«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
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Lo que merecía la pena
«No todas las promesas sobreviven al tiempo. Algunas se pierden entre los siglos, otras se convierten en recuerdos imposibles. Pero hay sentimientos que no necesitan regresar del pasado para comenzar de nuevo».
Una mañana distinta
La lluvia había comenzado antes del amanecer.
Caía sobre Vespera con una paciencia casi dolorosa, deslizándose por los tejados oscuros y reuniéndose entre las piedras de las calles. La ciudad parecía envuelta en una quietud extraña, como si incluso sus habitantes hubieran decidido concederle unas horas más al silencio.
Seraphine permanecía junto a la ventana de su habitación.
Había dormido poco.
Sobre el escritorio descansaban su libreta de anotaciones, las fotografías de los documentos que habían podido registrar durante los días anteriores y una copia de la autorización para consultar el expediente complementario.
A un lado se encontró su reloj de bolsillo.
La plata antigua reflejaba la claridad grisácea de la mañana. Sobre la tapa, una rosa rodeada de espinas conservaba sus delicados relieves, ajena a los siglos que habían transcurrido desde su fabricación.
Seraphine lo tomó entre los dedos.
Tic.
Tic.
Tic.
Todavía le resultaba extraño escucharlo funcionar.
Aquel reloj había permanecido detenido durante tres mil años. Ahora avanzaba como si el tiempo nunca se hubiera interrumpido.
Ojalá sus recuerdos fueran iguales de sencillos.
Abra la tapa y observe su reflejo en el cristal.
Veintitrés años.
Una estudiante universitaria que, hasta hacía poco, había pensado que sus mayores preocupaciones serían los exámenes, los trabajos pendientes y las decisiones sobre su futuro.
Ahora sabía que existía un retrato de una mujer idéntica a ella, pintado siglos antes de su nacimiento. Sabía que el cielo la vigilaba y que el soberano de Nocthar conservaba recuerdos incompletos de una historia en la que ella parecía haber participado.
Y, sin embargo, seguía siendo Seraphine.
La muchacha que discutía con Eveline por tonterías, que se desesperaba cuando una investigación no avanzaba y que todavía no sabía qué haría después de terminar la universidad.
No quería perder a esa persona mientras intentaba descubrir a otra.
Su teléfono vibró.
Kaelith: ¿Has dormido?
Seraphine sonríe.
Seraphine: Define dormir.
Kaelith: Cerrar los ojos durante varias horas sin intentar resolver un misterio de tres mil años.
Seraphine: Entonces no.
Kaelith: Lo suponía.
Ella dejó escapar una pequeña risa.
Seraphine: ¿Y tú?
Kaelith: Pasó la noche revisando informes.
Seraphine: Eso tampoco cuenta.
Kaelith: Empiezo a sospechar que eres una influencia terrible.
Seraphine: Y apenas estamos comenzando.
Seraphine contempló su último mensaje.
Apenas estamos comenzando.
Lo había escrito sin pensarlo demasiado.
Y, sin embargo, aquellas palabras le provocaron una emoción inesperada.
Durante semanas, Kaelith había sido una puerta hacia un pasado que no comprendía. Pero ahora, cuando pensaba en él, también recordaba sus conversaciones, sus discusiones y la manera en que se esforzaba por escucharla incluso cuando sus respuestas no eran las que él deseaba.
Quizás no necesitaba comprender tres mil años de historia para empezar a conocer al hombre que tenía delante.
Guardó el reloj y se apartó de la ventana.
Aquella mañana tenía algo importante que hacer.
La carpeta complementaria
El archivo universitario olía a papel envejecido, madera encerada y humedad contenida entre muros antiguos.
Seraphine caminaba junto a Eveline mientras Lucien avanzaba unos pasos delante de ellas.
—Si después de todo esto encontramos tres recibos y una factura de mantenimiento, voy a perder la paciencia —murmuró Eveline.
—Pensé que ya la habías perdido —respondió Seraphine.
—La recupero ocasionalmente. Es una relación complicada.
Lucien se detuvo frente al mostrador.
Una archivera de cabello entrecano revisó la autorización y les pidió que dejaran sus pertenencias en los casilleros destinados a los visitantes. Después los conducidos hasta una sala de consulta iluminada por lámparas de luz cálida.
