Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.
Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.
En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.
Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.
Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.
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5. La niña que no debía recordar
La razón por la que todos guardaron silencio.
No podía dejar de leer aquella frase.
La fotografía descansaba sobre mi escritorio, iluminada por la lámpara que había encendido apenas unos minutos antes. Era una imagen vieja, de bordes gastados, en la que aparecía una niña pelirroja detrás de la ventana de la mansión Valdés.
Yo.
No tenía ninguna duda.
La forma de mi rostro, el cabello rojizo, incluso la pequeña cicatriz que todavía conservaba cerca de la ceja izquierda. Todo coincidía.
Pero había algo más.
Al fondo de la fotografía, apenas visible detrás de las cortinas, se distinguía una segunda silueta.
Una persona observándome desde el interior de la casa.
No podía identificar su rostro. La imagen estaba demasiado oscura y el reflejo del vidrio deformaba sus facciones. Sin embargo, alcancé a distinguir una mano apoyada contra la ventana.
En el dedo índice llevaba un anillo plateado.
El mismo que había visto aquella tarde en la puerta de mi casa.
La noche que murió Mara, vos no fuiste una testigo.
Fuiste la razón por la que todos guardaron silencio.
Volví a leer las palabras.
Después miré la puerta de mi habitación.
Alguien había entrado en mi casa mientras yo estaba allí. Había dejado un sobre con mi nombre y se había marchado sin hacer ruido. Mi madre todavía no había regresado a mi habitación para explicarme nada, y yo no sabía si estaba sola o si alguien seguía dentro de la casa.
Tomé el teléfono y llamé a Mateo.
Contestó al segundo tono.
—¿Qué pasó?
—Necesito que vengas.
—¿Ahora?
—Sí.
Mi voz debió de sonar peor de lo que imaginaba, porque no hizo ninguna pregunta más.
—Voy para allá.
Colgué y volví a observar la fotografía.
Había una posibilidad que no me gustaba.
Que el desconocido no estuviera intentando asustarme.
Que realmente supiera algo sobre mí.
Y que mi madre hubiera pasado diez años intentando protegerme de un recuerdo que yo ni siquiera sabía que tenía.
Mateo llegó veinte minutos después.
Le abrí la puerta antes de que tocara el timbre. Llevaba una campera oscura, el cabello despeinado por el viento y una expresión que cambió en cuanto vio mi cara.
—¿Qué pasó?
No contesté. Lo conduje hasta mi habitación y cerré la puerta.
La fotografía estaba sobre el escritorio.
Mateo se inclinó para examinarla. Primero miró la imagen. Después leyó la frase del reverso.
Su expresión se endureció.
—¿Quién te dejó esto?
—No lo sé.
—¿Tu mamá lo vio?
—Sí.
Le conté lo que había ocurrido, desde la conversación sobre Inés Valdés hasta el momento en que mi madre reconoció su nombre. También le expliqué lo que había escuchado en la entrada de casa: la voz masculina, la pregunta sobre la fotografía y la advertencia de que yo no debía saber nada.
Mateo me escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, se quedó mirando la imagen.
—Hay algo que no entiendo —dijo—. Si tu mamá estaba en la mansión esa noche, ¿por qué nunca te contó que habías estado allí?
—Porque alguien le pidió que no lo hiciera.
—¿Inés?
—No estoy segura.
—¿Y por qué aceptó?
Miré la fotografía de la niña detrás de la ventana.
—Quizá porque tenía miedo.
Mateo levantó la mirada.
—¿De quién?
No supe responder.
Era la pregunta que llevaba horas haciéndome.
—De la persona que estaba dentro de la casa —dije finalmente—. O de alguien que llegó después.
Mateo volvió a inclinarse sobre la imagen.
—Esperá.
Señaló una zona de la fotografía que yo había pasado por alto.
