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La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Edad media / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.

Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.

Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La niña de la rosa blanca.

El pasillo permaneció en silencio incluso después de que la niña desapareciera.

Evelyn no se movió.

Seguía mirando el lugar exacto donde, apenas unos segundos antes, había estado aquella pequeña figura vestida de azul. La rosa blanca manchada de sangre ya no estaba. Tampoco la niña. Solo quedaba una cinta azul sobre el suelo de piedra, como una prueba demasiado frágil para demostrar que lo que acababan de ver había ocurrido de verdad.

—Eleanor… —susurró Evelyn.

El nombre le salió de los labios con una naturalidad que la aterrorizó.

No había conocido a aquella niña en esta vida. No recordaba haberla sostenido entre sus brazos, haberle peinado el cabello o haberla escuchado reír. Sin embargo, cuando la pequeña la había llamado mamá, algo dentro de su pecho se había quebrado con la violencia de una herida antigua.

No era solamente tristeza.

Era añoranza.

La clase de añoranza que se siente por alguien a quien se ha perdido y que, de alguna manera imposible, una parte del alma todavía espera encontrar al regresar a casa.

—Evelyn.

La voz de Adrian la devolvió al presente.

Él estaba a su lado, pálido, con una mano apoyada contra la pared. La lesión del hombro todavía le provocaba dolor, pero en ese momento parecía no sentirlo. Sus ojos permanecían fijos en la cinta azul.

—No la toques —dijo.

Evelyn bajó la mirada hacia él.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Adrian…

—He dicho que no la toques.

Su tono fue más brusco de lo que pretendía. En cuanto vio la expresión de Evelyn, cerró los ojos y respiró profundamente.

—Perdóname —murmuró—. No quería hablarte así.

—Estás asustado.

—Sí.

La sinceridad de aquella respuesta la sorprendió.

Adrian de Blackthorne, el hombre al que la aristocracia temía, el duque que podía silenciar una sala entera con una sola mirada, acababa de reconocer que tenía miedo.

Y Evelyn comprendió que no temía por sí mismo.

Temía por ella.

—Cuando la vi —continuó él, mirando otra vez la cinta—, recordé una voz. Una voz pequeña que me llamaba desde el otro lado de una puerta. Recuerdo que corría. Que alguien gritaba mi nombre. Y recuerdo que llegué demasiado tarde.

Se interrumpió.

Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la tela de su chaqueta.

—No puedo recordar qué ocurrió después.

Evelyn quiso abrazarlo, pero se detuvo al notar que Adrian parecía luchar contra algo invisible.

—No tienes que recordarlo todo esta noche.

—¿Y si olvidarlo fue precisamente lo que nos condenó?

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Evelyn pensó en la carta de Margaret. En aquellas palabras que no conseguía apartar de su mente: Ambos os equivocasteis.

Adrian había creído que podía salvar a su hija sacrificándose. Ella había creído que podía salvarlo a él sacrificándolo de alguna manera, quizá alejándolo, quizá tomando una decisión que todavía no comprendía.

¿Y si el error no había sido la muerte de la niña?

¿Y si había sido lo que hicieron después?

—Entonces tendremos que descubrirlo —respondió Evelyn—. Pero esta vez lo haremos juntos.

Adrian la miró.

Por un instante, toda su dureza desapareció. Parecía un hombre cansado, demasiado joven para cargar con tantos muertos y demasiadas preguntas.

—Prométeme algo.

—Lo que quieras.

—Si vuelves a ver a esa niña, no te acerques a ella sin mí.

Evelyn sintió que el corazón se le encogía.

—No puedo prometerte que me mantendré lejos de mi propia hija.

Adrian se quedó inmóvil.

La palabra había salido de sus labios sin que ella la pensara.

Mi hija.

No había dicho la niña del retrato. Ni la aparición. Ni siquiera Eleanor.

Había dicho mi hija.

Evelyn se llevó una mano a la boca.

—Yo… no sé por qué he dicho eso.

Adrian se acercó despacio y le tomó el rostro entre las manos.

—Quizá hay cosas que tu corazón recuerda antes que tu mente.

Ella cerró los ojos y apoyó la frente contra la de él.

Durante unos segundos no hubo duques, secretos ni profecías. Solo dos personas que intentaban sostenerse mientras el pasado amenazaba con tragárselas.

Entonces, desde algún lugar del ala este, sonaron tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Ambos se separaron.

Los golpes provenían de la habitación prohibida.