Sobre la mesa descansaba una carpeta de cartón gris.
Sus bordes estaban gastados. Una de sus esquinas había sido reparada con papel de conservación y en la cubierta figuraba una referencia manuscrita acompañada de una etiqueta posterior.
No parecía extraordinario.
Seraphine sintió que el corazón le latía con más fuerza.
Habían seguido referencias incompletas, notas al margen y registros que parecían conducir siempre hacia otro documento ausente.
Ahora, por fin, tenían algo concreto frente a ellos.
—La consulta está limitada a verificar la correspondencia entre el registro de recepción y la documentación complementaria —explicó la archivera—. Pueden tomar notas, pero no fotografías ni reproducciones. Si necesitan examinar un folio, me lo indican.
Lucien.
—Entendido. Muchas gracias.
La mujer abrió cuidadosamente la carpeta.
En su interior había varios folios separados por hojas protectoras. Algunos contienen formularios administrativos; otros, anotaciones breves realizadas con tintas diferentes.
Lucien comenzó a comprobar la referencia del registro de recepción.
Coincidía exactamente con la numeración que habían encontrado en el libro de ingresos.
Eveline miró a Seraphine.
No hizo falta que ninguna dijera nada.
Por primera vez, pude establecer una relación documental verificable entre dos piezas de su investigación.
—Aquí está la entrada correspondiente —murmuró Lucien.
El archivero colocó el primer folio sobre el soporte.
El documento identificaba una recepción provisional de materiales cuya procedencia todavía debía verificarse.
Hasta allí, nada nuevo.
Pero en la parte inferior apareció una segunda anotación:
«Documentación complementaria separada para revisión. Mantener referencia cruzada con el asiento original».
Seraphine se inclinó ligeramente hacia delante.
—Entonces sí hubo una separación.
—Eso indica el documento —respondió Lucien—. Veamos si existe constancia del movimiento.
La archivera pasó al siguiente folio.
Era una hoja de control.
Había una fecha, una referencia interna y una casilla correspondiente al movimiento de documentos.
En el espacio destinado a la descripción podía leerse:
«Retiro temporal de documentación complementaria para cotejo de procedencia».
Eveline dejó escapar el aire lentamente.
—Al menos sabemos que alguien marcó el retiro.
Lucien.
—Y eso nos permite buscar un movimiento concreto. Pero todavía no sabemos si los documentos fueron devueltos o transferidos después.
Seraphine examinó el formulario.
— ¿Quién autorizó el retiro?
Lucien señaló la parte inferior.
Había una firma casi ilegible.
La tinta se había desvanecido tanto que apenas podían distinguirse algunos trazos. A su lado, sin embargo, permanecía un código de autorización.
El archivero se inclinó a examinarlo.
—Ese código podría corresponder a un registro administrativo antiguo. Tendríamos que buscarlo en otra serie documental.
— ¿Podemos solicitarlo? —preguntó Lucien.
-Si. Necesitarán presentar otra solicitud.
Eveline cerró los ojos.
—Por supuesto. El misterio viene con trámites incluidos.
Seraphine sonrió apenas.
Su atención se había detenido en una anotación del margen inferior.
La letra era más pequeña que la del resto del formulario.
«El cotejo no deberá limitarse a la identidad del solicitante. Verificar también la procedencia de la declaración adjunta».
—Lucien —susurró.
Él siguió la dirección de su mirada.
Leyó la frase.
Después volvió a leerla.
—Una declaración adjunta —murmuró.
Eveline se acercó un poco más.
—¿Qué declaración?
El archivero revisó el orden de los folios.
—En esta carpeta no aparece ningún documento identificado expresamente como declaración.
Seraphine sintió que la emoción inicial se mezclaba con una frustración difícil de disimular.
Habían encontrado una respuesta.
Existe constancia de que parte de la documentación había sido retirada para una revisión.
Pero aquella revisión no se limitaba a comprobar la identidad de quien había solicitado los materiales.
También debía verificar la procedencia de una declaración.
Una declaración de que no estaba allí.
—Podemos saber si regresó? —preguntó Seraphine.
El archivero consultó la hoja de control.
—No encuentro una anotación de devolución en este folio. Podría existir un asiento posterior o una transferencia a otra serie.
