Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Mansión Parisi 1
Después de pasar un buen rato conversando con los invitados, Aria decidió salir al jardín.
El salón estaba lleno de música y conversaciones. Necesitaba un poco de aire fresco.
Caminó por un sendero bordeado de flores, contemplando las fuentes y las esculturas que adornaban la propiedad.
El jardín de los Parisi era realmente hermoso.
Había rosales de distintos colores, árboles frutales y pequeños senderos que conducían hacia rincones apartados.
Aria se detuvo junto a una fuente.
El agua brillaba bajo la luz de los faroles.
Sonrió.
[Qué hermoso es este mundo].
Por un instante, recordó la oscuridad en la que había despertado después de morir.
Recordó el miedo de descubrir que ya no tenía su antiguo cuerpo.
Y después miró sus manos.
Estaba allí.
Viva.
Sana.
Rodeada de belleza.
Tenía un hermano que la quería, una mansión a la que regresar y un futuro que podía construir a su manera.
No necesitaba más para sentirse agradecida.
Entonces escuchó algo.
Un sonido muy suave.
Un sollozo.
Aria giró la cabeza.
Al principio creyó que se trataba de algún animal pequeño escondido entre los arbustos, pero después volvió a escucharlo.
Era un llanto infantil.
Su sonrisa desapareció.
[¿Un niño?].
Miró alrededor.
No había nadie cerca.
El sonido provenía de un sendero lateral, parcialmente oculto por unos arbustos de flores blancas.
Aria se acercó despacio.
—¿Hola?
El llanto se interrumpió.
Ella apartó cuidadosamente una rama.
Y entonces lo vio.
Un niño pequeño estaba sentado junto a unas flores, con las piernas recogidas y los brazos abrazados alrededor de las rodillas.
Tendría unos cinco años.
Su cabello era oscuro, casi negro, y caía desordenadamente sobre su frente. Llevaba ropa elegante, adecuada para la celebración, pero tenía el rostro inclinado hacia abajo y los hombros temblaban ligeramente.
Estaba llorando.
Solo.
Aria sintió que algo se apretaba dentro de su pecho.
Durante un instante, dejó de ver el jardín de los Parisi.
Dejó de escuchar la música de la fiesta.
Y recordó las habitaciones infantiles del hospital.
Los niños que se escondían bajo las mantas cuando tenían miedo.
Los pequeños que lloraban porque extrañaban a sus padres.
Aquellos que intentaban ser valientes, aunque todavía no comprendieran por qué debían soportar tantas cosas.
Aria se acercó lentamente.
Se agachó a una distancia prudente, procurando no asustarlo.
—Hola, pequeño.
El niño no respondió.
Ni siquiera levantó la cabeza.
Aria sonrió con dulzura.
—¿Cómo estás?
Silencio.
El pequeño apretó más los brazos alrededor de sus piernas.
Ella no insistió.
Se sentó a su lado, dejando suficiente espacio entre ambos.
El suelo estaba cubierto de hierba suave y el perfume de las flores llegaba con la brisa.
Durante unos segundos, simplemente permaneció allí.
No todos los niños estaban preparados para hablar inmediatamente.
A veces, lo que necesitaban era que alguien se quedara cerca sin exigirles explicaciones.
Aria lo sabía muy bien.
Así que miró hacia el jardín y comentó tranquilamente..
—Los Parisi tienen un jardín precioso, ¿verdad?
El niño no respondió.
Aria continuó..
—Me gustan mucho las flores de este lugar. Especialmente aquellas de color blanco. Parecen pequeñas estrellas.
El pequeño se limpió la nariz con la manga.
Aria fingió no verlo.
—Aunque creo que las rosas son todavía más bonitas. Si yo tuviera un jardín, plantaría tantas rosas que sería imposible caminar entre ellas.
El niño levantó ligeramente la cabeza.
Aria sonrió para sus adentros.
[¡Muy bien! ¡Tenemos un pequeño oyente!].
—Y también plantaría fresas.. Muchas fresas. Así podría comer algunas mientras paseo.
El niño la miró de reojo.
—¿Las fresas crecen en los jardines?
