En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.
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Capítulo 10: Seis meses
La primera luz del amanecer atravesó la ventana antes de que Elia abriera los ojos.
Durante unos segundos permaneció quieta.
El techo de madera de la habitación estaba apenas iluminado por el sol naciente.
Desde algún lugar del exterior llegaban los primeros sonidos de Ardentia, ruedas de carros pasando por la calle, voces lejanas de comerciantes preparando sus puestos y el canto de algunos pájaros escondidos entre los tejados.
Elia parpadeó.
Sentía el cuerpo cansado.
No era un cansancio que le impidiera levantarse, sino uno profundo, acumulado en los brazos, las piernas y la espalda después de los últimos días de entrenamiento y la misión.
Se sento lentamente.
—Estoy bien.
Murmuró para sí misma.
Luego miró sus manos.
Pequeñas gotas de agua aparecieron sobre sus dedos.
Flotaron unos centímetros sobre la palma antes de caer.
Elia sonrió, aquello le recordó la misión del día anterior.
Había utilizado bastante magia.
Demasiada, quizá.
Pero no se arrepentía.
Esa misión le enseño algo que un entrenamiento normal no podía enseñarle.
Había aprendido que los monstruos no siempre atacaban de la misma manera, que los aventureros tenían que observar el terreno antes de atacar y que incluso la magia podía ser inútil si se utilizaba en el momento equivocado.
También había comprendido algo más importante y era que todavía era demasiado débil.
Elia apretó los puños.
—Tengo que mejorar.
Se levantó de la cama.
Se acercó y la tomó.
—Buenos días.
Dijo para si misma.
—Hoy tengo que cobrar la misión.
Después se quedó pensando.
—Y entrenar.
Una pausa.
—Mucho.
Se vistió y salió de la habitación, en la Casa de los Puentes ya había movimiento.
Tarin estaba ayudando a preparar el desayuno mientras algunos de los niños acomodaban las mesas, Nima estaba sentada en una esquina, abrazando a Pipa.
Elia se detuvo.
—¿No la tenías tú?
Preguntó.
Nima levantó la muñeca.
—Me la dejaste.
—Es verdad.
Elia sonrió.
—Puedes quedártela.
Nima asintió contenta.
Tarin apareció cargando una bandeja.
—¿Dormiste?
—Sí.
Tarin la observó unos segundos.
—Tienes cara de haber entrenado toda la noche.
—No entrené toda la noche.
—Eso no fue lo que pregunté.
Elia desvió la mirada.
—Dormí bastante.
—Elia.
—Un poco.
Tarin suspiró.
—Madre Liria va a enterarse.
—No hice nada malo.
—Eso dices siempre.
Elia se sentó a la mesa.
Había pan, frutas, huevos y una sopa ligera.
Comió con rapidez, aunque intentó hacerlo más despacio cuando Tarin la miró.
—Hoy voy al gremio.
Dijo Elia.
—¿Otra misión?
—Primero voy a cobrar la de ayer.
Tarin asintió.
—¿Y después?
Elia levantó la mirada.
—Entrenamiento.
—Claro.
—Bram dijo que tengo que mejorar mi equilibrio.
—Entonces será mejor que le hagas caso.
Elia apoyó las manos sobre la mesa.
—También quiero aprender más hechizos.
—¿Más?
—Solo conozco algunos.
—Conoces magia de agua, fuego y rayo.
—Pero todavía no puedo hacer animales de fuego ni de rayo.
Tarin sonrió.
—¿Animales?
—Sí.
—¿Por qué quieres hacer animales?
Elia se quedó pensando.
—Porque pueden moverse solos.
Tarin tardó unos segundos en responder.
—Eso... tiene sentido.
Elia terminó el desayuno y ayudó a recoger los platos.
Antes de salir, Madre Liria apareció en la entrada.
—Elia.
—¿Sí?
—No regreses demasiado tarde.
—Lo prometo.
—Y no intentes enfrentarte sola a nada.
Elia hizo una expresión seria.
—No lo haré.
Madre Liria la miró fijamente.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Entonces Elia salió.
La mañana de Ardentia ya estaba completamente despierta.
Caminó por las calles hasta el Gremio de Aventureros.