Lucien escribió cuidadosamente la referencia.
—Entonces necesitaremos revisar los movimientos posteriores y el código de autorización.
Seraphine asintió.
No habían encontrado el cuarto volumen.
Tampoco sabían si la declaración mencionada tenía relación con el juramento o con el testigo que apareció en otros documentos.
Pero, por primera vez, pude seguir el rastro de un movimiento registrado.
Cuando el archivero cerró la carpeta, Seraphine sintió una punzada de engaño.
Había esperado tanto para verla.
Y aún así, la respuesta que deseaba seguía fuera de su alcance.
Lucien pareció advertirlo.
—No subestimes lo que hemos encontrado —dijo mientras recogía sus notas—. Ahora sabemos qué movimiento buscar y qué referencia necesitamos identificar.
Eveline sonríe.
—En otras palabras, hemos conseguido que el misterio nos entregue una dirección.
Seraphine soltó una pequeña risa.
—Algo así.
—Pues ya era hora.
Un soberano que aprende a esperar
En Nocthar, el cielo violeta se extendía sobre las torres del palacio.
Kaelith permanecía junto a uno de los grandes ventanales, contemplando las calles de la capital infernal.
La convocatoria de Aureliano descansaba sobre su escritorio.
Todavía no había respondido.
Darius entró con varios documentos bajo el brazo.
—La caja permanece cerrada —informó—. No se han registrado nuevos golpes desde el último informe.
Kaelith.
—¿Y los sellos?
—Sin cambios. Las tres puertas siguen sin reconocer nuestras autorizaciones.
—¿Has avanzado con la inscripción?
—Solo parcialmente. Los trazos restantes podrían pertenecer a una fórmula de identificación oa una advertencia. No puedo asegurarlo.
—No intentes abrir la caja.
—No lo haré.
Darius dejó los documentos sobre la mesa.
—Él solicitó copias de inscripciones comparables. Tal vez podamos estudiar la escritura sin intervenir sobre el objeto.
—Bien.
El general miró el pergamino celestial.
—¿Ha decidido qué responderá a Aureliano?
Kaelith se volvió hacia él.
—Solicitaré las condiciones de la audiencia. Lugar exacto, participantes, garantías y fundamento de las acusaciones.
—Podría interpretarlo como una demora.
—Puede interpretarlo como desee. No acudiré a un tribunal sin saber qué pretender juzgar.
Darius sacudió la cabeza.
—Prepararé una respuesta formal.
Kaelith guardó silencio unos instantes.
—No incluye a Seraphine como parte de ninguna concesión.
El general levantó la mirada.
—Aunque Aureliano lo exija?
—Especialmente si lo exige.
—Entendido.
Cuando Darius se retiró, Kaelith volvió a contemplar la ciudad.
Había gobernado durante siglos.
Había enfrentado guerras, traiciones y juramentos cuyo verdadero significado apenas comenzaba a cuestionar.
Sin embargo, nada lo había preparado para la vulnerabilidad que experimentaba cada vez que pensaba en Seraphine.
Durante tres mil años había conservado fragmentos de una mujer que creía perdida.
Una sonrisa.
Una voz.
El recuerdo de una discusión cuyo origen ya no podía reconstruir.
Y una sensación de culpa que lo había acompañado incluso cuando no recordaba exactamente qué había hecho para merecerla.
Había esperado tanto tiempo que, en algún momento, la espera se había convertido en parte de su identidad.
Pero ahora Seraphine estaba viva.
Y no era un recuerdo.
Era una mujer que lo contradecía, que se burlaba de su solemnidad y que no aceptaba que un soberano infernal confundiera el amor con el derecho a decidir por ella.
Una mujer con sueños propios.
Amigos.
Una vida que no le pertenece a él.
Kaelith cerró los ojos.
Por primera vez comprendió que reencontrarla no significaba recuperar lo que había perdido.
Significaba aceptar que ambos tendrían que descubrir quiénes eran ahora.
Y que, si deseaba permanecer a su lado, tendría que aprender a hacerlo sin exigirle que cargara con una promesa que no recordaba haber pronunciado.
Tomó su teléfono.
Kaelith: ¿Cómo fue la consulta?
La respuesta llegó unos segundos después.
