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La gordita y el mafioso

La gordita y el mafioso

Status: Terminada
Genre:Mafia / Autosuperación / Matrimonio arreglado / Romance oscuro
Popularitas:298
Nilai: 5
nombre de autor: Lenardt

A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.

Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.

Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.

Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.

En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.

NovelToon tiene autorización de Lenardt para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Yo nunca había ido a un centro comercial; había oído hablar, pero ir hasta ahí, nunca. Así que es fácil imaginar mi cara de asombro al entrar en aquel lugar. Había muchísimas tiendas y mucha ropa expuesta, pero lo que de verdad me llamó la atención fue que había tiendas con maniquíes gordas como yo, y en ellas había ropa preciosa. Estoy segura de que se me iluminaron los ojos, y por un segundo, solo por un segundo, se me pasó por la cabeza usar la tarjeta que Sócrates me dejó.

—Estoy viendo cómo te brillan los ojos, mi niña. ¿Por qué no entras y te compras algo de ropa? Puedo regalártela yo, si el problema es el dinero. —dijo doña Isabel, cuando Giordana se alejó un poco de nosotras rumbo a una joyería.

—No sé si debo. Todo aquí debe de ser muy caro. —dije un poco avergonzada.

—Prométeme una cosa: nunca más vas a preocuparte por el dinero ni a pensar en nada de eso. Solo vas a vivir lo mejor que el mundo tiene para ofrecer. Y créeme, mi niña, el mundo tiene mucho que darte. —Una lágrima me asomó y la contuve—. Ahora vamos, anda, elige una tienda y entremos.

Terminé eligiendo una de las tiendas, como me ordenó aquella señora maravillosa, y entré con ella a comprarme ropa. Ni yo misma creía lo que estaba por hacer, pero igual entré.

Al entrar a la tienda, los vendedores parecieron no verme. Doña Isabel se apartó a mirar los percheros y tres vendedores fueron hacia ella a ofrecerle ayuda, pero cuando ella les decía que solo estaba mirando, se iban y fingían no verme, y eso me dolió mucho. Yo entendía que no estaba lo bastante bien vestida para ese lugar, que mi pantalón de sudadera gastado y la camiseta vieja de mi hermano no eran ropa apropiada para estar ahí, pero era todo lo que tenía, era mi mejor ropa; y el hecho de que ni Giordana, ni doña Isabel, ni siquiera Marcos hubieran comentado nada sobre ella fue lo que me dio el valor de venir hasta aquí. Pero cuando entré a la tienda y me trataron de esa forma, quise meterme en un hoyo y desaparecer, porque no solo me ignoraron: los vendedores encima me miraron y voltearon la cara con gesto de asco. Y fue ahí, en ese momento, que apareció una chica linda y simpática.

—Hola, soy Emília, ¿todo bien, señorita? —Hasta miré alrededor pensando si de verdad me hablaba a mí.

—Mucho gusto, me llamo Joana.

—Es un placer atenderte, Joana. ¿Buscas algo específico? ¿Es para ti misma? —Y fue en ese momento que apareció doña Isabel, y lo que no me imaginé es que aquella señora no se había apartado por casualidad: lo hizo todo a propósito.

—Hola, querida, me llamo Isabel Grizantemo, estoy acompañando a mi nieta en estas compras. —Oí los cuchicheos de los vendedores cuando escucharon el apellido de doña Isabel. Uno de ellos incluso se acercó a querer adularnos después de eso.

—Hola, ¿las señoras aceptan un vino, una copa de champán, un jugo?

—De ti no acepto nada, porque una persona capaz de ignorar a otra y mirarla con desprecio es hasta capaz de escupirnos en el vaso. —dijo con la nariz en alto y muchísima seguridad, lo que me dejó sin palabras, y por lo visto también le quitó las palabras al muchacho, que se retiró tan rápido y con el rabo entre las patas que me dejó completamente atónita—. Querida, tráenos todos los vestidos y la ropa más bonita que tengas y que le queden bien a esta hermosa joven.

No pude contener la sonrisa; la forma en que me trató me dejó sin piso, me sentí acogida, me sentí amada, y una vez más mi mente me advertía que no debía sentirme así, porque el sufrimiento sería mayor después.

Ya me había probado algunos vestidos cuando doña Giordana apareció con unas bolsas de una joyería. Se sentó junto a Isabel y ambas fueron juzgando los vestidos, las faldas, las blusas, todo lo que yo me probaba.

Después de mucho rato terminé de probarme toda aquella pila de ropa y, sinceramente, no sabía cómo elegir, porque al mirarme al espejo no parecía yo, parecía otra mujer ahí, frente a aquel espejo.

—Nos llevamos todos menos estos tres, estos no me gustaron. —dijo Giordana, dejándome atónita.

—¿Qué? Todos, pero eso va a cos…

—¿Qué fue lo que hablamos, querida? —preguntó Isabel, haciéndome callar aunque estuviera desesperada por impedir esa locura.

Pagaron y dejaron anotada la placa del auto en un papel, porque las bolsas serían llevadas hasta el coche: bastaba con apretar un botón en un aparato que nos entregaron cuando ya nos íbamos y llevarían todas las bolsas hasta nuestro auto. ¿Me impresioné? Por supuesto, pero no hice comentarios.

—¿Qué tal si vamos al salón de belleza? —Iba a responder, pero no me dieron tiempo.

—Primero almorcemos, Giordana, si no vamos a tardar allá y después nos va a dar hambre.

—Tienes razón, suegra, vamos a almorzar.

Pensé que saldríamos del centro comercial, pero el tal restaurante que Giordana había mencionado antes estaba ahí dentro, así que solo nos trasladamos hasta él para almorzar.

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