En el extremo inferior derecho, junto al marco de la ventana, había una pequeña mancha blanca. Parecía un trozo de papel doblado que alguien había dejado sobre el alféizar.
Ampliamos la imagen con la cámara de su teléfono.
La fotografía perdió definición, pero alcanzamos a distinguir una forma rectangular y una línea oscura en el centro.
—¿Es una nota? —pregunté.
—Podría ser.
—¿Podés mejorar la imagen?
Mateo negó con la cabeza.
—Puedo intentarlo, pero no vamos a conseguir detalles que no estén en la foto original.
Se sentó a mi lado y volvió a mirar el reverso.
—¿Qué dijo exactamente tu mamá cuando le mostraste la otra fotografía?
—Que no debía decirle a nadie qué recordaba de aquel día.
—¿Y vos recordás algo?
La pregunta me dejó sin respuesta.
Cerré los ojos, intentando concentrarme.
Durante los últimos días había soñado con una habitación oscura, una puerta entreabierta y una voz que pronunciaba mi nombre. No sabía si esos sueños tenían relación con lo que estaba ocurriendo o si mi imaginación estaba construyendo escenas a partir de las fotografías y los mensajes.
Pero había un recuerdo que me resultaba especialmente extraño.
Una melodía.
Una canción que alguien tarareaba mientras yo estaba sentada en el suelo. No recordaba quién la cantaba ni dónde había escuchado aquella voz. Solo recordaba la sensación de estar esperando a alguien.
Abrí los ojos.
—Hay algo —dije.
Mateo dejó la fotografía.
—¿Qué cosa?
—No sé si es un recuerdo real. Cuando intento pensar en esa noche, siempre aparece la misma melodía.
—¿La reconocés?
—No.
—¿Podés tararearla?
Lo intenté.
Era una secuencia breve, apenas unas notas que parecían repetirse en círculos. Al terminar, Mateo frunció el ceño.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Mateo.
Se quedó mirando la fotografía.
—Me resulta familiar.
Sentí un escalofrío.
—¿De dónde?
—No lo sé. Tal vez la escuché en alguna parte.
—¿Dónde?
—Abril, si supiera dónde, te lo diría.
Su respuesta sonó razonable, pero no me tranquilizó.
Volví a guardar la fotografía en el sobre.
—Tenemos que encontrar a Inés.
Mateo soltó el aire lentamente.
—Sí. Pero esta vez no vamos a ir a ciegas.
A la mañana siguiente, Santa Aurelia amaneció cubierta por una niebla espesa.
Las montañas apenas se distinguían detrás de las nubes y las calles parecían más silenciosas de lo habitual. Mi madre había pasado la noche fuera de mi habitación y, cuando me levanté, ya se había marchado.
No había dejado ninguna nota.
Tampoco había respondido mis mensajes.
Mateo me esperaba cerca de la plaza, tal como habíamos acordado. Llevaba una carpeta con la dirección de Inés Valdés y varias copias de los registros que había conseguido consultar.
—Antes de ir, quiero mostrarte algo —dijo.
Sacó una hoja de la carpeta.
Era una copia de una noticia publicada diez años atrás.
El titular decía:
LA MUERTE DE MARA VIDAL: LA POLICÍA CIERRA LA INVESTIGACIÓN.
Debajo aparecía una fotografía de la mansión Valdés. El artículo resumía los hechos conocidos: Mara había sido vista por última vez el 17 de octubre, su muerte había conmocionado al pueblo y las autoridades habían concluido que se trataba de un accidente.
Sin embargo, en el último párrafo había una frase que no aparecía en las versiones digitales del artículo.
Fuentes cercanas a la investigación confirmaron que una menor estuvo presente durante parte de los acontecimientos, aunque su testimonio no fue incorporado al expediente público.
Leí la frase dos veces.
—¿Una menor?
Mateo asintió.
—No menciona su nombre.
—Pero podría ser yo.
—Podría.
Sentí que la rabia comenzaba a desplazar al miedo.
