un momento.
—Solo fue una pelea en el club, Damian. No es para tanto —balbuceó Stefan.
—¡¿Que no es para tanto?! ¡Le diste una paliza al hijo del prefecto! —rugió Damian, rodeando el escritorio para encararlo—. Estamos tratando de mantener un perfil bajo mientras lidiamos con los Falier y tú vas y te metes en un altercado público por una mujer y una cuenta de alcohol. ¡¿Hasta cuándo, Stefan?! ¡¿Hasta cuándo voy a tener que limpiar tus estupideces como si fueras un niño de cinco años?!
—¡Yo no pedí ser un Volkov como tú! —replicó Stefan, recuperando algo de su rebeldía—. ¡Tú eres el que quiere ser un santo en un mundo de pecadores!
—¡Soy el que mantiene esta familia viva! —Damian lo tomó por el cuello de la chaqueta, sacudiéndolo—. Si vuelves a cometer una inmadurez así, si vuelves a poner un foco sobre esta casa ahora que los Falier nos están cazando, te juro por la memoria de nuestra madre que te enviaré de vuelta a Siberia sin un centavo. ¡Fuera de mi vista!
Stefan salió del despacho echando chispas, chocando casi con Alessandra al salir. Le lanzó una mirada de odio puro antes de desaparecer por el pasillo.
Alessandra se quedó allí, temblando. Damian se dejó caer en su silla, cubriéndose el rostro con las manos. Se veía agotado, un hombre cargando el mundo sobre sus hombros. Al darse cuenta de que ella estaba allí, levantó la vista. Su mirada estaba cargada de una vulnerabilidad que la dejó sin aliento.
—¿Viste el espectáculo? —preguntó él con voz ronca—. Bienvenido a la verdadera familia Volkov, Alessandra. No somos caballeros. Somos hombres rotos tratando de no destruirnos los unos a los otros.
Alessandra no supo qué decir. Por primera vez, no vio al hombre que la compró, sino al hombre que estaba desesperadamente solo en su propia cima.