La misma habitación en la que habían encontrado el retrato.

La misma en la que Margaret había desaparecido.

Y la misma en la que el hombre idéntico a Adrian había pronunciado aquellas palabras incomprensibles:

Dios ya nos perdonó una vez. Esta vez tendremos que hacerlo nosotros.

Adrian tomó una lámpara.

—Quédate detrás de mí.

—Adrian…

—Por favor, Evelyn.

Esta vez no hubo autoridad en su voz. Solo una súplica.

Ella asintió.

Y juntos regresaron a la habitación.

La cinta azul

La habitación parecía más fría que antes.

El retrato de Evelyn, Adrian y la niña continuaba sobre la pared, iluminado por la luz temblorosa de la lámpara. La niña sonreía con aquella expresión serena que ahora resultaba insoportable.

Evelyn se acercó al cuadro.

—Mírala —susurró—. Tiene tus ojos.

—Y tu manera de inclinar la cabeza cuando está pensando.

Evelyn giró hacia él.

—¿Cómo puedes saber eso?

Adrian pareció desconcertado por su propia respuesta.

—No lo sé.

Se acercó al retrato y observó el rostro infantil.

—Pero recuerdo haberla visto hacer ese gesto. Recuerdo que se sentaba junto a una ventana y fingía leer mientras escuchaba nuestras conversaciones. Cuando la descubríamos, decía que no había oído nada.

Una sonrisa triste apareció en sus labios.

—Después se reía.

Evelyn sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

No podía recordar aquella risa, pero la descripción hizo que su pecho se llenara de una ternura dolorosa.

—¿La querías mucho?

Adrian la miró como si la pregunta fuera imposible de responder.

—Era mi hija.

Su voz se quebró en la última palabra.

—Habría entregado todo lo que poseía por ella. El título, las tierras, el apellido… mi propia vida.

—Y eso fue lo que hiciste, ¿verdad?

Él bajó la mirada.

No respondió.

Evelyn entendió que, aunque Adrian no recordara toda la historia, una parte de él ya conocía la respuesta.

Se inclinó para recoger la cinta azul, pero esta vez Adrian no intentó detenerla.

La tela era suave, de un azul profundo, y tenía bordadas unas pequeñas flores plateadas. En uno de sus extremos había una letra casi imperceptible.

Una M.

—No es una E —observó Evelyn.

—¿Qué?

—La inicial. Si la niña se llamaba Eleanor, ¿por qué lleva una M?

Adrian tomó la cinta con cuidado y examinó el bordado.

—Tal vez perteneció a otra persona.

—O tal vez Eleanor no era su verdadero nombre.

Ambos recordaron la carta de Margaret.

La niña del retrato fue vuestra hija en la vida que perdisteis.

Pero en ninguna parte de la carta se afirmaba que su nombre hubiera sido Eleanor. Ese nombre había aparecido en el retrato y había sido pronunciado por la niña en el pasillo.

Sin embargo, Margaret había dejado una advertencia muy clara: el nombre que conocían no era el original.

Evelyn giró la cinta entre los dedos.

—¿Y si alguien le cambió el nombre para ocultar quién era?

—¿Por qué ocultar la identidad de una niña?

—Por la misma razón por la que alguien ocultó la verdad sobre la muerte de tu madre. Por la misma razón por la que mi abuelo guardó silencio. Por la misma razón por la que nuestros nombres aparecen en documentos escritos antes de que naciéramos.

Adrian apretó la mandíbula.

—Los Langford.

—Quizá. Pero no podemos seguir culpándolos sin pruebas.

—Isabella sabe más de lo que dice.

—Eso no significa que sea responsable de todo.

Adrian la observó en silencio.

—Has cambiado.

Evelyn frunció el ceño.

—¿Eso es una crítica?

—No. Antes, cuando te enfadabas, intentabas ganar todas las discusiones.

Ella arqueó una ceja.

—¿Y ahora?

—Ahora intentas descubrir la verdad, incluso cuando esa verdad podría destruir lo que crees.

Evelyn miró nuevamente el retrato.

—Ya he vivido una vida entera sin conocer la verdad sobre mí misma. No quiero repetirlo.

Adrian le besó suavemente la frente.

—Entonces no lo haremos.

Pero cuando Evelyn se apartó, vio algo detrás del marco.

Una pequeña llave de hierro.

El registro que no debía existir

La llave abrió un cajón oculto en la base del retrato.