—¿Por qué no me interrogaron?
—Quizá sí lo hicieron y no lo recordás.
—Mi madre habría tenido que contármelo.
Mateo no respondió.
Ambos sabíamos que eso no era necesariamente cierto.
Los adultos podían ocultar muchas cosas bajo el pretexto de proteger a un niño. Podían cambiar una historia, borrar una conversación o convencerte de que un recuerdo nunca había ocurrido.
Pero una parte de mí seguía resistiéndose a creer que mi madre hubiera hecho algo así.
—Hay otra cosa —añadió Mateo.
Sacó una segunda hoja.
Esta vez era una lista de personas relacionadas con el caso. Algunos nombres estaban acompañados de pequeñas anotaciones manuscritas.
Entre ellos aparecían Gael Ferrer e Inés Valdés.
También estaba el nombre de mi madre.
Me quedé mirando las letras.
Elena Montenegro.
—¿Quién hizo esta lista? —pregunté.
—No lo sé. La encontré entre los documentos digitalizados del archivo. No aparece como parte oficial del expediente.
—¿Qué significa la anotación junto al nombre de mi mamá?
Mateo acercó la hoja a la luz.
La tinta estaba descolorida, pero todavía se podía leer una palabra.
Presente.
Debajo había una fecha.
17 de octubre.
Sentí que el suelo parecía inclinarse bajo mis pies.
Mi madre no solo había conocido a Mara.
Había estado allí la noche en que murió.
Y alguien había dejado constancia de ello.
—Vamos a buscar a Inés —dije.
Mateo guardó los documentos.
Esta vez no intentó detenerme.
La dirección nos llevó hasta una casa situada en las afueras de Santa Aurelia, cerca del antiguo camino que bordeaba el río.
No era una mansión ni tenía nada especialmente llamativo. Era una construcción pequeña, de paredes claras y techo oscuro, rodeada por árboles que habían crecido sin demasiado cuidado.
Las ventanas estaban cerradas.
No había vehículos estacionados afuera.
Tampoco había señales evidentes de que alguien viviera allí.
Mateo se quedó junto a la entrada mientras yo comprobaba la dirección.
—Es acá —dije.
—¿Segura?
Le mostré el documento.
Él observó la casa.
—Podría estar vacía.
—Entonces vamos a comprobarlo.
Subimos los escalones y llamé a la puerta.
Esperamos.
Nadie respondió.
Volví a llamar, esta vez con más fuerza.
El silencio continuó.
—Abril —dijo Mateo—, creo que deberíamos…
La puerta se abrió unos centímetros.
Me quedé inmóvil.
Una mujer apareció al otro lado. Tendría unos cincuenta años, el cabello oscuro con algunas hebras plateadas y el rostro marcado por una expresión de cansancio. Sus ojos se movieron de Mateo a mí.
Cuando me vio, dejó de respirar durante un instante.
No fue una reacción exagerada.
Fue algo pequeño, casi imperceptible.
Pero lo noté.
—¿Inés Valdés? —pregunté.
La mujer apretó los dedos alrededor del borde de la puerta.
—¿Quién quiere saberlo?
—Mi nombre es Abril Montenegro.
El efecto fue inmediato.
Su rostro perdió el poco color que tenía.
La mujer miró por encima de mi hombro, como si esperara encontrar a alguien más en el camino. Después volvió a mirarme.
—No deberías estar aquí.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—Necesito hablar con usted.
—No tengo nada que decirte.
Intentó cerrar la puerta, pero no llegué a tocarla. Me limité a hablar antes de que desapareciera.
—Mara Vidal murió hace diez años. Olivia Soria acaba de morir. Alguien está enviándome fotografías de las dos y me dijo que usted sabe lo que pasó.
La puerta se detuvo.
Inés permaneció inmóvil.
Por primera vez, su expresión cambió. Ya no parecía sorprendida de verme.
