A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.
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Capítulo 03
JiNian se giró lentamente. La miró a los ojos, buscando una grieta en su armadura. Vio el miedo, sí, pero también vio una determinación feroz que no esperaba de una chica como ella.
—¿"Por favor"? —repitió él con una sonrisa amarga—. Esa palabra no vale nada aquí, Princesa. En mi mundo, todo tiene un precio. Y tú no tienes nada que yo quiera.
—Te pagaré —dijo ella rápidamente—. Lo que quieras. Tengo ahorros, puedo...
—No quiero tu dinero de niña rica —la interrumpió él, acercándose tanto que ella pudo oler el metal y el sudor—. El dinero es fácil. Yo quiero algo más difícil de obtener.
Zhi Zhi tragó saliva. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que él pudiera escucharlo.
—¿Qué es lo que quieres?
JiNian dejó la llave inglesa sobre la mesa con un estruendo metálico que la hizo saltar. Se cruzó de brazos y la recorrió con la mirada una vez más, esta vez con una lentitud deliberada que le erizó la piel.
—Quiero tu tiempo —dijo él—. En tres semanas son los exámenes de nivel nacional. Si no los paso, me expulsarán de la escuela técnica y me enviarán a un correccional de adultos por mis antecedentes. Mi cerebro no está hecho para los libros, pero el tuyo es una máquina de memorizar.
Zhi Zhi parpadeó, confundida.
—¿Quieres que te dé clases?
—Quiero que me hagas pasar —corrigió él—. Todas las noches, a las diez, vendrás aquí. Me enseñarás lo que sabes. Me ayudarás a que esos estúpidos papeles digan que soy "apto" para la sociedad. Ese es el trato. Tú me das tu cerebro, yo te devuelvo tu relicario.
Zhi Zhi se quedó helada. Venir al Distrito Norte todas las noches... era una locura. Si su padre se enteraba, su vida se acabaría. Si la academia la veía con el "Villano de la Norte", su reputación se desmoronaría como un castillo de naipes.
—Es... es peligroso para mí —susurró ella.
—Y entrar a las madrigueras de los adictos para recuperar tu medallón es peligroso para mí —replicó JiNian con frialdad—. Tómalo o déjalo. Tienes diez segundos antes de que te eche de mi taller.
Zhi Zhi miró el suelo manchado de aceite. Pensó en el relicario, en la sonrisa de su abuela, en la opresión de su casa perfecta donde nadie la escuchaba. Luego miró a JiNian. Él era el caos, el peligro, la suciedad... pero también era el único que le estaba ofreciendo una salida, aunque fuera una salida hacia la oscuridad.
—Acepto —dijo con firmeza.
JiNian arqueó una ceja. Por un momento, una sombra de admiración cruzó su rostro, pero desapareció tan rápido como llegó.
—A-Guang, trae mi chaqueta —ordenó sin quitarle la vista de encima—. Vamos a buscar el tesoro de la princesa.
***
Caminaron por pasadizos tan estrechos que los hombros de Zhi Zhi rozaban las paredes húmedas. JiNian iba delante, moviéndose con una gracia felina y letal. La gente se apartaba a su paso; algunos bajaban la cabeza, otros murmuraban saludos cargados de temor. Él no respondía a ninguno.
—¿Por qué te tienen tanto miedo? —preguntó ella en un susurro, mientras saltaban un charco de agua estancada.
—No es miedo —respondió él sin volverse—. Es respeto. En este lado de la ciudad, si no eres el que golpea, eres el que recibe los golpes. Yo aprendí a golpear primero.
Llegaron a un edificio en ruinas que parecía a punto de colapsar. En el interior, un grupo de hombres desaliñados se agrupaba alrededor de una fogata en un bidón de metal. Al ver a JiNian, el ambiente se tensó.
—La mochila de la chica —dijo JiNian. No fue una pregunta, fue un comando.
Uno de los hombres, con los dientes amarillentos y una mirada turbia, se levantó.
—Vamos, JiNian. El chico que la trajo dijo que era una mina de oro. La tablet sola vale...
JiNian no lo dejó terminar. En un movimiento tan rápido que Zhi Zhi apenas pudo seguirlo, lo agarró por la solapa de su sucia camisa y lo estampó contra la pared. El sonido del impacto fue seco y brutal.
—No me importa lo que vale —siseó JiNian, y su voz tenía un filo que hizo que a Zhi Zhi se le helara la sangre—. He dicho que la quiero ahora. ¿O quieres que le explique a todo el bloque por qué vas a tener que comer por un tubo el resto del mes?
El hombre palideció y señaló un rincón. Otro de ellos se apresuró a entregar la mochila azul. JiNian la tomó con una mano y soltó al hombre, que cayó al suelo tosiendo.
JiNian regresó hacia Zhi Zhi y le arrojó la mochila. Ella la atrapó contra su pecho, sintiendo un alivio que casi la hace llorar. Abrió el bolsillo interior frenéticamente. Allí estaba. El relicario de plata brillaba bajo la luz tenue, intacto.
—¿Está todo? —preguntó él, su tono volviendo a ser indiferente.
—Sí... gracias —Zhi Zhi lo miró, y por primera vez, no vio al delincuente. Vio a alguien que, a pesar de vivir en el barro, tenía un código propio—. De verdad, gracias.
—No me agradezcas —la cortó él, dándose la vuelta para salir del edificio—. Mañana a las diez. Si llegas un minuto tarde, el trato se rompe y yo mismo tiraré esa mochila al río.
Caminaron de regreso hacia la frontera en silencio. Al llegar al puente que dividía los dos mundos, JiNian se detuvo. La luz de las farolas de Shengli iluminaba a Zhi Zhi, haciéndola parecer un ángel de porcelana atrapado en un lugar equivocado.
—Vuelve a tu castillo, Shen Zhi Zhi —dijo él, encendiendo por fin su cigarrillo. El humo flotó entre ellos como una barrera—. Y recuerda: a partir de mañana, me perteneces por un par de horas cada noche. No intentes jugar conmigo.
Zhi Zhi lo observó alejarse hacia la oscuridad, con su silueta fundiéndose con las sombras del Distrito Norte. Apretó el relicario en su mano, sintiendo el metal frío calentándose con su piel.
Había recuperado su pasado, pero acababa de vender su presente al villano de la ciudad. Y lo más aterrador de todo no era el peligro que corría su reputación, sino el hecho de que, por un segundo, mientras JiNian la defendía en aquel edificio en ruinas, ella se había sentido más protegida de lo que jamás se había sentido en su casa de mármol y cristal.
El trato estaba hecho. Las espinas empezaban a brotar.