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EL MERCADER DE DOS ERAS

EL MERCADER DE DOS ERAS

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Época
Popularitas:352
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.

Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.

Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.

Pero cada viaje modifica algo.

Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.

Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El primer cargamento

A la mañana siguiente, Lin Chen fue directamente a un supermercado mayorista.

No compró diez jin de sal.

Compró cincuenta kilogramos.

Se detuvo un momento frente al carrito.

Era absurdo.

El costo total era tan bajo que tuvo que revisar dos veces la etiqueta.

En Qinghe, aquella cantidad podía convertirse en una pequeña fortuna.

Pero no podía llevar todo.

Todavía no conocía los límites de la puerta.

Ni los riesgos.

Compró además bolsas de tela sin marcas.

Un embudo.

Una balanza portátil.

Y recipientes herméticos.

Regresó al apartamento.

Durante varias horas abrió paquetes, eliminó envolturas modernas y transfirió la sal a bolsas tradicionales.

Ninguna etiqueta.

Ningún código de barras.

Ningún plástico visible.

Todo debía parecer mínimamente creíble.

Después realizó una prueba.

Colocó diez kilogramos en una caja.

Atravesó la puerta.

Funcionó.

Volvió.

Añadió más.

Veinte.

Treinta.

Cincuenta.

No hubo problemas.

Lin Chen comenzó a preguntarse si existía realmente un límite.

Pero todavía no intentaría descubrirlo cargando cientos de kilos.

Su prioridad era no perder el control.

Preparó diez jin para Han De.

Además guardó otros cinco como reserva.

Cuando llegó a Qinghe, Han De ya estaba esperándolo.

El comerciante observó las bolsas.

Luego a Lin Chen.

—Realmente volviste.

—Dije que volvería.

Han De abrió una.

Probó.

Misma calidad.

Su expresión se volvió seria.

—¿Cuánto tienes?

—Diez jin.

—Los compro.

Pagó sin discutir.

Mil ochocientas monedas.

Era demasiado peso para llevar cómodamente.

Han De cambió parte por plata.

Fue la primera vez que Lin Chen vio un tael.

Una pequeña pieza de plata.

Han De explicó la equivalencia aproximada.

Lin Chen escuchó con atención.

El sistema no era completamente estable.

El valor variaba según región y calidad de la plata.

Pero ya tenía una referencia.

Mil monedas equivalían aproximadamente a un tael de plata en muchas transacciones.

Su primera venta grande le había dado casi dos taeles.

Lin Chen guardó la plata.

Han De sirvió té.

—Ahora dime la verdad.

Lin Chen lo miró.

—¿Qué verdad?

—No eres comerciante.

—Estoy aprendiendo.

—Eso ya lo sé.

Han De señaló sus manos.

—No tienes callos de agricultor. No tienes manos de artesano. No pareces sirviente. Tampoco hablas como un noble.

Lin Chen permaneció en silencio.

—Y tu ropa es extraña.

Lin Chen bajó la mirada.

Había hecho un buen trabajo adaptándose.

Pero para alguien de aquella época, los pequeños detalles seguían siendo evidentes.

—Mi familia vive lejos.

—¿Dónde?

—Muy lejos.

Han De soltó una risa.

—Respuesta conveniente.

Lin Chen sonrió.

—También es verdad.

Han De no insistió.

—No me importa de dónde vengas mientras tu mercancía sea buena.

Eso era exactamente lo que Lin Chen necesitaba.

Un comerciante práctico.

No un investigador.

—Tengo una pregunta.

—Pregunta.

—¿Qué productos son difíciles de conseguir aquí?

Han De lo miró.

—Eso depende.

—Productos cotidianos.

El hombre comenzó a enumerar.

Sal de calidad.

Aceite.

Azúcar.

Ciertas especias.

Hierro bueno.

Medicinas.

Papel fino.

Vidrio transparente.

Lin Chen casi sonrió.

Era exactamente lo que esperaba.

—¿Vidrio?

—Claro.

Han De señaló la ventana.

No tenía cristal.

Estaba cubierta con papel aceitado.

—Las piezas transparentes buenas son caras.

Lin Chen pensó en una tienda cercana a su apartamento donde podía comprar pequeños espejos por veinte yuanes.

—¿Y espejos?

Han De soltó una carcajada.

—¿Espejos?

—Sí.

—Los de bronce son comunes entre gente acomodada.

—¿Y uno donde puedas ver tu rostro perfectamente?