Seraphine: Encontramos una constancia de retiro de documentos y una referencia a una declaración adjunta. No sabemos dónde está esa declaración.
Kaelith: Es un avance.
Séraphine: Lo sé. Aunque esperaba encontrar algo más.
Kaelith: A veces encontrar el siguiente camino es tan importante como llegar al final.
Seraphine: Eso ha sonado sospechosamente sabio.
Kaelith: Soy antiguo. Ocasionalmente resulta útil.
Seraphine respondió con un símbolo de risa.
Después llegó otro mensaje.
Seraphine: ¿Puedes venir esta noche?
Kaelith contempló la pantalla.
Kaelith: ¿Quieres que vaya?
Seraphine: Sí.
Una sola palabra.
Y, sin embargo, ninguna orden recibida en tres mil años le había parecido tan importante.
Lo que merecía la espera
La lluvia había cesado cuando Kaelith llegó a Vespera.
El jardín de la residencia estaba cubierto por pequeñas gotas que brillaban sobre las hojas oscuras. El aire olía a tierra húmeda y flores nocturnas.
Seraphine lo esperaba junto a la fuente.
Llevaba un abrigo oscuro sobre la ropa de la universidad y tenía el cabello negro suelto sobre los hombros.
Cuando lo vio aparecer al final del sendero, sonriendo.
Kaelith se detuvo un instante.
Había visto ciudades arder.
Había contemplado la caída de reinos y el nacimiento de otros.
Pero aquella sonrisa seguía siendo capaz de hacerle olvidar, durante unos segundos, el peso de su corona.
—Llegas tarde —dijo ella.
Él alzó una ceja.
—No acordamos una hora.
—Entonces llegas tarde por principio.
—Una acusación difícil de refutar.
Seraphine río suavemente.
Kaelith se acercó, pero se detuvo a una distancia prudente.
—¿Cómo estás?
La pregunta era sencilla.
La respuesta no.
Seraphine bajó la mirada hacia sus manos.
—Cansada. Frustrada. Un poco asustada, si quieres que sea sincera.
Él no interrumpió.
—Hoy encontramos algo importante. Debería estar feliz, y una parte de mí lo está. Pero cada vez que creemos acercarnos a una respuesta, aparece otra pregunta.
Levantó los ojos.
—A veces siento que mi vida se está convirtiendo en una investigación sobre alguien que ni siquiera sé si fui realmente.
Kaelith sintió que aquellas palabras se encontraban en un lugar dolorosamente familiar dentro de él.
—Seraphine…
—Y luego estás tú.
Él guardó silencio.
—Tú me miras como si hubiera algo en mí que reconoces incluso cuando yo no puedo reconocerlo. Y sé que intentas no hacerlo, pero a veces me pregunto si estás esperando que recuerdes a la mujer que amaste.
El viento movió ligeramente las hojas del jardín.
Kaelith tardó en responder.
No porque no tenía palabras.
Sino porque comprendió que ninguna respuesta improvisada sería suficiente.
—Durante mucho tiempo —dijo finalmente—, eso fue exactamente lo que esperaba.
Seraphine sintió una presión en el pecho.
Él continuó:
—Creí que, si algún día volvía a encontrarte, bastaría con mirarte para que todo regresara. Los recuerdos. Las respuestas. Aquello que perdimos.
Su voz descendió.
—Pensé que el tiempo terminaría devolviéndome a la mujer que conocí.
Seraphine apartó la mirada.
No había reproche en sus palabras, pero dolían de todos los modos.
Kaelith dio un paso hacia ella.
—Me equivoqué.
Seraphine volvió a mirarlo.
—¿En qué?
—En creer que tu regreso tenía que devolverme el pasado.
La expresión de Kaelith se suavizó.
—No eres una promesa que deba cumplirse, Seraphine. Ni una deuda que el destino tenga conmigo. Eres una mujer que tiene derecho a decidir quién quiere ser.
Ella permaneció inmóvil.
—Y si nunca recupero esos recuerdos?
—Entonces no los recuperarás.
—¿Así de sencillo?
—No he dicho que sea sencillo.
Kaelith bajó la mirada durante un instante.
—Hay cosas que todavía necesito comprender. Decisiones que temo haber tomado. Recuerdos que quizás expliquen por qué te perdí. No voy a fingir que eso ha dejado de importarme.