A diferencia del día anterior, no llevaba armas ni equipo especial, solo su pequeña bolsa y la insignia de aprendiz.
Al entrar, reconoció inmediatamente el lugar.
Aventureros conversaban alrededor de las mesas, algunos revisaban mapas y otros discutían sobre recompensas.
Hessa estaba detrás del mostrador.
Cuando vio a Elia, levantó la cabeza.
—Llegas temprano.
—Vine por la paga.
Hessa soltó una pequeña risa.
—Directa como siempre.
Revisó algunos documentos.
—La misión del Molino del Sauce quedó registrada correctamente. Orven ya aprobó el informe.
Sacó una pequeña bolsa.
—Esta es tu parte.
Elia recibió la bolsa con ambas manos.
El sonido de las monedas hizo que sus ojos brillaran.
—¿Cuánto es?
—Tu parte correspondiente como aprendiz.
Elia abrió la bolsa.
Contó.
Una vez.
Luego otra.
—Es bastante.
—Para ti, sí.
Elia cerró la bolsa.
Aquellas monedas no eran solamente dinero.
Eran comida.
Ropa.
Medicinas y quizá algún día serían ladrillos.
Ladrillos para construir su hogar.
Un lugar donde ningún niño tuviera que quedarse solo.
—¿En qué piensas?
Preguntó Hessa.
Elia guardó la bolsa.
—En el futuro.
Hessa sonrió.
—Eso suena peligroso viniendo de ti.
Elia no entendió la broma.
—¿Dónde está Orven?
—En su despacho.
Elia se dirigió hacia allí.
Golpeó la puerta.
—Adelante.
Entró.
Maese Orven estaba revisando varios documentos.
—Elia.
—Vine por la paga.
—Hessa ya se encargó de eso, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces supongo que también vienes a preguntar por tu próxima misión.
—También.
Orven dejó los documentos.
—Siéntate.
Elia se sentó frente a él.
Orven la observó durante unos instantes.
—Ayer hiciste un buen trabajo.
Elia permaneció callada.
—Pero todavía cometiste varios errores.
Ella bajó ligeramente la cabeza.
—Lo sé.
—Eso es bueno. Significa que estás aprendiendo.
Orven tomó uno de los informes.
—Tu evaluación final de aprendiz se acerca.
Los ojos de Elia se abrieron.
—¿Cuándo?
—En aproximadamente seis meses.
Elia se quedó inmóvil.
—¿Seis meses?
—Puede ser antes. Dependerá de tu progreso.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Demostrar que puedes actuar como aventurera sin depender constantemente de otros.
Elia apretó las manos.
—Puedo hacerlo.
—No he terminado.
Orven levantó un dedo.
—No basta con ser fuerte.
Segundo dedo.
—Necesitas controlar tu magia.
Tercero.
—Debes saber cuándo luchar y cuándo retirarte.
Cuarto.
—Y debes proteger a tus compañeros.
Elia escuchó atentamente.
—¿Y si fallo?
Orven guardo silencio unos segundos.
—Entonces seguirás siendo aprendiz.
Elia pareció decepcionada.
—No quiero fallar.
—Entonces no falles.
Ella levantó la cabeza y Orven sonrió ligeramente.
—Pero tampoco intentes convertir esos seis meses en una guerra contra ti misma.
Elia frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que entrenar hasta caer inconsciente no te hará más fuerte si luego no puedes levantarte al día siguiente.
Elia guardó silencio.
Orven había entendido exactamente lo que estaba haciendo.
—Necesitas disciplina.
Continuó.
—No desesperación.
Aquella palabra quedó en la mente de Elia.
Desesperación.
Ella no quería ser desesperada, solo quería ser fuerte.
Porque algún día construiría un hogar para proteger a los niños.
Porque había perdido a Mara y porque a cada momento recordaba aquella noche.
El fuego, los gritos, los monstruos y aquella figura.
Una silueta que había visto entre el caos antes de escapar.
No sabía quién era pero algún día descubriría la verdad.
—Quiero aceptar más misiones.
Dijo.
Orven negó con la cabeza.
—No todavía.
—¿Por qué?
—Porque primero quiero que entrenes.
Elia hizo una mueca.
—¿Cuánto?
—Todo lo que puedas.