Parecía aterrorizada.
—¿Quién te envió esas fotografías? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Gael?
—No.
—¿Tu madre?
—Tampoco.
Inés cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a abrirlos, miró directamente hacia mí.
—Entonces ya es demasiado tarde.
—¿Para qué?
No respondió.
—Señora Valdés, por favor. Necesito saber qué pasó aquella noche.
La mujer me observó con una intensidad que me hizo sentir que estaba intentando reconocer algo en mi rostro.
—¿Qué recordás? —preguntó.
Era la misma pregunta que me habían hecho los desconocidos.
La misma advertencia que mi madre me había dado.
—No mucho —respondí—. Una melodía. Una ventana. Y una mujer cuyo rostro no consigo recordar.
Inés bajó la mirada.
Sus labios se movieron, pero al principio no salió ningún sonido.
Finalmente, susurró:
—Entonces todavía no te acordás de ella.
—¿De quién?
La mujer levantó la cabeza.
—De la persona que te sacó de aquella casa.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Fue usted?
Inés no contestó.
En cambio, abrió la puerta un poco más y nos hizo una seña para que entráramos.
Mateo me miró, claramente incómodo.
Yo también lo estaba.
Pero había llegado demasiado lejos como para marcharme sin escucharla.
Entramos.
La casa olía a madera vieja y a café recién hecho. En el salón había estanterías repletas de libros, varias cajas apiladas junto a una pared y un reloj que marcaba una hora incorrecta.
Inés cerró las cortinas antes de invitarnos a sentarnos.
Después se quedó de pie, frente a nosotros.
—No tengo mucho tiempo —dijo—. Y no voy a responder todas tus preguntas.
—Entonces empecemos por una —contesté—. ¿Qué pasó con Mara?
Inés se llevó una mano al colgante que llevaba alrededor del cuello.
Era una estrella plateada.
Exactamente igual a la de las fotografías.
—Mara descubrió algo que no debía descubrir.
—¿Qué cosa?
—Una mentira.
—¿De quién?
Inés me miró.
—De alguien en quien confiaba.
Esperé que continuara, pero no lo hizo.
—¿Quién la mató?
Su rostro se contrajo.
—No lo sé.
—¿No lo sabe o no quiere decírmelo?
—No lo sé —repitió, esta vez con una firmeza que no admitía discusión—. Cuando llegué, Mara ya estaba muerta.
Mateo se inclinó hacia delante.
—Pero usted estuvo relacionada con el caso.
Inés lo miró por primera vez.
—¿Quién sos?
—Mateo Rivas.
—¿Y por qué la acompañás?
—Porque Abril es mi amiga.
Inés pareció estudiar su respuesta.
Después volvió a mirarme.
—Tu madre tendría que haberte contado la verdad hace mucho tiempo.
—¿Qué verdad?
—Que no fuiste la única niña que estuvo allí aquella noche.
La frase me dejó sin aliento.
—¿Había otra?
Inés asintió lentamente.
—Sí.
—¿Quién?
La mujer abrió la boca para responder.
Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, sonó el teléfono que tenía sobre una pequeña mesa.
Inés se sobresaltó.
Miró la pantalla.
Y toda la sangre pareció desaparecer de su rostro.
No alcanzamos a ver el nombre de quien llamaba, pero sí el mensaje que apareció debajo de la notificación.
Sabemos que Abril está con vos.
Inés dejó caer el teléfono.
Mateo se puso de pie.
—¿Qué significa esto?
La mujer retrocedió hacia la ventana.
—Tienen que irse.
—Acaba de decir que había otra niña —insistí—. Necesito saber quién era.
—¡Ahora!
Su grito nos hizo guardar silencio.
Inés se acercó a la puerta y la abrió de golpe.
—No vuelvas a esta casa —me ordenó—. No importa lo que descubras. No importa quién te lo pida. Si querés seguir con vida, olvidate de Mara.