Dentro encontraron tres documentos cuidadosamente envueltos en una tela amarillenta, una fotografía antigua y un sobre sellado con cera azul.

Adrian levantó la lámpara mientras Evelyn extendía los documentos sobre una mesa.

El primero era un registro de bautismo.

El papel estaba deteriorado, pero la tinta seguía siendo legible.

Nombre registrado: Eleanor Margaret Whitmore.

Fecha de nacimiento: 17 de octubre de 1816.

Padre: no consignado.

Madre: no consignada.

Responsable del registro: Lord Sebastian Whitmore.

Evelyn sintió que el suelo parecía inclinarse bajo sus pies.

—Whitmore…

Adrian se acercó para leer por encima de su hombro.

—El apellido de Margaret.

—Y el de Sebastian.

—Pero si nació el 17 de octubre de 1816…

Adrian dejó de hablar.

Ambos conocían aquella fecha.

Era la misma que aparecía en los documentos relacionados con la muerte de Eleanor de Blackthorne. La misma fecha que se repetía en las cartas, en el medallón y en el registro que mencionaba a Thomas Ashbourne.

La misma fecha que parecía perseguirlos desde antes de que sus vidas comenzaran.

—No puede ser una coincidencia —murmuró Evelyn.

Adrian tomó el segundo documento.

Era un registro civil posterior, escrito con otra caligrafía.

En él figuraba el nombre de una niña nacida el mismo día, en la misma propiedad, pero bajo una identidad distinta.

Nombre: Marianne Whitmore.

Fecha de nacimiento: 17 de octubre de 1816.

Padre: Lord Sebastian Whitmore.

Madre: Margaret Whitmore.

Al margen había una anotación.

Registro sustituido por orden privada. La identidad anterior deberá permanecer reservada.

Debajo, alguien había escrito una cifra y unas iniciales.

5.000 libras. A. B.

Evelyn se llevó una mano al pecho.

—Alguien pagó para cambiar su identidad.

—Cinco mil libras —dijo Adrian—. Una fortuna por un registro.

—¿Quién era A. B.?

Adrian contempló las iniciales.

Su rostro perdió el color.

—Mi padre.

El silencio fue absoluto.

Evelyn tomó el documento y lo examinó otra vez, como si una lectura distinta pudiera cambiar las letras.

—¿Estás seguro?

—Las iniciales de mi padre eran Arthur Blackthorne. A. B.

—Pero eso no demuestra que fuera él quien pagó.

—No —respondió Adrian, con voz áspera—. Pero sí demuestra que alguien quiso que creyéramos que lo hizo.

Se apartó de la mesa y comenzó a caminar por la habitación.

—Mi padre murió tres meses después de la muerte de mi madre. Toda mi vida creí que su muerte fue consecuencia de un corazón débil. Me obligó a prometer que no investigaría lo ocurrido con Eleanor y después desapareció de este mundo sin darme una explicación.

Se volvió hacia Evelyn.

—¿Y ahora descubro que pudo haber pagado para borrar el nombre de una niña?

—Quizá intentaba protegerla.

—¿De quién?

Evelyn no respondió.

Porque había otra posibilidad.

Una mucho más terrible.

—¿Y si intentaba protegerla de nosotros?

Adrian se quedó quieto.

La pregunta pareció golpearlo con más fuerza que cualquier acusación.

Durante un instante, su mirada se volvió extraña. Se llevó una mano a la sien y cerró los ojos.

—La puerta… —murmuró.

—¿Qué puerta?

—Una puerta blanca. Había una niña detrás. Alguien me dijo que no podía entrar.

Su respiración se volvió irregular.

—Yo estaba enfadado. Grité que era su padre. Que nadie tenía derecho a apartarme de ella.

—Adrian, mírame.

Pero él no parecía escucharla.

—Después oí tu voz. Me pedías que no lo hiciera. Decías que si abría esa puerta, todo volvería a comenzar.

Adrian se dobló ligeramente, como si un dolor invisible le atravesara el cuerpo.

Evelyn corrió hacia él y lo sostuvo antes de que perdiera el equilibrio.

—¡Adrian!

Él se aferró a sus brazos.

—Había sangre, Evelyn. Había sangre en mis manos.

—No sabes qué significa todavía.

—¿Y si fui yo quien la mató?

La pregunta salió en un susurro devastado.

Evelyn le sujetó el rostro con ambas manos y lo obligó a mirarla.