—Eso será dificil.
Orven soltó una carcajada.
—Ahora serán dos sesiones por dia.
Los ojos de Elia brillaron.
—¿Dos?
—Si cómo antes pero solo sean dos secciones, una física y otra mágica.
—Acepto.
—Y tendrás que aprender algo nuevo.
—¿Qué?
Orven señaló hacia la puerta.
—Control.
Elia inclinó la cabeza.
—¿Control?
—Tienes tres atributos elementales. Agua, fuego y rayo. Para alguien de tu edad, eso ya es extraordinario.
—Quiero más.
—Precisamente por eso necesitas control.
Orven se levantó.
—Bram está esperándote en el patio.
Elia saltó de la silla.
—¡Voy!
—Elia.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
—No olvides que una aventurera no se mide únicamente por la cantidad de magia que puede lanzar.
Elia asintió.
—Lo recordaré.
Salió del despacho y en el patio, Bram ya estaba esperando.
Su escudo descansaba junto a una pared.
—Llegas tarde.
Elia miró el cielo.
—¡Pero si todavía es temprano!
—Llegas tarde para mí.
—Eso no cuenta.
Bram sonrió.
—Comenzamos.
El entrenamiento fue brutal, primero corrió y después levantó pesas.
Luego realizó ejercicios de equilibrio sobre troncos estrechos mientras Bram intentaba hacerla perder la concentración utilizando pequeñas ondas de tierra.
Elia cayó varias veces, pero cada vez se levantó.
Después vino el combate y aunque Bram no utilizó toda su fuerza, tampoco se lo puso fácil.
Elia intentó golpear su escudo.
Una vez.
Dos.
Tres.
Bram bloqueó todos los ataques.
—No uses solamente fuerza.
Elia retrocedió.
—Entonces velocidad.
Avanzó.
Bram volvió a bloquear.
—Tampoco.
Elia giró.
Intentó atacar desde un ángulo diferente.
Bram levantó el escudo.
—Mejor.
Elia sonrió.
Entonces una pequeña corriente de agua apareció alrededor de su brazo.
Bram abrió los ojos.
—No.
Elia lanzó el golpe.
El agua chocó contra el escudo y se dispersó.
Bram dio un paso atrás.
—Eso fue mejor.
Elia respiró agitada.
—¿Viste?
—Sí.
—Puedo hacerlo.
—Puedes hacerlo de manera imperfecta.
—¡Eso sigue siendo hacerlo!
Bram rio.
—Supongo.
Después del entrenamiento físico llegó la magia.
Sira Lumen se unió a ellos.
—¿Preparada?
—Sí.
—Entonces muéstrame tu animal de agua.
Elia extendió ambas manos.
El mana comenzó a reunirse.
Una pequeña esfera de agua apareció frente a ella.
La esfera se alargó.
Primero tomó la forma de un cuerpo.
Después cuatro patas.
Una cabeza.
Dos orejas.
Una cola.
Finalmente apareció un pequeño zorro hecho completamente de agua.
Elia abrió los ojos.
—¡Lo hice!
El animal caminó.
Dos pasos.
Tres.
Luego tropezó y se deshizo sobre el suelo.
Silencio, Elia miró el charco.
—Parece que no me recupere.
Sira sonrió.
—Parece que no.
Bram cruzó los brazos.
—¿Puedes mantenerlo?
Elia volvió a intentarlo.
Esta vez el zorro apareció más pequeño.
Pero se mantuvo.
Caminó alrededor de ella.
—No intentes darle demasiada fuerza.
Explicó Sira.
—Primero céntrate en mantener la estructura.
Elia asintió.
El pequeño zorro corrió alrededor de sus pies.
Por primera vez comprendió que aquella técnica podía convertirse en algo mucho más útil y aunque la había usado en la misión contra un monstruo le era difícil ya que no descanso.
No solamente un animal, podía crear varios y se me ocurrio hacer que exploraran.
Podía utilizarlos para buscar personas, tal vez incluso podría darles formas diferentes.
—Quiero hacer uno de fuego.
Sira negó con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque el agua es estable para ti. El fuego exige más control.
—¿Y el rayo?
—Muchísimo más.
Elia miró sus manos.
Tres elementos.
