Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor
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Capítulo 5: Fantasmas en la Frecuencia
Seis meses después.
Sector no oficial de operaciones, frontera entre Polonia y Bielorrusia.
02:15 Horas.
La nieve caía pesada, apagando el crujido de las botas sobre las ramas congeladas.
A cuatrocientos metros del complejo industrial abandonado —una antigua fábrica química soviética reconvertida en centro neurálgico de un sindicato internacional de tráfico de armamento y ciberataques contra la OTAN—, el equipo Bravo de operaciones especiales yacía cuerpo a tierra en la penumbra del bosque.
Dante Cruz ajustó el visor térmico de su casco balístico con un movimiento seco de los dedos enguantados.
En los últimos seis meses, el teniente Cruz había perdido seis kilos de peso, pero su cuerpo se había transformado en un amasijo de tendones tensos y reflejos homicidas. No dormía más de tres horas seguidas; su humor era un polvorín y su hoja de servicio se había llenado de amonestaciones por insubordinación y temeridad extrema en combate. En el cuartel general decían que Cruz peleaba como si estuviera buscando activamente una bala que le atravesara el chaleco.
A dos metros a su izquierda, Liam Keller sostenía el fusil de francotirador apuntando a la torre de vigilancia perimetral.
—Tenemos interferencia electromagnética total —susurró Liam por el canal interno de la escuadra—. Las cámaras del complejo siguen activas. Si cruzamos esa alambrada a ciegas, los sensores de presión nos van a encender como un árbol de Navidad y la artillería pesada nos barrerá en la explanada.
—No vamos a esperar al amanecer —gruñó Dante, con la voz rota y áspera—. Entramos por el conducto de ventilación sur. Yo voy en punta.
—Es una misión suicida, Dante —intervino Miller, el teniente de su unidad, desde la retaguardia—. El mando dijo que esperaríamos la luz verde del enlace de inteligencia.
—Al carajo la inteligencia —escupió Dante, soltando el seguro de su carabina corta M4—. Los analistas del Pentágono están sentados en sillones de cuero en Washington mientras nosotros nos congelamos el culo a diez bajo cero. Nos movemos en tres, dos...
Un chasquido agudo de estática de alta frecuencia reventó en el auricular encriptado de los seis operadores.
No era la frecuencia del cuartel general. Era una señal que entraba por una línea fantasma, saltando los protocolos de seguridad militar estándar como si fueran alambres oxidados.
Una voz femenina, fría, limpia y desprovista de cualquier titubeo, cortó la respiración de la escuadra:
—Si el líder de asalto da un solo paso hacia esa zanja, el cable trampa de fragmentación a setenta centímetros de su bota derecha le arrancará las piernas antes de que pueda pedir perdón a su madre.
Dante se congeló en el acto. La bota quedó suspendida a tres pulgadas de la nieve.
Liam bajó el fusil de francotirador de golpe, con los ojos desorbitados bajo las gafas de visión nocturna:
—¿Quién demonios está en esta frecuencia? ¡Identifíquese o rastreamos la señal!
Una risa baja, corta y glacial como el viento del este resonó en el auricular. Una risa que hizo que el corazón de Dante Cruz diera un vuelco tan violento contra sus costillas que casi le corta la respiración.
—Llega quince minutos tarde para intentar rastrearme, teniente Keller —respondió la voz, con una cadencia mordaz—. Soy el activo de ciberinteligencia que acaba de apagar las cuarenta y dos cámaras del sector norte y reescribir el software de los sensores sísmicos mientras ustedes discutían como colegialas en la nieve. De nada por salvarles el pellejo.
—¿Quién eres? —exigió Dante, con la mandíbula apretada hasta el dolor, sintiendo una corriente eléctrica abrasándole la nuca—. ¿Dónde estás?
—Concéntrese en su trabajo, teniente Cruz —la voz femenina pronunció su apellido con una distancia tan cortante que dolió más que una esquirla de granada—. Tienen seis minutos antes de que el generador auxiliar del búnker detecte el bucle de datos. Tres hostiles con fusiles de asalto en la esclusa este; dos francotiradores en el tejado principal... corregido: los francotiradores ya no son un problema.
En ese instante exacto, en la azotea del edificio central a doscientos metros de distancia, dos siluetas colapsaron simultáneamente sobre la chapa oxidada con dos impactos sordos, casi inaudibles, amortiguados por silenciadores de grado quirúrgico.
—La puerta de acceso secundario está abierta —continuó la voz en el canal táctico—. Descarguen los discos duros del servidor principal y salgan antes de las 02:30. Y procuren no tropezar con sus propios cordones. Me daría vergüenza tener que redactar un informe explicando que la infantería de élite no sabe caminar en la oscuridad.