—Escúchame. No voy a permitir que te condenes por un recuerdo incompleto.

—¿Y si lo recuerdo todo y descubro que merezco esa condena?

—Entonces afrontaremos la verdad. Pero no voy a perderte por una culpa que ni siquiera comprendes.

Adrian apoyó la frente contra la de ella.

—¿Cómo puedes seguir confiando en mí?

Evelyn pensó en su primera vida. En los años de soledad, en la traición de un hombre al que había entregado su juventud, en aquella vejez en la que comprendió que había pasado demasiado tiempo esperando que alguien la eligiera.

Ahora tenía delante a un hombre que temía ser indigno de su amor.

Y, por primera vez, comprendió que amar no significaba ignorar las sombras de alguien.

Significaba decidir si estaba dispuesta a caminar junto a él mientras las enfrentaba.

—Porque no estoy enamorada de un recuerdo, Adrian. Estoy enamorada del hombre que eres ahora. Y quiero conocer la verdad sobre el hombre que fuiste, aunque me duela.

Él la besó.

No fue un beso tranquilo. Fue un beso desesperado, lleno de miedo, de gratitud y de una ternura que ambos habían intentado ocultar durante demasiado tiempo.

Cuando se separaron, Adrian apoyó los labios contra su frente.

—Si algún día descubres que fui capaz de hacerle daño a nuestra hija…

—Te escucharé antes de juzgarte.

—¿Y si no puedes perdonarme?

Evelyn le acarició la mejilla.

—Entonces tendrás que darme la oportunidad de decidirlo cuando conozca toda la historia. No antes.

Adrian cerró los ojos.

Y, por primera vez desde que habían comenzado sus recuerdos, dejó que ella lo abrazara sin intentar esconder su dolor.

La mujer que pronunció su nombre

El tercer documento era una carta sin sobre.

No tenía fecha ni firma. Solo una frase escrita con tinta negra:

La niña no debe ser llamada Eleanor. Ese nombre pertenece a la mujer cuya muerte dio origen a esta deuda.

Debajo, con una caligrafía distinta, aparecía otra línea:

Si alguien pregunta por ella, decid que murió. Si alguien insiste, mostradle una tumba vacía. Si alguien pronuncia su verdadero nombre, no permitáis que lo haga por tercera vez.

Evelyn sintió un escalofrío.

—¿Por tercera vez?

Adrian leyó la frase de nuevo.

—¿Qué clase de amenaza es esta?

—Quizá no sea una amenaza. Quizá sea una regla.

—¿Una regla de qué?

Evelyn pensó en la niña del pasillo, en su vestido azul, en la rosa blanca manchada de sangre.

Y recordó las palabras de Margaret:

No busquéis su tumba. Buscad a quien todavía pronuncia su nombre.

—Tenemos que encontrar a Margaret —dijo.

—Si sigue en el castillo.

—Estaba con el hombre de la cicatriz.

Adrian endureció la expresión.

—Ese hombre no debería existir.

—Tú mismo dijiste que lo viste morir.

—Lo vi caer. Recuerdo su sangre. Recuerdo haberlo sostenido entre mis brazos. Recuerdo que tenía mi rostro.

—¿Y si no eras tú quien lo sostenía?

Adrian la miró.

Evelyn señaló el retrato.

—¿Y si era alguien que se parecía a ti? ¿Un hermano? ¿Un hombre que ocupó tu lugar? ¿O alguien a quien todos creyeron muerto?

—Mi padre nunca habló de un hermano.

—Tu padre también pagó para ocultar la identidad de una niña.

Adrian no respondió.

La posibilidad era demasiado grande para descartarla y demasiado peligrosa para aceptarla.

Evelyn volvió a mirar la carta.

—Alguien quería que el nombre de la niña desapareciera. Pero ella sigue apareciendo ante nosotros. Si de verdad es Eleanor, ¿por qué la llaman Marianne en el registro? Y si su nombre verdadero era otro, ¿por qué ella misma se presentó como Eleanor?

—Tal vez no recuerda quién fue.

—O tal vez alguien la obligó a olvidar.

Adrian le tomó la mano.

—No vamos a encontrar respuestas aquí.

—¿Adónde iremos?

Él observó el sello de cera azul del sobre.

En él aparecía grabada una pequeña rosa rodeada por una corona de espinas.

—A la residencia Whitmore.

—¿La casa de Margaret?

—La antigua propiedad de su familia. Mi padre la compró después de su muerte. Oficialmente, fue para saldar unas deudas.