—¿Y Olivia?
La mujer se quedó quieta.
Pronunciar ese nombre pareció afectarla más que cualquier otra cosa.
—Olivia no tenía que morir —susurró.
Sentí un escalofrío.
—¿La conocía?
Inés no respondió.
Solo nos miró con los ojos llenos de lágrimas.
Antes de que saliéramos, me tomó del brazo.
Su voz se volvió tan baja que Mateo apenas pudo escucharla.
—Abril, cuando encuentres a la otra niña, no le preguntes qué vio.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué?
Inés soltó mi brazo.
—Porque ella es la única que sabe qué pasó realmente con Mara.
La mujer cerró la puerta.
Nos quedamos solos en el porche, mirando la madera gastada.
Mateo fue el primero en hablar.
—¿Qué acaba de pasar?
No contesté.
Mi mente seguía atrapada en aquellas últimas palabras.
Cuando encuentres a la otra niña.
Durante diez años, todos habían hablado de Mara como si su muerte fuera una historia sencilla, una tragedia que había terminado con el cierre de una investigación.
Pero ahora había una segunda niña.
Una niña que había estado allí.
Una niña que sabía qué había ocurrido.
Y, de alguna manera, esa niña estaba relacionada conmigo.
Regresamos caminando hacia el pueblo.
Ninguno de los dos habló durante los primeros minutos. La niebla había comenzado a levantarse y el río se veía entre los árboles, gris y silencioso.
Yo intentaba recordar.
Una habitación.
Una ventana.
Una melodía.
Y una voz femenina que me pedía que cerrara los ojos.
No sabía si eran recuerdos verdaderos o fragmentos de sueños que mi mente había construido a partir de las fotografías. Sin embargo, cuanto más intentaba apartarlos, más nítidos parecían volverse.
—Abril —dijo Mateo.
Me detuve.
—¿Qué?
—Hay algo que no te conté.
Lo miré.
Su expresión me resultó extraña. No parecía asustado, sino incómodo, como si llevara un rato intentando decidir si debía decirme algo.
—¿Qué cosa?
Mateo metió una mano en el bolsillo de su campera y sacó su teléfono.
—Cuando recibí el primer mensaje sobre Inés, no fue la primera vez que ese número me escribió.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Cómo?
—Hace dos días, antes de que te mostrara los documentos del archivo, recibí otro mensaje.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
Bajó la mirada.
—Porque no sabía si tenía algo que ver con el caso.
—Mostrámelo.
Mateo desbloqueó el teléfono y abrió una conversación que no tenía nombre ni fotografía de perfil.
El mensaje era breve.
No permitas que Abril recuerde.
Debajo había una segunda línea.
Si recuerda lo que pasó, también recordará quién estaba con ella.
Levanté la mirada lentamente.
—¿Desde cuándo lo tenés?
—Desde hace dos días.
—¿Y no pensaste que era importante decírmelo?
—Sí. Pero tenía miedo de que te pusieras en peligro.
Me aparté un paso.
—No podés decidir qué cosas tengo derecho a saber.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Mateo guardó silencio.
Por primera vez desde que había comenzado la investigación, no sabía qué pensar de él.
No tenía motivos para creer que estuviera involucrado en la muerte de Mara o en la de Olivia. Pero había ocultado un mensaje relacionado directamente conmigo.
Y ya había demasiadas personas decidiendo qué debía saber y qué debía ignorar.
—No vuelvas a ocultarme algo así —dije.
—No lo voy a hacer.
Quise creerle.
Pero mientras seguíamos caminando, una idea comenzó a abrirse paso en mi cabeza.
El mensaje no decía que yo hubiera estado sola aquella noche.
Decía que recordaría quién estaba conmigo.
La otra niña.
La única persona que, según Inés, sabía lo que realmente había pasado.
Miré a Mateo.
Él caminaba a mi lado, con la vista fija en el camino.
