Sinopsis: Enamorado de la mejor amiga de mi mamá
Kaleth Giraldo nunca imaginó que terminaría enamorándose de Estefanía Holguín, la mejor amiga de su mamá. Desde que era pequeño, la conocía como tía Estefanía, una mujer especial que siempre había estado presente en su vida. Sin embargo, los años pasaron y sus sentimientos comenzaron a cambiar, convirtiéndose en un amor que jamás pensó experimentar. Ahora, Kaleth tendrá que encontrar el valor para confesarle lo que siente, arriesgándose a cambiar la relación entre sus familias. Estefanía nunca imaginó que aquel niño que la llamaba tía crecería y la miraría con otros ojos. ¿Podrá el amor superar los prejuicios, las dudas y los secretos que amenazan con separarlos para siempre?
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### Capítulo 10: ¿Ahora ni los buenos días?
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Kaleth Giraldo — Cali, Colombia
Había pasado un mes desde aquella tarde en que Valentina vino a mi casa a hacer el trabajo del colegio, y yo todavía no entendía qué carajos le había pasado a Estefanía.
Parce, esa mujer llevaba días tratándome diferente. Ya no se sentaba conmigo a ver películas, casi no me preguntaba cómo me había ido en el colegio y, cuando yo le salía con alguno de mis comentarios bonitos, apenas me respondía con un «ajá» o un «bueno, Kaleth».
¡Qué vaina tan horrible, ve!
Yo había intentado hablar con ella varias veces, pero siempre encontraba la manera de cambiarme el tema o decirme que estaba ocupada. Al principio pensé que necesitaba tiempo para procesar lo que yo sentía por ella, y por eso decidí no insistir.
Pero ya había pasado un mes, y la situación me estaba mamando gallo.
Esa mañana me desperté temprano porque tenía que ir al colegio. Me bañé, me puse el uniforme y organicé los cuadernos en la mochila. Antes de salir de mi habitación, me miré al espejo y suspiré.
—Bueno, Kaleth, hoy sí vas a hablar con esa mujer —me dije—. Porque esta situación no puede seguir así, hermano.
Bajé las escaleras con la esperanza de encontrarla preparando el desayuno, como hacía antes.
Y sí, ahí estaba.
Estefanía se encontraba en la cocina, ocupada con el desayuno. Yo entré con una sonrisa, tratando de comportarme como siempre.
—Buenos días, mi reina. ¿Cómo amaneció la mujer más bonita de esta casa?
Ella apenas levantó la mirada.
—Buenos días.
Eso fue todo.
Ni una sonrisa, ni una preguntica de cómo había dormido, ni siquiera uno de esos regaños cariñosos que antes me hacía cuando bajaba despeinado.
Me quedé mirándola, esperando que dijera algo más, pero siguió organizando las cosas como si yo fuera un mueble.
—¿Y qué hubo? ¿Cómo amaneció, pues? —insistí.
—Bien, Kaleth. ¿Vos no vas a desayunar?
Sentí un vacío en el pecho.
—Sí, claro.
Me senté en la mesa y empecé a comer sin ganas. Normalmente, a esa hora ya habíamos hablado de cualquier bobada, desde mis deberes hasta las cosas que pasaban en el barrio. Ella se burlaba de mis ocurrencias y yo aprovechaba cualquier oportunidad para hacerla reír.
Pero esa mañana parecía que estuviera desayunando con una desconocida.
—Estefi, ¿usted está brava conmigo? —pregunté finalmente.
—No.
—Entonces, ¿por qué me trata así?
Ella dejó lo que estaba haciendo y me miró.
—Kaleth, no empecés. Tengo muchas cosas que hacer.
—¿Y yo qué hice, ve? Si hice algo malo, dígamelo de frente. Pero no me tenga así, como si yo le hubiera hecho una vuelta toda horrible.
Estefanía suspiró.
—No te estoy tratando mal. Simplemente estoy ocupada.
Bajé la mirada hacia el plato.
—Ah, bueno, pues.
No quería discutir con ella. Mucho menos quería que pensara que estaba exigiéndole algo por haberle confesado mis sentimientos. Yo sabía que no tenía derecho a pedirle que me quisiera de la misma manera.
Pero una cosa era eso y otra muy distinta era sentir que, de un día para otro, había dejado de importarle.
Terminé de desayunar, recogí mis cosas y me levanté de la mesa.
—Ya me voy para el colegio.
—Bueno. Que te vaya bien.
Esperé unos segundos, por si acaso se acercaba a despedirse como antes. Nada.
—Chao, Estefanía.
—Chao, Kaleth.
Salí de la casa con una rabia y una tristeza que no sabía cómo explicar. Caminé hasta la esquina mientras me acomodaba la mochila en el hombro.
Y entonces empecé a recordar.
Todo había cambiado después de que Valentina fue a hacer aquel trabajo grupal. Desde esa tarde, Estefanía comenzó a alejarse. ¿Sería que le había molestado verla tan cerca de mí? ¿O sería que mi confesión la había hecho sentirse incómoda?
No quería inventarme películas, pero tampoco podía ignorar lo evidente.
Saqué el celular y abrí nuestra conversación. Escribí un mensaje, lo borré, volví a escribirlo y finalmente lo envié.
«Estefi, yo no sé qué está pasando entre nosotros, pero extraño cómo hablábamos antes. No quiero incomodarla ni presionarla. Solo quisiera saber si hice algo que la molestó. Prefiero que me lo diga de frente, así me duela, a sentir que ya ni siquiera quiere hablar conmigo».
Guardé el celular y seguí caminando hacia el colegio.
Durante todo el camino pensé en ella. Yo había intentado mejorar mis notas, ayudar en la casa y dejar atrás aquellas malas costumbres que me estaban haciendo daño. No lo hacía únicamente para impresionarla, aunque mentiría si dijera que no quería que se sintiera orgullosa de mí.
Lo hacía porque quería convertirme en alguien de quien yo mismo pudiera sentirme orgulloso.
Pero, parce, ¿de qué servía tener tantas cosas que contarle si ahora parecía que ni siquiera quería escucharme?
Llegué al colegio y me encontré con Santiago en la entrada.
—¿Qué más, Kaleth? ¿Y esa cara de entierro? ¿Quién te dañó el día tan temprano?
—Nadie, hermano.
—No me vengás con cuentos. Vos tenés cara de que te dejaron en visto.
Solté una risita sin ganas.
—Peor, parce. Ni siquiera me dijeron buenos días como antes.
Santiago me miró confundido, pero no alcancé a explicarle porque sonó el timbre.
Entré al salón con la cabeza llena de preguntas.
Y aunque intenté concentrarme en la clase, no dejaba de mirar el celular, esperando una respuesta.
Porque lo que más me dolía no era que Estefanía no me quisiera como yo la quería. Era no saber por qué la mujer que antes me hacía sentir en casa ahora parecía querer mantenerme lejos de ella.