—¿Y extraoficialmente?

Adrian la miró con gravedad.

—Nunca me permitieron entrar.

Evelyn sintió que todas las piezas se movían al mismo tiempo.

La propiedad comprada por el padre de Adrian. La identidad oculta de la niña. La fecha que se repetía en los documentos. Margaret, que había intentado salvar a Eleanor la noche de su muerte.

Quizá aquella casa guardaba la respuesta.

O quizá era el lugar donde todo había comenzado.

—Partiremos al amanecer —decidió Evelyn.

Adrian asintió.

Pero antes de que pudieran guardar los documentos, se escucharon pasos en el corredor.

Pasos lentos.

Arrastrados.

Como si alguien caminara con dificultad.

Adrian apagó la lámpara.

Evelyn contuvo la respiración.

Los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta.

Y entonces una voz de mujer habló desde el pasillo.

—Sé que estáis ahí.

Evelyn reconoció la voz de inmediato.

—¿Margaret?

No hubo respuesta.

Adrian se acercó a la puerta, pero Evelyn lo sujetó del brazo.

—Espera.

Desde el otro lado llegó un sonido parecido a un sollozo.

—Mi niña… —susurró la voz—. No debiste encontrar esos documentos.

Evelyn sintió que el corazón se le aceleraba.

—Abuela, ¿dónde estás? ¿Qué ocurrió con la niña?

Un silencio.

Después, la voz respondió:

—Su nombre no era Eleanor. Tampoco era Marianne.

Evelyn miró a Adrian.

La voz continuó, temblorosa:

—Y si queréis encontrarla antes de vuestra boda, debéis recordar la promesa que hiciste antes de nacer.

Evelyn dejó de respirar.

—¿Qué promesa?

La puerta se abrió lentamente.

Pero no había nadie detrás.

Solo una rosa blanca sobre el suelo.

Sus pétalos estaban manchados de sangre fresca.

Y entre ellos había una nota doblada.

Evelyn la recogió con dedos temblorosos.

La letra era idéntica a la suya.

Cuando recuerdes mi verdadero nombre, recordarás también quién me entregó.

Debajo, una última frase:

No fue tu abuelo quien me ocultó. Fuiste tú.

Evelyn sintió que la habitación comenzaba a girar.

Adrian le arrebató la nota con suavidad.

—No —dijo, negando con la cabeza—. Esto no puede ser verdad.

Pero Evelyn ya no lo escuchaba.

Porque, al leer aquellas palabras, una imagen había atravesado su mente.

Una habitación iluminada por velas.

Una mujer llorando.

Un bebé envuelto en una manta azul.

Y ella misma, mucho más joven, sosteniendo a la criatura mientras pronunciaba un nombre que no recordaba desde hacía dos vidas.

Después, una voz masculina.

Una voz idéntica a la de Adrian.

Si la entregamos, podremos salvarlos a todos.

Evelyn soltó la nota.

Y cayó de rodillas.

La promesa antes del nacimiento

—¡Evelyn!

Adrian se arrodilló junto a ella.

Ella intentó hablar, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. La imagen había desaparecido, aunque la sensación permanecía: el peso de un bebé entre sus brazos, el olor a cera derretida, el sonido de alguien llorando en una habitación contigua.

Y, sobre todo, una certeza insoportable.

No había sido una espectadora en aquella historia.

Había tomado una decisión.

—Vi algo —susurró al fin.

Adrian le sostuvo las manos.

—¿Qué viste?

—Un bebé. Una manta azul. Yo lo sostenía.

—¿Era nuestra hija?

—No lo sé.

Evelyn cerró los ojos, tratando de recuperar la imagen.

—Había una mujer llorando. No podía verle el rostro. Y alguien dijo que, si entregábamos a la niña, podríamos salvar a todos.

Adrian palideció.

—¿Quién lo dijo?

Evelyn lo miró.

—No lo sé. La voz se parecía a la tuya.

Él soltó lentamente sus manos.

Por un instante, Evelyn temió que se apartara de ella, que interpretara sus palabras como una acusación.

Pero Adrian solo parecía horrorizado.

—Yo jamás entregaría a nuestra hija.

—No sé si fue en esta vida o en la anterior. No sé si lo que vi fue un recuerdo o una advertencia.

—Evelyn…

—Pero la nota dice que fui yo quien la ocultó. ¿Y si fui yo quien la apartó de nosotros? ¿Y si por eso murió?

