Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 4: Un beso inesperado
Oriana.
Tres meses.
Eso era lo que había pasado desde que conocí a Jonás, el hombre que había conseguido derrotar a la máquina expendedora de café que casi me hacía perder la paciencia.
Y, curiosamente, desde aquel día se había convertido en uno de los visitantes más frecuentes de la cafetería.
Al principio pensé que simplemente le gustaba el café que preparábamos, pero pronto descubrí que tenía una extraña preferencia por comprarlo justo cuando yo estaba trabajando.
Casi siempre aparecía por las mañanas, algunas veces al mediodía y, en ocasiones, antes de terminar mis turnos.
Lo curioso era que nunca parecía tener prisa cuando estaba conmigo.
Habíamos pasado de intercambiar algunas palabras a mantener conversaciones que podían prolongarse durante varios minutos. Me había contado algunas cosas sobre sus estudios, sobre el país donde vivía su familia y sobre sus planes cuando terminara la maestría.
Yo, por mi parte, le había hablado de mis pinturas y de lo mucho que deseaba conseguir una oportunidad para dedicarme profesionalmente al arte.
Jonás escuchaba.
Y eso era algo que me gustaba de él.
No intentaba interrumpirme ni hacerme sentir que mis sueños eran insignificantes.
También había descubierto que tenía un sentido del humor bastante particular y que, podía ser sorprendentemente divertido.
Aunque seguía siendo demasiado seguro de sí mismo.
—¿Otra vez pensando en mí?
Levanté la cabeza al escuchar su voz.
Jonás estaba frente al mostrador, con una sonrisa divertida.
—Estaba pensando en cómo cobrarte el doble por cada café.
—¿Por qué?
—Porque vienes demasiado.
—Entonces tendré que seguir viniendo para comprobar si realmente te atreves.
Negué con la cabeza, divertida.
—¿Lo de siempre?
—Ya sabes lo que me gusta.
Preparé su café americano y se lo entregué.
—Aquí tienes.
—Gracias, pelirroja
Me quedé mirándolo.
Era la primera vez que me llamaba así.
—¿Pelirroja?
—¿Prefieres que te llame señorita Blanco?
—Prefiero que no inventes apodos.
Sonrió antes de llevarse el vaso a los labios.
—Lo intentaré.
Pero ambos sabíamos que no lo haría.
...****************...
Jonás.
No recordaba en qué momento había comenzado a buscar cualquier excusa para pasar por aquella cafetería.
Al principio había sido simple curiosidad. Después, una costumbre.
Ahora era algo diferente.
Me gustaba verla.
Me gustaba su manera de fruncir el ceño cuando algo no salía como esperaba, la forma en que se mordía ligeramente el labio cuando estaba concentrada y aquella sonrisa que aparecía cuando conseguía hacerla reír.
Durante aquellos tres meses había descubierto que Oriana era mucho más que una chica bonita.
Era inteligente, trabajadora y tenía una determinación que admiraba.
También había descubierto que podía pasar horas escuchándola hablar sobre pintura sin aburrirme.
Aquella tarde tenía pensado regresar a mi apartamento después de terminar mis clases, pero cuando pasé frente a la cafetería y vi que todavía estaba trabajando, decidí entrar.
—¿Todavía aquí? —pregunté.
Oriana levantó la mirada.
—Algunos tenemos que trabajar para pagar nuestras cuentas, señor acomodado.
Solté una carcajada.
—No recuerdo haberte dicho que lo fuera.
—No hace falta. Ese reloj que llevas probablemente cuesta más que todo lo que gano en un mes.
Miré mi muñeca y después a ella.
—¿Te gusta?
—Me gusta poder pagar mis gastos sin tener que preocuparme por el precio de un reloj.
Aquella respuesta me hizo sonreír.
—Entonces algún día tendrás que enseñarme a administrar mejor mi dinero.
—Con gusto. Mis honorarios son bastante elevados.
—Estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo.
Me quedé conversando con ella hasta que comenzó a preparar el cierre.
Cuando miré la hora, descubrí que ya era bastante tarde.
—¿A qué hora terminas?
—En unos veinte minutos.
—Te espero.
Oriana levantó una ceja.
—¿Para qué?
—Para acompañarte.
—Jonás, no es necesario.
—Lo sé.
Sonreí y me acomodé en una de las mesas.
No tenía intención de marcharme.
...****************...
Oriana.
Cuando terminé de limpiar el mostrador, me quité el delantal y guardé mis cosas en el bolso.
Jonás seguía allí.
—¿De verdad me esperaste todo este tiempo?
Se levantó inmediatamente.
—Te dije que lo haría.
—No tenías que hacerlo.
—Pero quería.
No supe qué responder.
Salimos juntos de la cafetería y caminamos por el pasillo que conducía hacia la residencia universitaria.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Jonás.
—Agotador. Tuve una clase bastante complicada y después tuve que terminar unos bocetos.
—¿Los mismos de tu colección?
Asentí.
—Estoy intentando terminarlos antes de la próxima evaluación.
—Estoy seguro de que quedarán magníficos.
Lo miré de reojo.
—Tienes demasiada confianza.
Sonreí.
Me contó una anécdota sobre uno de sus profesores y terminé riéndome tanto que tuve que detenerme.
—No puedo creer que hayas hecho eso —dije.
—Era la única manera de demostrarle que tenía razón.
Volví a reírme.
No sabía cuándo había sucedido, pero su compañía se había convertido en algo que esperaba durante mis jornadas.
Y eso comenzaba a asustarme un poquito.
...****************...
Jonás.
Cuando llegamos, ninguno de los dos pareció tener demasiada prisa por despedirse.
—Bueno, llegamos.
—Eso parece.
Me miró con una sonrisa pequeña.
—Gracias por acompañarme.
—No tienes que agradecerme.
—Igualmente, gracias.
Asentí.
—Oriana.
—¿Sí?
Di un paso hacia ella.
—¿Te molestaría si te besara?
Sus labios se separaron ligeramente.
Durante unos segundos no dijo nada.
La observé con atención, dispuesto a aceptar cualquier respuesta que me diera.
—No —susurró.
Levanté una mano y aparté delicadamente un mechón rojizo que había caído sobre su rostro. Después acerqué mi mano a su mejilla.
Oriana no se apartó.
Al contrario, dio un pequeño paso hacia mí.
Y la besé.
Al principio fue un beso suave, casi una pregunta. Sus labios eran cálidos y dulces, y cuando sentí que sus manos se apoyaban tímidamente sobre mi pecho, profundicé el beso con cuidado.
Ella respondió rodeando mi cintura con los brazos.
Sonreí ligeramente contra sus labios.
No sabía cuánto tiempo llevábamos así, pero cuando finalmente nos separamos, ambos necesitábamos recuperar el aliento.
Oriana tenía las mejillas sonrojadas.
—Buenas noches, Jonás —murmuró.
Sonreí.
—¿Eso es todo?
Me miró con una mezcla de vergüenza y diversión.
—¿Qué más quieres?
—Otro beso.
Soltó una pequeña carcajada, pero terminó acercándose para besarme nuevamente.
Esta vez fui yo quien la dejó marcharse.
La vi entrar en la residencia y girarse una última vez antes de desaparecer.
Levantó la mano para despedirse.
Respondí con una sonrisa.
Me quedé unos segundos frente a la entrada, con las manos en los bolsillos y una sensación extraña en el pecho.
Había pasado tres meses buscando excusas para verla.
Y aquella noche, por primera vez, la había besado.