Tres caminos y todavía sentía que no eran suficientes.
—Entonces aprenderé.
Sira la miró.
—Eso esperaba escuchar.
El entrenamiento continuó hasta pasado el mediodía y cuando finalmente terminó, Elia estaba agotada.
Bram le entregó una botella de agua.
—Descansa.
Ella bebió.
—Mañana otra vez.
—Sí.
—Y pasado mañana.
—Sí.
—Y todos los días.
Bram sonrió.
—Si sigues así, quizá dentro de seis meses estés lista.
Elia miró hacia el cielo.
Seis meses.
Parecía mucho tiempo.
Pero también parecía poco.
Si quería convertirse en aventurera de verdad, tendría que aprovechar cada día.
Y si quería algún día descubrir quién había estado detrás de la destrucción de su antiguo ogar... tendría que ser todavía más fuerte.
Elia no sabía que, en ese mismo momento, lejos de Ardentia, alguien estaba hablando de Valdoria.
Un hombre vestido con una capa oscura dejó un documento sobre una mesa.
—La niña sobrevivió.
Frente a él había otra persona.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Entonces el asunto todavía no terminó.
El documento tenía un sello y era un sello que Elia jamás había visto.
Todavía no, al regresar a la Casa de los Puentes, Elia encontró a Nima jugando con Pipa.
Tarin estaba arreglando una de las ventanas.
—¿Cómo fue?
Preguntó.
Elia dejó la bolsa de monedas sobre la mesa.
—Tengo seis meses.
Tarin dejó de trabajar.
—¿Para qué?
—Para convertirme en aventurera.
Nima levantó la cabeza.
—¿Y después?
Elia miró a los dos y sonrió.
—Después seré más fuerte.
—¿Para qué?
Preguntó Tarin.
Elia pensó en Mara, en Valdoria y pensó en todos los niños que todavía no tenían un lugar al que llamar hogar.
—Para que algún día podamos construir uno.
Tarin la observó, no necesitaba preguntar a qué se refería.
Elia tomó a Pipa de las manos de Nima y se la devolvió.
—Mientras tanto, tenemos que seguir creciendo.
Nima abrazó la muñeca.
—¿Yo también?
Elia se agachó frente a ella.
—Tú también.
—¿Aunque sea pequeña?
—Precisamente por eso.
Nima sonrió.
Aquella noche, después de cenar, Elia volvió a su habitación.
Se sentó en el suelo.
Cruzó las piernas, cerró los ojos y respiró lentamente.
El mana comenzó a moverse dentro de su cuerpo.
Una pequeña corriente, después otra y así Elia recordó las palabras que había leído anteriormente sobre las Cinco Llaves.
Cápsulas internas capaces de almacenar mana, aunque todavía no comprendía completamente cómo funcionaban.
Pero cuanto más pensaba en ellas, más convencida estaba de que existía una manera de construirlas.
No sabía si alguien de su edad lo había intentado, no sabía si era peligroso y no sabía qué ocurriría si algún día conseguía crear más de cinco.
Pero tenía una idea.
Una idea que todavía no se atrevía a contarle a nadie.
Si cinco llaves podían almacenar grandes cantidades de mana... ¿qué ocurriría si creaba nueve?
Elia abrió los ojos y por un instante, nueve pequeños puntos de luz aparecieron frente a ella y desaparecieron inmediatamente.
Elia parpadeó.
No estaba segura de haberlos visto realmente.
—Nueve...
Miró sus manos.
—Estrellas.
No sabía todavía cómo funcionaría aquella idea.
Pero algo dentro de ella le decía que algún día descubriría la respuesta y que cuando llegara ese momento, quizá las Cinco Llaves dejarían de ser suficientes para describir lo que había creado.
Mientras afuera, Ardentia dormía, Elia volvió a cerrar los ojos y entonces una pequeña esfera de mana comenzó a formarse en su interior.
Dentro de la Casa de los Puentes, los niños descansaban y en algún lugar muy lejano, una verdad relacionada con Valdoria comenzaba lentamente a acercarse a ella.
Elia todavía no podía verla y auque la viera todavía no podría entenderla.
Pero los próximos seis meses cambiarían muchas cosas y aquel era apenas el primer día.