Volvió a mirarla.
—Pero ya no quiero que tu vida quede suspendida hasta que encontremos esas respuestas.
Seraphine sintió que algo se aflojaba lentamente dentro de su pecho.
Durante semanas había tenido miedo de no estar a la altura de una mujer que todos parecían conocer mejor que ella.
Una mujer coronada.
Una mujer inmortal.
Una mujer capaz de alterar el equilibrio entre el Cielo y el Infierno.
Pero Kaelith no le estaba pidiendo que se convirtiera en ella.
Le estaba ofreciendo algo mucho más difícil.
La libertad de no hacerlo.
— ¿Cuánto tiempo me esperaste? —preguntó en voz baja.
Kaelith dijo apenas.
—Tres mil años.
Seraphine dejó escapar una pequeña risa incrédula.
—Eso es demasiado tiempo para alguien que ni siquiera sabe preparar una cita normal.
—En mi defensa, las costumbres románticas han cambiado considerablemente.
—Podrías haber comenzado por traer flores.
Kaelith miró el jardín.
—Podría conseguir todas las flores de este reino.
—Estamos en Vespera.
—También podría conseguir todas las flores de Vespera.
Ella negó con la cabeza, sonriendo.
—Eres imposible.
—Me lo han dicho.
La risa de Seraphine se fue desvaneciendo lentamente.
—Kaelith…
-¿Si?
— ¿Nunca te arrepentiste de esperar?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Él contempló su rostro.
La lluvia había dejado pequeñas gotas en algunas hebras de su cabello. Sus ojos oscuros lo observaban con una mezcla de curiosidad y temor.
Kaelith comprendió que podía ofrecerle una respuesta hermosa.
Una de aquellas frases que los poetas habrían conservado durante siglos.
Pero Seraphine merecía algo mejor que una frase perfecta.
Merecía la verdad.
—Hubo momentos en los que deseaba dejar de hacerlo —admitió.
Ella no apartó la mirada.
—Hubo siglos en los que recordar tu ausencia resultaba insoportable. Y otros en los que temí estar aferrándome a una historia que ya no comprendía.
Su voz se volvió más suave.
—No siempre supe si esperaba por amor, por culpa o porque no había aprendido a vivir de otra manera.
Seraphine sintió que los ojos comenzaban a arderle.
Kaelith levantó una mano, pero se detuvo antes de tocar su rostro.
—¿Puedo?
Ella acepta.
Sus dedos rozaron delicadamente su mejilla.
—Entonces llegaste tú —continuó—. Y empezaste a discutir conmigo, a hacer preguntas que nadie se había atrevido a formular ya recordarme que una corona no me concede el derecho de decidir por otra persona.
Una lágrima resbaló por el rostro de Seraphine.
Kaelith la recogió con el pulgar.
—Te esperé durante tres mil años creyendo que buscaba a la mujer que había perdido.
Su voz apenas fue un susurro.
—Pero ahora comprendo que no necesito recuperarla para querer estar contigo.
Seraphine contuvo el aliento.
—Y si no soy la persona que recuerdas?
Kaelith sonriendo con una ternura que parecía pertenecer únicamente a aquel instante.
—Entonces tendré el privilegio de enamorarme de ti por primera vez.
Seraphine cierra los ojos.
Durante un momento no hubo reinos.
Ni juramentos.
Ni amenazas celestiales.
Solo el sonido del agua moviéndose suavemente en la fuente y la calidez de una mano contra su mejilla.
Cuando volvió a abrirlos, Kaelith siguió allí.
Esperando.
Pero esta vez no parecía esperar una respuesta de su pasado.
Esperaba una decisión suya.
Seraphine levantó lentamente una mano y la apoyó sobre el pecho de él.
Bajo la tela oscura sintió el latido firme de su corazón.
—Hay algo que debes entender —susurró.
—Te escucho.
—No sé qué ocurrió hace tres mil años. No sé qué prometimos, ni siquiera sé si fui realmente la mujer que recuerdas.
Kaelith.
-Lo sé.
—Pero sé lo que siento cuando estoy contigo.
Él permaneció inmóvil.
—Me haces enfadar —continuó ella—. A veces eres insoportablemente orgulloso. Y tienes una habilidad extraordinaria para aparecer cuando menos te espero.
