Kristen Whittaker y Dante Macade se conocen desde que tenían seis años. Se han odiado desde entonces. Un odio a primera vista que, con los años, solo se ha vuelto más divertido… y mucho más peligroso.
Porque Dante sabe exactamente qué decir para hacerla enfurecer, y Kristen sabe perfectamente cómo devolverle el golpe. Han crecido peleando, provocándose y jurando que jamás sentirían nada diferente el uno por el otro.
Hasta que una noche, algo entre ellos cambia.
Algo que ninguno de los dos esperaba. Algo que ambos creyeron que podían olvidar.
Pero no todo se olvida tan fácilmente.
Ahora Kristen tendrá que decidir si confía en Dante lo suficiente para descubrir qué significa realmente lo ocurrido entre ellos.
Porque quizá aquella noche no cambió solo su relación.
Quizá cambió todo.
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LA MAYOR VERGÜENZA
KRISTEN WHITAKER
Cuando cumplimos diez años, nuestra enemistad seguía intacta. ¿Qué puedo decir? Dante había perfeccionado su habilidad para sacarme de quicio y era muy creativo a la hora de molestarme.
Mis padres y los suyos siempre fueron muy protectores. Tal vez demasiado, o quizás simplemente preferían estar en el segundo piso. No lo sé.
¿Saben lo terriblemente molesto que es tener tu propia habitación en la planta baja? ¿Tienen idea? Y no se trata de que yo ame las escaleras. Nada estaría más lejos de la realidad. El mayor inconveniente era que los padres de Dante pensaban exactamente igual que los míos.
Así que, como nuestras habitaciones estaban en la planta baja, el engendro del demonio de cabello desordenado se dignaba a salir por su ventana para entrar por la mía.
Sus venganzas eran cada vez peores. Si yo le tiraba algo embarrado, él aparecía en mi habitación completamente cubierto de barro.
¡Desde muy pequeña me había gustado mantener todo ordenado y limpio!
Mi madre siempre había sido muy exigente con eso. Cada cosa debía estar en su sitio y, si algo se ensuciaba, limpiarlo no requería un esfuerzo sobrehumano. Gracias a ella, a mis diez años ya era una experta en mantener mi habitación ordenada y perfecta.
Dante... Bueno, él era un desastre con piernas. Dejaba todo tirado y solamente recogía sus cosas cuando lo obligaban. No conocía la limpieza y, para colmo, ¡era tan inútil que ni siquiera sabía tender su propia cama!
Pero, volviendo al tema principal, él era desesperante.
Si por accidente olvidaba mi ventana abierta, siempre encontraba alguna manera de hacer de las suyas en mi habitación. Recuerdo que una vez estaba haciendo la tarea cuando, de repente, recibí un golpe en la espalda. El muy hijo de su madre me había arrojado un sapo.
No hice ningún escándalo. Me puse un calcetín en cada mano y, con todo el asco que pude reunir, agarré al animal y lo tiré por la ventana.
Después de terminar mi tarea, fui a la cocina.
--Mamá, ¿puedo ir a la tienda?
Detrás de mi mejor sonrisa y de una aparente tranquilidad se escondían una enorme rabia y unas ganas terribles de vengarme, aunque mamá no tenía manera de saberlo.
--Mirá a los dos lados antes de cruzar la calle
Me dio un beso en la mejilla y algunos dólares.
--¡Gracias, mami!
Salí corriendo y gasté todos mis ahorros en purpurina. Compré de todos los colores que encontré, porque si iba a vengarme, lo haría a lo grande.
Después de eso, puse en práctica la mejor vigilancia de toda mi vida. Esperé pacientemente hasta que los McCade salieron de su casa y, apenas tuve la oportunidad, entré en la habitación de mi molesto vecino. Puse purpurina en su cama, dentro de los cajones de su ropa y hasta en su mochila. No dejé prácticamente ningún lugar sin decorar.
Cuando regresé a casa, tenía el corazón latiéndome desbocado. Me aseguré de trabar bien mi ventana y me quedé observando los movimientos de la casa de los vecinos. Estaba muy atenta a su llegada, porque quería ver qué haría Dante. Tal vez, si tenía suerte, aquella sería la última vez que se le ocurriría molestarme.
Sin embargo, extrañamente, no vino a mi casa. Tampoco hizo ningún reclamo aquella noche. Tuve que esperar hasta el día siguiente para descubrir el resultado de mi pequeña venganza.
Cuando lo vi, tenía purpurina hasta en las cejas. Parecía que un unicornio había vomitado encima de él. ¡Literalmente!
Mi madre me miró con cierta sospecha, pero Dante no hizo ningún comentario. Probablemente sabía que, si me delataba, terminaría metido en problemas por todas las veces que había entrado en mi habitación.
Siempre pensé que mi vecino era un imbécil, y eso no cambió hasta que cumplí once años, cuando un acontecimiento me obligó a notar algo que hasta entonces había pasado completamente por alto.
Recuerdo aquel dieciocho de noviembre. Era un día normal, como cualquier otro, y no tenía absolutamente nada de especial.