El entrenamiento de Elia cambió desde aquella conversación con Orven.
Durante los primeros días intentó mantener el mismo ritmo que antes, pero pronto descubrió que aquello no sería suficiente.
Bram no le permitía concentrarse únicamente en su fuerza.
Si Elia levantaba las pesas demasiado rápido, le hacía repetir el ejercicio.
Si atacaba utilizando solamente la fuerza de sus brazos, la obligaba a empezar de nuevo.
Si utilizaba magia para compensar un movimiento que no podía realizar físicamente, Bram golpeaba el suelo con su escudo y le recordaba:
—La magia debe complementar tu cuerpo.
Elia no estaba de acuerdo.
—Pero si puedo usar magia, ¿por qué no hacerlo?
—Porque algún día te quedarás sin mana.
—Entonces tendré más.
—¿Y si estás herida?
Elia guardó silencio.
—¿Y si estás en un lugar donde no puedes concentrarte?
Continuó Bram.
—¿Y si alguien interrumpe tu hechizo? ¿Y si tienes que proteger a alguien mientras luchas?
Elia bajó la mirada.
—Entonces necesitaré las dos cosas.
—Exactamente.
Bram levantó su escudo.
—Otra vez.
Elia respiró profundamente.
Se colocó en posición.
Esta vez no intentó atacar.
Observó y Bram esperaba.
Elia dio un paso hacia la izquierda, Bram movió ligeramente el escudo.
Otro paso.
El escudo volvió a seguirla.
Elia sonrió.
Había entendido.
No tenía que intentar atravesar la defensa.
Tenía que hacer que Bram creyera que iba a hacerlo.
Elia retrocedió y Bram avanzó.
Elia giró sobre un pie y utilizó una pequeña corriente de agua para deslizarse hacia un lado.
No era un gran hechizo pero le permitió aparecer detrás del escudo.
Bram se giró rápidamente, Elia ya estaba lanzando el golpe.
El escudo recibió el impacto.
Bram retrocedió medio paso.
—Mucho mejor.
Elia sonrió.
—¿Ganaría?
—No.
La sonrisa desapareció.
—¿Por qué?
—Porque si esto fuera un combate real, todavía estarías demasiado cerca.
Elia miró la posición de sus pies.
Bram tenía razón.
Había conseguido acercarse, pero había dejado demasiadas posibilidades para que la atacarán.
—Otra vez.
—¿Otra vez?
—Hasta que entiendas por qué.
Elia suspiró.
—Está bien.
Y continuaron para cuando finalmente terminó la sesión física, Elia tenía el cabello pegado a la frente por el sudor.
Se sentó en el suelo y respiró profundamente.
Bram le entregó una toalla.
—Descansa diez minutos.
—Cinco.
—Diez.
—Siete.
—Diez.
—Está bien.
Elia se secó la cara.
Mientras esperaba, miró el pequeño estanque que había en uno de los extremos del patio.
No era grande.
Servía principalmente para que Sira practicara algunos hechizos de curación y para que los aventureros pudieran limpiar sus equipos después de entrenar.
Pero Elia lo miraba de otra manera.
Para ella era una reserva, un lugar lleno de agua y una fuente de posibilidades.
Se acercó cuando terminó el descanso y Sira ya estaba allí.
—Hoy quiero que hagamos algo diferente.
Dijo la Sira.
Elia levantó la cabeza.
—¿Un hechizo nuevo?
—Algo más difícil.
Sira señaló el estanque.
—Crea una criatura.
Elia sonrió.
—Eso ya puedo hacerlo.
—Sí.
Sira cruzó los brazos.
—Pero esta vez no quiero que la mantengas utilizando constantemente tu mana.
Elia frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Eso tendrás que descubrirlo.
Elia miró el agua y aquella era precisamente la pregunta que llevaba varios días rondando su cabeza.
Había intentado pensar en ella durante las noches.
Sus animales de agua eran simples construcciones mágicas.
Mientras ella les proporcionaba mana, podían moverse.
Cuando dejaba de hacerlo, perdían su forma.
Era como mantener una cuerda tensa.
Si soltaba la cuerda, todo terminaba.
Pero quizá existiera otra manera.
Elia extendió las manos y el agua del estanque comenzó a elevarse.
