Laura murió después de descubrir la verdad.
Durante diez años, su esposo Manuel y su supuesta mejor amiga, Ariana, la engañaron, destruyeron sus sueños y estuvieron detrás de la tragedia que acabó con su familia. Protegidos por el poder de los Betancourt, nunca pagaron por sus crímenes.
Pero Laura despertó diez años atrás.
Esta vez conoce sus secretos. Sabe quiénes son. Sabe lo que harán.
Y no piensa volver a ser su víctima.
Para derrotarlos necesitará el mismo poder que una vez los protegió. Por eso pondrá sus ojos en Don Álvaro Betancourt, el padre de Ariana.
Se convertirá en su amante.
No por amor.
Por venganza.
Laura no vino a negociar. Regresó para destruirlo todo, aunque tenga que quemar su propio corazón en el camino.
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La trampa en la medianoche
—¿Vienes a mi casa? —me dijo Ariana, acercándose con esa sonrisa que antes me parecía sincera—. Necesito que me expliques bien el proyecto de negocios. No entiendo nada y tenemos que exponerlo pronto.
—Claro que sí —respondí de inmediato, con una calma que no sentía—. Vamos.
Era exactamente lo que esperaba. La oportunidad perfecta.
Llegamos a su casa. Grande, imponente, llena de silencios que no se decían. Y allí estaba él: Don Álvaro Betancourt, sentado en el sillón de la sala, leyendo el periódico, impecable, serio, como siempre. Al vernos entrar, levantó la vista. Sus ojos se posaron en mí más tiempo del necesario. Una sonrisa atenta apareció en su rostro.
—Buenas tardes, Laura. Qué gusto verte.
—Igualmente, Don Álvaro —le devolví la sonrisa, suave, tranquila—. Gracias por recibirme.
Subimos a la habitación de Ariana. Abrimos cuadernos, encendimos la computadora… y empecé a hablar lento, a repetir, a dejar lagunas. Retrasaba cada explicación a propósito. Hacía preguntas que ya había respondido. La hacía dudar. El tiempo corría y el proyecto apenas avanzaba.
—Ya es medianoche —dijo ella, mirando el reloj con inquietud—. Tengo que volver a mi casa.
—¿Volver a estas horas? —negué con la cabeza—. Es peligroso, Ariana. Además, no hemos terminado.
—Pero debo irme…
—Quédate —me propuso, como si se me ocurriera en ese instante—. Llama a tu casa y diles que te quedas conmigo. Mis padres no se molestarán en absoluto. Me estás ayudando, ¿no? Quédate y mañana terminamos tranquilas.
Lo pensé un momento y asentí
—Está bien. Gracias, Laurita.
No sabes a quién has dejado entrar, pensé, mientras marcaba el número. No tienes ni idea de lo que acabo de empezar.
Me prestó una pijama suya. Sencilla, de algodón, blanca. Me la puse y esperé.
A la una de la madrugada, cuando la respiración de Ariana se hizo profunda y regular, me levanté despacio. Me desarreglé el cabello, me bajé un poco el cuello de la prenda, y bajé las escaleras con pasos lentos, fingiendo el andar de quien apenas despierta.
La luz tenue de la cocina estaba encendida. Y allí estaba él.
Sentado a la mesa, con una taza de café entre las manos, unos documentos abiertos frente a sí. Ariana tenía razón: su padre era un adicto al trabajo, y de madrugada era cuando se sentía más solo, más libre.
Avancé sin prisa, bostezando, con la mirada medio perdida, como si no supiera que estaba ahí. Fui directa al refrigerador, saqué una botella de agua… y al girarme, la dejé caer.
—¡Ay! —exclamé, fingiendo susto.
El agua se derramó sobre mí, empapando la tela fina de la pijama. Se me pegó al cuerpo, dibujando cada curva, cada contorno. Me quedé inmóvil un instante, con la ropa adherida a la piel.
—Disculpe… no lo vi… —murmuré, con voz fingidamente apenada—. Qué torpe soy…
No me dijo nada. Solo me miró. Y sentí cómo sus ojos recorrían cada centímetro de mi cuerpo, sin prisa, sin disimulo. Me devoraba con la mirada.
Me agaché para recoger la botella, despacio, dándole tiempo. De espaldas a él, sabiendo perfectamente lo que mostraba: mi cintura, mis caderas, mi trasero redondeado y firme. Me tomé mi tiempo. Dejé que viera todo lo que quería ver.
Cuando me puse de pie, me arreglé la ropa sin lograrlo del todo.
—Lo siento mucho… regreso a la habitación… no quiero interrumpirlo… —dije, con paso apresurado.
—¿Por qué tanta prisa, Laura? —su voz sonó más grave de lo normal—. Siéntate. ¿Quieres algo caliente?
Me detuve, me giré lentamente y sonreí, inocente y agradecida.
—Sí… gracias, Don Álvaro.
Me preparó un café. Se sentó frente a mí. Durante media hora hablamos de todo y de nada. Me preguntó qué estudiaba, qué me gustaba hacer, cómo eran mis días. Escuchaba atento, asintiendo, acercándose un poco más cada vez. Hasta que llegó la pregunta que esperaba.
—¿Tienes novio, Laura?
Levanté la vista, encontré sus ojos y sonreí con picardía, suave:
—¿Por qué me pregunta eso?
Soltó una risa baja, profunda:
—Porque me parece que tus compañeros son unos idiotas. Una muchacha tan linda… y sola. Si yo tuviera tu edad, hace rato que ya serías mi novia.
Me llevé una mano al pecho, fingiendo sorpresa:
—¿En serio? ¿Tan linda le parezco?
Me puse de pie despacio. Di un paso hacia él. Le señalé mi rostro con la punta de los dedos:
—¿Le parezco hermosa, Don Álvaro?
Y luego, bajé la mano despacio, señalando mi cuerpo, donde la tela aún se pegaba a mi piel:
—¿Y le parece que tengo un buen cuerpo? ¿Qué opina?
Lo vi tragar. Se quedó sin palabras, con la mirada fija en mí, perdido, atrapado. El anzuelo estaba bien clavado. Y esta vez… no lo soltaría jamás.
es increíble como puede manipular así
espero con ansias los siguientes capítulos
con esa familia , y no termines vos perdiendo tu vida en una trampa de ellos 🤔😕