Mi madre me dijo que tenía que ir al médico y, como en ese momento la señora McCade no trabajaba, yo debía quedarme con ella. Insistí en que ya era lo suficientemente grande como para quedarme sola, pero mi madre seguía empeñada en tratarme como si todavía tuviera cuatro años.
Finalmente, fui hacia la casa de los McCade, completamente resignada.
--Kristy, cariño, ¿puedes ir a la habitación de Dante? Tengo que lavar los pisos-- me pidió su madre sosteniendo el trapeador
Fui hasta allí sin demasiado entusiasmo y me senté en la silla de su escritorio, completamente aburrida. Para matar el tiempo, tomé uno de los libros que nos habían dado en la escuela. Quería echarle un vistazo y descubrir qué tareas podrían darnos más adelante.
--Kristen...
Levanté la mirada al escuchar la voz de Dante.
Nunca olvidaré su rostro. Estaba sonrojado y parecía demasiado nervioso, algo bastante extraño en alguien que siempre encontraba la manera de burlarse de mí.
--Tu... tu ropa-- tartamudeó mientras señalaba mi pantalón
Dejé el libro y miré hacia abajo. Entonces lo noté: tenía una mancha de sangre en la entrepierna.
Corrí al baño y, apenas cerré la puerta, comencé a llorar. No estaba asustada porque mi madre ya me había explicado lo que podía sucederme y también me había enseñado qué debía hacer si me ocurría en la escuela. El problema era que, en ese momento, ella no estaba conmigo.
Miré mi ropa interior manchada y comprobé que el pantalón también estaba sucio. No tenía ni una sola toalla higiénica para usar y, para empeorar las cosas, estaba atrapada en el baño de mi insoportable vecino, quien acababa de encontrar una nueva razón para burlarse de mí.
De pronto, alguien golpeó la puerta. Supuse que sería su madre, pero me equivoqué.
--Kristen
--¡Vete!-- respondí, sin importarme que supiera que estaba llorando. Simplemente no podía evitarlo
--No voy a entrar. Solamente voy a darte algo
Abrió la puerta apenas lo suficiente para asomar una mano. Me sorprendió ver que tenía una toalla higiénica para mí.
La tomé sin decir nada.
--Voy a ir a tu casa a buscarte ropa. Ahora vuelvo
Escuché cómo abría su ventana mientras yo intentaba secarme las lágrimas.
Estaba convencida de que se lo contaría a todo el mundo en la escuela y que, a partir de ese momento, tendría que soportar todavía más burlas. Incluso pensé que quizás lo mejor sería cambiarme de colegio y hacer nuevos amigos. En algún momento, hasta consideré pedirle a mi tía Carol que me permitiera vivir con ella el año siguiente.
Estaba tan avergonzada que no sabía cómo iba a enfrentarme a Dante después de aquello.
Entonces volvió a golpear la puerta. La abrió lo suficiente para entregarme un pantalón y, cuando lo agarré, una de mis bragas con dibujos de osos cayó al suelo.
Él cerró inmediatamente.
Me quité la ropa manchada y comencé a limpiarme con todo el cuidado que pude. Después, me puse el pantalón que me había traído, sintiendo una vergüenza enorme al pensar que mi enemigo había tenido que buscar entre mi ropa interior para encontrarme algo que ponerme.
Cuando terminé de vestirme, no sabía cómo hacer para salir del baño. Lo último que quería era tener que verlo, especialmente después de lo que acababa de pasar.
Finalmente, reuní el valor suficiente para abrir la puerta. Salí con mi ropa manchada completamente doblada, procurando esconder las manchas de su vista. Dante estaba sentado en su cama, como si no supiera muy bien qué hacer conmigo.
--Mmm... ¿Estás bien?-- preguntó, desviando la mirada
--Quiero ir a mi casa, pero gracias
En ese momento comprobé algo que jamás habría imaginado. Dante no se estaba burlando de mí. Ni siquiera sonreía. Parecía incómodo, pero no de esa manera en la que uno se prepara para hacer una travesura, sino como si realmente no supiera qué decirme.
Cuando llegué a casa, tuve que contarle a mamá que había menstruado. Ella se ocupó de lavar mi ropa manchada y de explicarme nuevamente todo lo que necesitaba saber.
Sin embargo, el verdadero problema llegó al día siguiente, cuando tuve que ir a la escuela. Estaba convencida de que Dante se lo contaría a todo el salón y que, seguramente, aprovecharía cualquier oportunidad para hacerme pasar vergüenza.
Pero no lo hizo.
Durante una semana entera no me molestó. Ni una sola vez mencionó lo que había ocurrido, ni siquiera intentó hacer alguna de sus habituales bromas.
Y fue entonces cuando comprendí que había límites que Dante no estaba dispuesto a cruzar. Podía molestarme, decirme fea, arrojarme barro o incluso lanzarme sapos, pero había cosas con las que no jugaba.
Por primera vez, descubrí que mi insoportable vecino podía ser mucho más considerado de lo que yo jamás habría imaginado.
muy dramática yo