Estela tiene veinticinco años y la vida rota. Tras perder a su padre y cuidar a su madre enferma, se refugia en sus musicales favoritos. Es una soñadora que espera un amor de película, sin saber que el destino aguarda en la primera fila de un teatro.
David es el barítono del momento, una estrella internacional cansada de la soledad. Al salir al escenario para encarnar al Fantasma de la Ópera, una mirada inocente y húmeda entre el público lo hechiza por completo.
Decidido a conocerla sin el ruido de su fama, David inicia un juego desde el anonimato. Mediante rosas, notas y llamadas de madrugada con una voz que la derrite, reconstruye el mundo de Estela. Pero cuando los secretos se vuelven pesados, la realidad de la fama, los chantajes de una actriz y un embarazo en el exilio amenazan con destruir su paraíso.
¿Sobrevivirá el amor cuando caigan las máscaras? Descubre una historia profunda donde él fue salvado por sus ojos; y ella, arrullada por su voz.
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CAPITULO 10. EL COLOR DE LA PASION
La tarde del miércoles se convirtió en una odisea de telas, percheros y probadores. Laura, fiel a su promesa, había pasado a buscar a Estela justo después del almuerzo, arrastrándola hacia la zona comercial más viva de la ciudad. Estela, que habitualmente prefería pasar desapercibida vistiendo tonos pasteles, vaqueros cómodos y prendas holgadas, se sentía abrumada ante la misión que tenía por delante. Encontrar un vestido de color rojo encendido que encajara con las exigencias de su misterioso admirador, pero que a la vez no la hiciera sentir disfrazada, parecía una tarea monumental.
—A ver, Estela, quita esa cara de pánico —le pidió Laura mientras revisaba con ojo experto un perchero repleto de vestidos de cóctel en la primera tienda que visitaron—. Esto no es un examen, es una fantasía romántica hecha realidad. Un hombre misterioso, que claramente tiene pase libre en el teatro más importante de la ciudad, te ha pedido que vayas al Palco 5 vestida de rojo. ¡Rojo! ¿Sabes lo que significa eso? Es el color de la pasión, del fuego, del amor absoluto. No puedes ir con cualquier trapo. Tienes que estar espectacular.
—Ese es el problema, Laura —susurró Estela, apartando un vestido de lentejuelas que le parecía demasiado llamativo—. Yo no soy una mujer fatal. Soy una chica normal que traduce textos en su salón y cuida de su madre. El rojo es un color que grita "mírenme", y a mí siempre me ha gustado el silencio. Me da miedo comprar algo con lo que no me reconozca frente al espejo.
—No vas a gritar "mírenme" a todo el mundo, tonta —la consoló Laura, tomándola suavemente por los hombros—. Solo vas a brillar para él. Recuerda lo que te puso en la nota: quiere buscarte desde el escenario en la penumbra del teatro. Piensa en el misterio. Piensa en la voz tan hermosa que escuchaste por teléfono. Hazlo por él, pero sobre todo, hazlo por ti. Te mereces un momento de película después de todo lo que has pasado este año.
Estela respiró hondo y asintió, dejándose contagiar por la determinación de su amiga. Pasaron por tres boutiques diferentes sin éxito. Algunos vestidos eran demasiado cortos, otros tenían escotes excesivos con los que Estela se sentía incómoda, y muchos no tenían ese tono de rojo exacto, vibrante y pasional, que el anónimo de las sombras había descrito en su carta. Estela empezaba a desanimarse, sintiendo el cansancio físico y mental de la búsqueda, cuando Laura la guio hacia una pequeña tienda de alta costura escondida en una de las bocacalles peatonales, un local con un escaparate antiguo y una luz cálida y acogedora.