—Estoy trabajando en ello.
—No interrumpas.
Kaelith cerró la boca.
Seraphine sonriendo entre lágrimas.
—También me haces sentir que puedo enfrentar cosas que antes me habrían aterrorizado. Y aunque todavía tengo miedo, quiero descubrir qué significa todo esto.
Sus dedos se cerraron suavemente sobre la tela de su abrigo.
—No porque una versión antigua de mí te haya amado.
La voz le tembló.
—Sino porque estoy empezando a hacerlo yo.
Kaelith dejó de respirar durante un instante.
Había esperado siglos por respuestas que nunca llegaron.
Había imaginado incontables veces cómo sería volver a escuchar una declaración semejante.
Pero ninguna de aquellas fantasías se parecía a lo que sentía ahora.
Porque aquellas palabras no pertenecen a un recuerdo.
Eran nuevas.
Eran libres.
Y eran de Seraphine.
—No tienes que responderme ahora —añadió ella apresuradamente—. Solo quería que lo supieras.
Kaelith soltó una risa baja, casi incrédula.
—Seraphine, pasó tres mil años sin saber qué decirte.
Ella alzó una ceja.
—Eso explicaría muchas cosas.
Él sonrió.
—Y ahora que por fin encuentro las palabras, me interrumpe.
—Entonces habla.
Kaelith apoyó su frente contra la de ella.
—No sé qué nos ocurrió antes. No sé cuánto de nuestra historia fue verdad ni cuántos nos fue arrebatado.
Su mano descendió hasta entrelazarse con la de Seraphine.
—Pero sé que quiero conocerte. Quiero escuchar tus historias, incluso las que consideras insignificantes. Quiero aprender qué te hace reír, qué te enfurece y qué sueños deseas cumplir.
Una sonrisa temblorosa apareció en los labios de ella.
—Eso suena bastante complicado.
—Lo será.
—Y aún así ¿quieres intentarlo?
—Más que cualquier otra cosa.
Seraphine lo observó durante un largo instante.
Después se puso de puntillas.
Kaelith apenas tuvo tiempo de comprender lo que iba a suceder antes de sentir sus labios sobre los suyos.
El beso fue suave.
Vacilante al principio.
No hubo una explosión de magia ni una visión de siglos olvidados.
El reloj de bolsillo no emite ninguna luz extraordinaria.
Ninguna voz antigua pronunció sus nombres.
Solo existió aquel instante.
Seraphine sintió la mano de Kaelith detenerse en su cintura, como si todavía quisiera asegurarse de que ella podía apartarse cuando lo deseara.
Pero no se apartó.
En cambio, se acercó un poco más.
El beso se volvió más seguro, más cálido, cargado de una emoción que ninguno de los dos había conseguido expresar por completo.
Cuando finalmente se separaron, permanecieron con los frentes unidas.
Seraphine abrió los ojos.
Kaelith la miraba como si acabaría de descubrir algo que no se había atrevido a esperar.
—¿Qué? —preguntó ella, sonrojándose.
—Nada.
—Kaelith.
—Estoy intentando recordar cómo se habla.
Seraphine soltó una carcajada.
Una risa limpia, luminosa, que pareció transformar por un instante el jardín entero.
Él sonrió.
Y entonces comprendió algo que había tardado tres mil años en aprender.
La espera no había valido la pena porque el destino le hubiera devuelto aquello que perdió.
Había valido la pena porque, después de tanto dolor, todavía era capaz de sentir algo nuevo.
Y porque Seraphine, sin deberle absolutamente nada, había decidido quedarse a su lado.
Un mañana que vale la pena
Mucho después, cuando Kaelith regresó a Nocthar, encontró a Darius aguardándolo junto a la entrada de la sala de mapas.
El general observó la expresión de su soberano.
—Parece que la visita a Vespera ha sido agradable.
Kaelith lo miró.
— ¿Tienes un informe o has venido a comentar mi vida personal?
—Ambas cosas, si me lo permite.
—Solo la primera.
—Qué decepción, majestad.
Kaelith entró en la sala.
Darius lo siguió y depositó sobre la mesa una copia de las anotaciones realizadas en la cámara inferior.
—Hemos revisado los registros de vigilancia. Los tres golpes fueron escuchados por los presentes, pero no se ha repetido el fenómeno.