Al principio formó una esfera, después apareció un cuerpo pequeño.
Cuatro patas, una cola y por último una cabeza.
El zorro de agua apareció frente a ella.
Esta vez era más grande que los anteriores.
Elia respiró lentamente.
En lugar de enviar mana directamente a toda la criatura, concentró una pequeña cantidad en el centro de su cuerpo.
El zorro tembló.
Sus patas comenzaron a deformarse.
—No.
Murmuró Elia.
Intentó estabilizarlo y la criatura volvió a recuperar su forma pero el esfuerzo le hizo sentir un ligero agotamiento.
Sira observaba sin intervenir.
—¿Qué estás intentando?
—Crear algo que pueda mantenerse solo.
—¿Por qué?
Elia tardó un instante en responder.
—Porque si algún día tengo que proteger a muchas personas, no puedo gastar todo mi mana manteniendo criaturas.
Sira sonrió ligeramente.
—Continúa.
Elia cerró los ojos y recordó la estructura de sus hechizos.
El mana no desaparecía.
Se movía.
Ella lo utilizaba para crear la forma, pero después tenía que seguir alimentándola.
¿Qué pasaría si una pequeña parte del mana quedara dentro?
No como alimento, sino como un núcleo.
Elia intentó concentrar la energía y entonces una pequeña esfera azul apareció dentro del cuerpo del zorro.
La criatura dejó de temblar y finalmente Elia abrió los ojos.
—¡Funcionó!
Sira levantó una mano.
—No te emociones todavía.
Elia retiró lentamente su mana.
El zorro permaneció de pie.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Elia dejó de respirar.
Cuatro.
Cinco.
La criatura dio un paso.
Elia sonrió.
Seis.
Siete.
El zorro dio otro paso y entonces Elia retrocedió.
No estaba enviándole mana, no directamente.
El animal seguía existiendo.
—Sira...
—Lo veo.
El zorro caminó lentamente por el patio.
Ocho pasos.
Nueve.
Diez.
Después su cuerpo comenzó a perder estabilidad y finalmente el agua cayó al suelo.
Elia se quedó mirando el charco.
—Duró diez segundos.
—Once.
Corrigió Sira.
—¿Eso es bueno?
—Para ser tu primer intento, sí.
Elia miró sus manos.
—Entonces se puede hacer.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—Todavía no sabemos qué estás creando exactamente.
Sira se agachó junto al charco.
—Un hechizo normal utiliza mana para producir un efecto. Tú estás intentando crear una estructura que conserve una reserva de energía y pueda mantener su propia forma.
Elia escuchaba atentamente.
—Entonces...
—Entonces todavía tienes mucho que aprender.
Elia sonrió.
—Perfecto.
Sira arqueó una ceja.
—¿Perfecto?
—Si fuera fácil, no sería divertido.
Bram, que había estado escuchando desde lejos, soltó una carcajada.
—Esa actitud te va a meter en problemas.
—Entonces tendré que ser más fuerte que los problemas.
Sira negó con la cabeza pero también sonrió.
Los días siguientes se llenaron de experimentos.
Elia descubrió que no podía simplemente poner una esfera de mana dentro de una criatura y esperar que funcionara.
La estructura debía ser estable.
El mana debía circular.
La forma debía tener un límite y sobre todo, el núcleo no podía ser demasiado grande.
Cuando utilizaba demasiado mana para crear el núcleo, la criatura se volvía inestable y cuando utilizaba muy poco, desaparecía rápidamente.
Probó con un conejo.
Duró cuatro segundos.
Probó con un pájaro.
Tres.
Probó nuevamente con el zorro.
Veintidós segundos.
Aquello hizo que Elia saltara de alegría.
—¡Veintidós!
Sira levantó un dedo.
—Veintitrés.
—¡Veintitrés!
La criatura caminó alrededor de ellas.
Era pequeña, pero cada día parecía más estable.
Elia comenzó a darle órdenes sencillas.
—Camina.
El zorro caminó.
—Detente.
Se detuvo.
Elia abrió mucho los ojos.
—¿Me entiende?
—No necesariamente.
Dijo Sira.
—Puede que solamente responda al patrón mágico que utilizaste.
Elia se agachó.
—Ven.