Fue allí, al fondo del establecimiento, donde lo vio. Colgado de un maniquí de seda blanca, un vestido de satén de seda parecía esperarla. Tenía un color rojo carmín profundo, un tono encendido pero sumamente elegante que cambiaba de intensidad según le daba la luz. El diseño era de una sencillez sofisticada: un escote sutil en forma de corazón, tirantes finos que dejaban al descubierto los hombros y una falda fluida que caía con suavidad hasta la altura de las rodillas, con un movimiento ligero que recordaba a los vestidos de las bailarinas de ballet clásico.
—Es ese —dijo Laura en un susurro, con los ojos brillando de la emoción—. Estela, es ese. Pruébatelo ahora mismo.
Con el corazón latiéndole a un ritmo acelerado, Estela entró en el probador. Se desvistió y, con sumo cuidado, se deslizó dentro del tejido de satén. El tacto de la seda fría contra su piel le provocó un leve escalofrío. Al subirse la cremallera lateral y ajustarse los tirantes, se giró lentamente hacia el espejo de cuerpo entero del probador.
Se quedó sin aliento. La persona que le devolvía la mirada no parecía la Estela cansada y afligida de los últimos meses. El rojo del vestido creaba un contraste precioso con su piel clara y hacía que sus ojos castaños parecieran más grandes y luminosos. El corte entallaba su cintura con delicadeza y la falda caía con una elegancia natural que la hacía sentir esbelta, segura y, por primera vez en su vida, verdaderamente hermosa. Era un diseño romántico, poético, sacado directamente de uno de los musicales que tanto adoraba.
Al salir del probador, la reacción de Laura lo confirmó todo. Su amiga se llevó las manos a la boca, con los ojos humedecidos.
—Estás... divina, Estela —alcanzó a decir Laura, con la voz rota por la emoción—. Tu padre estaría tan orgulloso de verte así. Pareces una princesa de cuento, pero de las de verdad. Si ese hombre te ve con este vestido desde su puesto en el teatro, te aseguro que se va a olvidar de cómo se toca una nota musical.
Estela se miró en el gran espejo del salón de la tienda, sintiendo una calidez reconfortante extenderse por su pecho. El miedo y las dudas se disolvieron por completo, reemplazados por una dulce y electrizante expectación. Compraron el vestido y, por insistencia de Laura, unos sencillos zapatos de tacón negro a juego y un sutil colgante de plata para adornar su cuello.
Al regresar a casa, la realidad cotidiana volvió a envolverla, pero esta vez el ambiente se sentía diferente. Estela guardó la bolsa del vestido en el fondo de su armario como si fuera un secreto sagrado. Preparó la cena para su madre y, mientras la ayudaba a tomarse la medicación de la noche, notó que la mirada de la mujer estaba un poco más atenta que de costumbre.
—Te noto una luz diferente en los ojos, hija —dijo su madre con voz débil, acariciando la mano de Estela—. Hacía mucho tiempo que no te veía sonreír así. Me alegra tanto que salgas con Laura.
—Es solo que... el viernes vamos a volver al teatro, mamá —explicó Estela, besando la frente de su madre—. Laura me ha regalado una sorpresa. No te preocupes por nada, dejaré la cena lista y la vecina del piso de arriba se ha ofrecido a quedarse contigo esas horas por si necesitas algo.
—Ve, mi cielo, ve y disfruta —le pidió su madre con una sonrisa cansada—. Necesitas vivir tu propia vida.
Esa noche, cuando Estela se metió en la cama, se quedó contemplando el armario donde descansaba el vestido rojo. La intriga sobre quién sería su admirador desde las sombras la quemaba por dentro. Ella imaginaba que debía ser alguien de la orquesta, tal vez el pianista que tocaba las melodías que él le enviaba, o un técnico de iluminación que controlaba los focos desde las alturas y la había descubierto llorando en la primera fila. La idea de que ese hombre la estaría buscando activamente entre la multitud el viernes por la noche hacía que el pulso se le acelerara de una manera casi insoportable. No podía esperar a que llegara el momento de sentarse en el Palco 5, bajo el color de la pasión, listas para que el telón de su propio destino se levantara de una vez por todas.