Han De dejó de reír.

—Eso sería otra cosa.

Lin Chen tomó nota mental.

No hoy.

Más adelante.

Primero debía consolidar algo más sencillo.

—¿Qué tan peligrosa es la venta de sal?

Han De suspiró.

—Mucho si eres grande. Poco si eres pequeño.

—Explícate.

—El gobierno controla licencias y rutas. Los grandes comerciantes pagan permisos. Los pequeños mercados sobreviven porque nadie puede vigilar cada bolsa.

Lin Chen asintió.

Eso significaba que escalar con sal sería problemático.

Necesitaba diversificar.

—¿Hay productos que no estén tan controlados?

—Muchos.

Telas.

Utensilios.

Aceite.

Jabón.

Objetos de lujo.

Especias.

Lin Chen memorizó.

—¿Jabón?

—La gente usa mezclas de ceniza, hierbas y grasas.

Interesante.

Mucho potencial.

La conversación duró casi una hora.

Antes de salir, Han De dijo algo inesperado.

—Hay una posada cerca de la calle este. La Posada del Ciruelo.

—¿Y?

—La dueña alquila habitaciones baratas. Si vas a seguir viniendo a Qinghe, necesitas un lugar donde la gente pueda encontrarte.

Lin Chen comprendió la lógica.

Si desaparecía constantemente hacia el bosque, alguien podría seguirlo.

Necesitaba una identidad local.

Un punto de contacto.

—Gracias.

—No me agradezcas. Si haces más negocios, yo también gano.

Lin Chen sonrió.

—Eso me parece más creíble.

La Posada del Ciruelo era un edificio de dos pisos.

No era elegante.

Pero estaba limpia.

La dueña era una mujer de unos cuarenta años.

Con ella trabajaba una joven.

Cuando Lin Chen entró, la joven estaba discutiendo con un proveedor.

—Dije que pagaríamos en diez días.

—Dijiste eso hace diez días.

—Mi madre está enferma.

—Ese no es mi problema.

Lin Chen no intervino.

Esperó.

Finalmente el hombre se marchó.

La joven respiró hondo.

Luego miró a Lin Chen.

Su expresión cambió inmediatamente a una sonrisa profesional.

—Perdone. ¿Busca habitación?

—Sí.

—Tenemos habitaciones por veinticinco monedas la noche.

—Quiero alquilar una durante un mes.

La joven parpadeó.

—¿Un mes?

—Sí.

Hizo cálculos mentalmente.

—Podemos dejarla en seiscientas cincuenta monedas.

Lin Chen negó.

—Seiscientas.

La joven lo estudió.

—Seiscientas veinte.

—Incluya agua caliente una vez al día.

Ella casi sonrió.

—Seiscientas veinte.

—Trato.

Pagó.

La joven le entregó una llave de madera.

—Soy Su Wan'er.

Lin Chen reconoció el nombre.

No por historia.

Simplemente porque Han De había mencionado a la familia Su.

—Lin Chen.

Subió.

La habitación era pequeña.

Cama.

Mesa.

Ventana.

Un pequeño armario.

Perfecto.

Era suficiente.

Además le daba una dirección.

Una identidad.

Ahora podía decir que era un comerciante itinerante que alquilaba una habitación en Qinghe.

Mucho más creíble que aparecer y desaparecer del bosque.

Dejó una muda de ropa.

Algunos objetos comunes.

Nada moderno.

Después salió otra vez.

Pasó el resto del día observando.

No vendió nada.

Solo aprendió.

Al anochecer regresó al presente.

Colocó la plata sobre la mesa.

Después anotó todos sus ingresos y gastos.

Había una cosa que empezaba a comprender.

El comercio entre épocas podía hacerlo rico.

Pero si quería hacerse realmente poderoso, necesitaba algo más que llevar bolsas de mercancías de un lado a otro.

Necesitaba estructura.

Clientes.

Almacenes.

Distribución.

Identidades.

Capital.

Y confianza.

Ese mismo día tomó una nueva hoja.

Escribió:

Fase 1: sobrevivir.

Fase 2: comerciar.

Fase 3: controlar suministro.

Se quedó mirando la tercera línea.

Después añadió una cuarta.

Fase 4: construir algo que nadie pueda quitarme.

Por primera vez desde que había encontrado la puerta, Lin Chen dejó de pensar solo en sus deudas.

Comenzó a pensar en un imperio.

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