La línea se cortó con un zumbido seco.
Liam miró a Dante en la penumbra. Ninguno de los dos necesitó decir una sola palabra. La entonación. La insolencia matemática. La precisión letal para desarmar a un hombre con tres frases.
—Es ella —susurró Liam, con la voz temblando por un choque de incredulidad y pánico puro—. Es Sienna.
Dante no respondió.
Una llamarada de adrenalina salvaje, combinada con una desesperación feroz que llevaba seis meses quemándole el alma, lo puso de pie como un resorte.
—¡¡EN FORMACIÓN, YA!! —bramó Dante hacia su equipo, avanzando hacia la valla perimetral con una velocidad endiablada—. ¡Despejen los accesos! ¡Quiero ese búnker tomado en cuatro minutos!
El asalto fue una tormenta de fuego y plomo.
Los tres hostiles de la esclusa cayeron bajo los disparos certeros del equipo Bravo en menos de diez segundos. La resistencia dentro del complejo estaba desarticulada: los sistemas de cierre automático estaban saboteados, las alarmas habían sido puestas en silencio y los guardias corrían en círculos, cegados por el apagón cibernético que había neutralizado sus comunicaciones.
Dante derribó la puerta blindada de la sala de servidores de una patada, con el fusil encajado en el hombro y el dedo en el gatillo.
—¡¡DESPEJADO!! —gritó Miller.
Pero Dante no miró los servidores. Miró el suelo.
Junto a la consola central, el comandante de la célula terrorista —un mercenario checheno de casi dos metros buscado por la Interpol desde hacía tres años— yacía inconsciente sobre un charco de su propia sangre, con la tráquea colapsada por un golpe seco de talón y las manos aseguradas a la espalda con una brida táctica de polímero negro.
Sobre la pantalla de la terminal maestra, un archivo de texto parpadeaba en letras verdes fosforescentes:
> EXTRACCIÓN DE DATOS: 100% COMPLETADA.
> SERVIDORES CLASIFICADOS BORRADOS.
> OBJETIVO PRIMARIO NEUTRALIZADO.
> Llegaron tarde, soldados.
> Firma: OPERADORA INTOCABLE.
>
Debajo de la pantalla, clavado en la madera de la mesa con un cuchillo táctico de combate de hoja oscura y mango de fibra de carbono, había un objeto minúsculo.
Dante bajó el fusil, dio dos pasos temblorosos hacia la mesa y arrancó el cuchillo con una mano que no lograba mantenerse firme.
Tomó el objeto.
Era un broche metálico diminuto, con la silueta de una bailarina de cristal quebrada por la mitad. El mismo broche ridículo que él le había regalado en su cumpleaños número catorce, cuando ella todavía lo esperaba en el porche con una sonrisa.
Dante apretó el metal contra su palma cerrada hasta que los bordes afilados le abrieron la piel, sintiendo cómo una gota de sangre tibia resbalaba entre sus dedos.
—¡Dante, el helicóptero de extracción está a dos minutos! —gritó Liam desde la puerta, jadeando—. ¡Tenemos que evacuar la zona caliente antes de que lleguen los refuerzos!
Dante levantó la vista hacia el tragaluz roto del techo del hangar.
A través del cristal astillado, recortada contra la luna llena y la nieve que caía sin descanso, una silueta delgada vestida enteramente de negro táctico, con un rifle antimaterial colgado a la espalda y una trenza que el viento helado agitaba con furia, se detuvo por una fracción de segundo sobre la viga superior.
Sus miradas se cruzaron a través de treinta metros de distancia.
Incluso en la penumbra, Dante reconoció la postura, la frialdad infinita y esos ojos castaños que no mostraban el menor atisbo de debilidad.
Sienna levantó dos dedos enguantados hacia su frente en un saludo burlón y descarado.
Luego, dio un paso hacia atrás y se desvaneció en la tormenta de nieve como un fantasma que jamás hubiera existido.
Dante se quedó en el centro de la sala en ruinas, con la respiración entrecortada y el pecho ardiendo con un dolor nuevo, salvaje y adictivo.
Ya no era la niña que necesitaba que la cuidaran. Era un depredador que acababa de dejarle claro que la distancia entre ambos ya no se medía en años... sino en bajas enemigas.
—Te voy a encontrar, Sienna —susurró Dante en la oscuridad del búnker, apretando el broche ensangrentado contra su pecho con una devoción feroz—. Aunque tenga que seguirte hasta el fin del mundo.