Aria volvió la cabeza hacia él.
¡Había hablado!
Su voz era pequeña, todavía entrecortada por el llanto.
Ella respondió con naturalidad..
—¡Por supuesto! Aunque necesitan cuidados especiales. Y, si tienes demasiadas fresas, los pájaros podrían comérselas antes de que tú tengas oportunidad de probarlas.
El niño frunció el ceño.
—Entonces hay que espantar a los pájaros.
—Podría funcionar. Aunque quizá los pájaros se enfadarían contigo.
El pequeño pareció considerar aquella posibilidad con mucha seriedad.
—No me importa.
Aria se llevó una mano a los labios para contener una sonrisa.
[¡Qué caballerito tan decidido!].
Permanecieron en silencio durante unos instantes.
Después, recordando algo, Aria abrió su pequeño bolso.
—Por cierto, tengo algo que quizá te guste.
Sacó el pañuelo donde había guardado las galletas.
Al desenvolverlo, aparecieron los pequeños animales de mantequilla.
Los ojos del niño se fijaron inmediatamente en ellas.
Aria le mostró una galleta con forma de conejo.
—¿Quieres una?
El pequeño no respondió.
Miró la galleta.
Después miró a Aria.
Finalmente, volvió a mirar la galleta.
Era evidente que tenía muchas ganas de aceptarla, pero no parecía saber si debía hacerlo.
Aria comprendió su vacilación.
—No te preocupes. Puedes elegir la que más te guste.
Le acercó un poco el pañuelo.
El niño extendió la mano lentamente y tomó una galleta.
Lo hizo con tanta timidez que Aria sintió una ternura inmensa.
—Gracias..
—De nada, cariño.
El pequeño contempló su galleta.
Era un animal de cuatro patas, con orejas largas y una pequeña cola.
Aria se inclinó para observarlo.
—Creo que es un conejo.
El niño levantó la mirada.
—¿Un conejo?
—Sí. Mira las orejas.
Él examinó la galleta con atención.
Después frunció el ceño.
—No parece un conejo.
Aria parpadeó.
—¿No?
El niño negó con la cabeza.
—Tiene las orejas demasiado cortas.
Aria miró la galleta.
Luego miró al niño.
Y, de repente, descubrió una pequeña cicatriz sobre su ceja izquierda.
Era fina, pero claramente visible entre los mechones oscuros que caían sobre su frente.
La joven sintió una punzada de preocupación.
Sin embargo, no le preguntó por ella.
No quería que el pequeño se sintiera observado o incómodo.
En lugar de eso, volvió a examinar la galleta con expresión solemne.
—Tienes razón. Quizá no sea un conejo.
El niño pareció sorprendido.
—¿Entonces qué es?
Aria fingió pensar profundamente.
—Podría ser un gato.
El pequeño la miró como si acabara de decir la mayor tontería del mundo.
—¡Los gatos no tienen las orejas así!
Aria abrió los ojos.
—¡¿Cómo te atreves a cuestionar mis conocimientos sobre animales?!
El niño se quedó inmóvil.
Ella mantuvo una expresión seria durante dos segundos.
Después sonrió.
Y el pequeño soltó una risita.
Una risa breve, casi involuntaria, pero suficiente para que Aria sintiera que había ganado una batalla extraordinariamente importante.
[¡Sí! ¡He conseguido hacerlo reír!].
—Muy bien. Entonces tendremos que investigar.
El niño se secó las mejillas.
—¿Investigar?
—Por supuesto. No podemos permitir que una galleta misteriosa arruine nuestra tarde.
El pequeño bajó la mirada hacia su galleta.
Después volvió a observarla.
—Podría ser un zorro.
Aria abrió la boca, sorprendida.
—¡Un zorro!
—Sí. Los zorros tienen orejas puntiagudas.
—Pero esta galleta tiene las orejas redondeadas.
—Quizá es un zorro pequeño.
Aria se llevó una mano al pecho.
—¡Qué descubrimiento tan extraordinario!
El niño sonrió ligeramente.
Y así comenzó una discusión que, de haber sido escuchada por los invitados del salón, probablemente habría causado más de una pregunta.
Que tierno