El zorro se acercó, Elia extendió una mano y la criatura tocó su palma con el hocico.
Era fría.
Pero por alguna razón, Elia sintió algo extraño.
No era vida, no exactamente y tampoco parecía un simple hechizo.
—Algún día.
Susurró.
–Podré hacerlos durar todo el tiempo que quiera.
Sira no respondió,.sabía que aquella niña no estaba hablando únicamente de un experimento.
Estaba construyendo una idea.
Una magia propia y las magias propias rara vez nacían pequeñas.
Al terminar la segunda sesión del día, Elia salió del gremio.
El sol comenzaba a bajar.
Había pasado horas entrenando, pero en lugar de regresar directamente a la Casa de los Puentes, se detuvo frente a una tienda.
Era una pequeña librería especializada en magia.
Elia miró los libros desde el exterior.
Había uno sobre magia elemental.
Otro sobre invocaciones, uno sobre círculos mágicos y otro sobre almacenamiento de mana.
Este último llamó inmediatamente su atención.
Entró y una campanilla sonó.
—Buenas tardes.
Dijo una mujer mayor desde el mostrador.
Elia se acercó.
—¿Tiene libros sobre almacenamiento de mana?
La mujer la observó.
—¿Para qué?
—Estoy investigando.
—Eso no responde la pregunta.
Elia pensó unos segundos.
—Quiero hacer una técnica.
—¿Qué técnica?
Elia recordó las Cinco Llaves.
—Una técnica para guardar mana dentro de mi cuerpo.
La mujer dejó de ordenar unos libros.
—¿Cinco Llaves?
Elia abrió los ojos.
—¿Cómo sabe eso?
La mujer sonrió.
—Porque acabas de describir una teoría bastante antigua.
Sacó un libro de un estante.
—Pero no es una técnica sencilla.
Elia tomó el libro.
Pesaba bastante.
—¿Puedo comprarlo?
—Puedes leerlo primero.
La mujer señaló una mesa y entonces Elia se sentó.
Pasó las páginas.
La teoría de las Cinco Llaves hablaba de dividir la reserva mágica de una persona en compartimentos independientes.
Cada uno podía almacenar mana.
Pero había un problema y era que el cuerpo humano no estaba diseñado para soportar demasiados núcleos independientes.
Elia frunció el ceño.
—Entonces cinco es el límite.
—Según esa teoría.
—¿Y si no lo fuera?
La mujer la miró.
—Entonces tendrías que descubrirlo tú.
Elia continuó leyendo.
No encontró la respuesta, pero encontró algo más.
Una palabra.
"Estrella".
El concepto aparecía solamente una vez, en una nota escrita por un antiguo investigador.
Elia la leyó varias veces.
No entendía completamente lo que significaba.
Pero guardó aquella palabra en su memoria.
Estrella y entonces cerró el libro.
Quizá algún día comprendería por qué aquella palabra aparecía allí.
Y quizá entonces descubriría que su idea de las nueve estrellas no era tan absurda como parecía.
Elia regresó a la Casa de los Puentes cuando el cielo ya estaba oscureciendo.
Tarin estaba sentado junto a la ventana.
—Llegaste tarde.
—Estaba entrenando.
—Eso ya lo imaginaba.
Nima corrió hacia ella.
—¡Elia!
Elia se agachó y la recibió con una sonrisa.
—¿Qué pasó?
—Madre Liria dice que tienes que comer.
—Entonces vamos.
Durante la cena, Elia habló sobre el entrenamiento.
No contó todo, no mencionó el libro y tampoco habló de las Cinco Llaves.
Pero sí contó sobre el zorro de agua.
—¿Y puede moverse sin que lo controles?
—Todavía no mucho.
—¿Cuánto tiempo?
—Veintitrés segundos.
Nima abrió los ojos.
—¡Muchísimo!
Elia rio.
—Todavía no.
Tarin apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Para qué quieres hacer eso?
Elia respondió.
—Quiero que mis invocaciones puedan proteger personas aunque yo esté lejos.
Tarin se quedó pensativo.
—Eso podría ser útil.
—Mucho.
Elia miró a los niños alrededor de la mesa.
—Imagínate un hogar protegido por criaturas mágicas.