—¿Y la caja?
—Permanece cerrada.
Kaelith examinó las notas.
—¿Algo más?
—Encontramos una referencia antigua a un depósito que ocupaba esa misma sección antes de una reorganización del palacio. Todavía no sabemos si corresponde a la caja, pero solicitó el inventario anterior.
—Bien. Continúa.
Darius vaciló.
—Hay una última cosa.
Kaelith levantó la mirada.
—Habla.
—Uno de los guardias cree haber escuchado un cuarto golpe cuando abandonaba el corredor.
El soberano permaneció inmóvil.
—¿Lo escucha alguien más?
-No. Y el guardia reconoce que pudo confundirlo con el sonido de una puerta al cerrarse.
Kaelith dejó el informe sobre la mesa.
—Entonces regístralo como una observación individual, no como un hecho confirmado.
—Así lo he hecho.
Darius sacudió la cabeza.
—Buenas noches, majestad.
Cuando el general se retiró, Kaelith permaneció sola.
Sobre el escritorio descansaban la convocatoria celestial y los informes de las cámaras inferiores.
Dos problemas que todavía no tenían solución.
Sacó su reloj de bolsillo.
La rosa rodeada de espinas brilló bajo la luz violeta.
Tic.
Tic.
Tic.
Pensó en Seraphine.
En su risa.
En sus lágrimas.
En aquel beso que no había despertado recuerdos antiguos ni desencadenado una revelación sobrenatural.
Y, por primera vez, agradeció que no hubiera ocurrido nada extraordinario.
Porque aquel momento les pertenecía únicamente a ellos.
Cerró el reloj.
Después tomó la convocatoria de Aurelian y comenzó a redactar su respuesta.
No iba a abandonar sus responsabilidades.
Tampoco permitiría que el miedo le arrebatara la posibilidad de construir algo distinto.
En algún lugar de Vespera, Seraphine seguramente seguiría despierta, pensando en documentos perdidos y preguntas imposibles.
Kaelith dijo.
Tres mil años de espera.
Y ahora, por primera vez, tenía un mañana que deseaba vivir.
La diferencia
En el archivo universitario, la carpeta consultada aquella mañana había regresado a su ubicación provisional.
La sala estaba vacía.
Sobre el escritorio de la archivera permanecía la solicitud de consulta que Lucien había firmado antes de marcharse.
La mujer revisó una última vez las referencias utilizadas durante la jornada.
El registro de recepción.
La carpeta complementaria.
El movimiento de documentación.
Y el código de autorización.
Al consultar este último en el catálogo interno de referencias históricas, encontró una entrada perteneciente a otra serie documental.
No era un nombre.
Tampoco una identificación completa.
Era una descripción breve:
«Declaración recibida para cotejo de procedencia. Acceso condicionado a verificación del registro original».
Debajo figuraba una referencia adicional.
La archivera la copió cuidadosamente en una hoja y la dejó junto a la solicitud pendiente.
No había encontrado la declaración.
Pero sí una referencia que permitiría solicitar su búsqueda.
Antes de cerrar el registro, revise las observaciones asociadas a la entrada.
Allí apareció una frase breve, incorporada como transcripción de una anotación antigua cuya autoría no estaba identificada:
«La declaración no identifica a quien regresó. Identifica a quien aseguró haberlo visto».
El archivero permaneció unos segundos frente a la pantalla.
Aquella frase no demostraba que la persona mencionada en el índice secundario fuera la misma a la que se refería la declaración.
Tampoco establecía quién había regresado, de dónde o en qué circunstancias.
Pero señaló una diferencia que podía ser importante.
Una cosa era identificar a quien supuestamente había regresado.
Otra muy distinta era identificar a alguien que afirmaba haber presenciado ese regreso.
La mujer guardó la referencia para comunicarla a Lucien Ardent cuando se reanudó la consulta.
Después apagó la pantalla.
En algún lugar de los archivos todavía podía existir un documento capaz de aclarar aquella distinción.
Y si llegaban a encontrar, quizás descubrirían que la pregunta que habían estado formulando no era la correcta.
Porque antes de averiguar quién había regresado, tendrían que saber algo más sencillo.
¿Quién aseguró haberlo visto?
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