Adrian la abrazó antes de que pudiera continuar.

—No eres culpable de todo lo que no recuerdas.

—¿Y si lo soy?

—Entonces encontraremos la verdad. Pero no voy a permitir que te destruyas antes de conocerla.

Evelyn se aferró a él.

Había pasado una vida entera intentando escapar de sus errores. En esta segunda oportunidad había creído que bastaba con tomar decisiones diferentes para cambiar el destino.

Ahora comprendía que el pasado no era una puerta que pudiera cerrar.

Era una habitación que debía atravesar.

Y quizá, al otro lado, encontraría algo peor que la muerte.

Encontraría la razón por la que había vuelto.

Adrian le apartó un mechón del rostro.

—Hay algo que debes saber.

Evelyn lo miró.

—¿Qué?

—Mientras estabas recordando… yo también vi algo.

Él tragó saliva.

—Vi una ceremonia. No era nuestra boda. Había una mujer de pie frente a un altar y un hombre que sostenía una pequeña caja. Dentro había un medallón.

—¿Qué medallón?

Adrian se llevó una mano al pecho, donde solía guardar el de su madre.

—El de Eleanor. Pero estaba roto. Y la mujer dijo que, para salvar a la niña, uno de nosotros debía renunciar a su nombre.

Evelyn sintió un frío profundo.

—¿Renunciar a su nombre?

—Sí. No a su vida. A su nombre.

Adrian la miró fijamente.

—Y recuerdo lo que respondió aquella mujer.

—¿Qué dijo?

Él tardó en contestar.

Cuando finalmente habló, su voz apenas fue un susurro.

—Dijo: «Entonces que el mundo me olvide a mí».

Evelyn sintió que las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

No sabía quién era aquella mujer.

Pero sabía, con una certeza que le dolía hasta los huesos, que la voz era la suya.

Y que, en algún lugar de su pasado, había pronunciado aquellas palabras por amor.

Un amor que quizá había salvado a alguien.

O que quizá había condenado a todos.

Desde el fondo del corredor llegó un crujido.

Ambos levantaron la cabeza.

La puerta, que había quedado abierta, comenzó a cerrarse lentamente por sí sola.

Antes de que el último hilo de luz desapareciera, Evelyn vio una pequeña silueta al otro lado.

Una niña de vestido azul.

La rosa blanca descansaba entre sus manos.

Esta vez, sin embargo, no parecía triste.

Parecía furiosa.

La niña levantó el rostro y miró directamente a Evelyn.

—Mamá —dijo—, no le creas.

Evelyn se incorporó de golpe.

—¿A quién?

La niña señaló a Adrian.

Él se quedó inmóvil.

La pequeña abrió la boca para hablar, pero la oscuridad se tragó su figura antes de que pudiera pronunciar otra palabra.

Y en el silencio que siguió, Evelyn escuchó algo que la dejó helada.

Adrian estaba llorando.

No por miedo.

No por dolor.

Sino porque, finalmente, había recordado una voz.

Una voz que pertenecía a la niña.

Y las palabras que ella le había dicho antes de morir.

—Papá… tú prometiste que no volverías a hacerlo.

Adrian se cubrió el rostro con una mano.

—Evelyn… —murmuró—. Hay algo que hice en nuestra primera vida que jamás debiste descubrir.

Ella se quedó mirándolo, incapaz de acercarse.

—¿Qué hiciste?

Él levantó los ojos, enrojecidos por las lágrimas.

—Yo fui quien pidió que borraran su nombre.

Y entonces, desde algún lugar del castillo, un reloj comenzó a dar las doce.

Pero no sonaron doce campanadas.

Sonaron nueve.

Una por cada año que la niña nunca llegó a cumplir… y una última que no debería haber existido.

_______________🌸

1
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Que abra pasado???

Quede en suspenso.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Dayana Fuchs
🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.

Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.

En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.

Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Oooooooo cielos.

En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳

Me encanta la Historia

👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
Dayana Fuchs
Me super, encanta esta novela, me tiene en constante suspenso y eso me fascina.

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me volví masoquista.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
🌸SugarBloom🌸: Amo que te encante gracias por leerla😊😊
total 1 replies
Dayana Fuchs
😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.

👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
Dayana Fuchs
Me parece super interesante la personalidad del Duque.

😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Dayana Fuchs
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me encanta Margaret,.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Anonimus✨
Aaah que interesante😊
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