Nima abrazó a Pipa.
—¿Como guardianes?
—Sí.
—¿Nos protegerían?
Elia sonrió.
—Sí.
Nima pareció satisfecha.
Elia bajó la mirada hacia su plato.
Su sueño parecía cada vez más grande.
Primero quería convertirse en aventurera y después quería hacerse fuerte.
Ahora quería aprender una magia que nadie le había enseñado y algún día quería construir un hogar.
No solo una casa, un lugar donde los niños pudieran dormir tranquilos.
Un lugar donde pudieran estudiar, comer, aprender magia si tenían talento, aprender a luchar si lo necesitaban, aprender a sobrevivir.
Elia no quería que nadie volviera a sentirse tan indefenso como ella aquella noche en Valdoria.
Después de cenar ayudó a limpiar y después acompañó a Nima hasta su habitación.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Elia.
—Cuida a Pipa.
Nima abrazó la muñeca.
—Siempre.
Elia sonrió y salió.
Cuando todos estuvieron dormidos, regresó a su habitación.
Se sentó en el suelo.
La casa estaba silenciosa.
Cerró los ojos.
Comenzó a meditar.
Su mana respondió primero como una pequeña corriente, después como un río.
Elia intentó visualizar las Cinco Llaves.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Pero entonces recordó aquella palabra.
Estrella.
Abrió los ojos.
—¿Por qué nueve?
No tenía una respuesta.
Solo una sensación.
Volvió a cerrar los ojos.
Intentó crear una sexta cámara imaginaria.
Le dolió la cabeza.
Abrió los ojos inmediatamente.
—Todavía no.
No insistió.
En lugar de eso, regresó a las cinco y entonces una pequeña reserva.
Otra.
Otra.
Poco a poco, Elia comenzó a comprender que las llaves no tenían que ser simples depósitos.
Podían tener funciones, una podía almacenar mana, otra podía ayudar a recuperarlo, la otra podía reforzar el cuerpo, otra podía alimentar hechizos.
Y quizá otra... podría servir para las invocaciones, Elia sonrió.
Todavía no sabía cómo hacerlo, pero la idea estaba allí.
Las Cinco Llaves podían convertirse en algo más y si algún día llegaba a crear nueve... quizá las llamaría de otra manera.
No llaves.
Estrellas.
Porque cada una tendría su propia función.
Cada una sería diferente y juntas formarían algo mucho mayor, Elia se quedó mirando sus manos.
Una pequeña chispa azul apareció entre sus dedos y después se convirtió en una gota de agua, asta que fiinalmente desapareció.
—Todavía me falta mucho.
Pero no estaba triste.
Por primera vez, seis meses no le parecían poco tiempo.
Le parecían una oportunidad se levantó y antes de acostarse, miró al cielo.
—Voy a conseguirlo.
No sabía exactamente qué.
Ser aventurera, der fuerte, crear sus invocaciones o descubrir las Cinco Llaves.
Tal vez algo más como las nueve estrellas y algún día descubrir qué había ocurrido realmente en Valdoria.
Todo parecía formar parte del mismo camino, Elia apagó la lámpara.
Se acostó, cerró los ojos, pero justo antes de quedarse dormida, recordó algo.
La figura que había visto aquella noche, una persona entre los monstruos.
No había podido distinguir su rostro, solo recordaba una cosa y era una pequeña marca brillante en su mano.
Una forma parecida a una estrella, Elia abrió los ojos y por primera vez en mucho tiempo, sintió un escalofrío.
—¿Por qué...?
No terminó la pregunta cuando afuera el viento pasó entre los edificios de Ardentia.
Y muy lejos de allí, en una habitación iluminada únicamente por una vela, alguien abrió un viejo registro.
En una de sus páginas aparecía el nombre de Valdoria.
Debajo había una lista con nombres de adultos y nombres de niños.
Aunque algunos estaban tachados, otros tenían una pequeña marca al lado.
Y junto a uno de ellos había una anotación reciente.
Superviviente confirmada y entonces la vela tembló y el viejo registro se cerró.
Elia, sin saberlo, acababa de dar el primer paso hacia una verdad que llevaba años esperando ser descubierta.
Y cuando finalmente la encontrara, tendría que decidir qué hacer con ella.