Y, por primera vez, me pregunté si su preocupación por mí tenía alguna relación con aquella noche de hacía diez años.
No tenía pruebas.
Solo una sospecha.
Pero en Santa Aurelia, las sospechas parecían ser lo único que sobrevivía al paso del tiempo.
Esa noche, esperé a que mi madre regresara.
No le conté que había visitado a Inés. Tampoco le mostré el mensaje de Mateo.
Me limité a observarla mientras preparaba la cena, esperando que alguna palabra, algún gesto o una reacción involuntaria me permitiera comprender qué estaba ocurriendo.
Mi madre parecía agotada.
Cuando nuestras miradas se encontraron, apartó la suya inmediatamente.
—¿Dónde estuviste hoy? —preguntó.
—Con Mateo.
—¿Adónde fueron?
—A dar una vuelta.
No insistió.
Aquello me confirmó que estaba acostumbrada a que yo le mintiera.
O quizá sabía perfectamente que yo estaba investigando y había decidido dejar de preguntar.
Cenamos casi en silencio.
Después, cuando ella se levantó para lavar los platos, me acerqué a la mesa y dejé una hoja frente a ella.
Era una copia de la noticia sobre la muerte de Mara.
Mi madre reconoció el titular y cerró los ojos.
—¿Dónde conseguiste eso?
—En el archivo municipal.
—Abril…
—Hay una referencia a una niña que estuvo presente aquella noche.
Mi madre no se movió.
—¿Quién era?
El silencio se prolongó tanto que pensé que no respondería.
Entonces dejó el plato sobre la mesada.
—No puedo hablar de eso.
—¿Porque no te acordás?
Mi madre me miró con tristeza.
—Porque me acuerdo demasiado bien.
Sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.
—¿Quién era la otra niña?
Mi madre abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró sobre la mesa.
Un número desconocido.
Un mensaje nuevo.
Lo abrí.
Era una fotografía reciente de Mateo, tomada desde el otro lado de la calle. Estaba frente a su casa, mirando hacia la ventana de su habitación.
Debajo, una frase.
La otra niña no desapareció, Abril.
Apareció un segundo mensaje.
La conocés desde hace años.
Y después, una última línea.
Preguntate por qué Mateo nunca te habló de aquella noche.
Levanté la mirada.
Mi madre estaba observándome.
No parecía sorprendida por mi expresión.
Parecía estar esperando que finalmente comprendiera.
—Mamá —susurré—. ¿Quién era la otra niña?
Ella se acercó lentamente.
Me tomó las manos y, por primera vez en toda mi vida, sentí que tenía miedo de mirarme a los ojos.
—Era una niña que no tendría que haber estado allí —dijo.
—¿Quién?
Mi madre respiró profundamente.
Y entonces pronunció las palabras que cambiaron todo.
—Mateo Rivas.
Me quedé inmóvil.
Mateo.
Mi mejor amigo.
El chico que había estado ayudándome a investigar cada pista, cada fotografía y cada mentira.
El chico que había recibido mensajes sobre mí sin contármelo.
El chico que, según mi madre, había estado en la mansión Valdés la noche en que murió Mara.
Pero había algo que no encajaba.
Mi madre había dicho que la otra niña había estado allí.
Y Mateo era un chico.
Antes de que pudiera preguntárselo, mi teléfono volvió a vibrar.
Un último mensaje.
No todos los recuerdos pertenecen a la persona que los cuenta.
Debajo había una fotografía antigua.
En ella aparecían dos niños frente a la mansión Valdés.
Una niña pelirroja.
Y otra figura, más pequeña, con el rostro oculto detrás de una capucha.
En el reverso de la imagen, alguien había escrito dos nombres.
ABRIL MONTENEGRO.
MATEO RIVAS.
Y debajo, una fecha.
17 DE OCTUBRE.
La misma noche en que Mara Vidal murió.
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